miércoles, 24 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Lunes 16 de marzo. VIENA - BUDAPEST.

Tenía prisa por salir del apartamento. Aún teníamos que preparar los macutos, recogerlo todo y reservar algún apartamento en Budapest, y yo quería aprovechar lo poco que nos quedaba en Viena. Espabilé a todos pronto para desayunar e iniciar las tareas.

Mientras desayunábamos, mi mujer y yo competíamos por reservar alguno de los apartamentos que uno y otro habíamos visto la noche anterior. Queríamos algo con piscina climatizada, muy común en los apartahoteles de Europa del Este. Los niños siempre nos piden piscina. Finalmente nos decantamos por uno con buena pinta y económico, que aún con algunas malas revisiones, parecían provenir de tiquismiquis que se quejaban de minucias que consideraban impropias para unos apartamentos con el título de luxury. Antes de reservar, mi mujer llamó para cerciorarse que la piscina y el spa no se hubiesen cerrado por el coronavirus. Nos aseguraron que todo funcionaba con normalidad.

No quise meterme en los whatsapps por no liarnos otra vez, pero con el infortunado mensaje con el que me había despedido la tarde anterior en el grupo de los primos, no estaba muy tranquilo. Y en efecto, tras ese mensaje no había habido más interacción en el grupo que la respuesta horas más tarde de uno de mis primos, uno con los que más confianza guardo, lanzando un apabullante “Maaaaadre miaaaaaaaa!!! En serio?”. La verdad que me dio vergüenza.

Fui el primero en inaugurar la actividad del grupo esa mañana, explicando a mi primo que hablaba con sarcasmo, por lo mohíno que era video. La realidad es que él siquiera lo había visto, y tampoco le habría dado mucha importancia, pero en la distancia todo se magnifica.

Cuando les pregunté por como se encontraban, todos respondían con frustración. Se quejaban que después de llevar todo el fin de semana encerrados con sus hijos, muchos de ellos habían ido a trabajar, encontrándose el metro, trenes y autobuses abarrotados de gente. Tenían la sensación haber hecho el primo. Era una queja compartida en todos los grupos.

Habíamos salido ya del apartamento y caminábamos por el centro histórico de la ciudad, deambulando por sus calles vacías. La mayoría de locales comerciales y cafeterías estaban cerrados. Provocaba mucha tristeza. Envié a mis primos algunas fotos de aquello.

Una de mis primas, farmacéutica, intervenía por primera vez desde que habíamos salido de viaje. Nos introducía a todos en el debate. Alegaba que, después de ver lo ocurrido en Italia, sorprendía que en España aún hubiesen implantado un confinamiento a medias. Era cierto, todo aquello no tenía sentido.

Yo pensaba que, o no se hacía nada como en Reino Unido, o se paraba todo. Intuía que el gobierno español trataba de mantener con esas medidas un ratio asumible de contagios que no colapsase el sistema manteniendo a flote la economía, y deseaba que lo consiguiesen, pero dudaba de ello. Así se lo trasladé a mis primos.

Pero mientras caminaba por calles desérticas atendiendo los mensajes de mis primos, yo rumiaba otro pensamiento.  Estaba convencido de que lo que estaban haciendo en España alargaría el sufrimiento de la gente y los muertos no acabarían nunca. Pero no solo se trataba de España. Vivimos en un mundo global. Aunque en un momento dado se contuviese la pandemia en España, aún quedaba toda Europa alrededor nuestro. Y una vez se contuviese en Europa, quedaba el resto del mundo. A menos que se restringiese la libertad de viajes tal y como la disfrutábamos hasta entonces, esto no acabaría nunca. Y aún haciéndolo, siempre nos seguirían entrando africanos ilegalmente en pateras que podrían estar infectados. ¿Qué haríamos entonces?. ¿Los dejaríamos morir a la deriva por poder estar infectados?.

Esos pensamientos en el vacío de las calles de Viena me deprimieron. Me hacía consciente que mientras esto durase, hasta encontrar una vacuna, no podríamos tener una vida normal, en la que pudiésemos vernos como antes y ver a nuestros padres. Esta idea me provocaba verdadera angustia. En realidad casi prefería no hacer nada, como Reino Unido, pero me guardé el pensamiento.

Y mi prima, como si se hubiese metido en mi interior y supiese lo que cavilaba, me daba una respuesta que sentí como un mazazo en toda la cabeza:

“No hacer nada es una solución... ninguno de nosotros estaria en riesgo... el unico problema sería cuando no haya cama en la UCI de ningun hospital y se tenga q elegir entre intentar salvar a mi madre o la del vecino…”.

 

¡Claro idiota!, pensé, ¿se te ha olvidado porqué están haciendo todo esto? ¡Es por proteger a nuestros padres, porque no queremos perderlos!, me respondía a mi mismo, sin decir nada en el grupo.

Intervine por última vez advirtiendo que salíamos en un rato. Habían pasado ya las 12:30 del medio día y mi mujer estaba cansada de moverse por calles vacías. Prefería hacer tiempo en alguna cafetería tomando algo con quien se quisiese quedar con ella. Entraron en una pequeña cafetería que aún permanecía abierta frente al edificio de la ópera, cercana a una estación de metro que en pocas paradas nos dejaría en la estación de tren.

Mi hija mayor y yo quisimos continuar viendo la ciudad. Recorrimos la avenida Opernring hasta llegar a


una de las entradas del parque de Burggarten, la que da acceso al palacio de Hofburg. El parque tenía sus accesos cerrados pero ya solo la imagen desde el exterior de la valla era preciosa. Paramos frente a la estatua de Goethe y desde allí continuamos bordeando el parque disfrutando de las vistas que permitía la valla al interior del parque. Llegamos hasta el palacio, contemplamos la estatua de Mozart situada frente a su entrada y desde la lejanía, las vistas del parlamento. Todo era de una belleza extraordinaria. Nos hicimos unas fotos y desandamos lo andado por la acera contraria. Yo caminaba pesaroso por cerciorarme que casi no habíamos visto nada de aquella ciudad tan bella.

Cuando llegamos a la cafetería, y ante mi queja de no haber visto nada, mi mujer me recordaba que siempre me pasa lo mismo en todos los viajes. Es cierto, pero esta vez era obvio. Me prometí volver algún día.

Me tomé un café y pedí uno de esos pastelitos macarons que mi mujer me recomendaba por deliciosos. No nos sobraba ya mucho tiempo, el tren salía a las dos menos veinte y queríamos coger algo de comida en la estación para comerla dentro del tren. Nos pusimos en marcha.

Como siempre, a la estación de tren llegábamos con el tiempo justo. Mi mujer se fue a imprimir los billetes y yo me fui a los puestos de comida con los niños. Unos cogieron filetes empanados, otros bocadillos… dos puestos distintos para contentar el capricho de todos más otro más cuando nos alcanzó la madre.

Entramos en el tren ya con prisas. En las estaciones de tren europeas no suelen haber controles de maletas ni identificación de pasajeros, pero en esta ocasión siquiera nos pidieron los billetes. Lamentaba que algún día se perdiese esto por el coronavirus, pero la verdad es que también me sorprendió lo fácil que es transportar una bomba por toda Europa.

Una vez dentro, buscamos nuestros asientos, nos acomodados y repartimos la comida. Ligeramente pasadas las 13:40 hrs la máquina comienzó a moverse lentamente, cogió velocidad, un pálpito de corazón y whatsapp a las familias: ¡Camino a Budapest!!.

