El 31 de Diciembre de 2019 China informa a la OMS sobre un nuevo patógeno al que llaman “nuevo coronavirus”. El virus ha provocado un conjunto de casos de neumonía en la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei. Además de la OMS, de esto no se entera “ni Dios”. El gobierno chino posiblemente se vio forzado a informar a la OMS porque un grupo de ocho médicos habían llevado la voz de alarma entre los habitantes de Wuhan, cuando los mensajes entre su círculo de amistades advirtiendo del peligro transcendieron a la población.
A 3 de enero de 2020, la BBC publica el que se considera el primer artículo sobre ese “virus misterioso” que ya había afectado a 44 personas en Wuhan. A parte de algunos habitantes de la ciudad, que ya tenían la paranoia sobre el antiguo SARS de 2002, al virus no le hace caso nadie a excepción del gobierno chino. Como suele suceder cuando se publica información comprometedora para el régimen, el mismo 3 de enero los ocho médicos son convocados en una estación de policía para desmentir las informaciones que habían dado en su grupo de chat privado. En la prensa china afín al régimen los llaman “los ocho chismosos”.
En esos primeros días de enero el gobierno chino sigue manteniendo la versión que el virus no puede propagarse a menos que se tenga contacto con animales, y sencillamente se limita a cerrar el mercado de animales de Wuhan. A 5 de enero la OMS lanza un comunicado abrazando la versión del gobierno chino: “no se han reportado pruebas de transmisión significativa de persona a persona ni infecciones de trabajadores de la salud”.
A lo largo del mes de enero al nuevo coronavirus ya se le ha dado nombre, SARS-CoV2, una mutación del antiguo SARS-CoV, pero aquí no se ha enterado nadie. De hecho parece que no se enteran del virus ni los propios chinos. Están preparando su año nuevo, que empieza el 25 de enero, el año de la rata, de la rata de metal. Un año que marca el inicio de una nueva era de 12 años, de cambios radicales según el horóscopo chino. Por lo que se ve, esto es lo que realmente preocupaba a los chinos por entones.
Yo, que adquirí desde tiempos de la ficticia declaración de independencia de Cataluña, la buena práctica de no ver los telediarios, lo poco que había leído de los chinos era sobre sus desplazamientos kilométricos para celebrar el nuevo año. Los reportajes en televisión y las noticias en los medios no parecían interesarse por mucho más.
Pero lo largo del mes de enero, China ya había puesto en cuarentena a 13 ciudades, 40 millones de personas, reportando 2000 infectados y 25 muertos, uno fuera de la provincia de Hubei, y la ONU ya había lanzado un comunicado sobre ese nuevo virus. Aún así, en aquel 25 de enero de 2020 en que se celebraba el año nuevo chino, del coronovirus solo sabíamos su nombre y que China se había lanzado a construir un hospital en Wuhan que terminaría en 10 días.
Ese mismo 25 de enero, mientras los chinos celebraban su año nuevo, en Benicasim la peña salíamos disfrazados con motivo de los festejos de San Antonio. La palabra coronavirus había salido a la palestra en cachondeo, como el siguiente episodio a una infección reciente de paperas que algunos habían tenido en la peña. Aquella noche un grupo de chavales salía disfrazado de sanitarios con mascarillas, EPIs y una caja que hacía las veces de hospital. ¿ Cual era el motivo de su disfraz? !EL EBOLA!!! . En aquellos días, ¡el coronavirus no servía ni como motivo de disfraz !!!.
El 30 de enero, la OMS declara la emergencia sanitaria global, con 10.000 infectados reportados en varios países, y al día siguiente nos llega el primer caso de coronavirus en España, un turista alemán en la Gomera. Nos la trae al pairo. Como nos la trae al pairo los cuatro españoles repatriados de China, aislados en un hospital durante 14 días, o que nos hayan traído al equipo de futbol de Wuhan a España.
A principios de febrero los medios publicaban la muerte de uno de los ocho médicos que el régimen chino había reprendido por alertar del virus. A parte de las habituales teorías conspirativas sobre su muerte y del toque de atención por el fallecimiento de un hombre relativamente joven a causa del virus, los españoles seguimos sin mostrar mucho interés por el tema. De hecho, la mayoría de nosotros no entendimos que los organizadores del World Mobile Congress lo suspendieran el 12 de febrero, decisión contraria a la opinión de todas autoridades estatales, autonómicas y locales, dicho sea de paso.
A fecha del 22 de febrero confinan a 50.000 personas en varias ciudades de la Lombardía, al norte de Italia. Esto ya nos comienza a interesar un poco más. La realidad es que hasta ahora, esta clase de epidemias eran algo de asiáticos y africanos. El hecho de que a algunos de nuestros vecinos italianos, que son tan vividores como nosotros, los hubiesen confinado en sus casas, nos resultaba mas bien motivo de risas.
Ese mismo 22 de febrero, un sábado, comienzo a mirar vuelos para un viaje a Europa del Este que tenía en la cabeza desde tiempos inmemorables. Todos los años aprovechamos las fiestas de la Magdalena de Castellón, en las que los niños disfrutan de una semana sin colegio, para salir de vacaciones. Este año me había jurado que no permitiría a mi mujer ninguna de sus triquinuelas para viajar a cualquier zona de playa, como siempre hace, y yo me adelantaría en organizar ese ansiado viaje.
El 25 de febrero confinan a 1000 turistas en un hotel de Tenerife por un caso de contagio. Ese mismo día por la noche saco unos vuelos económicos Madrid-Viena con fecha de salida 14 de marzo y los de vuelta desde Bucarest a Madrid para el día 24 del mismo mes. Mi hija mayor salía de viaje a Madrid con el colegio el 11 de marzo volviendo el 13, por lo que mis padres, residentes en la capital, la podrían recoger allí y dormiríamos todos con ellos, saliendo al día siguiente desde Barajas.
