Fuimos preparando el desayuno mientras echábamos un vistazo a los whatsapps. Tras el silencio que habíamos mantenido el día anterior los grupos aparecían sorprendentemente tranquilos. Los de Madrid no dirían palabra en toda la mañana, habiendo trasnochado entretenidos con las videoconferencias. Los demás mantenían conversaciones banales entre pocos interlocutores o enviaban algún consejo fugaz sobre como protegerse del virus.
Lejos de las malas noticias en España, acomodados en un país con menos de 50 casos de Covid en el que, al menos hasta las 15 horas, mantenía casi todos sus servicios en funcionamiento, habíamos perdido el interés por el virus. Nos concentrábamos en la planificación del día. Si el día anterior habíamos recorrido el Danubio y andurreado la zona de Pest, la más urbana de la ciudad, hoy nos tocaría la de Buda. La idea era cruzar el puente de las cadenas y visitar el Castillo, la muralla, el palacio real… Vaya, el palacio real sería imposible, el coronavirus ya lo había cerrado. El funicular para subir al Castillo estaba abierto, y esto les gustaría a los niños, y cuando cerrasen los comercios después de comer aún podríamos callejear por la ciudad, que seguiría siendo bonita.
Pero en la vida uno aprende que nunca se tiene nada y demasiada calma no suele ser buena agorera.
Atendiendo ahora el whatsapp de mis primos, desde primera hora de la mañana una de mis primas informaba que su suegra había muerto por coronavirus. Esto ya era serio, primera baja en el ámbito familiar, los muertos se nos acercaban. Llamé a mi prima. Estaba muy triste y desasosegada. Su suegra era mayor, 90 años, pero mi prima insistía en que se encontraba muy bien. No era su hora, decía ella, este bicho se la ha llevado. Me resultó tétrica la historia que explicaba la forma en que moría la gente esos días. No se podía hacer un funeral, no se les podía acompañar, morían solos, me parecía inhumano.
Tras colgar el móvil algo se había enrarecido. Había leído todo lo que había podido sobre el coronavirus hasta convencerme que aquello era una “mierda-virus”, pero comencé a sentirme preocupado. En España ya habían más de 500 muertos en los cuatro días que llevamos de viaje y la palabra muerte no dejaba de resonar en todos los medios. Sentí miedo. ¿Y si nos pasaba algo estando por ahí?. El argumento de que la sanidad pública rumana o húngara estuviese menos colapsada que la española me había dejado de servir.
No recuerdo cual fue exactamente el desencadenante, quizás siquiera lo supe aquel día. Posiblemente fue en aquel momento cuando, chequeando la web de la compañía aérea, mi mujer se cercioró que el vuelo de vuelta a España ya no aparecía publicado, confirmando así su cancelación. O quizás, escuchando la conversación con mi prima, mi mujer se preocupó por la situación de mi suegra. Se está enfrentando a una enfermedad complicada y había sido recientemente operada, encontrándose entonces bajo los cuidados de su hermana. Dos mujeres mayores solas todo el día y sin poder salir de casa por culpa del “bicho”.
La cosa de pronto había dejado de ser divertida. Y en medio de aquella a vorágine de preocupaciones, mi mujer soltó un dardo envenenado: “Quizás debamos volvernos ya”.
¿Cómo?, ¿pero porqué? Respondí.
Desde que habíamos llegado a Hungría no se había producido ninguna nueva afectación importante a nuestro viaje, aunque todo sea dicho, con lo que ya llevábamos encima desde que habíamos salido de España era más que suficiente para plantearse la vuelta.
