Basado en hechos reales.
Todos vosotros que de algún modo habéis aportado algo en esta historia aparecéis en ella. No encontraréis nombres, pero todos sabréis quienes sois. Se ha escrito desde el aprecio que a todos os guardo, que nadie se me enfade.
Por una vez nos levantamos pronto para emprender un viaje. Antes de salir a Madrid debíamos pasar por el centro de salud para obtener alguna suerte de documento que acreditase que estábamos sanos. Quería pasar la tarde con mis padres y si podía ser, tomarme unas cervezas con los amigos de Madrid por la noche. Cargamos el coche, recogimos y salimos de casa.
Sobre las 11:00 am llegamos al centro de salud. Allí me encuentro a mi hermana. Llega agitada, a la vez que nosotros. ¿Qué haces aquí? Le pregunto. Ya te explicaré, bueno apartaros un poco... Frente a recepción suelta la bomba: “!Creo que tengo el coronavirus!”. Atónito, pensando que el puñetero virus la ha vuelto loca, niego con la cabeza y me subo a la consulta.
Lo que en principio era algo rápido, se estropea. Nuestros nombres no están en la lista de pacientes. Vuelvo a bajar y mi hermana ya no estaba. Por lo que me explicó mi mujer, siquiera se había tomado la temperatura. La de recepción le había enviado a casa explicándole que en caso de tener fiebre llamase al médico y si no, se pusiese un pijama más fino, si como había dicho, por la noche sudaba. No doy crédito.
Aprovechamos para hacer unas compras mientras se vacía la consulta. No hay forma de encontrar gel hidroalcohólico ni en supermercados, ni en farmacias, ni en ningún sitio, y solo encontramos mascarillas en un chino a dos euros cada una. Me parece un timo y finalmente solo compro para los niños.
De vuelta, la consulta ya se había vaciado. La joven doctora que nos conoce nos regaña por partir de viaje. Por un momento tememos que no nos haga los documentos. Finalmente nos ausculta. Bien, no hay neumonía, no hay fiebre y tampoco otra sintomatología… De acuerdo, estáis sanos. Tomad el papel y os advierto que estáis locos, aunque no más que todos los que se están acercando por aquí, que de no tener el virus lo acabarán pillando ¡hala, adiós!.
¡Nos vamooos!!. Antes de salir paré a echar gasoil en la gasolinera del pueblo. La dependienta me comentó que el día anterior había trabajado tanto como todo el fin de semana de pascua del año anterior. Resultaba cómico. Siquiera había hecho falta cerrar Madrid, solo el amago de hacerlo fue suficiente para que miles de madrileños huyesen a la costa. En el fondo me alegré. Eso significaba que la gente tenía más miedo a no poder vivir que al propio virus.
Iniciado el trayecto fuimos haciendo los contactos habituales. Llamada a mis padres para decir que habíamos salido, a mi suegra para despedirnos, whatsapp al grupo de Madrid advirtiendo de nuestra llegada y whatsapps a los grupos de familia y amigos para decir que habíamos salido. Pero en esta ocasión nuestra salida había causado verdadera expectación, provocando un torrente de ánimos, vítores, advertencias de cuidado, deseos de suerte y por supuesto, de críticas.
Puse las noticias en la radio, algo anormal en nuestros viajes con los niños. La rapidez con la que el mundo había empeorado a lo largo de la semana parecía obligar a atenderlo. En España ya habíamos superado los 2000 contagiados y el gobierno aún no había hecho gran cosa. Pero a nuestro alrededor, Portugal había declarado el estado de alerta y numerosos países habían impuesto restricciones a la entrada de españoles o directamente habían cerrado su frontera con España. Este era el caso de Marruecos, según informaban en la radio. Mi amigo, que viajaría aunque fuese “solo con su mochila”, se había quedado sin viaje.
El trayecto se hacía extraño. Casi no había coches en dirección a Madrid y se encontraban cientos en dirección contraria. Eso me advertía que nos dirigíamos hacia la boca del lobo. Los whatapps con memes y críticas hacia esos madrileños que huían a la costa entretenía a todos los grupos de Castellón. En la provincia no teníamos más de cuatro casosen la fecha y todos temían que propagasen el virus.
Y en medio de toda esa actividad entre los grupos de whatsapp, rozando las dos de la tarde, desde uno de los grupos de padres del colegio nos llegaba la notificación de que la Generalitat Valenciana suspendía las clases lectivas hasta nueva orden. Estaba harto de malas noticias. Apagué la radio.
Sobre las tres menos cuarto paramos a comer en Motilla, en un restaurante de carretera. Yo entré directamente al interior del restaurante con la intención de cargar el móvil y poder ver mis webs guías y las últimas publicaciones en los medios.
Pedí una cerveza en la barra, en la que conversaban tres hombres. Pudo ser paranoia, pero me dio la sensación que me miraban con mala cara y desde luego hablaban del temita de los madrileños. Me agitó esa sensación y me senté en una mesa en el interior.
En los minutos que tuve entre que nos sentamos todos en la mesa, pedimos y nos trajeron la comida, comprobé que las restricciones a españoles en las fronteras de los países a los que viajábamos no habían variado. Nada en Austria, Eslovaquia y Hungría. Medición de temperatura a los viajeros que aterrizaban desde España en Rumania y 14 días de aislamiento si presentaban síntomas. Austria superaba los 300 infectados.
En España, el País digital informaba que Madrid cerraba por la noche todos sus comercios, bares, restaurantes… casi todo a excepción de farmacias, gasolineras, supermercados y establecimientos de primera necesidad. El gobierno Vasco había adoptado una medida similar. Verdaderamente me estaba agobiando como se estaba deteriorando la situación. En el cole ya habían muchos padres que no habían llevado a los niños por miedo al coronavirus y un amigo de Benicasim había decidido cerrar temporalmente su negocio, un restaurante emblemático de paellas en la zona.
