domingo, 31 de mayo de 2020

LA ESCAPADA: Viernes 13. CASTELLÓN – MADRID


Por una vez nos levantamos pronto para emprender un viaje. Antes de salir a Madrid debíamos pasar por el centro de salud para obtener alguna suerte de documento que acreditase que estábamos sanos. Quería pasar la tarde con mis padres y si podía ser, tomarme unas cervezas con los amigos de Madrid por la noche. Cargamos el coche, recogimos y salimos de casa.

Sobre las 11:00 am llegamos al centro de salud. Allí me encuentro a mi hermana. Llega agitada, a la vez que nosotros. ¿Qué haces aquí? Le pregunto. Ya te explicaré, bueno apartaros un poco... Frente a recepción suelta la bomba: “!Creo que tengo el coronavirus!”. Atónito, pensando que el puñetero virus la ha vuelto loca, niego con la cabeza y me subo a la consulta.

Lo que en principio era algo rápido, se estropea. Nuestros nombres no están en la lista de pacientes. Vuelvo a bajar y mi hermana ya no estaba. Por lo que me explicó mi mujer, siquiera se había tomado la temperatura. La de recepción le había enviado a casa explicándole que en caso de tener fiebre llamase al médico y si no, se pusiese un pijama más fino, si como había dicho, por la noche sudaba. No doy crédito.

Aprovechamos para hacer unas compras mientras se vacía la consulta. No hay forma de encontrar gel hidroalcohólico ni en supermercados, ni en farmacias, ni en ningún sitio, y solo encontramos mascarillas en un chino a dos euros cada una. Me parece un timo y finalmente solo compro para los niños.

De vuelta, la consulta ya se había vaciado. La joven doctora que nos conoce nos regaña por partir de viaje. Por un momento tememos que no nos haga los documentos. Finalmente nos ausculta. Bien, no hay neumonía, no hay fiebre y  tampoco otra sintomatología… De acuerdo, estáis sanos. Tomad el papel y os advierto que estáis locos, aunque no más que todos los que se están acercando por aquí, que de no tener el virus lo acabarán pillando ¡hala, adiós!.

¡Nos vamooos!!. Antes de salir paré a echar gasoil en la gasolinera del pueblo. La dependienta me comentó que el día anterior había trabajado tanto como todo el fin de semana de pascua del año anterior. Resultaba cómico. Siquiera había hecho falta cerrar Madrid, solo el amago de hacerlo fue suficiente para que miles de madrileños huyesen a la costa. En el fondo me alegré. Eso significaba que la gente tenía más miedo a no poder vivir que al propio virus.

Iniciado el trayecto fuimos haciendo los contactos habituales. Llamada a mis padres para decir que habíamos salido, a mi suegra para despedirnos, whatsapp al grupo de Madrid advirtiendo de nuestra llegada y whatsapps a los grupos de familia y amigos para decir que habíamos salido. Pero en esta ocasión nuestra salida había causado verdadera expectación, provocando un torrente de ánimos, vítores, advertencias de cuidado, deseos de suerte y por supuesto, de críticas.

Puse las noticias en la radio, algo anormal en nuestros viajes con los niños. La rapidez con la que el mundo había empeorado a lo largo de la semana parecía obligar a atenderlo. En España ya habíamos superado los 2000 contagiados y el gobierno aún no había hecho gran cosa. Pero a nuestro alrededor, Portugal había declarado el estado de alerta y numerosos países habían impuesto restricciones a la entrada de españoles o directamente habían cerrado su frontera con España. Este era el caso de Marruecos, según informaban en la radio. Mi amigo, que viajaría aunque fuese “solo con su mochila”, se había quedado sin viaje. 

El trayecto se hacía extraño. Casi no había coches en dirección a Madrid y se encontraban cientos en dirección contraria. Eso me advertía que nos dirigíamos hacia la boca del lobo. Los whatapps con memes y críticas hacia esos madrileños que huían a la costa entretenía a todos los grupos de Castellón. En la provincia no teníamos más de cuatro casos en la fecha y todos temían que propagasen el virus.

Y en medio de toda esa actividad entre los grupos de whatsapp, rozando las dos de la tarde, desde uno de los grupos de padres del colegio nos llegaba la notificación de que la Generalitat Valenciana suspendía las clases lectivas hasta nueva orden. Estaba harto de malas noticias. Apagué la radio.

Sobre las tres menos cuarto paramos a comer en Motilla, en un restaurante de carretera. Yo entré directamente al interior del restaurante con la intención de cargar el móvil y poder ver mis webs guías y las últimas publicaciones en los medios.

Pedí una cerveza en la barra, en la que conversaban tres hombres. Pudo ser paranoia, pero me dio la sensación que me miraban con mala cara y desde luego hablaban del temita de los madrileños. Me agitó esa sensación y me senté en una mesa en el interior.

En los minutos que tuve entre que nos sentamos todos en la mesa, pedimos y nos trajeron la comida, comprobé que las restricciones a españoles en las fronteras de los países a los que viajábamos no habían variado. Nada en Austria, Eslovaquia y Hungría. Medición de temperatura a los viajeros que aterrizaban desde España en Rumania y 14 días de aislamiento si presentaban síntomas. Austria superaba los 300 infectados.

En España, el País digital informaba que Madrid cerraba por la noche todos sus comercios, bares, restaurantes… casi todo a excepción de farmacias, gasolineras, supermercados y establecimientos de primera necesidad. El gobierno Vasco había adoptado una medida similar. Verdaderamente me estaba agobiando como se estaba deteriorando la situación. En el cole ya habían muchos padres que no habían llevado a los niños por miedo al coronavirus y un amigo de Benicasim había decidido cerrar temporalmente su negocio, un restaurante emblemático de paellas en la zona.