El día 15 de marzo habíamos recibido un email informando de la cancelación del vuelo de vuelta desde Bucarest. Ya era la segunda vez que nos ocurría, aunque ahora la compañía había continuado enviando mensajes informativos, requerimientos para facturar y el mismo vuelo continuaba anunciado en la web de la compañía aérea, por lo que habíamos pospuesto la preocupación sobre el asunto. Ahora solo corroborábamos que el vuelo efectivamente se había cancelado, algo a lo que ya nos habíamos hecho a la idea. Nos devolverían el dinero y habían otros vuelos de regreso a Madrid desde varios aeropuertos rumanos. Algunos económicos para los días 27 y 29 de marzo y después para el 4 de abril. Otras fechas ya eran más caras. Nos obligaba a alargar el viaje más allá de lo que estaba programado, pero hasta entonces no teníamos ninguna prisa en volver.
Siguiendo nuestro itinerario, partíamos al día siguiente a Rumania, volando desde Budapest al aeropuerto de Târgu Mureș a las 14:15 hrs. El gobierno rumano había declarado desde el sábado pasado (14 de marzo) el estado de emergencia, pero con poco más de 200 casos de Covid en una población de casi 20 millones de habitantes, siquiera se habían aplicado restricciones de movimiento a la población. Las conexiones terrestres y áreas de Rumania con los países de la Unión Europea, a excepción de España e Italia, se mantenían intactas. Aquellos que aterrizasen desde ambos países en suelo rumano estaban obligados a una cuarentena de 14 días. Nosotros, viniendo del país vecino, no estábamos afectados por esta medida.
Aún así, temíamos tener problemas en el aeropuerto cuando viesen nuestros DNIs españoles. Y a esto se añadía un aviso de la compañía aérea el 16 de marzo avisando de posibles cambios en el vuelo Budapest - Târgu Mureș, dadas las recientes restricciones aplicadas por el gobierno húngaro. Así que ya nos habíamos planteado la idea de cancelar ese vuelo y usar el tren, dado el déficit de controles que observamos en el trayecto Viena – Budapest.
Pero ahora mi mujer ahora argumentaba la preocupación que sentía por su madre y el temor a quedarnos encerrados en Rumania una vez cruzásemos la frontera si nos volvían a cancelar cualquier vuelo de vuelta que cogiésemos.
Ciertamente aquel viaje se había llenado de trabas, pero no mayores que las que estaban sufriendo todos en España y hasta la fecha las habíamos salvado todas.
Era solo un día más, un día para entrar en el último país de nuestro viaje. Allí alquilaríamos un coche con el que disfrutaríamos de total libertad para movernos. Cruzaríamos toda Transilvania desde el norte hasta llegar a Bucarest. Y si la cosa se había de alargar un poco por la autoimposición de obtener vuelos baratos de vuelta, tampoco sería un gran problema. Yo nunca temí por no poder volver a España a corto plazo.
¿Por otro lado, que prisa teníamos por encerrarnos?. Poco les cambiaría a todos el hecho de estar encerrados con ellos y en esos momentos posiblemente hacíamos más bien estando fuera que dentro de España. Si por trabajo era, pensaba yo, podíamos atender perfectamente las decenas de cancelaciones que nos estaban llegando en cualquier sitio que estuviesemos. No esperaba hacer un solo alquiler en esos días y posiblemente nos resultase más barata la vida en Rumania, alquilando una casita en algún pueblo de campo y conectándonos a Internet a través de los móviles, que lo que íbamos a gastar en consumos y comida en España.
He de reconocer que yo mismo también sentía algo que me llamaba a volver. Supongo que por alguna clase de sentimiento patriótico no me sentía bien divirtiéndome a kilómetros de distancia de los míos mientras ellos estaban sufriendo. ¡Pero estábamos en nuestras vacaciones anuales y siquiera llevábamos 5 días!, me quejaba a mí mismo. La realidad es que tenía pavor a encerrarme y me cargaba de argumentos para no hacerlo.
No quise continuar con aquella conversación ni aquella idea, se nos estaba haciendo tarde y debíamos salir de casa o no tendríamos tiempo ni de comer ni de ver nada. La decisión de volvernos, de tomarse, se tendría que tomar más tarde.
