Aquella noche no dormí bien, me levanté antes incluso que sonase el despertador a las 7:15 am. Como siempre hago nada más levantarme, mi dirigí hacia un espacio exterior para fumarme un cigarro. Después levanté a los niños, mi mujer ya se había despertado. Lo último que quería en esta ocasión era llegar tarde al aeropuerto como habitualmente nos ocurre. Preveíamos colas ingentes de personas huyendo de España, colapsadas por mediciones de temperatura u otras medidas a causa del virus.
Habíamos podido facturar hacía dos días, pero no las teníamos todas con nosotros sobre que el avión finalmente abandonase el aeropuerto. Pensábamos que el cierre de aeropuertos podía ser inminente y hasta que el avión no despegase a las 10:10 am prevista, no estaríamos tranquilos.
Mis padres se levantaron también. Desayunamos rápido, vestimos al pequeño, cogimos nuestras bolsas y bajamos cuando nos llamó el taxi a las 8:30 am. Creo que ya no besamos a mis padres, no lo puedo recordar bien. Sé que salí con la amargura que me produjo una fría despedida.
En el exterior del aeropuerto aprovechamos para fumar un último cigarro y entramos dentro. Íbamos bien de tiempo. No había mucha gente, para nuestra sorpresa. Varios de rasgos orientales, bien protegidos con guantes y mascarillas, recuerdo unos niños incluso con EPIs, y también muchos rubios tipo sajón o escandinavo.
Nos dirigimos hacia la puerta de embarque. Los niños se pusieron las mascarillas que les había comprado, más por divertimento que por preocupación, y les advertimos que tocasen lo mínimo posible. Por supuesto hicieron poco caso. Un operario que estaba allí controlando nos vio con toda la troupe y nos permitió la entrada a la zona de seguridad sin siquiera pedirnos los DNIs. Al entrar por los arcos seguridad, el típico proceso de vaciado de bolsillos, descalzar zapatillas, meter el carro del niño…, en el que solo nosotros ocupamos metros de cinta transportadora. No pitamos y en unos minutos habíamos terminado.¿Te han pedido el DNI? Pregunté a mi mujer. No… ¡pues a mí tampoco!. No tardamos en llegar a la puerta de embarque y de nuevo había poca gente esperando. Fue una de las pocas ocasiones en las que he viajado en avión en mi vida, que son muchas, en las que me pude aburrir por abundancia de tiempo.
Nos tomamos un café mientras esperábamos. Aprovecho para mirar el whatsapp e informo a un par de amigos que me preguntaban que ya estamos en el aeropuerto. Mi cuñada informaba desde la noche anterior que uno de mis sobrinos tenía 38 de fiebre y dolor de garganta. Síntomas de un simple constipado o una faringitis, a los que una semana antes no le habría dado ninguna importancia, pero ahora la tenían aterrada.
Mientras yo husmeaba el whatsapp, mi hija mayor, en pleno brote adolescente, se distraía haciéndose
selfies que supuse luego colgaría en las redes. En ese momento dimos las primeras directrices del viaje: “Escuchad”, les comenté. “En España la gente está realmente preocupada por el tema del virus y no lo están pasando bien. No es plato de buen gusto que nosotros estemos enviando fotos de lo bien que lo estamos pasando mientras ellos lo están pasando mal. A partir de ahora, las fotos nos las guardamos para nosotros”. Parece que todos lo entendieron.Se abre la puerta de embarque y nos dirigimos hacia ella. El corazón me empezaba a ir a mil. Pasan los niños, el carro y después los adultos ,solo mostrando las tarjetas de embarque con el móvil. De nuevo habíamos entrado sin identificarnos. Los
asientos asignados nos habían separado a los adultos repartiéndonos los niños, pero en el avión había cuatro gatos y nos pudimos sentar como quisimos. Posiblemente éramos los únicos españoles allí.Hasta que no despegásemos no estaría tranquilo. Tenía el corazón en un puño. Al cabo de un rato comienzan a sonar los motores y el avión inicia su movimiento. Unos pocos aviones en cola, un par de vueltas en la pista, acelera y … ¡ESTAMOS VOLANDO!!. Sin duda había sido el embarque a un avión más fácil de mi vida.Tres horas de vuelo con niños entretenidos con un móvil en sus manos, le permiten a uno un rato para
pensar. ¿Qué había ocurrido?. Hacía escasamente 6 días el coronavirus era algo parecido a una gripe, que nos provocaba tal preocupación, que el fin de semana las terrazas estaban abarrotadas y el domingo miles de personas se aglutinaban en las calles de fiesta. Y ahora parecía que el mundo se acababa. Yo seguía pensando lo mismo, este es una “mierda virus”. ¿Que es lo que había provocado ese miedo en la gente?. ¿El hecho de que nuestros abuelitos estuviesen en riesgo de muerte?. No, no lo creo. La gente no temía por la vida de sus abuelos, ese miedo con el grado de desquicie que algunos presentaban no se podía explicar así. ¡Temían por su propia vida!.El viernes 13 de marzo había terminado con algo más de 5000 casos de infectados por Covid-19 en toda España, 2000 de ellos en Madrid, y 130 muertes en todo el territorio nacional. Era imposible que nadie de todos aquellos que nos enviaban mensajes catastróficos por whatsapp, conociesen a algún infectado por aquel entonces, y menos aún, un muerto por Covid. Castellón solo reportaba 4 casos. Tampoco los de Madrid. Con una población de 6 millones de habitantes en la capital, la posibilidad de estar infectado era del 0,03%, es decir, 1 posibilidad entre 33.333. ¡Tira un dado a ver si te toca!, pensé. Aún llegando a la cifra que preveía el gobierno de los 10.000 casos, el riesgo a infectarse era enormemente bajo. Y aún infectándote, a los niños no les afectaba el virus y en el grupo de edad de 40 a 50 años, que es el de la mayoría con los que hablaba, el riesgo de muerte según estadísticas era del 0,8%, sabiendo además que la mayoría de defunciones se producían en personas con patologías previas. ¿Qué le pasaba a la gente?, ¡¿No pensaba?!.
