miércoles, 24 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Lunes 16 de marzo. VIENA - BUDAPEST.

Tenía prisa por salir del apartamento. Aún teníamos que preparar los macutos, recogerlo todo y reservar algún apartamento en Budapest, y yo quería aprovechar lo poco que nos quedaba en Viena. Espabilé a todos pronto para desayunar e iniciar las tareas.

Mientras desayunábamos, mi mujer y yo competíamos por reservar alguno de los apartamentos que uno y otro habíamos visto la noche anterior. Queríamos algo con piscina climatizada, muy común en los apartahoteles de Europa del Este. Los niños siempre nos piden piscina. Finalmente nos decantamos por uno con buena pinta y económico, que aún con algunas malas revisiones, parecían provenir de tiquismiquis que se quejaban de minucias que consideraban impropias para unos apartamentos con el título de luxury. Antes de reservar, mi mujer llamó para cerciorarse que la piscina y el spa no se hubiesen cerrado por el coronavirus. Nos aseguraron que todo funcionaba con normalidad.

No quise meterme en los whatsapps por no liarnos otra vez, pero con el infortunado mensaje con el que me había despedido la tarde anterior en el grupo de los primos, no estaba muy tranquilo. Y en efecto, tras ese mensaje no había habido más interacción en el grupo que la respuesta horas más tarde de uno de mis primos, uno con los que más confianza guardo, lanzando un apabullante “Maaaaadre miaaaaaaaa!!! En serio?”. La verdad que me dio vergüenza.

Fui el primero en inaugurar la actividad del grupo esa mañana, explicando a mi primo que hablaba con sarcasmo, por lo mohíno que era video. La realidad es que él siquiera lo había visto, y tampoco le habría dado mucha importancia, pero en la distancia todo se magnifica.

Cuando les pregunté por como se encontraban, todos respondían con frustración. Se quejaban que después de llevar todo el fin de semana encerrados con sus hijos, muchos de ellos habían ido a trabajar, encontrándose el metro, trenes y autobuses abarrotados de gente. Tenían la sensación haber hecho el primo. Era una queja compartida en todos los grupos.

Habíamos salido ya del apartamento y caminábamos por el centro histórico de la ciudad, deambulando por sus calles vacías. La mayoría de locales comerciales y cafeterías estaban cerrados. Provocaba mucha tristeza. Envié a mis primos algunas fotos de aquello.

Una de mis primas, farmacéutica, intervenía por primera vez desde que habíamos salido de viaje. Nos introducía a todos en el debate. Alegaba que, después de ver lo ocurrido en Italia, sorprendía que en España aún hubiesen implantado un confinamiento a medias. Era cierto, todo aquello no tenía sentido.

Yo pensaba que, o no se hacía nada como en Reino Unido, o se paraba todo. Intuía que el gobierno español trataba de mantener con esas medidas un ratio asumible de contagios que no colapsase el sistema manteniendo a flote la economía, y deseaba que lo consiguiesen, pero dudaba de ello. Así se lo trasladé a mis primos.

Pero mientras caminaba por calles desérticas atendiendo los mensajes de mis primos, yo rumiaba otro pensamiento.  Estaba convencido de que lo que estaban haciendo en España alargaría el sufrimiento de la gente y los muertos no acabarían nunca. Pero no solo se trataba de España. Vivimos en un mundo global. Aunque en un momento dado se contuviese la pandemia en España, aún quedaba toda Europa alrededor nuestro. Y una vez se contuviese en Europa, quedaba el resto del mundo. A menos que se restringiese la libertad de viajes tal y como la disfrutábamos hasta entonces, esto no acabaría nunca. Y aún haciéndolo, siempre nos seguirían entrando africanos ilegalmente en pateras que podrían estar infectados. ¿Qué haríamos entonces?. ¿Los dejaríamos morir a la deriva por poder estar infectados?.

Esos pensamientos en el vacío de las calles de Viena me deprimieron. Me hacía consciente que mientras esto durase, hasta encontrar una vacuna, no podríamos tener una vida normal, en la que pudiésemos vernos como antes y ver a nuestros padres. Esta idea me provocaba verdadera angustia. En realidad casi prefería no hacer nada, como Reino Unido, pero me guardé el pensamiento.

Y mi prima, como si se hubiese metido en mi interior y supiese lo que cavilaba, me daba una respuesta que sentí como un mazazo en toda la cabeza:

“No hacer nada es una solución... ninguno de nosotros estaria en riesgo... el unico problema sería cuando no haya cama en la UCI de ningun hospital y se tenga q elegir entre intentar salvar a mi madre o la del vecino…”.