De camino me sentía disgustado. El día anterior había sido estupendo y ahora mi mujer me instaba a poner
fin a la aventura, cuando había estado alardeando todo el viaje sobre que llegaría a Rusia si se terciaba. No entendía nada. Paramos momentáneamente a mitad del Puente de las Cadenas, observando como se acercaban los barcos y la vistas a ambos lados de la ciudad. Desde allí eran preciosas. Al otro extremo del puente nos recibía una encrucijada de carreteras que cruzamos arriesgadamente hasta alcanzar la placita desde la que partía el funicular. Ya casi rozaban las 13:30 horas.
Mientras mi mujer sacaba los billetes yo echaba un nuevo vistazo a los whatsapps. Me asaltaba una llamada de atención desde el grupo de Castellón: ¡RAFAEL!.
Entre la ley del silencio que nos habíamos autoaplicado y la paranoia de aquella mañana, llevábamos sin decir nada en los grupos desde la mañana del día anterior. Chequeando los mensajes del grupo castellonero, me dí cuenta que el mismo amigo me había reclamado atención en varias ocasiones en lo que llevábamos de día: RAFAEL, RAFAEL ...Él y otros más en el grupo ya lo llevaban haciendo desde el día anterior, sin respuesta alguna por mi parte.
Me sentí mal y me apresuré a responderle informando de la novedad:
[13:37, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Seguimos en Hungría pero se me están poniendo nerviosos e igual estamos aquí algún día más y nos volvemos
[13:37, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Estamos muy bien
………………
[13:38, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Y yo seguiría a Rumania pero creo no me van a dejar ... mas la familia q el gobierno
[13:38, 18/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Ya os cuento 😊😊😊
Mi mujer me llamaba enfadada, viendo como me entretenía con el móvil en medio de la placita cuando el funicular estaba a punto de llegar y me apresuré hacia ella.
Una vez dentro del aparato, observé que a lo largo del día anterior, en todos los grupos de amigos se habían interesado por nosotros. No habíamos respondido en ninguna ocasión.
Habíamos tomado la determinación de dejar de hablar en los grupos pensando que no les hacía ningún bien saber de nuestras anécdotas y evitando los conflictos que se producían. Pero en ese momento me dí cuenta que, cuando aparecíamos en ellos, rompíamos con la monótona retahíla de mensajes sobre el virus y les servía de entretenimiento. Nuestra presencia les resultaría más divertida a unos que a otros, pero el mero hecho de aparecer encendía la actividad de los grupos y por un rato paliábamos el aburrimiento de su encierro.
Por un momento me sentí una especie de Robin Hood, casi creyéndome la idea de haber escapado, convertido ahora en adalid de una rebelión contra el gobierno tirano que había encerrado a toda mi gente. Una estupidez propia de adolescentes, lo reconozco, pero nuestro viaje era la excepción a la tragedia que todos estaban viviendo, y a muchos les estaba resultando terapéutico. Esta idea me reafirmó en continuar cruzando fronteras.
El funicular se elevaba mostrando toda la elegancia de las cúpulas y tejados de las casas señoriales de Pest, ahora en la orilla contraria. Tras abandonar el aparato aparecía una ciudad distinta, como si te hubiese transportado a un pasado medieval en el momento de su mayor esplendor, cautivándote con sus plazas, calles y casas típicas de cuento.
Me adelanté a la familia apresurándome en el recorrido de una calle adoquinada que dirigía hacia un bonito campanario de estilo gótico. Trataba de ganar algo de tiempo para responder a los de Castellón, que aún consultaban por como estábamos. “Cris se ha jiñado” les dije, explicándoles que ya era la segunda vez que nos cancelaban el vuelo de vuelta y que me estaba preocupando el tema del “bicho”. Yo aún estaba decidido a continuar, les insistía, el confinamiento en España se podía alargar más de lo que se pensaba.