Aproveché que tenía el móvil en las manos, justo cuando nos servían la comida, para contactar a mi amigo sobre la cancelación de su viaje. Le informo que yo continúo con mis planes, contrariamente a lo que él pensaba. Me envía un video de una SAMU en la playa de la Concha de Oropesa. No lo atendí, respondí una tontería. Creo que en aquel momento ya había puesto mi cerebro en modo off coronavirus con España. Días más tarde me cercioré que ordenaba desde sus altavoces a los madrileños que habían llegado, se aislasen 14 días en sus casas.
Mientras trataba de mantenerme ajeno al mundo, con la radio del coche apagada, el presidente del gobierno comparecía en rueda de prensa para advertir que al día siguiente decretarían el estado de alarma. La situación se les había ido de las manos. Murcia confinaba a sus habitantes, otras autonomías rogaban la activación de la alarma y todas comenzaban a aplicar medidas excepcionales para frenar la plaga de madrileños huidos a sus segundas residencias a pesar de las recomendaciones de quedarse en casa. Nos iba llegando información por los whatsapps, pero al menos yo, ya había desconectado de todo ello. Difícilmente podrían cancelar de un día para otro un vuelo donde sus pasajeros ya habían facturado y en todo caso, poco ya podíamos hacer al respecto.
Aunque traté de inhibirme del mundo que me rodeaba, la segunda mitad del camino fue un infierno. Tal y como nos acercábamos a Madrid mis hermanas, especialmente la que vive allí, insistía más en la tragedia que estaban viviendo, las muertes que se estaban produciendo y que obviásemos dormir en casa de mis padres como ya habíamos quedado con ellos. Mi mujer me pidió por favor que no lo hiciésemos, no fuese mis padres se fuesen a infectar y nos culpasen a nosotros. “No te volverán a hablar”, me advertía. Me estaba volviendo loco.
Cuando entramos a Madrid por supuesto no habían tanques, ni militares ni un mísero coche de la local, pero tal y como yo estaba ya ni me acordé de eso. Me salté intencionadamente el
desvío para entrar a casa de mis padres. Crucé Vallecas y me dirigí hacía la Uva, aquel barrio antaño chabolero, que vio crecer a los Chunguitos, hoy completamente edificado y rodeado de zonas verdes. Me sorprendió ver Vallecas, mi barrio de la infancia, con solo un puñado de personas andando protegidas con mascarillas. Paré en un parque, que insólitamente aquel viernes se encontraba vacío, y me bajé del coche. La cabeza me iba a cien por hora. Si mis padres se infectasen sería un problemazo, especialmente para mi padre que tiene EPOC. Pero la realidad es que en Castellón solo había 4 casos, ¡como vamos a estar infectados!, y no tenemos síntomas de nada. Por un momento se me comenzó a pasar por la cabeza al padre de mi amiga que había estado en Milán y con cuantos podría haber estado infectados por el Covid sin saberlo. ¿Y si mis padres nos infectan a nosotros? ¿O cualquiera que me encuentre en mi barrio?. Vamos a emprender un viaje en el que como enfermemos, ¡nos encierran!!, pensaba. Sería mejor lo que está comentando mi mujer, dormir en un hotel en Barajas, cerca del Aeropuerto. Llamo a mi padre: “papa, escucha, creo que es mejor que no durmamos en casa, para vosotros que sois gente mayor esto es un riesgo”, le expliqué. “Bueno Rafa, veniros, si hemos comprado comida para cenar y ya os esperábamos”. Me respondía con titubeo. Por dentro los quería ver, desde navidad no los había visto, y seguía pensando que este virus nos estaba desquiciando a todos y que, al menos nosotros, no implicábamos ningún riesgo. Insistí un poco en el plan de dormir en cualquier otro sitio pero no tardé en claudicar. Dormiríamos en su casa.
Mi barrio estaba vacío, no se veía movimiento por la calle y varios bares o restaurantes que normalmente, a esas horas de la tarde, hubiesen tenido ambiente, estaban cerrados. Era una imagen triste. La hamburguesería al lado de casa aún permanecía abierta. Pensamos que podíamos bajar más tarde a tomar algo. De cachondeo, pero hubiese aceptado un sí por respuesta, les comenté a mis amigos si les parecía buena idea vernos esa noche. Me trataron de desquiciado.
La estancia en casa de mis padres fue la cosa más rara del mundo. Advertimos a los niños que se acercasen lo mínimo a mis padres, y al poco de saludarles se marcharon a una habitación. Nosotros también decidimos bajar abajo, para minimizar el contacto con ellos, pero no tomamos nada. Cenamos con ellos, enviamos a los niños a la cama y hablamos un rato manteniendo distancias premeditadas. Los besos de saludo y despedida aquel día fueron rápidos y temerosos. El miedo al contacto era tan desagradable que nos hacía emparanoiarnos con estar enfermando. Contratamos un taxi familiar hacia el aeropuerto para el día siguiente y nos fuimos a la cama. Aquel día España cerraba con más de 5000 casos de infectados por Covid-19, dos tercios de ellos en Madrid.
Hasta el 8 de marzo había sido fácil predecir el aumento diario de contagios en España. Cada día sumaba mas o menos un tercio de los contagiados que habían habido el día anterior. En aquella fecha contábamos con un total de 674 infectados por el virus en todo el país, y Madrid, País Vasco y La Rioja concentraban el 60% de todos ellos. En todo el territorio nacional solo se habían producido 17 muertes por el virus. No parecían datos muy preocupantes extrapolados a toda la población española y en Castellón solo contábamos con 2 casos activos, de un total de 40 en toda la Comunidad Valenciana (+ info).
Pero aquel lunes 9 de marzo, día de mi cumpleaños, todo comenzó a torcerse. Fernando Simón entró en escena. Anunciaba medidas especiales en Madrid y País Vasco. Mientras mi mujer y yo comíamos fuera de casa, el Gobierno Vasco cancelaba las clases escolares en Vitoria. Y a la misma hora, nuestra amiga nos confirmaba que ella y su marido suspendían el viaje a Marruecos. Su hermano mantenía los planes, iría solo si no le quedaba más remedio. Aplaudí la valentía de mi amigo. Los rumores sobre la cancelación de Fallas y Magdalena se repetían a pesar de que el ministro de sanidad, el Sr. Illa, insistía en no ver motivos para ello.