 

¡Claro idiota!, pensé, ¿se te ha olvidado porqué están haciendo todo esto? ¡Es por proteger a nuestros padres, porque no queremos perderlos!, me respondía a mi mismo, sin decir nada en el grupo.

Intervine por última vez advirtiendo que salíamos en un rato. Habían pasado ya las 12:30 del medio día y mi mujer estaba cansada de moverse por calles vacías. Prefería hacer tiempo en alguna cafetería tomando algo con quien se quisiese quedar con ella. Entraron en una pequeña cafetería que aún permanecía abierta frente al edificio de la ópera, cercana a una estación de metro que en pocas paradas nos dejaría en la estación de tren.

Mi hija mayor y yo quisimos continuar viendo la ciudad. Recorrimos la avenida Opernring hasta llegar a


una de las entradas del parque de Burggarten, la que da acceso al palacio de Hofburg. El parque tenía sus accesos cerrados pero ya solo la imagen desde el exterior de la valla era preciosa. Paramos frente a la estatua de Goethe y desde allí continuamos bordeando el parque disfrutando de las vistas que permitía la valla al interior del parque. Llegamos hasta el palacio, contemplamos la estatua de Mozart situada frente a su entrada y desde la lejanía, las vistas del parlamento. Todo era de una belleza extraordinaria. Nos hicimos unas fotos y desandamos lo andado por la acera contraria. Yo caminaba pesaroso por cerciorarme que casi no habíamos visto nada de aquella ciudad tan bella.

Cuando llegamos a la cafetería, y ante mi queja de no haber visto nada, mi mujer me recordaba que siempre me pasa lo mismo en todos los viajes. Es cierto, pero esta vez era obvio. Me prometí volver algún día.

Me tomé un café y pedí uno de esos pastelitos macarons que mi mujer me recomendaba por deliciosos. No nos sobraba ya mucho tiempo, el tren salía a las dos menos veinte y queríamos coger algo de comida en la estación para comerla dentro del tren. Nos pusimos en marcha.

Como siempre, a la estación de tren llegábamos con el tiempo justo. Mi mujer se fue a imprimir los billetes y yo me fui a los puestos de comida con los niños. Unos cogieron filetes empanados, otros bocadillos… dos puestos distintos para contentar el capricho de todos más otro más cuando nos alcanzó la madre.

Entramos en el tren ya con prisas. En las estaciones de tren europeas no suelen haber controles de maletas ni identificación de pasajeros, pero en esta ocasión siquiera nos pidieron los billetes. Lamentaba que algún día se perdiese esto por el coronavirus, pero la verdad es que también me sorprendió lo fácil que es transportar una bomba por toda Europa.

Una vez dentro, buscamos nuestros asientos, nos acomodados y repartimos la comida. Ligeramente pasadas las 13:40 hrs la máquina comienzó a moverse lentamente, cogió velocidad, un pálpito de corazón y whatsapp a las familias: ¡Camino a Budapest!!.

Mi familia respondió con un sobrio silencio. Solo mi hermana pequeña respondería al cabo de casi dos horas con un “Que vaya bien”. No tenía muy buena pinta aquello.

La familia de Castellón permanecía tranquila, la actividad en el grupo había decaído en los dos últimos días. Mi cuñada informaba que mis sobrinos ya se encontraban bien. Ahora se preocupaba por nosotros, por si no nos dejaban volver. El resto no parecían muy preocupados, deseando que disfrutásemos del viaje y que informásemos. Mi mujer les dio el parte del viaje. 

Teníamos 2 horas y 40 minutos para comer, disfrutar de los paisajes del trayecto y atender al resto de los grupos de whatsapp.

Mientras yo comía, mi mujer se entretenía con el grupo de la peña. Ya llevarían más de trescientos mensajes desde la última vez que me metí en el grupo. Una se preocupaba por enfermar de ansiedad, otra por la soledad, otros por las aglomeraciones y el imparable número de infectados y otros por que los dejasen salir de una vez. Mi mujer respondía envalentonada, asegurando que tal y como los veía a todos igual no volvía nunca.

Entre los mensajes del grupo había un audio de una tal doctora Natalia Prego Cancelo, médico de familia, daba su número de colegiado. Aquel audio, viniendo de un profesional sanitario, lo sentí como sustento erudito a buena parte de lo que yo pensaba. Tras escucharlo me cercioré que no fuese un bulo. Efectivamente la doctora existía, tenía ya alguna publicación anterior.