Mi familia respondió con un sobrio silencio. Solo mi hermana pequeña respondería al cabo de casi dos horas con un “Que vaya bien”. No tenía muy buena pinta aquello.

La familia de Castellón permanecía tranquila, la actividad en el grupo había decaído en los dos últimos días. Mi cuñada informaba que mis sobrinos ya se encontraban bien. Ahora se preocupaba por nosotros, por si no nos dejaban volver. El resto no parecían muy preocupados, deseando que disfrutásemos del viaje y que informásemos. Mi mujer les dio el parte del viaje. 

Teníamos 2 horas y 40 minutos para comer, disfrutar de los paisajes del trayecto y atender al resto de los grupos de whatsapp.

Mientras yo comía, mi mujer se entretenía con el grupo de la peña. Ya llevarían más de trescientos mensajes desde la última vez que me metí en el grupo. Una se preocupaba por enfermar de ansiedad, otra por la soledad, otros por las aglomeraciones y el imparable número de infectados y otros por que los dejasen salir de una vez. Mi mujer respondía envalentonada, asegurando que tal y como los veía a todos igual no volvía nunca.

Entre los mensajes del grupo había un audio de una tal doctora Natalia Prego Cancelo, médico de familia, daba su número de colegiado. Aquel audio, viniendo de un profesional sanitario, lo sentí como sustento erudito a buena parte de lo que yo pensaba. Tras escucharlo me cercioré que no fuese un bulo. Efectivamente la doctora existía, tenía ya alguna publicación anterior.

Comenzaba denunciando que se estaba “produciendo una manipulación emocional y psicológica de la población” en base a criterios clínicos del coronavirus que “no son significativamente más graves que los de la infección estacional del virus de la gripe o del sarampión”.  

Desconocía la tasa de mortalidad del Sarampión, (0,01 en países desarrollados, 10% en subdesarrollados) pero recordaba el de la gripe común, que no es superior al 1%. Contando con que la tasa de fatalidad del SARS-COV 2 era supuestamente del 3,4%, y no estamos vacunados como sí ocurre con la gripe, la doctora lo estaba viendo con demasiada benevolencia, pero de esto hay más que hablar y lo haré en otro momento.

Lo que realmente me resultó interesante del audio de la doctora, es que incidía en dos aspectos novedosos. Uno era el miedo que había generado la manipulación informativa y el otro los daños psicológicos del confinamiento.

Lo primero lo tenía claro. Hacía una semana todo el mundo estaba tan campante y ahora estaban todos “cagados”, si no era por el virus, era por las multas o incluso el riesgo de prisión por salir de sus casas.

El otro detalle me resultaba aún más inquietante y creo que la mayoría de la gente siquiera habíamos reparado en ello por entonces. La respuesta a la pandemia, imponiendo un confinamiento tan estricto, iba a generar consecuencias aún más graves que el virus. Entre ellas pobreza, pero además otras enfermedades provocadas por el confinamiento, especialmente psicológicas.

Me acordé de mi madre. Una mujer mayor con síntomas claros de demencia senil, en proceso de diagnóstico que podría ser Alzheimer. ¿Cuanto duraría mi madre un número de días, o meses, encerrada en casa?. ¿Que haría mi padre solo con ella, sin poder salir a la calle?, me preguntaba a mi mismo. Últimamente el tema de conversación entre hermanos eran los cuidados de mi madre. Ahora parecía que todo se había esfumado. ¿Alguien estaba pensando en todo esto?.

Recordé las tasas de suicidio mundiales. Una de las principales causas de muerte entre los jóvenes, específicamente la segunda causa de defunción en personas entre los 15 a los 30 años. Solo en España provocaba unas 3.700 muertes al año, más del tripe que en accidentes de tráfico.

La doctora Prego animaba a los ciudadanos a salir a la calle y exigía a las autoridades aislar solo a aquellos más vulnerables al virus. Confiaba en la inmunidad de rebaño, es decir, en que generásemos anticuerpos naturales una vez expuestos al virus hasta terminar con él, como se había hecho toda la vida. Terminaba con un: “digámosle al mundo que nosotros no tenemos miedo”.

Me pareció fantástico. ¿Y si estaba ahí la clave?. Salir los sanos, ver a los nuestros e inmunizarnos, y ver a nuestros padres con toda clase de cuidados, pero al menos verlos. ¿No iría así más rápido que esperar a que desapareciese el virus de la faz de la Tierra?.

De repente el tren se detuvo. Buen momento para fumarnos un cigarro. Mi mujer y yo salimos ansiosos al andén, pero no llegamos a poner un pie en él. Tres armarios de hombres y una mujer, uniformados de policía, estaban accediendo a todos los vagones. Algo pasaba. El acongoje nos llevó a los dos de nuevo a nuestros asientos.

Tras unos instantes dos de ellos accedieron a nuestro vagón. Estaban tomando la temperatura a todos los pasajeros. Un escalofrío me recorrió la espalda llegando a mis manos para coger con rapidez el móvil. Comencé a disimular toqueteándolo y aparentando tranquilidad. Miré al agente en mi turno, pero obvié observarle cuando les tocó al resto de la familia que tenía al lado.  

Una vez marcharon, encontré a mi hija pequeña con una enorme sonrisa. Tenía una flor en sus manos. La muy “bicha” los estaba grabando y en respuesta le dieron una flor. Dí gracias a la vida por ese detalle.

Acabábamos de cruzar la frontera eslovaca, el país que tuvimos que eliminar de la ruta. Parece que antes de permitir la entrada a sus residentes, los únicos que la tenían permitida, tomaban la temperatura a todos los que compartían transporte con ellos.

Rozaban ya las 14:40 horas y contacté con el resto de los grupos. Aún tenía que informarles que estábamos de camino a Budapest. Les conté la anécdota con la policía eslovaca, el detalle de la flor y les envié el audio de la doctora Prego, reafirmándome en sus palabras. 

En el grupo de mis primos, mi cuñado, que es que es un cuñado, en un minuto ya me había tirado el audio por los suelos. Que si una sanadora, que si defensora del karma y los caminos cósmicos, que vamos, que ya pasé de él. Ya le había explicado que los datos parecían correctos y lo demás era una mera opinión. A otro grupo.

Los de Madrid tampoco me hicieron mucho caso. Estaban entretenidos con la historia de un tío que le decía a una señora que compraba comida de perros para adelgazar. Pensé que se habían vuelto locos ya con el confinamiento. Luego comenzarían a usar una de esas aplicaciones para hacer videoconferencias grupales que tanto juego nos han dado durante el confinamiento, y estuvieron entretenidos toda la tarde.

Los de Castellón estaban más aburridos. Justo les pillé cuando uno me preguntaba por donde andábamos. Hacía un rato se habían estado riendo con el tema de que ya no volvíamos y con el rey emérito, que le habían pillado en algún tipo de desfalco. Cuando les expliqué la historia de la policía eslovaca uno de ellos me preguntó si no teníamos miedo.

Con mi paranoia por los cuestionamientos al viaje, respondí una retahíla de chorradas echando mano de estadística, justificando con ellas que ni tenía miedo a infectar ni a ser infectado, y aún menos a que me cerrasen las fronteras.