En el colegio se reunía a los padres después de las clases para tratar temas del viaje de mi hija mayor a Madrid. Salían en 3 días. Por lo que me explicó mi mujer, yo no fui, salió a la palestra el tema del coronavirus, a raiz de la comparecencia del ministro. La mayoría no parecía estar muy preocupada por el tema. Escuchando la opinión de una de las madres, pediatra de profesión, no encontraron motivos de alarma y mucho menos para cancelarlo.
Tras la reunión, sobre las 20 horas, acudimos a una hamburguesería con la familia de Castellón. Sería la última de las celebraciones de mi cumpleaños. Un lunes por la noche, y en un local de playa, no esperaba ver mucha gente, pero paradójicamente, al lado nuestro, varias mesas se ocupaban por un numeroso grupo de chinos. La escena era cómica, porque el tema de conversación ya no era otro que todas las inquietudes sobre las posibles cancelaciones de planes a causa del coronavirus: el viaje de mi hija, la Magdalena, viajes al extranjero… y allí estaban ellos, tan tranquilos cenando a nuestro lado. Repentinamente nos llegan mensajes de whatsapp informando que se han cancelado las clases en los colegios de Madrid. Aquella sería la primera vez en que me preocupé por el tema del virus.
Nosotros teníamos ya la alarma de aquella primera cancelación del vuelo de vuelta. “¿Nos podrán cancelar los vuelos?. Imposible, solo se puede hacer con 15 días de antelación o en caso de pandemia, y la OMS dice que no hay pandemia”, me respondía a mi mismo.
Aquella noche del lunes comencé a hacer lo que siempre hago cuando algo me interesa: escrudiñar Internet y leer sobre ello compulsivamente. ¿Que es este coronovirus?. Hace unos días era algo menos peligroso que una gripe y ahora todos los planes que la gente teníamos para los próximos días parecen estar en riesgo.
Vaya… pues parece que no un virus especialmente peligroso… El coeficiente de fatalidad (muerte)
es bajo, un 3,4 % según la OMS. Superior al de la gripe, sí, pero inferior a los otros coronavirus conocidos, el primer SARS-COV de 2002 y el MERS de 2015, con índices de fatalidad del 10% y del 34,5% respectivamente. Estos si que eran jodidos. No ataca a los niños, algo raro en un virus, y en mi grupo de edad la probabilidad de muerte es del 0,8%. Parece especialmente peligroso para los abuelos. Índice de fatalidad del 4,6% para los sexagenarios y de casi el 10% para los de setenta. Con enfermedades respiratorias o cardiacas los índices aumentan.
La capacidad de transmisión tampoco es alta. Un R0 = 2,5, es decir, el número de personas que infectará una persona infectada. Inferior al del primer SARS (R0 = 3), pero superior a la gripe ( R0=1,3) y al MERS (R0=0,8).
¿Cuales son sus síntomas? Tos seca, fiebre o febrícula, dolor corporal, si la cosa se pone fea dificultad para respirar… que suelen aparecer a los 5 días, pero pueden aparecer a los 12, pero hay mucha gente que ni se entera, pero igual hay alguno más, pero vaya… ¡esto no lo tienen muy claro!. Yo tengo tos… pero bueno, llevo ya dos meses con ella… ¡si es que fumo como un carretero!. Ah, y la mía tiene flema… ¡vale!, ¡no tengo el coronavirus!.
Bueno, ¿y como leche se transmite esto?. Pues parece que por la tos o estornudos de la gente al llegarte los virus del escupitajo a la boca o la nariz. En las secreciones de la saliva dura unas 3 horas y un bajo porcentaje del virus mantiene su propiedad infecciosa hasta 4 horas en cobre, 24 horas en cartón y hasta tres días en acero inoxidable y plástico. Parece que no se encuentra en aerosoles (en aquel momento no sabía que significaba esto, si es que no lo habían encontrado en los desodorantes o que…). Bueno, pues vaya, parece que para que te lo peguen te tienen que toser en la cara o tocar algo que lo tenga y llevarte las manos a la boca. En fin, no me parece tan fácil que te lo peguen. Entonces, ¿cual es la preocupación?. Ah, pues parece que después de ver lo que ha ocurrido en China e Italia, ninguno de los sistemas sanitarios del mundo están preparados para una epidemia en la que lleguen cientos de abuelos a las UCIs en corto periodo de tiempo. Sabiendo como están las listas de espera en España solo para ser operado, no me extraña que estén acojonados.
Bueno, ¿y se sabe cuantos infectados hay en Castellón?. Pues a fecha del 9 de marzo, 2 casos en toda la provincia. Vaya, pues va a ser complicado que en una población de casi 600.000 habitantes lo vayamos a tener nosotros.
Conclusión: ¡ME LA PIRO!.
Se me quedaron un par de preguntas sin respuesta, que tiempo más tarde me molesté en encontrar su explicación: ¿si el virus no mata gente joven, porque murió el médico de Wuhan?. Y si su capacidad de propagación es relativamente baja, ¿por qué este coronavirus se ha extendido por todo el mundo y no los otros?.
En todo caso me quedé relativamente tranquilo. Creo aquella noche vi por primera vez un video de mi idolatrado Spiriman. Un médico youtuber granadino que ha ido cortando cabezas a lo largo de toda la gestión del covid, y que me ha dado muy buenos momentos estos días, seguro le habéis visto. Sería cuando hice mía su frase de “ ¡¡este es una mierda virus!! ”.
Martes 10 de Marzo.