Comenzaba denunciando que se estaba “produciendo una manipulación emocional y psicológica de la población” en base a criterios clínicos del coronavirus que “no son significativamente más graves que los de la infección estacional del virus de la gripe o del sarampión”.  

Desconocía la tasa de mortalidad del Sarampión, (0,01 en países desarrollados, 10% en subdesarrollados) pero recordaba el de la gripe común, que no es superior al 1%. Contando con que la tasa de fatalidad del SARS-COV 2 era supuestamente del 3,4%, y no estamos vacunados como sí ocurre con la gripe, la doctora lo estaba viendo con demasiada benevolencia, pero de esto hay más que hablar y lo haré en otro momento.

Lo que realmente me resultó interesante del audio de la doctora, es que incidía en dos aspectos novedosos. Uno era el miedo que había generado la manipulación informativa y el otro los daños psicológicos del confinamiento.

Lo primero lo tenía claro. Hacía una semana todo el mundo estaba tan campante y ahora estaban todos “cagados”, si no era por el virus, era por las multas o incluso el riesgo de prisión por salir de sus casas.

El otro detalle me resultaba aún más inquietante y creo que la mayoría de la gente siquiera habíamos reparado en ello por entonces. La respuesta a la pandemia, imponiendo un confinamiento tan estricto, iba a generar consecuencias aún más graves que el virus. Entre ellas pobreza, pero además otras enfermedades provocadas por el confinamiento, especialmente psicológicas.

Me acordé de mi madre. Una mujer mayor con síntomas claros de demencia senil, en proceso de diagnóstico que podría ser Alzheimer. ¿Cuanto duraría mi madre un número de días, o meses, encerrada en casa?. ¿Que haría mi padre solo con ella, sin poder salir a la calle?, me preguntaba a mi mismo. Últimamente el tema de conversación entre hermanos eran los cuidados de mi madre. Ahora parecía que todo se había esfumado. ¿Alguien estaba pensando en todo esto?.

Recordé las tasas de suicidio mundiales. Una de las principales causas de muerte entre los jóvenes, específicamente la segunda causa de defunción en personas entre los 15 a los 30 años. Solo en España provocaba unas 3.700 muertes al año, más del tripe que en accidentes de tráfico.

La doctora Prego animaba a los ciudadanos a salir a la calle y exigía a las autoridades aislar solo a aquellos más vulnerables al virus. Confiaba en la inmunidad de rebaño, es decir, en que generásemos anticuerpos naturales una vez expuestos al virus hasta terminar con él, como se había hecho toda la vida. Terminaba con un: “digámosle al mundo que nosotros no tenemos miedo”.

Me pareció fantástico. ¿Y si estaba ahí la clave?. Salir los sanos, ver a los nuestros e inmunizarnos, y ver a nuestros padres con toda clase de cuidados, pero al menos verlos. ¿No iría así más rápido que esperar a que desapareciese el virus de la faz de la Tierra?.

De repente el tren se detuvo. Buen momento para fumarnos un cigarro. Mi mujer y yo salimos ansiosos al andén, pero no llegamos a poner un pie en él. Tres armarios de hombres y una mujer, uniformados de policía, estaban accediendo a todos los vagones. Algo pasaba. El acongoje nos llevó a los dos de nuevo a nuestros asientos.

Tras unos instantes dos de ellos accedieron a nuestro vagón. Estaban tomando la temperatura a todos los pasajeros. Un escalofrío me recorrió la espalda llegando a mis manos para coger con rapidez el móvil. Comencé a disimular toqueteándolo y aparentando tranquilidad. Miré al agente en mi turno, pero obvié observarle cuando les tocó al resto de la familia que tenía al lado.  

Una vez marcharon, encontré a mi hija pequeña con una enorme sonrisa. Tenía una flor en sus manos. La muy “bicha” los estaba grabando y en respuesta le dieron una flor. Dí gracias a la vida por ese detalle.

Acabábamos de cruzar la frontera eslovaca, el país que tuvimos que eliminar de la ruta. Parece que antes de permitir la entrada a sus residentes, los únicos que la tenían permitida, tomaban la temperatura a todos los que compartían transporte con ellos.

Rozaban ya las 14:40 horas y contacté con el resto de los grupos. Aún tenía que informarles que estábamos de camino a Budapest. Les conté la anécdota con la policía eslovaca, el detalle de la flor y les envié el audio de la doctora Prego, reafirmándome en sus palabras. 

En el grupo de mis primos, mi cuñado, que es que es un cuñado, en un minuto ya me había tirado el audio por los suelos. Que si una sanadora, que si defensora del karma y los caminos cósmicos, que vamos, que ya pasé de él. Ya le había explicado que los datos parecían correctos y lo demás era una mera opinión. A otro grupo.