Mi amigo, al que guardo especial aprecio, me matizó que preguntaba por el miedo a quedarme encerrado por ahí. Insistí malhumorado en que eso no se produciría y en la legalidad de los viajes. Era cierto. Sabía que los vuelos internacionales dentro de la UE nunca se podrían restringir para residentes, o para hacerlo tendrían que dar aviso con mucho tiempo de antelación. Pero le reconocí que había sentido miedo al ver a la policía.

Por supuesto mis bravuconadas recibieron respuesta por otros. Las ya acostumbradas advertencias del daño que a cualquiera le puede hacer el virus, la insolidaridad con los mayores, el colapso de las UCIs… Nada nuevo que ya me sorprendiese.

En respuesta volví a usar mis estadísticas y razones, pero lo que no quise decir, es que a lo que sentía verdadero pánico, precisamente era a volver y quedarme allí encerrado. La idea me resultaba insoportable. Hubiese llegado a Rusia de poder hacerlo.

Uno de ellos me recomendó escribir un blog. A él le tenéis que agradecer la idea. Le respondí que no era el momento si quería que me hablasen a mi vuelta.

Tras el rifirrafe en el grupo, mi mujer y yo nos levantamos al bar del tren para tomar un café. Había un grupo de hombres con una borrachera como un piano y la camarera insistía en que allí no había café. Mi mujer siguió buscando el brebaje vagones más adelante y yo no quise esperarla con aquella compañía.

Al volver a mi asiento eché un vistazo a todos los mensajes que se habían escrito en el grupo de Castellón con el que antes me ocupaba. Echando atrás me dí cuenta que al menos dos de ellos habían enviado titulares con la noticia que Hungría cerrada sus fronteras. Comprobé los enlaces, esta vez era cierto.

A lo largo de la mañana de ese lunes 16 de marzo, el parlamento húngaro había cerrado las fronteras para todos los pasajeros, a excepción de los húngaros que quisiesen regresar al país. La medida se aprobaría al día siguiente, nos habíamos salvado por los pelos.

¡Vaya, de ahí la pregunta sobre el miedo! Pensé con cara de tonto.  Tiendas, cafeterías y restaurantes permanecerían abiertos solo hasta las 15.00 horas. El movimiento de personas no sufría restricciones, pero de nuevo encontrábamos trabas al viaje.

Supongo que buscando empatía, lo comuniqué en el grupo. Se me volvían a complicar mis vacaciones anuales. Esta era la forma en la que yo estaba luchando contra el virus.

Llegábamos ya a Budapest. Cuando salimos del vagón no había nadie en la estación controlando la salida de pasajeros de los trenes. Observando Google maps vimos que no estábamos lejos del apartamento.

Mi mujer insistió en ir andando, por algún motivo quería evitar el taxi.

Mientras andábamos sorteábamos un fluido tráfico de vehículos, pero no había mucha gente en calle. Mi mujer continuaba parándose en casi cada farmacia, droguería o chino buscando líquido hidroalcohólico que llevar a España. No hubo suerte, también allí estaba todo agotado.

Budapest se veía desgastado, pero la suciedad que cubría sus fachadas no escondían la belleza de aquella ciudad, antaño retiro de emperatrices. Europa del Este nunca había sido del interés de mi mujer, pero le estaba encantando. Pasamos por un lujoso restaurante, el New York café, del que no recordaba haber visto nunca unos interiores tan elegantes. Tras unos 20 minutos caminando, llegábamos a un pequeño paseo que pasaba por la ópera y terminaba en un enjambrado de pequeños jardines, que daba a la calle de nuestros apartamentos.

Una vez en el hall del apartotel, nos atendieron dos recepcionistas que se mostraban ansiosos. Estaban pálidos. No sé si era por ver a una familia con tres niños todos morenos o porque les acababan de dar la noticia de las medidas impuestas por el gobierno, pero su preocupación era evidente.

Los niños estaban impacientes por ir a la piscina. Cuando les preguntamos por las instalaciones se pusieron aún más nerviosos. Nos informaron que solo durante ese día la podrían usar pero el resto de nuestra estancia permanecería cerrada por el coronavirus. Por lo que explicaban les acaban de llegar las medidas a aplicar.

Los niños y mi mujer se apresuraron a ponerse los bañadores para disfrutar del agua lo poco que les quedaba. Por lo que más tardé me explicó mi mujer, una empleada huía de ella cuando se acercaba a coger las toallas, de forma que tuvo que perseguirla para hacerse con ellas.

Yo me bajé a un pub cercano con la promesa de traerla una cerveza a mi vuelta. Si el nerviosismo en el apartotel era obvio, lo del pub fue digno de película.

Un grupo de tres o cuatro hombres de entrada edad, que parecían recién salidos de la obra, se distribuían a lo largo de una pequeña barra. La mujer que lo llevaba no me miró con mucha simpatía. Ya me había planteado que si me preguntaban por mi procedencia diría que era chileno, por encontrar un acento lo más parecido al de un español. Usé pocas palabras en inglés para señalar una botella de cerveza que se tomaba uno de aquellos, y una vez servida me retiré a una mesa arrinconada detrás.

En la televisión echaban las noticias. Hablaban del coronavirus, algo relacionado con una estación de esquí, supongo que se trataba del primer foco de infección. De repente los hombres se separaban de la barra para pegarse al televisor. Allí se sentía el miedo. Los dos más jóvenes sentados cerca de mi mesa tampoco retiraban la vista del televisor. El silencio era sepulcral. Pensé que era digno de grabarlo, y lo hice. Me imagino que si se llegan a enterar que el que estaba sentado en la mesa de atrás era un español se hubiesen liado conmigo a palos.


Pedí otra cerveza y llamé a mis padres. Ellos se encontraban bien. Asustados porque mis hermanos les habían advertido de no poner un pie en la calle, pero mi padre actuaba como si el virus no le preocupase. Como a mi, lo peor que le pueden pedir a mi madre es que no salga. La pobre no entendía nada, pero por no escuchar a mi hermana se había hecho a la idea de quedarse en casa.

Me tomé la cerveza y tras serme imposible entenderme con la camarera para llevarme un par de latas, probé suerte con otro bar al lado.

Este se veía más cutre, pero estaban más animados. Pedí en inglés un par de latas de cerveza, pero tampoco el de la barra sabía lo que le decía. Un chaval joven con pinta de gracioso me ayudó con el tema. No tenían latas, pero aquel chaval lió al del bar para que me llenase dos cubos de litro, que más bien parecían tarrinas de helados. Me preguntó en inglés de donde venía. No me arriesgué: “from Chile”, respondí en inglés. A ese le daba igual mi nacionalidad si podía correrse una juerga. Abrazándome porque había conocido al primer chileno en su vida, no sé como me lió para invitarle a un whiskey y tomarme yo otro con él, y de la alegría acabé invitando a los otros dos que andaban con él en el bar. La verdad es que cuando salí de allí iba medio ebrio, muriéndome de risa con la situación y el tema del chileno, y pensando que me diría mi mujer cuando me viese entrar con los dos cubitos de cerveza a la piscina. Por supuesto que no le hizo nada de gracia, pero vaya, algo se bebió.

Me dejó a los niños para que yo les sacase de la piscina, lo que no me fue fácil, y al cabo de un rato logramos vestirnos para salir a cenar.

Sabiendo que no tendríamos muchas más oportunidades para hacerlo, decidimos ir a un restaurante cercano con buenas revisiones por su comida típica húngara. Había advertido a los niños que si nos preguntaban diríamos que veníamos de Chile, pero el metre no nos dio oportunidad de engañarle. Tal y como nos escuchó hablar sabía que éramos españoles. Había vivido en España. Nos atendió extraordinariamente y además solo compartíamos restaurante con otra mesa.