La idea era movernos desde Viena en un ferry de pasajeros que circula por el Danubio haciendo escala en Bratislava y Budapest. Desde allí alquilaríamos un coche y cruzaríamos la frontera con Rumania, y nos moveríamos por el país durante 4 o 5 días hasta la vuelta desde Bucarest. Uno de esos viajes en los que trato de ver el mayor número de lugares posible, y mientras a mi se me queda corto, mis hijos protestan porque están hartos de moverse. Luego les encanta.
Ahora parecerá que estaba loco, pero por aquel entonces a nadie se le ocurrió pensar que ese viaje fuese ni mucho menos arriesgado. La semana anterior unos amigos nos habían propuesto viajar con ellos a Marruecos el 28 de marzo. Y como es habitual, muchos en Castellón habían aprovechado las fiestas para salir de viaje. El gobierno español ya había recomendado no viajar a los países afectados por el COVID-19: China, Japón, Corea, Irán, Singapur y norte de Italia, pero entonces, ni el gobierno ni nadie preveían que nuestros viajes, y aún menos nuestras vidas, estuvieran en peligro.
En las subsiguientes semanas el coronavirus va tomando mayor acto de presencia. Justo el día después de sacar los vuelos, los medios publican el primer contagiado en la Comunidad Valenciana. Un burrianero que, como siempre ocurre en Castellón, resulta ser conocido de varios. El chaval se fue de despedida de soltero con un par de amigos a Milán y por la cuenta que les traía acordaron no dar información de donde habían estado. En el fin de semana posiblemente tuve la primera conversación seria sobre este asunto. En general todos estábamos de acuerdo en que el coronavirus no era más peligroso que una gripe común pero con tal capacidad de propagación que podía colapsar los sistemas sanitarios. Recuerdo que una amiga médica nos alertó que, si bien no era un virus peligroso, era más fuerte que una gripe. Esa apreciación, viniendo de un médico, me dejó un poco mosqueado.
El 3 de marzo se constata la primera muerte por coronavirus en España. Un análisis postmortem descubre el contagio en un hombre de 69 años, fallecido el mes anterior, y que había viajado a Nepal. A lo largo de esos días el perímetro de pueblos aislados en el norte de Italia se amplía y los eventos deportivos con equipos italianos se hacen a puerta cerrada. Nuestros vecinos italianos comenzaban a estar apestados en Europa, pero para nosotros todo esto era mas bien motivo de guasa en las conversaciones, donde el coronavirus ya era de obligatoria presencia.
Al día siguiente de esa fecha, varios amigos quedamos por la mañana para almorzar. Uno de ellos esta lidiando con una enfermedad complicada y también él por fin podía disfrutar de un copioso almuerzo castellonero. Como no podía ser de otro modo, en la alegría de abastecer nuestras barrigas, el coronavirus salió a la palestra. Un amigo hablaba del uso de antivirales en China para tratarlo. No entendía muy bien la importancia de eso, pero definitivamente me levantó el interés.
| En todo caso, la poca importancia que le pude dar al coronavirus hasta entonces, se diluía en la retahíla de chistes de los whatsapps, amenizados por fotos de las azafatas de Corona y el video de una desequilibrada paseándose por Castellón disfrazada con una suerte de traje protector, mascarilla y gafas. Y en medio de todo ese cachondeo por el virus, el 5 de marzo ¡NOS CANCELAN EL VUELO DE VUELTA!!. |
¡¿Pero como podía ser que me nos hubiesen cancelado el vuelo?!!. ¡Pero si la OMS decía que no había pandemia y los países a los que íbamos no estaban afectados!!. Mi mujer y yo nos convencemos que semejante gentuza lo ha cancelado porque no pudieron llenar el avión, antes del plazo de 15 días que las compañías aéreas disponen para hacer cancelaciones. Esa misma noche sacamos de nuevo vuelos baratos con otra compañía, ahora para el 23 marzo. ¡Que faena!, habíamos perdido un día…
Pero la vida continuaba con alegría. En mi negocio de alquileres vacacionales estábamos teniendo mucho trabajo, ¡el verano se auguraba prometedor!. Aunque se comenzaba a airear la idea de suspender Fallas o la Semana Santa de Sevilla, no había nadie que se lo creyese y los preparativos para el comienzo de la Magdalena el 14 de marzo proseguían con normalidad. A mi esa inquietud me servía para esperar en la planificación del viaje, no por miedo a nada, sino previendo que los alojamientos bajasen algo de precio. El 9 marzo cumplía 45 años, y aunque no tenía la idea de hacer grandes celebraciones, la realidad es que estaba tan preocupado que me tiré cuatro días celebrándolo, entre la gente del bar, la peña, otros amigos y la familia, disfrutando de un soleado fin de semana con restaurantes y bares abarrotados de gente.
El 8 de marzo Italia firmaba el decreto ley para confinar a toda la Lombardía y otras 14 provincias, incluyendo a Venecia, Milán y a todo el corazón financiero e industrial italiano.
Pero aquí estábamos tan preocupados por el coronavirus, que multitudes de mujeres en toda España, entre ellas mi mujer, hijas y hermanas en Castellón y Madrid, salieron en bandada a las manifestaciones feministas del 8M. De hecho, del confinamiento en Italia parece que siquiera se enteraron los mismos italianos. Aquel mismo domingo salían trenes y aviones en las zonas en cuarentena sin problema.