Los de Madrid tampoco me hicieron mucho caso. Estaban entretenidos con la historia de un tío que le decía a una señora que compraba comida de perros para adelgazar. Pensé que se habían vuelto locos ya con el confinamiento. Luego comenzarían a usar una de esas aplicaciones para hacer videoconferencias grupales que tanto juego nos han dado durante el confinamiento, y estuvieron entretenidos toda la tarde.

Los de Castellón estaban más aburridos. Justo les pillé cuando uno me preguntaba por donde andábamos. Hacía un rato se habían estado riendo con el tema de que ya no volvíamos y con el rey emérito, que le habían pillado en algún tipo de desfalco. Cuando les expliqué la historia de la policía eslovaca uno de ellos me preguntó si no teníamos miedo.

Con mi paranoia por los cuestionamientos al viaje, respondí una retahíla de chorradas echando mano de estadística, justificando con ellas que ni tenía miedo a infectar ni a ser infectado, y aún menos a que me cerrasen las fronteras.

Mi amigo, al que guardo especial aprecio, me matizó que preguntaba por el miedo a quedarme encerrado por ahí. Insistí malhumorado en que eso no se produciría y en la legalidad de los viajes. Era cierto. Sabía que los vuelos internacionales dentro de la UE nunca se podrían restringir para residentes, o para hacerlo tendrían que dar aviso con mucho tiempo de antelación. Pero le reconocí que había sentido miedo al ver a la policía.

Por supuesto mis bravuconadas recibieron respuesta por otros. Las ya acostumbradas advertencias del daño que a cualquiera le puede hacer el virus, la insolidaridad con los mayores, el colapso de las UCIs… Nada nuevo que ya me sorprendiese.

En respuesta volví a usar mis estadísticas y razones, pero lo que no quise decir, es que a lo que sentía verdadero pánico, precisamente era a volver y quedarme allí encerrado. La idea me resultaba insoportable. Hubiese llegado a Rusia de poder hacerlo.

Uno de ellos me recomendó escribir un blog. A él le tenéis que agradecer la idea. Le respondí que no era el momento si quería que me hablasen a mi vuelta.

Tras el rifirrafe en el grupo, mi mujer y yo nos levantamos al bar del tren para tomar un café. Había un grupo de hombres con una borrachera como un piano y la camarera insistía en que allí no había café. Mi mujer siguió buscando el brebaje vagones más adelante y yo no quise esperarla con aquella compañía.

Al volver a mi asiento eché un vistazo a todos los mensajes que se habían escrito en el grupo de Castellón con el que antes me ocupaba. Echando atrás me dí cuenta que al menos dos de ellos habían enviado titulares con la noticia que Hungría cerrada sus fronteras. Comprobé los enlaces, esta vez era cierto.

A lo largo de la mañana de ese lunes 16 de marzo, el parlamento húngaro había cerrado las fronteras para todos los pasajeros, a excepción de los húngaros que quisiesen regresar al país. La medida se aprobaría al día siguiente, nos habíamos salvado por los pelos.

¡Vaya, de ahí la pregunta sobre el miedo! Pensé con cara de tonto.  Tiendas, cafeterías y restaurantes permanecerían abiertos solo hasta las 15.00 horas. El movimiento de personas no sufría restricciones, pero de nuevo encontrábamos trabas al viaje.

Supongo que buscando empatía, lo comuniqué en el grupo. Se me volvían a complicar mis vacaciones anuales. Esta era la forma en la que yo estaba luchando contra el virus.

Llegábamos ya a Budapest. Cuando salimos del vagón no había nadie en la estación controlando la salida de pasajeros de los trenes. Observando Google maps vimos que no estábamos lejos del apartamento.

Mi mujer insistió en ir andando, por algún motivo quería evitar el taxi.

Mientras andábamos sorteábamos un fluido tráfico de vehículos, pero no había mucha gente en calle. Mi mujer continuaba parándose en casi cada farmacia, droguería o chino buscando líquido hidroalcohólico que llevar a España. No hubo suerte, también allí estaba todo agotado.

Budapest se veía desgastado, pero la suciedad que cubría sus fachadas no escondían la belleza de aquella ciudad, antaño retiro de emperatrices. Europa del Este nunca había sido del interés de mi mujer, pero le estaba encantando. Pasamos por un lujoso restaurante, el New York café, del que no recordaba haber visto nunca unos interiores tan elegantes. Tras unos 20 minutos caminando, llegábamos a un pequeño paseo que pasaba por la ópera y terminaba en un enjambrado de pequeños jardines, que daba a la calle de nuestros apartamentos.