Tras una copiosa cena, iniciada por unas sopas típicas húngaras y seguidas de unas carnes, nos despedimos, posiblemente para siempre, del metre y del restaurante. El día había sido largo. Todos necesitábamos descansar.


domingo, 14 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Domingo 15 de marzo. VIENA, La polémica.

Mientras desayunábamos estudiamos la situación en la que nos encontrábamos. Tras la noticia del cierre de fronteras en Eslovaquia y Austria, ahora debíamos valorar las probabilidades de que cerrasen fronteras en los demás países de nuestra ruta según su afectación por el Covid-19 y posibles problemas para volver a España.

Según el propio presidente del gobierno, "Cualquier español que haya salido por motivos laborales, por motivos vacacionales, puede regresar sin ningún problema". En principio, el regreso a España parecía estar garantizado.

A lo largo del día anterior Austria había duplicado su tasa de infectados hasta llegar a los 650 casos. Los museos estaban cerrados, pero restaurantes, comercios y espacios al aire libre permanecían abiertos. A partir del lunes introducían restricciones de movimiento. En todo caso ya nos afectaba poco. En nuestro plan de viaje salíamos el mismo lunes a la hora que nos conviniese en función del medio de transporte que usásemos para hacerlo.

Eslovaquia había cerrado su frontera a extranjeros con menos de 50 casos constatados de Covid-19. No esperábamos que con un número tan bajo de casos, aún en una población pequeña de 5 millones de habitantes, se aplicasen restricciones fronterizas, pero el hecho de obligarnos a prescindir de la visita a Bratislava tampoco fue algo que nos afectase demasiado.

El resto de países de nuestra ruta, Hungría y Rumania, con poblaciones de 10 y 20 millones de habitantes respectivamente, siquiera llegaban a los 150 casos de infectados en la fecha. Con esos datos no era probable sufrir ningún otro contratiempo en el resto del viaje a causa del virus.

Continuaríamos hasta el final de nuestro viaje y más allá si tocaba. Con lo que habían hecho en España casi mejor no volver hasta que hubiese permiso para vivir de nuevo.

Ahora estábamos en Viena y debíamos disfrutarla. Comenzamos a hacer planes para el día. Comenté de visitar el Wiener Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo y uno de los lugares de obligada visita en Viena. Mi mujer llamó y estaba abierto.

A los niños les habíamos hablado de visitar ciertas atracciones en Rumania que ya no confiábamos estuviesen abiertas cuando llegasemos, y contando lo poco que en la actual situación se podía visitar en Viena, esto nos venía genial.  

Cuando terminábamos de desayunar, mi mujer me comentó aireada que se había montado una trifulca en uno de los grupos de padres del cole. Había incumplido la regla de “no fotos” y entre los ya acostumbrados elogios y advertencias alguien le reprochó haber salido de viaje. Ella respondió que se debería haber considerado igual de irresponsable llevar a los niños al colegio el viernes, y alguno se molestó.   

Mientras nos preparábamos todos para salir, yo también quise echar un vistazo al whatsapp. En el grupo de mis primos alguno más se sumaba a los espaldarazos de la noche anterior. Pero una de mis primas también nos reprendía por haber salido de viaje, reclamando a todos ser maduros. Fue educada y además yo la entendía. Ella es enfermera y me imaginaba por lo que estaba pasando. Pero he de reconocer que me sentí violento.

Seguidamente otra de ellas reenviaba un extenso texto supuestamente de un doctor, que alertaba de la realidad de la situación. Era una buena explicación, pero yo ya había leído lo suficiente sobre este asunto antes de salir de viaje, como para saber todo lo que explicaba. El peligro no era el virus en sí, sino el colapso sanitario que producía su capacidad de propagación. Por supuesto el problema ya no solo eran las muertes ocasionadas por el virus, que en mi rango de edad son improbables, sino además las producidas en aquellos con otras patologías al no poder ser atendidos correctamente.

Mi cuñado, que se sintió aludido por hacer gracias del viaje, se disculpaba. Otros daban ánimos a mi prima enfermera. Y mis hermanas, se regocijaban por un lado en el grupo de los primos, mientras que por el de los hermanos me reprochaban sin piedad. Y, por primera vez desde que salí, me sentí obligado a justificarme, algo que me prometí no hacer en todo el viaje.

La realidad es que mis primos son gente a las que ya no solo les guardo mucho aprecio, también les respeto. En ese grupo se reparten ingenieros, informáticos, matemáticos, biólogos, farmacéuticos, arquitectos y empresarios vividores. Su opinión sobre las cosas me interesa y también me importa.

Yo sabía lo que había hecho. Seré valiente o inconsciente, no sé exactamente cual es la diferencia, pero siempre me gusta aplicar una lógica en lo que hago.

Seguía pensando lo mismo. Esto es una mierda virus. Según las estadísticas de China el virus no mataba a más del 0,8 en mi rango de edad y menos del 10% en el de mis padres, la mayoría además con patologías previas. Había salido de Castellón sin síntomas, en una población de casi 600.000 habitantes  y con solo 4 infectados constatados. Me podría haber contagiado en Madrid, pero era poco probable. Aún llegando al número de infectados que temía el gobierno de 10.000 casos, en una población de casi 50 millones como la española, la probabilidad de toparme con un infectado desde que salí de Castellón era de 2 entre 1000. Y había estado prácticamente encerrado en un coche. Solo había estado en contacto con mis padres  y con los cuatro gatos que me había cruzado en Barajas. Pero es que, aunque me hubiese infectado antes de llegar a Austria, en este país el virus ya estaba dentro, y difícilmente nuestra presencia implicaría una presión adicional en su sistema sanitario. Molestaríamos menos enfermando en países cuyos sistemas sanitarios no estaban colapsados, como ya ocurría en España, y tendríamos más posibilidades de ser atendidos correctamente. Algo así les traslade a mis primos.

Hoy sabemos que los infectados debían ser bastantes más pero también lo suficientemente pocos como para poder vivir tranquilos.

Mientras mi hermana mayor continuaba fustigándome en el grupo de hermanos, por el de los primos llegaba un contraataque a mi explicación. Uno de mis primos me enviaba el BOE advirtiendo de multas por la huída y un maquiavélico ejemplo de lo que los coreanos les hacían a sus infectados de Covid.

¡Pero que no hemos huido, no hemos hecho nada ilegal!, replicaba, mientras ya íbamos andando por la calle en dirección al metro.

La verdad es que ya me desesperaba. Siquiera por entonces habían restricciones en Austria para la entrada de ciudadanos españoles. Lo que habían prohibido desde el lunes eran las salidas de ciudadanos austriacos a España. Y cuando salimos solo había una recomendación de no salir de viaje en España. No habíamos incumplido una sola restricción legal, pero medio planeta parecía estar convencido de lo contrario.

Mientras mi mujer me regañaba por mi atención al móvil cuando ella sacaba los billetes de metro, yo iba buscando ángulos para sacar fotos que mostrasen la normalidad en las calles. Había poca gente, pero los que habían estaban tan campantes. Recordé la premisa del viaje: ¡NO FOTOS!. ¡Leches!, ¿como les convenzo de que los han encerrado a ellos, que el resto del mundo sigue viviendo?, me preguntaba a mi mismo.