Me levanté para llevar a los niños al colegio. La primera notificación que me encuentro por whatsapp es la de mi amiga recordándome que cancelaban su viaje, que además se cancelarían las fallas y que la gente se estaba muriendo en hospitales colapsados. El texto no estaba bien escrito, se había hecho con nerviosismo…
Entre el cumpleaños, la entretenida madrugada que había tenido leyendo y mi completo desinterés por los telediarios, no me había enterado de nada del mundo exterior. Pero las portadas de los periódicos de ese 10 de Marzo eran espeluznantes. Italia había extendido el estado de alarma a todo el país, 60 millones de personas quedaban confinadas en sus casas, la primera vez en la historia que una epidemia bloqueaba por completo un Estado. Las bolsas bursátiles de medio mundo se hundían y en España los casos de contagio increíblemente se habían disparado a los 1200 en un día.
¿Pero que ha pasado?. Llegaban imágenes de supermercados en Madrid con colas kilométricas de gente para abastecerse, dejando vacías sus estanterías desde el día anterior. ¡¿Pero nos estamos volviendo locos?!!. Por whatsapp me llega el video de una familia corriendo por todo el supermercado. Con ellos, una señora mayor que se ha puesto una bolsa de plástico transparente de la fruta en la cabeza. La pobre se estaba asfixiando de calor. Tomo constancia de los hechos: ¡LA GENTE ES GILIPOLLAS!!.
Cuando entro a trabajar a las 10 am (sería más tarde) nos llega una notificación del colegio.¡HAN CANCELADO EL VIAJE A MADRID DE MI HIJA!!. ¡Se pospone al año que viene!.¡Joder!, ¡si salíamos de Madrid por recogerla!.
A lo largo de ese 10 de marzo casi llegamos a los 1700 contagios y 36 muertos, la mitad de ellos en Madrid. Los primeros auspicios sobre una posible cancelación de las Magdalenas comenzaron a llegar a media tarde. Mi mujer ya me había comentado que unos padres del colegio, que considero gente “echada palante” y acostumbrados a viajar, también habían cancelado su viaje. Yo no veía peligro en el virus, pero cuanto menos, todo el mundo se había acongojado por si luego no podían regresar a España.
Sobre las 8.30 pm me llega un whatsapp de mi amiga con una noticia de la cadena ser con el título:
“Suspendidas las fiestas de la Magdalena y las Fallas por la crisis del coronavirus”. Uffff, un aviso. La noticia realmente indicaba que el gobierno aún lo estaba estudiando. Minutos después comienzan a arder todos los móviles de Castellón. Que la cancelan a la una, a las dos, a las tres!!! ¡Tuit de Amparo Marco, la alcaldesa de Castellón! ¡SE CANCELA LA MAGDALENA!!.
Lo más sagrado para un castellonero, sus fiestas, se habían cancelado. También las Fallas de Valencia. Si se había cancelado esto no habría reparo en cancelar partidos de fútbol, colegios y hasta la Semana Santa de Sevilla. ¡Que tragedia!.
Aquel martes 10 de marzo, el gobierno había adoptado nuevas medidas contra el virus. En las tres comunidades más afectadas de País Vasco, La Rioja y Madrid se recomendaba el teletrabajo y se suspendían eventos de más de 1000 personas, después de haber cerrado ya todos los centros educativos. En el resto de España los eventos deportivos con gran afluencia se harían a puerta cerrada. Se suspenden los viajes del IMSERSO y se prohíben los vuelos desde Italia. Y finalmente, ¡nos recomiendan a todos los españoles “evitar los viajes que no sean imprescindibles!”. ¡!Nooooo!!. ¿2 días después de haber montado concentraciones multitudinarias por toda España me piden ahora que no me vaya de viaje?. ¡Ni de blas!. ¡Yo me la piro!. Y como de costumbre, mi mujer estaba de acuerdo conmigo.
Aquella misma noche hicimos una reserva pendiente de pago de un apartamento en nuestra primera ciudad de destino, Viena. Estábamos decididos a irnos. Sabíamos que estábamos haciendo algo contra corriente, pero nada nuevo en nosotros. Acordamos alquilar apartamentos en el resto del viaje, no fuese que en un hotel apareciese un caso de Coronavirus y nos dejasen encerrados como a los de Tenerife.
Miércoles 11 de Marzo.
Al día siguiente, la regente del bar de al lado de mi trabajo, de nacionalidad rumana, que sabía de mi viaje a su tierra, me pinchaba con una sonrisa mofosa insistiéndome en que no nos iban dejar entrar. Yo la miraba con cara de odio.
Traté de encontrar alguna noticia sobre el cierre de fronteras, pero nada, solo especulaciones acerca del cierre de Madrid sobre el que la presidenta de la comunidad, Isabel Ayuso, insistía en que no se iba a producir.
Se había cancelado la Magdalena, pero mis amigos de Castellón planeaban seguir manteniendo las comidas que ya habían concertado. Y en el bar, los diablos, como llamamos a los asiduos que lo frecuentan con los que tenemos amistad, preparaban un cocido. Uno de esos eventos que de vez en cuando hacen, sin mayor interés que el de montar una fiesta. Los diablos tienen poco que perder, lo que les permite disfrutar de cualquier momento en la vida. Así, el mundo continuaba feliz a nuestro alrededor.
A medio día pagué la reserva del apartamento de Viena. Salí fuera y se lo comuniqué a mi mujer que estaba fumando. Y a los allí presentes les dicté sentencia: “!Nos la piramos!!. ¡Llegaremos hasta donde nos dejen!”.
Después llamé a mis padres. “Papa, que el viernes definitivamente vamos allí, dormiremos en casa”. Mi padre me comenta que ellos también estaban pensando venirse a su apartamento de Benicassim. En Madrid las cosas se estaban poniendo feas. “Papa, si os vais a venir hacedlo ya, no os esperéis no sea luego no dejen salir. Si llegáis mañana nos podremos ver. Si es el viernes nos cruzaremos en el camino”. Bueno, ya veremos hijo, respondió.