Les dejé un rato con sus bromas y conjeturas, esperando a la trouppe mientras observaba la iglesia. Era preciosa, y lamentablemente el coronavirus me había cerrado sus puertas. Se trataba de la iglesia de Matías. En ella, bajo sus tejados puntiagudos de colores, se habían coronado muchos de los emperadores austrohúngaros.
En aquel momento sentí tristeza. Ese rato solo frente a la iglesia me dio para pensar que, aunque el coronavirus nos estuviese cerrando todas las puertas allí donde íbamos, aún podíamos disfrutar de toda aquella belleza. Belleza que no podríamos haber visto de habernos encerrado en España, y no sabía por cuanto tiempo este maldito “bicho” nos podría impedir disfrutarla de nuevo una vez volviésemos a casa. No quería volver. No quería hacerlo mientras pudiese evitarlo y el hecho de pensar que aquello estuviese a punto de terminar me producía ansiedad.
placita. Luego nos dirigimos todos a una bonita terraza que ofrecía un restaurante desde el que podíamos disfrutar de la imagen de la iglesia mientras comíamos. No hicimos larga la comida, aún nos quedaba todo por ver y el restaurante no tardaba en cerrar.
Tras abandonar la mesa seguimos la calle peatonal alcanzando un precioso mirador que rodeaba a una plaza, con torres, escalinatas y arcos enormes que permitían una maravillosa vista de la orilla de Pest.
Pero aquel no era mi día. Mientras nos acercábamos comencé a sentir una opresión en el pecho. No dije nada a nadie, pero me faltaba el aire. ¿ HABRÉ PILLADO EL CORONAVIRUS ?. Me asusté, no miento, por un momento lo pensé. Fue en ese preciso momento cuando me dí cuenta de lo que nos estaba ocurriendo: ¡NO! ¡Me he infectado de TONTOVIRUS!.
Sin saberlo, estábamos sufriendo los síntomas provocados por el mismo virus que a tantos ya había infectado en España, el “tontovirus”. Ese virus que te inocula un miedo incontrolable, atemorizándote sin saber exactamente de qué, pero que te ocupa sorteando tamaña amenaza invisible, unos encerrándose y tomando toda clase de extrañas medidas, y otros, por lo que se ve, cruzando fronteras de forma compulsiva.
Comprobé en mis carnes los perniciosos efectos que puede provocarnos esta enfermedad. Podemos hacernos más daño nosotros mismos que el que posiblemente nos haga el “bicho” que todos conocemos.
Gracias que se me pasó rápido. Ahora sabía a lo que nos estábamos enfrentando. Trataría de convencer a mi mujer para continuar, pero con ese miedo que te provoca el tontovirus es complicado convencer a nadie, y estaba claro que yo estaba sintiendo lo mismo con el efecto contrario.
Mientras me acercaba a la escalinata que subía a los arcos, volví a atender a los de Castellón, aún conjeturando sobre nuestra vuelta. Les envié una foto de los arcos con dos chicas guapas de espaldas. Uno de ellos me recordaba desde Santo Domingo que me encontraba en el famoso Bastión de Pescadores. Otros me animaban a quedarme, algún otro se percataba del trasero de las chicas y otro me avisaba de la inminente aparición de la ministra en España. Ya les dejé para el resto de la tarde.
La zona del castillo de Buda es enorme. Estaba todo cerrado, pero allí se nos pasó la tarde. Tras recorrer el bastión subiendo y bajando escaleras, la visita terminó cuando un seguridad casi nos come por tratar de entrar al museo. Tras esto nos dirigimos hacia los exteriores del palacio real, nos tomamos unas fotos desde la muralla con la panorámica de la ciudad y nos fuimos al funicular de vuelta a casa.