El conjunto de reproches por un lado y las advertencias por el otro, me desestabilizaron. Dentro del metro, mientras mis hijos y mi mujer se divertían ajenos a todo, yo me mantenía en silencio y pensativo. Estaba cabreado. Ya no era que muchos reprochasen algo tan trivial como estar andando con tu familia por la calle u otros pensasen que estabas haciendo algo ilegal por el mero hecho de hacerlo, es que estaban convencidos de ello. 

¿Cómo habían conseguido eso de la gente?, me preguntaba. El virus era el mismo que existía hacía una semana, cuando todos estábamos en terrazas abarrotadas de gente, en bares y conciertos y el mismo gobierno nos arengaba a acudir a las manifestaciones. Y el mismo virus al que muchos se enfrentarían el lunes cuando fuesen a sus puestos de trabajo. ¡Pero todos habían aceptado un arresto domiciliario durante el fin de semana!.

Hacía ya tres días que me había inhibido del bombardeo de los whatsapps y casi no había visto el telediario en toda la semana. A lo largo de esos días me habían llegado mensajes aterradores sobre muertos, un amigo grababa un audio rogando con verdadera angustia que nos encerrasen y para cuando salí de allí muchos siquiera habían llevado a los niños al colegio. Los centros de salud y hospitales se habían colapsado más por la gente que acudía creyendo haberse contagiado que por ingresos reales por este motivo. Ciertamente me había evadido de todo aquello. Pero es que, los casi ocho mil infectados y trescientos abuelos muertos que ya llevábamos, extrapolados a toda la población española, tampoco me justificaban ese comportamiento. 

El problema no eran los reproches o temores. La mayoría eran amigos o familiares, gente que nos quiere, y verdaderamente sentían preocupación por nosotros o por el mal que pudiésemos ocasionar. Era la sumisión ante el miedo, edulcorada por un hashtag de #quédateencasa.

 

En aquel momento me entró una preocupación de la que aún no he conseguido deshacerme.

Me cuesta creer en teorías conspirativas, pero si no sabían como hacerlo, ahora ya lo tenían claro. Solo el bombardeo informativo sobre un virus de mierda, ya había conseguido encerrar a los habitantes de tres países y lo que quedaba por venir. Un virus que siquiera mata niños, lo más extraño en una epidemia, y raramente mata adultos sanos, había paralizado por completo unas sociedades que se creían tan sofisticadas que pensaban estar por encima de las leyes naturales. Me vino a la cabeza un concepto nuevo del que me había hablado un amigo, el Homo Deus, el hombre dios. ¡Que irónica es la vida!, pensé.

Cuando salimos del metro la imagen era preciosa. Amplios jardines en un día soleado, con la vista de una noria y otras atracciones al fondo. Padres con sus niños en bicicleta, críos jugando con la pelota, gente paseando. Aquello era maravilloso.

Mientras mi familia paraba en un puesto de perritos calientes, yo trataba de tomar fotos de aquello. Quería captar a la gente, pero en la cámara del móvil aparecían demasiado lejanas.

Nos dirigimos hacia la noria. Pasamos por los coches de choque y grabe a los que estaban allí manejándolos. Dentro de la noria había un pequeño museo que permanecía abierto, mostrando con maquetas y muñecos de plomo escenas de la historia de Viena y del parque. No había muchos allí pero para acceder a la noria había cola. También la grabé.

Me fijé en dos operadores que limpiaban meticulosamente los asientos interiores y todas las barras metálicas de cada habitáculo de la noria. Esa medida no la he visto en España hasta la fecha. En ese momento me llegó un privado de un amigo de Gerona con una noticia en los medios avisando que Austria instaba a su población a confinarse. La respuesta ya la tenía preparada. El video de aquella cola de gente esperando. Mi amigo entendió el mensaje: “Guay tío. No te agobio más”. Sabía que estaba preocupado por nosotros y de algún modo yo también quería tranquilizarle, le agradecí que me enviase información que nos afectaba. El me reconocía tener la paranoia de sufrir síntomas y el bombardeo de las redes.

Tal y como el habitáculo ascendía al giro de la noria, las vistas se hacían más bonitas. El enorme parque en que nos encontrábamos se rodeaba de la ciudad de Viena. Pero yo realmente no estaba centrado en las vistas. Quería sacar una toma de toda aquella gente que se movía debajo de nosotros entre las distintas atracciones de la feria. Era una imagen lejana, pero suficiente para lo que quería.

                                               

Tras bajar de la noria nos dirigimos hacia las atracciones. No estaban todas abiertas, pero si bien no había la cantidad de gente que se esperaría en una soleada mañana de domingo, si la suficiente para mantener funcionando alguna de las montañas rusas y muchos cachivaches.

Mi mujer y yo esperamos a los niños tomando una cerveza en una terraza. Recuerdo un hombre de edad sentado frente a nosotros. Le acompañaba una mujer y de alguna forma se las había arreglado para abandonar una silla de ruedas que había dejado a su lado. El hombre tenía estilo. Lucía un gorro amplio y gafas oscuras y se fumaba un puro a la vez que sorbía un licor. Por lo exagerado de su cara de satisfacción, me dio la sensación que se burlaba del virus.  Me sentí bien. Fue el momento que encontré para enviar un privado a mi primo con algunas fotos de la gente en el parque de atracciones. “… la gente esta funcionando con normalidad…”, le dije, y le advertí del problema del bombardeo informativo.

Sabía que los medios españoles estaban metiendo miedo con salir a la calle, salir de viaje y con a saber qué, y sentí una enorme necesidad de mostrar, al menos a algunos, que la vida continuaba fuera de España. Él me respondió que no daba mucha importancia al “bicho” y que el problema efectivamente estaba en la histeria de la gente.

De lo que yo no era consciente entonces, es que durante la comparencia del presidente, este había pronunciado frases como que “no le temblará la mano para vencer al virus” o que “el ejército ya está preparado”. De saberlo, me hubiese sido más fácil entender que los que no tenían miedo al virus, como le ocurría a mi primo y tantos otros, lo tendrían a la represión del Estado por saltarse el confinamiento.

La breve interacción con mi primo me dejó tranquilo. La verdad que las críticas en el resto de los grupos me divertían más que otra cosa. Me prometí no tratar ya nada del “bicho” en el grupo de mis hermanos e informarles solo de los movimientos del viaje. No llegué a hacerlo del todo, pero pude eludir sus reproches.

Nos fuimos a comer cerca de la orilla del Danubio. Un bonito y elegante restaurante, con decoración


exagerada a lo ruso, y a la vez económico, que encontramos en los alrededores del río. Allí por fin, pudimos satisfacer nuestro antojo de unos Wiener Schnitzel, unos filetes empanados al estilo de Viena. Pasamos un buen rato y tuvimos todo el restaurante para nosotros, no había nadie. Así que el niño pudo jugar un buen rato conmigo a peleas, las niñas entretenerse chateando con sus amigas tumbadas en largos sofás y su madre disfrutar de un café tranquila.  

Cuando terminamos de comer volvimos de nuevo al río. Soy cabezón, y aún sabiendo que en marzo no habían ferrys en funcionamiento que llevasen a Budapest, y menos aún con el coronavirus cerrando

fronteras por Europa, quería intentarlo. No hubo suerte, pero al menos pasamos un buen rato y disfrutamos de las bonitas vistas que allí habían.