Mientras iba repartiendo niños entre sus extraescolares, tras la salida del colegio, la OMS declaraba
pandemia al coronavirus SARS-COV2. No puedo recordar como o cuando, pero también me llegó la noticia de que Austria, que ya había cerrado sus escuelas, ahora también cerraba sus museos. Ya no solo se nos fastidiaba parte del viaje, además, con una pandemia declarada, las compañías aéreas nos podían cancelar los vuelos cuando fuese. Esto ya ponía en serio peligro el viaje.
A la vuelta, ya por la tarde-noche, paré afligido a visitar a mi mujer en la oficina. En el bar continuaban algunos de los diablos. Estaban alrededor de Keko Fontana, vecino nuestro y conocido guitarrista y cantante de flamenqueo en Castellón. Este amenizaba con su guitarra a los reunidos en torno a un número estimable de cervezas en la mesa, a las que nosotros quisimos unir la nuestra. Bien, estamos en una pandemia, pero la vida sigue con alegría, pensé.
Aquella noche organizamos el plan para el día siguiente. Si había pandemia se hacía necesario consultar posibles restricciones de viaje para españoles, al menos en el consulado rumano, nuestro último país de visita y donde más días pasaríamos. Importante obtener certificados médicos constatando no estamos enfermos de Covid, número de infectados de los países en ruta, posibilidades de transporte durante todo el viaje: trenes, barcos, coches, corriendo...., ¡todo!.
Jueves 12 de marzo.
No sería la primera vez que poníamos en marcha un operativo de esa índole. Uno se mantiene al teléfono frente a un ordenador, haciendo llamadas, adquiriendo direcciones y enviando directrices. Otro se conecta a través de un móvil y sale volando a los distintos puntos realizando toda clase de gestiones. Ya os habréis imaginado quien sale y quien se queda…
Dejo a los niños en el colegio y después tomo café con los padres amigos como habitualmente hacemos. El tema de conversación ya no es otro que el coronavirus. Cuidaros Rafa que vais con niños a ver si os cierran la frontera, me decía uno. Mi padre estuvo cenando con un tío en Milán que tenía coronavirus y ha suspendido su viaje a New York, me decía otra. ¡Vaya!, pensé, ¡y me lo dices ahora!. Habían pasado ya 30 días desde esa cena y el susodicho padre no había tenido síntomas de nada, pero mi amiga del cole, mi hijo que va a la misma clase que el suyo, todos sus compañeros y todos nosotros nos podríamos haber infectado. ¿Con cuanta gente podré haber estado con riesgo de estar infectada y no ha dicho nada?, pensé. Esto me preocupó un poco.
Tras tomar ese café y despedirnos todos hasta la vuelta del viaje, me fui directo al consulado rumano, un edificio a las afueras de Castellón. Iba con el Escort descapotable del 94, que no descapotaba ni bajaba la ventanilla, a la espera de arreglarlo una vez recibiésemos nuestro coche familiar ese mismo día, con el que viajaríamos al día siguiente a Madrid. Estaba siendo reparado de un cambio de filtro. Una vuelta de tuerca más a la aventura, para añadir un poco más de tensión al asunto.
La cola del consulado era importante. Por un momento pensé que todos aquellos podrían estar tratando de huir de España. Pregunté si alguno estaba esperando por algún tema relacionado con viajar a Rumania y, ante la cara de sorpresa de varios de ellos, directamente me colé a preguntar en la puerta. La apertura me mostró un guardia jurado barrigudo con una mascarilla tapándole la boca. Creo que fue la primera ocasión en la que vi a alguien protegiéndose con mascarilla desde que comenzó esta historia y, la verdad, resultaba bastante cutre. Tras comentarle al guarda el motivo de mi visita, me pidió que esperase fuera asegurándome que un funcionario bajaría inmediatamente a atenderme. Al cabo de un buen rato esperando, aún el primero de la fila, por el respeto que había producido la atención hacia mi del guarda, este sacó la cabeza por la puerta. Mediante una seña me invitó a entrar. Expectante seguí su orden: “Que me ha dicho que no, que mejor que no vaya a ningún sitio, que a lo mejor cierran fronteras…” me explicó. “¿¡Pero que!? ¡Bueno, ya, pero eso es lo que me esta diciendo todo el mundo!, ¿ no hay nada oficial ? ¿Algún documento que les haya llegado?”, le interrogué. “Pues, eso es lo que me ha dicho", respondió el guarda. ¡Pues vaya mierda! pensé yo… .
Salgo hacia el siguiente punto fijado en nuestro plan, el centro de enfermedades tropicales del Grao de Castellón. En este centro sanitario nos informaron y pusieron todas las vacunas obligatorias para un viaje alrededor del mundo que hicimos en el pasado. La idea era obtener información sobre cualquier medida oficial para entrar en los países a los que viajaríamos y sobre todo, que nos realizasen alguna prueba médica que certificase que no teníamos Covid. No sabíamos entonces de la ingenuidad en lo que estábamos pretendiendo.
Llamo a mi mujer. No me hace mucho caso a la historia del guarda barrigudo. “Rafa, que el centro del grao se ha trasladado a Castellón, calle Escultor Viciano, Ministerio de Política Territorial, oficina de exteriores. He hablado con una señora que nos dice que allí de pruebas médicas nada, que vayamos a nuestro sanatorio, pero que el ministerio de exteriores esta actualizando todas las novedades para viajar al extranjero en una web, que te acerques y te explicará, pero que ya tengo la dirección de la web de exteriores, y he llamado al centro de salud de Benicasim y pruebas no nos hacen, pero que auscultarnos para hacer un papel que diga que no tenemos síntomas nos lo hacen, para mañana tenemos cita, y bla, bla, bla … “ “vale, vale, ya voy”. No sabía muy bien para que iba a esa oficina si ya teníamos la web para informarnos, pero con tal de colgar, lo que fuese.