En la otra orilla nos entretuvimos un rato disfrutando de la música que un hombre hacía deslizando sus dedos entre un conjunto de copas. Tras él se ponía el sol sobre el Danubio. Inmersos en esa escena, mi mujer suavizaba su deseo de volver a casa proponiendo quedarnos unos días más en Budapest. Le estaba encantando.
jóvenes frente a locales que ofrecían comida y bebida para llevar, volvíamos a encontrarnos recorriendo emblemáticas calles comerciales vacías que de vez en cuando nos engañaban atrayéndonos a alguna terraza cerrada. Teníamos una decisión que tomar, y la falta de alegría en las calles y el cansancio de los niños animaban a hacer cena en el apartamento y terminar ya el día.
Tal y como llegamos al apartotel, lo primero que hice fue encender mi ordenador y ponerme a rebuscar cualquier novedad que afectase la entrada a Rumania del día siguiente.
El vuelo desde Budapest se mantenía y la página del ministerio de exteriores español no informaba de nada nuevo. Pero aún así, la cosa no quería ayudar. La página de viajero crónico advertía de un cambio sustancial en la frontera rumana con respecto a aquellos que provenían de España. Mientras antes solo los que aterrizasen desde España estaban obligados a mantener una cuarentena de 14 días, ahora esta medida afectaba a todos aquellos que hubiesen estado en España en los últimos 14 días. Esto ya nos afectaba de lleno. Si esa medida se aplicaba oficialmente, nos obligarían a ponernos en cuarentena una vez dentro del país.
Habíamos observado que esa página, viajero crónico, anticipaba los cambios que se producían en las fronteras antes de que las restricciones se publicasen oficialmente. Por tanto sabíamos que, si bien aún teníamos la oportunidad de cruzar la frontera rumana sin que la medida se nos aplicase, esta se haría efectiva más tarde, mientras estuviésemos recorriendo el país. Y esto, ahora sí, nos llevaba a saltarnos restricciones legales.
Hasta la fecha no habíamos cometido una sola ilegalidad a lo largo del viaje, siquiera en el momento de salir de España. Todas las restricciones que nos podrían haber afectado se aplicaron una vez nosotros habíamos abandonado el territorio afectado. Pero de aplicarse esa medida, tendríamos que estar evitando a las autoridades rumanas todo el tiempo que estuviésemos en el país.
Aquello era un mazazo a la continuidad del viaje, aunque la verdad es que no me retractó de querer continuar con la aventura. Observando a mis hijos tirados con los móviles en el sofá, me producía bastante más pavor el confinamiento asegurado en casa que la posibilidad de ser “cazados” en Rumania.
La realidad es que, obligándonos ahora a usar el transporte ferroviario, no esperaba controles en la frontera rumana viniendo desde Hungría. Tampoco sería la empresa de alquiler de coches la que comprobase cuantos días llevábamos en el país y dudo se produjese una persecución de españoles en Rumania para que ninguna autoridad supiese el tiempo que llevásemos allí. Podríamos alquilar casas a particulares, en la mayoría de ellas ya siquiera se acercan a darte las llaves, estando todo automatizado. Y a los locales que nos preguntasen, les daríamos nuestra nueva nacionalidad en el viaje, chilenos. Todo una locura, cierto, pero el miedo al encierro en España era superior que enfrentarme a todo eso.
Los horarios de los trenes desde Budapest a Rumania se habían reducido drásticamente desde la mañana de aquel día, lo que advertía que se estaban produciendo cambios serios.
Intercambiaba todos estos argumentos con mi mujer mientras trataba de evitar lo que ya resultaba una interrupción irremediable del viaje. En definitiva, lo que estábamos debatiendo era el riesgo de que nos aislasen en Rumania 14 días con respecto a la seguridad de ser confinados por tiempo indefinido en España. En todo caso, esa decisión ya no solo transcendía a nosotros dos, sino a toda la familia, y la debíamos tomar entre todos.
No es que sea fervoroso defensor del método democrático, pero la realidad es que no se nos ocurría una idea mejor para tomar la decisión, que sometiéndola a votación entre todos los miembros de la familia, incluyendo al pequeño y con la misma validez de voto.