Una vez los niños jugaron en los columpios que se ubicaban a lo largo del muelle, cruzamos medio puente viendo atardecer en el Danubio y me cercioré que en domingo no había oficinas abiertas, nos volvimos a casa. Comenzaba a hacer frío.

Dejamos a los niños en el apartamento y pasadas las 8 pm mi mujer y yo bajamos a fumarnos una shisha y tomarnos unas cervezas en un pub cercano. Los jóvenes no parecían muy preocupados por el virus y allí había gente. Aprovechamos para chequear novedades en los países de la ruta y para comunicarnos un rato con la gente en España.

Paradójicamente España no había cancelado sus vuelos con Austria, podían seguir entrando españoles sin restricciones. Habían otros países que restringían la entrada a austriacos en sus fronteras, como Alemania o Republica Checa, pero no era el caso de Hungría y Rumania. Ya se habían superado los 800 casos de infectados por Covid en Austria y a lo largo de la semana se aplicaban serias restricciones a la población. No se podrían reunir más de 5 personas, los restaurantes se cerraban desde el martes y se pedía no abandonar las viviendas más que para trabajar o cuando fuese estrictamente necesario.

Las restricciones en Austria ya nos importaban poco. Según nuestros planes salíamos al día siguiente a Budapest, capital de Hungría. Dada la imposibilidad de transportarnos en barco, medio que por otra parte implicaba bastante tiempo de viaje, la mejor opción era el tren. Dudábamos si salir antes o después. Siempre había un grado de inquietud, aún sabiendo que las restricciones fronterizas no se aplicaban de un día para otro. Entre las muchas combinaciones de trenes, nos decidimos por un tren directo a las 13:40 hrs. Aprovecharíamos para ver un poco la ciudad por la mañana.

Informamos en los grupos de whatsapp del siguiente paso en nuestro viaje y preguntamos a todos como estaban. Unos estaban aburridos, otros se reían y otros enviaban consejos para protegerse del bicho.

Resultaba muy divertido. Cuando teníamos tiempo para intervenir en los grupos, era como si se enganchasen a una telenovela, les daba vidilla. Te preguntaban si ya te habían detenido, otros te deseban suerte y otros aún nos interrogaban sobre donde estábamos. Resultaba cómico saber que mientras algunos bromeaban con la posibilidad de que acabásemos en prisión, nosotros nos encontrábamos con una cerveza en la mano y el tubo de shisha en la otra. Pero también producía pena la situación que ellos estaban viviendo.

En el grupo de Castellón, alguno criticaba las medidas aplicadas por el gobierno.  La realidad es que no se entendían. Todo el fin de semana encerrados en sus casas con sus hijos sin poder pisar la calle y al lunes siguiente muchos iban a trabajar. Comparaban las medidas de confinamiento aplicadas en otros países. Ciertamente, en Francia, con un número de infectados similar al nuestro, la gente aún podía salir. En la mayoría de países centro europeos siquiera se habían aplicado restricciones al movimiento. Reino Unido ya había anunciado que no iba a luchar contra el virus, no iban a hacer nada en pro de no afectar su economía, y EEUU y Brasil tenían la misma idea.

El debate me recordó un informe elaborado para la Administración Británica por el Imperial College de Londres. Avisaba que, o el gobierno cambiaba la estrategia de obviar el virus, o ya podían esperar 250.000 muertes. No parecía que no hacer nada fuese la solución, pero desde luego encerrar a todo el mundo, además de inhumano, podría acarrear consecuencias aún peores. En todo caso ya se planteaba la gran pregunta de todo esto: Para luchar contra el “bicho”, ¿cuánto se tenía que sacrificar de libertad para no producir algo peor, pobreza?.

Pasé a atender el grupo de whatsapp de mis primos. Mi hermana pequeña había colgado un video mohíno en el que aparecía la tierra y un conjunto de bonitos mensajes sobre los beneficios que a la humanidad nos traería el coronavirus. Hablaba de la reducción de la contaminación, del poder estar con nuestras familias, de proteger a los mayores y amarnos los unos a los otros. ¡Pero como nos vamos a amar si no nos estamos viendo!, ¡menos aún a los padres, que los hemos dejado solos!, renegué. Me entró tal “mala leche” que automáticamente disparé una burrada. Algo así como que me sorprendía que entre los beneficios del coronavirus enumerados en el video, no mencionase aniquilar a todos los abuelos para poder cobrar la seguridad social. Me arrepentí al minuto de hacerlo pero no lo borré. Supongo que la había tomado con mis hermanas.


Mi mujer interaccionaba en ese momento en el grupo familiar de Castellón. Ya no era uno, sino mis dos sobrinos padecían ahora de fiebre. Mi cuñada estaba nerviosa, rogando a todos no salir de casa e incidiendo en la idea que los niños podrían estar infectados por el coronavirus. Otros recordaban no consumir ibuprofeno. Rondaba la noticia que la sanidad francesa había lanzado un comunicado advirtiendo de funestas consecuencias por su uso en pacientes de Covid-19. El comunicado era real, yo mismo lo reenvié, pero resultó que los datos no estaban contrastados y la propia OMS no desaconsejaba el uso del medicamento. Otro bulo, pero esta vez desde un gobierno.

Me despedí en los grupos y mi mujer se unió a mi para disfrutar ambos del momento.

Acabada la shisha y un par de cervezas, salimos con la idea de llevar cena al apartamento y cenar allí con los niños. En la calle hacía frío. Nos dirigimos a un puesto de kebab que estaba enfrente. Nos mondábamos de risa pensando si viesen aquel espectáculo en España.  El chico manipulaba nuestros kebabs con unos guantes que no se había cambiado, pringando toda la comida de los distintos recipientes con las salsas. No le quisimos decir nada.

Tras cenar con los niños chequeamos de nuevo las webs guías. Una treintena de infectados en Hungría y sin novedades en sus fronteras. Sacamos los billetes de tren, miramos algunos apartamentos en Budapest y nos acostamos. Mañana era otro día.

domingo, 7 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Sábado 14 de marzo. MADRID - VIENA

Aquella noche no dormí bien, me levanté antes incluso que sonase el despertador a las 7:15 am. Como siempre hago nada más levantarme, mi dirigí hacia un espacio exterior para fumarme un cigarro. Después levanté a los niños, mi mujer ya se había despertado. Lo último que quería en esta ocasión era llegar tarde al aeropuerto como habitualmente nos ocurre. Preveíamos colas ingentes de personas huyendo de España, colapsadas por mediciones de temperatura u otras medidas a causa del virus.

Habíamos podido facturar hacía dos días, pero no las teníamos todas con nosotros sobre que el avión finalmente abandonase el aeropuerto. Pensábamos que el cierre de aeropuertos podía ser inminente y hasta que el avión no despegase a las 10:10 am prevista, no estaríamos tranquilos.

Mis padres se levantaron también. Desayunamos rápido, vestimos al pequeño, cogimos nuestras bolsas y bajamos cuando nos llamó el taxi a las 8:30 am. Creo que ya no besamos a mis padres, no lo puedo recordar bien. Sé que salí con la amargura que me produjo una fría despedida.

En el exterior del aeropuerto aprovechamos para fumar un último cigarro y entramos dentro. Íbamos bien de tiempo. No había mucha gente, para nuestra sorpresa. Varios de rasgos orientales, bien protegidos con guantes y mascarillas, recuerdo unos niños incluso con EPIs, y también muchos rubios tipo sajón o escandinavo.