Una vez en la oficina de exteriores me atiende una mujer que sabía hasta como me llamaba. “Ya se lo he dicho a su mujer, en estas webs encontrará información actualizada sobre cualquier recomendación o restricción fronteriza en todos los países. Por ahora allí donde van no hay restricciones a españoles pero las podría haber. De pruebas médicas aquí no sabemos nada, vaya mejor a su centro de salud”. Pues vaya, esto tampoco ha sido muy fructífero, rumié. Mejor me vuelvo al trabajo y ya mañana vamos al centro de salud antes de salir a Madrid.
Mientras estoy saliendo de Castellón, recibo una llamada. La profesora de mi hijo pequeño. “Hola, ¿qué ocurre?” pregunto. “Hola Rafa, he llamado antes a tu mujer y está continuamente comunicando…” ya imaginaba… “que el niño se ha puesto malito, está amodorrado, con ojos vidriosos, tiene fiebre”. ¿¡Queeeeee!!? ¡pero como se puede tener tan mala suerte!. “Vale, vale, voy allí inmediatamente”, respondí. Llevo años para hacer este viaje a Rumania y algo me ha puesto un virus, un coche roto y ahora ¡un niño enfermo!!! ¡Pero como me puede estar sucediendo esto!, gritaba al cielo.
Cuando llego al colegio el niño está tan campante. Buena cara y más contento que unas pascuas porque había ido a recogerle. No observo síntomas de fiebre. Miro a su profesora y me explica: “Antes parecía amodorrado y tenía algo más de 36º de temperatura. Ahora está muy espabilado, pero es que hay muchos niños malos en su clase y a lo largo del día se los han ido llevando”. “Pues yo le veo bien, pero le llevaré al centro de salud”, replico. Aquel día no se me pasó por la cabeza, pero hoy pienso si la profesora ya estaría alarmada por el tema virus. La realidad es que no me mencionó nada al respecto.
Aproveché la ocasión para acudir a un centro de salud más grande en Castellón, otra oportunidad más para esas pruebas del coronavirus. El centro ya estaba decorado a la orden del virus. Grandes cartulinas hechas por los sanitarios advirtiendo de los síntomas, explicando como se pega y las medidas de seguridad e higiene a ser adoptadas. Y unos postes con cordón elegante para eventos, posiblemente rescatados del día de la inauguración del centro, que separaban a más de un metro la recepción. La imagen sorprendía. La paranoia del virus ya lo invadía todo.
Tras casi una hora de espera me atendieron al niño. Ni tenía fiebre ni nada, quizás un poco constipado. Consulté a la médica por el tema del virus: “Mire, lo mejor que pueden hacer es no acercarse por centros sanitarios no sea que lo cojan ahí. Si tienen síntomas llamen al médico”, respondió. Me sentí satisfecho con la respuesta. Por fin alguien con conocimiento decía algo sensato.
Eran ya más de las 3 de la tarde y aún no había comido. Estaba bastante “cabreado”. No habíamos sacado gran cosa en claro más que el virus lo había infectado todo. Comienzo a comer y me pongo las noticias en
diferido: La Ayuso que no sabe como se cierra Madrid, el presidente del gobierno, Pedro Sanchez, que no se cierra Madrid pero que ya veremos … Pues vaya, por lo que parece, ni quien tiene autoridad para hacer algo sabe lo que va a hacer, pensaba. Y ahí estaba el Sr. Trump, que aunque no sabe lo que tiene que hacer, hace lo que le da la gana. ¡HALA, ningún europeo va a entrar a EEUU exceptuando los británicos!. Está usando el coronavirus para hacer daño a la UE mientras afianza su alianza con Reino Unido, pensé, ¡pero que sinvergüenza!.
Mi mujer fue a recoger a los niños y se llevó al pequeño con ella. Unos minutos más tarde bajé a trabajar. A lo largo de la tarde, mientras voy cerrando temas de trabajo antes de salir de viaje, visiono las webs que nos ha facilitado la oficina de exteriores. El travel centre de IATA y una web habilitada por el Ministerio de Exteriores. Ambas informaban sobre cualquier restricción por la crisis del Covid impuesta a viajeros en las fronteras de distintos países. Estas webs se convertirían en nuestras guías de viaje en los próximos días.
Además de estas dos, descubro otra más con el mismo efecto, Viajero Crónico. Durante el viaje observamos que esta web anticipaba los cambios respecto a las restricciones fronterizas aplicadas por cada país.
Y finalmente, nuestra web gurú, el worldometer del coronavirus. Está página nos acompañaría a lo largo del viaje hasta nuestros días. Informa de todos los casos de coronavirus, muertes, altas, etc en todos los países de mundo. Acabamos aprendiendo a predecir el momento en que se implantarían restricciones de movimiento en cada país en función de su número de infectados. A partir de 500 casos ya eran malas noticias.
Tras ojear esas webs entré en algún periódico nacional digital. ¡Han cerrado todos los museos de Madrid!.
Un par de toques de claxon me sacaron del ensimismamiento. Mi mujer había llegado antes de tiempo. También habían cancelado las clases de teatro de mi hija sin aviso previo. Bajó con los niños y salimos a tomarnos una cerveza con los diablos. Estaban escuchando con atención a un chaval que había venido de Madrid. Era el novio de una amiga del bar, otra diabla, al que no había visto en cuatro meses. Muy importante tendría que ser el motivo que le había traído, cuando no lo había hecho en todo ese tiempo.
“!!Van a cerrar Madrid!!!, ¡policía, militares, tanques!! ¡no podrá salir nadie¡. El chaval se mostraba histérico, ante la expectante mirada de todos. Comentaba que su madre, enferma de cáncer, estaba en peligro por el coronavirus. Yo le traté de convencer que no podían cerrar Madrid y que qué coño tendría que ver el cáncer con el coronavirus. Más tarde me enteré que efectivamente el cáncer es causa de morbilidad para el covid, pero entonces pensé, como hoy sigo pensando, que se había desquiciado.
Estaba ya hasta las narices del coronavirus. De lo único que tenía ganas era de largarme cuanto antes de España y terminar con esa locura. Me habían llamado para decirme que me estaban trayendo el coche y teníamos que hacer las maletas. Nos despedimos de todos los diablos hasta nuestra vuelta del viaje.