 

 Aproveché que tenía el móvil en las manos, justo cuando nos servían la comida, para contactar a mi amigo sobre la cancelación de su viaje. Le informo que yo continúo con mis planes, contrariamente a lo que él pensaba. Me envía un video de una SAMU en la playa de la Concha de Oropesa. No lo atendí, respondí una tontería. Creo que en aquel momento ya había puesto mi cerebro en modo off coronavirus con España. Días más tarde me cercioré que ordenaba desde sus altavoces a los madrileños que habían llegado, se aislasen 14 días en sus casas.

Mientras trataba de mantenerme ajeno al mundo, con la radio del coche apagada, el presidente del gobierno comparecía en rueda de prensa para advertir que al día siguiente decretarían el estado de alarma. La situación se les había ido de las manos. Murcia confinaba a sus habitantes, otras autonomías rogaban la activación de la alarma y todas comenzaban a aplicar medidas excepcionales para frenar la plaga de madrileños huidos a sus segundas residencias a pesar de las recomendaciones de quedarse en casa. Nos iba llegando información por los whatsapps, pero al menos yo, ya había desconectado de todo ello. Difícilmente podrían cancelar de un día para otro un vuelo donde sus pasajeros ya habían facturado y en todo caso, poco ya podíamos hacer al respecto.

Aunque traté de inhibirme del mundo que me rodeaba, la segunda mitad del camino fue un infierno. Tal y como nos acercábamos a Madrid mis hermanas, especialmente la que vive allí, insistía más en la tragedia que estaban viviendo, las muertes que se estaban produciendo y que obviásemos dormir en casa de mis padres como ya habíamos quedado con ellos. Mi mujer me pidió por favor que no lo hiciésemos, no fuese mis padres se fuesen a infectar y nos culpasen a nosotros. “No te volverán a hablar”, me advertía. Me estaba volviendo loco.

Cuando entramos a Madrid por supuesto no habían tanques, ni militares ni un mísero coche de la local, pero tal y como yo estaba ya ni me acordé de eso. Me salté intencionadamente el

desvío para entrar a casa de mis padres. Crucé Vallecas y me dirigí hacía la Uva, aquel barrio antaño chabolero, que vio crecer a los Chunguitos, hoy completamente edificado y rodeado de zonas verdes. Me sorprendió ver Vallecas, mi barrio de la infancia, con solo un puñado de personas andando protegidas con mascarillas. Paré en un parque, que insólitamente aquel viernes se encontraba vacío, y me bajé del coche. La cabeza me iba a cien por hora. Si mis padres se infectasen sería un problemazo, especialmente para mi padre que tiene EPOC. Pero la realidad es que en Castellón solo había 4 casos, ¡como vamos a estar infectados!, y no tenemos síntomas de nada. Por un momento se me comenzó a pasar por la cabeza al padre de mi amiga que había estado en Milán y con cuantos podría haber estado infectados por el Covid sin saberlo. ¿Y si mis padres nos infectan a nosotros? ¿O cualquiera que me encuentre en mi barrio?. Vamos a emprender un viaje en el que como enfermemos, ¡nos encierran!!, pensaba. Sería mejor lo que está comentando mi mujer, dormir en un hotel en Barajas, cerca del Aeropuerto. Llamo a mi padre: “papa, escucha, creo que es mejor que no durmamos en casa, para vosotros que sois gente mayor esto es un riesgo”, le expliqué. “Bueno Rafa, veniros, si hemos comprado comida para cenar y ya os esperábamos”. Me respondía con titubeo. Por dentro los quería ver, desde navidad no los había visto, y seguía pensando que este virus nos estaba desquiciando a todos y que, al menos nosotros, no implicábamos ningún riesgo. Insistí un poco en el plan de dormir en cualquier otro sitio pero no tardé en claudicar. Dormiríamos en su casa.

Mi barrio estaba vacío, no se veía movimiento por la calle y varios bares o restaurantes que normalmente, a esas horas de la tarde, hubiesen tenido ambiente, estaban cerrados. Era una imagen triste. La hamburguesería al lado de casa aún permanecía abierta. Pensamos que podíamos bajar más tarde a tomar algo. De cachondeo, pero hubiese aceptado un sí por respuesta, les comenté a mis amigos si les parecía buena idea vernos esa noche. Me trataron de desquiciado.

La estancia en casa de mis padres fue la cosa más rara del mundo. Advertimos a los niños que se acercasen lo mínimo a mis padres, y al poco de saludarles se marcharon a una habitación. Nosotros también decidimos bajar abajo, para minimizar el contacto con ellos, pero no tomamos nada. Cenamos con ellos, enviamos a los niños a la cama y hablamos un rato manteniendo distancias premeditadas. Los besos de saludo y despedida aquel día fueron rápidos y temerosos. El miedo al contacto era tan desagradable que nos hacía emparanoiarnos con estar enfermando. Contratamos un taxi familiar hacia el aeropuerto para el día siguiente y nos fuimos a la cama. Aquel día España cerraba con más de 5000 casos de infectados por Covid-19, dos tercios de ellos en Madrid.

2021. Un año después.

Hace ya un año que volvimos de aquel viaje en el que dejábamos atrás un país lleno de vida, para ir sorteando fronteras mientras el mundo se...