Nos dirigimos hacia la puerta de embarque. Los niños se pusieron las mascarillas que les había comprado, más por divertimento que por preocupación, y les advertimos que tocasen lo mínimo posible. Por supuesto hicieron poco caso. Un operario que estaba allí controlando nos vio con toda la troupe y nos permitió la entrada a la zona de seguridad sin siquiera pedirnos los DNIs. Al entrar por los arcos seguridad, el típico proceso de vaciado de bolsillos, descalzar zapatillas, meter el carro del niño…, en el que solo nosotros ocupamos metros de cinta transportadora. No pitamos y en unos minutos habíamos terminado.

¿Te han pedido el DNI? Pregunté a mi mujer. No… ¡pues a mí tampoco!. No tardamos en llegar a la puerta de embarque y de nuevo había poca gente esperando. Fue una de las pocas ocasiones en las que he viajado en avión en mi vida, que son muchas, en las que me pude aburrir por abundancia de tiempo.

Nos tomamos un café mientras esperábamos. Aprovecho para mirar el whatsapp e informo a un par de amigos que me preguntaban que ya estamos en el aeropuerto. Mi cuñada informaba desde la noche anterior que uno de mis sobrinos tenía 38 de fiebre y dolor de garganta. Síntomas de un simple constipado o una faringitis, a los que una semana antes no le habría dado ninguna importancia, pero ahora la tenían aterrada.

Mientras yo husmeaba el whatsapp, mi hija mayor, en pleno brote adolescente, se distraía haciéndose

selfies que supuse luego colgaría en las redes. En ese momento dimos las primeras directrices del viaje: “Escuchad”, les comenté. “En España la gente está realmente preocupada por el tema del virus y no lo están pasando bien. No es plato de buen gusto que nosotros estemos enviando fotos de lo bien que lo estamos pasando mientras ellos lo están pasando mal. A partir de ahora, las fotos nos las guardamos para nosotros”. Parece que todos lo entendieron.  

Se abre la puerta de embarque y nos dirigimos hacia ella. El corazón me empezaba a ir a mil. Pasan los niños, el carro y después los adultos ,solo mostrando las tarjetas de embarque con el móvil. De nuevo habíamos entrado sin identificarnos. Los

asientos asignados nos habían separado a los adultos repartiéndonos los niños, pero en el avión había cuatro gatos y nos pudimos sentar como quisimos. Posiblemente éramos los únicos españoles allí.

Hasta que no despegásemos no estaría tranquilo. Tenía el corazón en un puño. Al cabo de un rato comienzan a sonar los motores y el avión inicia su movimiento. Unos pocos aviones en cola, un par de vueltas en la pista, acelera y … ¡ESTAMOS VOLANDO!!. Sin duda había sido el embarque a un avión más fácil de mi vida.

Tres horas de vuelo con niños entretenidos con un móvil en sus manos, le permiten a uno un rato para

pensar. ¿Qué había ocurrido?. Hacía escasamente 6 días el coronavirus era algo parecido a una gripe, que nos provocaba tal preocupación, que el fin de semana las terrazas estaban abarrotadas y el domingo miles de personas se aglutinaban en las calles de fiesta. Y ahora parecía que el mundo se acababa. Yo seguía pensando lo mismo, este es una “mierda virus”. ¿Que es lo que había provocado ese miedo en la gente?. ¿El hecho de que nuestros abuelitos estuviesen en riesgo de muerte?. No, no lo creo. La gente no temía por la vida de sus abuelos, ese miedo con el grado de desquicie que algunos presentaban no se podía explicar así. ¡Temían por su propia vida!.

El viernes 13 de marzo había terminado con algo más de 5000 casos de infectados por Covid-19 en toda España, 2000 de ellos en Madrid, y 130 muertes en todo el territorio nacional. Era imposible que nadie de todos aquellos que nos enviaban mensajes catastróficos por whatsapp, conociesen a algún infectado por aquel entonces, y menos aún, un muerto por Covid. Castellón solo reportaba 4 casos. Tampoco los de Madrid. Con una población de 6 millones de habitantes en la capital, la posibilidad de estar infectado era del 0,03%, es decir, 1 posibilidad entre 33.333. ¡Tira un dado a ver si te toca!, pensé. Aún llegando a la cifra que preveía el gobierno de los 10.000 casos, el riesgo a infectarse era enormemente bajo. Y aún infectándote, a los niños no les afectaba el virus y en el grupo de edad de 40 a 50 años, que es el de la mayoría con los que hablaba, el riesgo de muerte según estadísticas era del 0,8%, sabiendo además que la mayoría de defunciones se producían en personas con patologías previas. ¿Qué le pasaba a la gente?, ¡¿No pensaba?!.

Disculpad si resulto soberbio, pero nunca he podido entender ese miedo que se instauró en la gente. Tampoco ahora.

Agradecí enormemente la costumbre que tenemos en casa de no ver las noticias. Estoy convencido que ese miedo, que en mi barrio llevó a cerrar los bares incluso un día antes de lo establecido en el decreto madrileño y a que la gente se encerrase voluntariamente en sus casas, se debía al bombardeo informativo al que se sometieron durante toda la semana.

Ensimismado en esos pensamientos observaba desde el aire unos picos nevados que creí podían ser los Alpes. Desde aquella altura uno se da cuenta de la poca cosa que somos.

Aterrizamos antes de las 13:10 que se preveían. Como siempre tras coger un avión, nos fumábamos encima, nerviosismo que se sumaba a la inquietud por los posibles controles, por lo que nos apresuramos a la salida. La realidad es que la salida del aeropuerto de Viena fue tan fácil como la entrada a Barajas.

He de reconocer que al menos yo, me sentía un poco apestado por español, con toda la paranoia del coronavirus con la que veníamos. Traté de pasar desapercibido. Pero aquello estaba lleno de gente, era genial. Un aeropuerto lleno de vida en sus comercios y restaurantes, como es habitual en Europa,  y la gente se movía con total despreocupación. Decidimos comer en el Burger King del aeropuerto. Aprovechábamos así para estudiar la forma de llegar al apartamento y podíamos hacer el pedido desde las pantallas, minimizando la interacción con otros. A mi mujer no le gustó mucho la idea pero no la quedó más remedio, ya se lo había dicho a los niños. Ambos nos sentíamos un poco prófugos. Los niños en cambio se mantenían ajenos a cualquier paranoia y correteaban por todo el área de servicios.

Mientras comíamos enviamos whatsapps informando de nuestra llegada. En respuesta, los mensajes de desaprobación por nuestra inconsciencia se mezclaban a mitad con vítores celebrando la llegada. El bombardeo informativo comenzó de nuevo con titulares que nos enviaban sobre noticias que supuestamente nos afectaban. Austria cancela los vuelos con España, rezaba uno. Nos habíamos librado por los pelos, se cancelaban desde el próximo lunes.  “El Gobierno prohíbe todos los viajes que no sean de fuerza mayor”, decía otro. Creo que fue en ese momento cuando fui consciente de lo que iba a suceder en España. Los iban a dejar encerrados a todos.

La realidad es que los viajes que iba a prohibir el gobierno eran los desplazamientos interiores, incluso a la esquina de tu casa. Los viajes desde España a otros países, a excepción de Italia que ya se habían prohibido, se prohibieron el 24 de marzo. Como suponíamos, siendo residentes siempre dejaron volar de vuelta a España. Aconsejé en varios grupos que cogiesen a sus familias, alquilasen una casa rural y se largasen. Así al menos podrían correr por el campo.