Mientras mi hermana de Madrid, mi amiga y decenas de memes de Walking Dead me advertían de la llegada del Apocalipsis, en casa nos apresurábamos a hacer las mochilas. Un macuto cada uno que Ryanair permite subir al avión.
Los niños estaban contentos porque al día siguiente no iban al cole. Hubiese sido el primer viernes de Magdalena, y el colegio decidió mantener las actividades que tenían preparadas. No habían clases lectivas. Ninguno de nosotros imaginamos, mientras con tanto ímpetu preparábamos nuestras mochilas, que en mucho tiempo no volveríamos a ver a nuestros compañeros, ni a los diablos, ni a nuestros amigos, ni a nuestras familias.
El 31 de Diciembre de 2019 China informa a la OMS sobre un nuevo patógeno al que llaman “nuevo coronavirus”. El virus ha provocado un conjunto de casos de neumonía en la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei. Además de la OMS, de esto no se entera “ni Dios”. El gobierno chino posiblemente se vio forzado a informar a la OMS porque un grupo de ocho médicos habían llevado la voz de alarma entre los habitantes de Wuhan, cuando los mensajes entre su círculo de amistades advirtiendo del peligro transcendieron a la población.
A 3 de enero de 2020, la BBC publica el que se considera el primer artículo sobre ese “virus misterioso” que ya había afectado a 44 personas en Wuhan. A parte de algunos habitantes de la ciudad, que ya tenían la paranoia sobre el antiguo SARS de 2002, al virus no le hace caso nadie a excepción del gobierno chino. Como suele suceder cuando se publica información comprometedora para el régimen, el mismo 3 de enero los ocho médicos son convocados en una estación de policía para desmentir las informaciones que habían dado en su grupo de chat privado. En la prensa china afín al régimen los llaman “los ocho chismosos”.
En esos primeros días de enero el gobierno chino sigue manteniendo la versión que el virus no puede propagarse a menos que se tenga contacto con animales, y sencillamente se limita a cerrar el mercado de animales de Wuhan. A 5 de enero la OMS lanza un comunicado abrazando la versión del gobierno chino: “no se han reportado pruebas de transmisión significativa de persona a persona ni infecciones de trabajadores de la salud”.
A lo largo del mes de enero al nuevo coronavirus ya se le ha dado nombre, SARS-CoV2, una mutación del antiguo SARS-CoV, pero aquí no se ha enterado nadie. De hecho parece que no se enteran del virus ni los propios chinos. Están preparando su año nuevo, que empieza el 25 de enero, el año de la rata, de la rata de metal. Un año que marca el inicio de una nueva era de 12 años, de cambios radicales según el horóscopo chino. Por lo que se ve, esto es lo que realmente preocupaba a los chinos por entones.
Yo, que adquirí desde tiempos de la ficticia declaración de independencia de Cataluña, la buena práctica de no ver los telediarios, lo poco que había leído de los chinos era sobre sus desplazamientos kilométricos para celebrar el nuevo año. Los reportajes en televisión y las noticias en los medios no parecían interesarse por mucho más.
Pero lo largo del mes de enero, China ya había puesto en cuarentena a 13 ciudades, 40 millones de personas, reportando 2000 infectados y 25 muertos, uno fuera de la provincia de Hubei, y la ONU ya había lanzado un comunicado sobre ese nuevo virus. Aún así, en aquel 25 de enero de 2020 en que se celebraba el año nuevo chino, del coronovirus solo sabíamos su nombre y que China se había lanzado a construir un hospital en Wuhan que terminaría en 10 días.
Ese mismo 25 de enero, mientras los chinos celebraban su año nuevo, en Benicasim la peña salíamos disfrazados con motivo de los festejos de San Antonio. La palabra coronavirus había salido a la palestra en cachondeo, como el siguiente episodio a una infección reciente de paperas que algunos habían tenido en la peña. Aquella noche un grupo de chavales salía disfrazado de sanitarios con mascarillas, EPIs y una caja que hacía las veces de hospital. ¿ Cual era el motivo de su disfraz? !EL EBOLA!!! . En aquellos días, ¡el coronavirus no servía ni como motivo de disfraz !!!.
El 30 de enero, la OMS declara la emergencia sanitaria global, con 10.000 infectados reportados en varios países, y al día siguiente nos llega el primer caso de coronavirus en España, un turista alemán en la Gomera. Nos la trae al pairo. Como nos la trae al pairo los cuatro españoles repatriados de China, aislados en un hospital durante 14 días, o que nos hayan traído al equipo de futbol de Wuhan a España.
A principios de febrero los medios publicaban la muerte de uno de los ocho médicos que el régimen chino había reprendido por alertar del virus. A parte de las habituales teorías conspirativas sobre su muerte y del toque de atención por el fallecimiento de un hombre relativamente joven a causa del virus, los españoles seguimos sin mostrar mucho interés por el tema. De hecho, la mayoría de nosotros no entendimos que los organizadores del World Mobile Congress lo suspendieran el 12 de febrero, decisión contraria a la opinión de todas autoridades estatales, autonómicas y locales, dicho sea de paso.
A fecha del 22 de febreroconfinan a 50.000 personas en varias ciudades de la Lombardía, al norte de Italia. Esto ya nos comienza a interesar un poco más. La realidad es que hasta ahora, esta clase de epidemias eran algo de asiáticos y africanos. El hecho de que a algunos de nuestros vecinos italianos, que son tan vividores como nosotros, los hubiesen confinado en sus casas, nos resultaba mas bien motivo de risas.
Ese mismo 22 de febrero, un sábado, comienzo a mirar vuelos para un viaje a Europa del Este que tenía en la cabeza desde tiempos inmemorables. Todos los años aprovechamos las fiestas de la Magdalena de Castellón, en las que los niños disfrutan de una semana sin colegio, para salir de vacaciones. Este año me había jurado que no permitiría a mi mujer ninguna de sus triquinuelas para viajar a cualquier zona de playa, como siempre hace, y yo me adelantaría en organizar ese ansiado viaje.