No habían prestado mucha atención a la conversación de los adultos mientras estaban entretenidos con sus móviles, pero habían visto como nos lo cerraban todo durante todo el viaje, por lo que, cuanto menos, eran conscientes de que aquello no estaba siendo muy normal. No dimos más explicaciones que el hecho de votar si continuábamos o nos volvíamos a casa.
El resultado fue abrumador. A excepción de mi hija mayor, que estoy convencido se abstuvo por pena hacia mi, pues era la primera que quería volverse para unirse a las chorradas de sus amigas durante el confinamiento, todos votaron en contra de continuar. Para mi sorpresa, incluso el pequeño al que no le gusta el colegio, ahora quería volver al “cole” para ver a sus amigos. No insistí en tratar de hacerle entender que no les podría ver ahora, había demostrado ser más sensato que su padre. Aquella votación implicó la estocada final a nuestro viaje.
No me lo tomé mal. Acepté con una facilidad que a mi mismo me sorprendió el resultado. Supongo que más que por respeto al juego democrático, porqué interiormente sabía del problema que era seguir con la aventura. Pero al menos me quitaba la responsabilidad de haber sido cosa mía, y me podría meter con todos ellos cuando estuviesen hasta las narices de estar encerrados.
La decisión ya había sido tomada. Mi mujer y yo nos apresuramos a buscar algún vuelo de vuelta desde Budapest a Madrid. Para nuestra sorpresa había uno realmente barato para el día 20 a las 16:20 hrs. En un momento ya lo habíamos comprado, la suerte estaba echada.
Mientras mi mujer hacía la cena, no pude evitar echar un vistazo de nuevo a alguna información. Los medios españoles advertían que Rumania había cancelado los vuelos desde España. La información no había sido aún actualizada por el ministerio. Echando un vistazo de nuevo a las salidas de trenes desde Budapest a Rumania, ya no habían billetes. Posiblemente los pocos servicios disponibles ya se habían agotado.
Antes de cenar, sobre las 10 de la noche, comencé a informar de la noticia a todos los grupos y a aquellos que se habían interesado por nosotros:
“Ayer, tras 4 días de vacaciones, mi familia se asusto y en votación por tres votos a favor, una abstención y yo en contra, decidimos cortar nuestro siguiente destino a Bucarest, Rumania. La realidad es que ya van dos veces que las compañías aéreas nos cancelan el vuelo de vuelta desde allí y acabo de ver que hasta dentro de 15 días desde ayer el gobierno rumano a cerrado los vuelos con España. Parece q siquiera hay trenes para continuar, pero yo hubiese ido andando”.
Como siempre que nos comunicábamos, se produjeron las reacciones ya acostumbradas. En este caso era uno de mis cuñados de Castellón quien nos echaba en cara la falta de solidaridad de nuestro periplo. Otros nos felicitaban por la decisión, otros nos daban ánimos y otros nos rogaban que no volviésemos advirtiéndonos que aquello era insoportable. A una de mis primas de Madrid le respondí una soez cuando me sugería que era mejor estar en casa que por ahí en el extranjero.
Aceptaba la derrota, pero volver a España para mí era el peor desenlace de la aventura en ese momento. Un arresto domiciliario por tiempo indefinido en un país que ya contaba con más de 13.000 casos de Covid y casi 600 muertos, y en el que la gente había adquirido tales actitudes nazis que gritaban por las ventanas a quienes veían solos en la playa.
En aquel miércoles 18 de marzo, Rumania solo llegaba a reportar 240 casos activos de Covid y ningún fallecido. Comparativamente eran datos que no resultaban alarmantes, pero que ahora sí, no habían evitado que el país me cerrase sus puertas en todas las narices. El mundo había decidido encerrarse en sí mismo y yo no podía hacer nada, más que irme a dormir.