Una vez en el hall del apartotel, nos atendieron dos recepcionistas que se mostraban ansiosos. Estaban pálidos. No sé si era por ver a una familia con tres niños todos morenos o porque les acababan de dar la noticia de las medidas impuestas por el gobierno, pero su preocupación era evidente.

Los niños estaban impacientes por ir a la piscina. Cuando les preguntamos por las instalaciones se pusieron aún más nerviosos. Nos informaron que solo durante ese día la podrían usar pero el resto de nuestra estancia permanecería cerrada por el coronavirus. Por lo que explicaban les acaban de llegar las medidas a aplicar.

Los niños y mi mujer se apresuraron a ponerse los bañadores para disfrutar del agua lo poco que les quedaba. Por lo que más tardé me explicó mi mujer, una empleada huía de ella cuando se acercaba a coger las toallas, de forma que tuvo que perseguirla para hacerse con ellas.

Yo me bajé a un pub cercano con la promesa de traerla una cerveza a mi vuelta. Si el nerviosismo en el apartotel era obvio, lo del pub fue digno de película.

Un grupo de tres o cuatro hombres de entrada edad, que parecían recién salidos de la obra, se distribuían a lo largo de una pequeña barra. La mujer que lo llevaba no me miró con mucha simpatía. Ya me había planteado que si me preguntaban por mi procedencia diría que era chileno, por encontrar un acento lo más parecido al de un español. Usé pocas palabras en inglés para señalar una botella de cerveza que se tomaba uno de aquellos, y una vez servida me retiré a una mesa arrinconada detrás.

En la televisión echaban las noticias. Hablaban del coronavirus, algo relacionado con una estación de esquí, supongo que se trataba del primer foco de infección. De repente los hombres se separaban de la barra para pegarse al televisor. Allí se sentía el miedo. Los dos más jóvenes sentados cerca de mi mesa tampoco retiraban la vista del televisor. El silencio era sepulcral. Pensé que era digno de grabarlo, y lo hice. Me imagino que si se llegan a enterar que el que estaba sentado en la mesa de atrás era un español se hubiesen liado conmigo a palos.


Pedí otra cerveza y llamé a mis padres. Ellos se encontraban bien. Asustados porque mis hermanos les habían advertido de no poner un pie en la calle, pero mi padre actuaba como si el virus no le preocupase. Como a mi, lo peor que le pueden pedir a mi madre es que no salga. La pobre no entendía nada, pero por no escuchar a mi hermana se había hecho a la idea de quedarse en casa.

Me tomé la cerveza y tras serme imposible entenderme con la camarera para llevarme un par de latas, probé suerte con otro bar al lado.

Este se veía más cutre, pero estaban más animados. Pedí en inglés un par de latas de cerveza, pero tampoco el de la barra sabía lo que le decía. Un chaval joven con pinta de gracioso me ayudó con el tema. No tenían latas, pero aquel chaval lió al del bar para que me llenase dos cubos de litro, que más bien parecían tarrinas de helados. Me preguntó en inglés de donde venía. No me arriesgué: “from Chile”, respondí en inglés. A ese le daba igual mi nacionalidad si podía correrse una juerga. Abrazándome porque había conocido al primer chileno en su vida, no sé como me lió para invitarle a un whiskey y tomarme yo otro con él, y de la alegría acabé invitando a los otros dos que andaban con él en el bar. La verdad es que cuando salí de allí iba medio ebrio, muriéndome de risa con la situación y el tema del chileno, y pensando que me diría mi mujer cuando me viese entrar con los dos cubitos de cerveza a la piscina. Por supuesto que no le hizo nada de gracia, pero vaya, algo se bebió.

Me dejó a los niños para que yo les sacase de la piscina, lo que no me fue fácil, y al cabo de un rato logramos vestirnos para salir a cenar.

Sabiendo que no tendríamos muchas más oportunidades para hacerlo, decidimos ir a un restaurante cercano con buenas revisiones por su comida típica húngara. Había advertido a los niños que si nos preguntaban diríamos que veníamos de Chile, pero el metre no nos dio oportunidad de engañarle. Tal y como nos escuchó hablar sabía que éramos españoles. Había vivido en España. Nos atendió extraordinariamente y además solo compartíamos restaurante con otra mesa.

Tras una copiosa cena, iniciada por unas sopas típicas húngaras y seguidas de unas carnes, nos despedimos, posiblemente para siempre, del metre y del restaurante. El día había sido largo. Todos necesitábamos descansar.


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