El 25 de febrero confinan a 1000 turistas en un hotel de Tenerife por un caso de contagio. Ese mismo día por la noche saco unos vuelos económicos Madrid-Viena con fecha de salida 14 de marzo y los de vuelta desde Bucarest a Madrid para el día 24 del mismo mes. Mi hija mayor salía de viaje a Madrid con el colegio el 11 de marzo volviendo el 13, por lo que mis padres, residentes en la capital, la podrían recoger allí y dormiríamos todos con ellos, saliendo al día siguiente desde Barajas.
La idea era movernos desde Viena en un ferry de pasajeros que circula por el Danubio haciendo escala en Bratislava y Budapest. Desde allí alquilaríamos un coche y cruzaríamos la frontera con Rumania, y nos moveríamos por el país durante 4 o 5 días hasta la vuelta desde Bucarest. Uno de esos viajes en los que trato de ver el mayor número de lugares posible, y mientras a mi se me queda corto, mis hijos protestan porque están hartos de moverse. Luego les encanta.
Ahora parecerá que estaba loco, pero por aquel entonces a nadie se le ocurrió pensar que ese viaje fuese ni mucho menos arriesgado. La semana anterior unos amigos nos habían propuesto viajar con ellos a Marruecos el 28 de marzo. Y como es habitual, muchos en Castellón habían aprovechado las fiestas para salir de viaje. El gobierno español ya había recomendado no viajar a los países afectados por el COVID-19: China, Japón, Corea, Irán, Singapur y norte de Italia, pero entonces, ni el gobierno ni nadie preveían que nuestros viajes, y aún menos nuestras vidas, estuvieran en peligro.
En las subsiguientes semanas el coronavirus va tomando mayor acto de presencia. Justo el día después de sacar los vuelos, los medios publican el primer contagiado en la Comunidad Valenciana. Un burrianero que, como siempre ocurre en Castellón, resulta ser conocido de varios. El chaval se fue de despedida de soltero con un par de amigos a Milán y por la cuenta que les traía acordaron no dar información de donde habían estado. En el fin de semana posiblemente tuve la primera conversación seria sobre este asunto. En general todos estábamos de acuerdo en que el coronavirus no era más peligroso que una gripe común pero con tal capacidad de propagación que podía colapsar los sistemas sanitarios. Recuerdo que una amiga médica nos alertó que, si bien no era un virus peligroso, era más fuerte que una gripe. Esa apreciación, viniendo de un médico, me dejó un poco mosqueado.
El 3 de marzo se constata la primera muerte por coronavirus en España. Un análisis postmortem descubre el contagio en un hombre de 69 años, fallecido el mes anterior, y que había viajado a Nepal. A lo largo de esos días el perímetro de pueblos aislados en el norte de Italia se amplía y los eventos deportivos con equipos italianos se hacen a puerta cerrada. Nuestros vecinos italianos comenzaban a estar apestados en Europa, pero para nosotros todo esto era mas bien motivo de guasa en las conversaciones, donde el coronavirus ya era de obligatoria presencia.
Al día siguiente de esa fecha, varios amigos quedamos por la mañana para almorzar. Uno de ellos esta lidiando con una enfermedad complicada y también él por fin podía disfrutar de un copioso almuerzo castellonero. Como no podía ser de otro modo, en la alegría de abastecer nuestras barrigas, el coronavirus salió a la palestra. Un amigo hablaba del uso de antivirales en China para tratarlo. No entendía muy bien la importancia de eso, pero definitivamente me levantó el interés.
En todo caso, la poca importancia que le pude dar al coronavirus hasta entonces, se diluía en la retahíla de chistes de los whatsapps, amenizados por fotos de las azafatas de Corona y el video de una desequilibrada paseándose por Castellón disfrazada con una suerte de traje protector, mascarilla y gafas. Y en medio de todo ese cachondeo por el virus, el 5 de marzo ¡NOS CANCELAN EL VUELO DE VUELTA!!.
¡¿Pero como podía ser que me nos hubiesen cancelado el vuelo?!!. ¡Pero si la OMS decía que no había pandemia y los países a los que íbamos no estaban afectados!!. Mi mujer y yo nos convencemos que semejante gentuza lo ha cancelado porque no pudieron llenar el avión, antes del plazo de 15 días que las compañías aéreas disponen para hacer cancelaciones. Esa misma noche sacamos de nuevo vuelos baratos con otra compañía, ahora para el 23 marzo. ¡Que faena!, habíamos perdido un día…
Pero la vida continuaba con alegría. En mi negocio de alquileres vacacionales estábamos teniendo mucho trabajo, ¡el verano se auguraba prometedor!. Aunque se comenzaba a airear la idea de suspender Fallas o la Semana Santa de Sevilla, no había nadie que se lo creyese y los preparativos para el comienzo de la Magdalena el 14 de marzo proseguían con normalidad. A mi esa inquietud me servía para esperar en la planificación del viaje, no por miedo a nada, sino previendo que los alojamientos bajasen algo de precio. El 9 marzo cumplía 45 años, y aunque no tenía la idea de hacer grandes celebraciones, la realidad es que estaba tan preocupado que me tiré cuatro días celebrándolo, entre la gente del bar, la peña, otros amigos y la familia, disfrutando de un soleado fin de semana con restaurantes y bares abarrotados de gente.
El 8 de marzo Italia firmaba el decreto ley para confinar a toda la Lombardía y otras 14 provincias, incluyendo a Venecia, Milán y a todo el corazón financiero e industrial italiano.
Pero aquí estábamos tan preocupados por el coronavirus, que multitudes de mujeres en toda España, entre ellas mi mujer, hijas y hermanas en Castellón y Madrid, salieron en bandada a las manifestaciones feministas del 8M. De hecho, del confinamiento en Italia parece que siquiera se enteraron los mismos italianos. Aquel mismo domingo salían trenes y aviones en las zonas en cuarentena sin problema.