Google Maps, esa maravilla de la ciencia de la información, nos avisaba que en 10 minutos podíamos

coger un bus desde el aeropuerto que casi nos dejaba en la dirección del apartamento. Recogimos y nos apresuramos a la salida. El autobús esperaba en un andén cercano a ella. Subimos y en poco más de una hora habíamos llegado. Había bastante circulación de vehículos, una imagen muy distinta a la que nos acompañó en el trayecto desde casa de mis padres a Barajas.

Siguiendo las indicaciones del satélite de Google Maps, en línea recta pasamos por una estación de tren, un nodo de tranvía y frente a un moderno centro comercial se encontraba el portal del apartamento. En 10 minutos estábamos en el bloque de apartamentos.

El portal tenía aspecto cutre, pero el interior daba a un típico patio de complejos residenciales centroeuropeos, no era feo. Todo estaba codificado. Algo mal hicimos que nos costó entrar a la vivienda. La apertura de la puerta mostraba un salón con cocina office, muy blanco y minimalista, que contrastaba con un suelo de madera desgastada dando un toque muy cálido. Se estaba bien, hacía calor.

Alargamos bastante el tiempo deshaciendo las maletas y permitiendo que los niños descansasen. No hice ya mucho caso al whatsapp. Se me quitaron las ganas cuando al abrirlo vi el video de un hombre vociferando desde su balcón a una familia para que abandonasen la playa, al grito de “quiero viviiiiir”. Me pregunté para qué querría vivir tanto. Mi mujer me comentaba que mi cuñado, que es el típico cuñado (él piensa lo mismo de mí), informaba a través del grupo familiar que Austria “lo cerraba todo desde el próximo lunes” y se mofaba planteándonos como íbamos a continuar con el viaje. Pero la realidad es que yo ya me había puesto en modo off coronavirus con España.

Mientras mi mujer compraba algunas provisiones en un supermercado cercano, me puse a investigar planes de viaje y novedades fronterizas en nuestra ruta. Eslovaquia ya había cerrado completamente su frontera, ningún extranjero excepto residentes podían parar allí, siquiera en tren o barco. La visita a Bratislava quedaba descartada. Era un mal menor. Las guías explicaban que en un día se veía la ciudad, siquiera recomendaban dormir en ella, pero ya se fastidiaba una parte del viaje. Hungría no presentaba cambios. Su gobierno ultraconservador parece que la había tomado con los turcos e iraníes y las restricciones solo eran para ellos. En Rumania todo seguía igual, pero su primer ministro había dimitido y ahora estaban sin gobierno. Igual teníamos suerte y para cuando fuésemos a entrar allí siquiera había gobierno para cerrar fronteras.  

Ya descansados, salimos a dar una vuelta y a cenar.  La ciudad se veía apagada. No tenía mucha gente para

ser un sábado en una capital importante europea. Pensé que los centroeuropeos terminan el día antes que los latinos, pero dudaba que fuese esa la explicación. Pasamos un rato en un parque infantil donde había un pub colindante. Por algún motivo el camarero no quería abrir, a pesar de las veces que nos acercamos a la puerta con claras intenciones de consumir. En el parque habían algunos adultos con niños, pero aquello se hacía extraño.

Al cabo de un buen rato llegó alguien a cerrar la verja del parque. Serían las 8 pm, ya de noche, pero aún buena hora para pasear por la ciudad y buscar un sitio para cenar. Los edificios del centro de Viena eran espléndidos, estaban bien iluminados. Cruzamos los jardines del Palacio Hofburg, donde se alberga la famosa biblioteca nacional que el coronavirus ya había cerrado al publico. Atravesando la escuela de equitación olía a caballo y aún se encontraban excrementos en la calle. Su cierre debía haber sido reciente.

Pasamos por el edificio de la ópera de Viena y continuamos hacia el centro histórico andando por la calle calle Kohlmarkt, una de las áreas comerciales más lujosas de Europa. Indudablemente allí ocurría algo, no había nadie. Podía ser que las tiendas hubiesen cerrado a esa hora, pero la terrazas cercanas a la catedral de San Esteban, aún abiertas, en su mayoría estaban vacías. Era una imagen verdaderamente triste. Me sentó aún peor saber que la catedral, una joya arquitectónica, también se había cerrado al público.

Con mi desdicha y paranoia coronavirus, yo me hubiese sentado en cualquiera de las terrazas con menos gente, pero mi mujer se opuso en rotundo. Nos sentamos en la única

que estaba llena, y de hecho, había algún niño. La aparente normalidad de la gente me devolvió la alegría. El camarero era un tío simpático. Cenó el pequeño, tomaron un postre las mayores y los padres nos pedimos dos pedazo de cervezas!.

Después, optamos por cenar en un buffet italiano cerca de la catedral. No había mucha gente, pero en la calle se veían grupos de jóvenes que no parecían especialmente preocupados.

Durante la cena lo pasamos bien, aunque las niñas la estaban liando un poco. Aprovechamos de nuevo para echar un vistazo rápido a algunos grupos de whatsapp que estaban especialmente activos. Eran cerca de las 10 de la noche. Mi mujer se divertía con la peña de Benicasim y yo informaba a los de Castellón que aún no nos habían detenido. Era tarde y no nos entretuvimos mucho. 

Cogimos el metro desde la plaza de la catedral y no tardamos en llegar al apartamento. Con el pequeño acostado y las niñas entretenidas con sus móviles, los adultos ya pudimos dedicar un tiempo a explicar las novedades del viaje y a  enterarnos de los nuevos acontecimientos en España. Volvimos a entrar en los grupos de whatsapp.

Los de Madrid estaban especialmente activos... ¿Qué? ¡¿que iban a ir al peluquero?, ¿y a pasear al perro?!... ¡Vaya, mis primos!. Con la locura de la salida y mi inhibición del mundo, no me había dado cuenta que mis primos llevaban dos días de cháchara. ¿ Mi prima también dice que va alquilar un perro? Otra prima aparecía en una foto protegida con mascarilla al lado de mi tío…. Le pregunto a mi prima por mi tío y explico con mofa que “he huido a Austria y la ruta que seguiremos en el viaje”.

Finalmente, el video de una niña muy pequeña llorando porque quería salir a la calle me dio una idea de lo que ocurría, se me partió el alma.

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, había finalizado a las 21.48 horas una comparecencia que todos los españoles habían estado esperando a lo largo de toda la tarde. Acababa de explicar lo que significaba el Estado de Alarma impuesto por la aprobación del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, que se haría efectivo a partir de las 12 horas de aquella misma noche..¡ ENCERRABAN A TODA ESPAÑA!.

De nuevo se desencadenaron la reacciones a las que ya nos habíamos habituado en los grupos de whatsapp. Una de mis primas no daba crédito a lo que habíamos hecho. Otros de ellos nos aplaudían, mis hermanos nos lo reprochaban y mi cuñado pinchaba. Me despedí de todos ellos.

Me había quedado con el video enviado por un amigo de Castellón hacía unos instantes. Un video desde un coche grabando al mayor prostíbulo de la provincia, las Palmeras, abierto y completamente iluminado. Por lo que ve, no éramos los únicos a los que el miedo al virus no había mermado las ganas de disfrutar de su libertad.


2021. Un año después.

Hace ya un año que volvimos de aquel viaje en el que dejábamos atrás un país lleno de vida, para ir sorteando fronteras mientras el mundo se...