Disculpad si resulto soberbio, pero nunca he podido entender ese miedo que se instauró en la gente. Tampoco ahora.
Agradecí enormemente la costumbre que tenemos en casa de no ver las noticias. Estoy convencido que ese miedo, que en mi barrio llevó a cerrar los bares incluso un día antes de lo establecido en el decreto madrileño y a que la gente se encerrase voluntariamente en sus casas, se debía al bombardeo informativo al que se sometieron durante toda la semana.Ensimismado en esos pensamientos observaba desde el aire unos picos nevados que creí podían ser los Alpes. Desde aquella altura uno se da cuenta de la poca cosa que somos.
Aterrizamos antes de las 13:10 que se preveían. Como siempre tras coger un avión, nos fumábamos encima, nerviosismo que se sumaba a la inquietud por los posibles controles, por lo que nos apresuramos a la salida. La realidad es que la salida del aeropuerto de Viena fue tan fácil como la entrada a Barajas.
He de reconocer que al menos yo, me sentía un poco apestado por español, con toda la paranoia del coronavirus con la que veníamos. Traté de pasar desapercibido. Pero aquello estaba lleno de gente, era genial. Un aeropuerto lleno de vida en sus comercios y restaurantes, como es habitual en Europa, y la gente se movía con total despreocupación. Decidimos comer en el Burger King del aeropuerto. Aprovechábamos así para estudiar la forma de llegar al apartamento y podíamos hacer el pedido desde las pantallas, minimizando la interacción con otros. A mi mujer no le gustó mucho la idea pero no la quedó más remedio, ya se lo había dicho a los niños. Ambos nos sentíamos un poco prófugos. Los niños en cambio se mantenían ajenos a cualquier paranoia y correteaban por todo el área de servicios.Mientras comíamos enviamos whatsapps informando de nuestra llegada. En respuesta, los mensajes de desaprobación por nuestra inconsciencia se mezclaban a mitad con vítores celebrando la llegada. El bombardeo informativo comenzó de nuevo con titulares que nos enviaban sobre noticias que supuestamente nos afectaban. Austria cancela los vuelos con España, rezaba uno. Nos habíamos librado por los pelos, se cancelaban desde el próximo lunes. “El Gobierno prohíbe todos los viajes que no sean de fuerza mayor”, decía otro. Creo que fue en ese momento cuando fui consciente de lo que iba a suceder en España. Los iban a dejar encerrados a todos.
La realidad es que los viajes que iba a prohibir el gobierno eran los desplazamientos interiores, incluso a la esquina de tu casa. Los viajes desde España a otros países, a excepción de Italia que ya se habían prohibido, se prohibieron el 24 de marzo. Como suponíamos, siendo residentes siempre dejaron volar de vuelta a España. Aconsejé en varios grupos que cogiesen a sus familias, alquilasen una casa rural y se largasen. Así al menos podrían correr por el campo.
Google Maps, esa maravilla de la ciencia de la información, nos avisaba que en 10 minutos podíamos
coger un bus desde el aeropuerto que casi nos dejaba en la dirección del apartamento. Recogimos y nos apresuramos a la salida. El autobús esperaba en un andén cercano a ella. Subimos y en poco más de una hora habíamos llegado. Había bastante circulación de vehículos, una imagen muy distinta a la que nos acompañó en el trayecto desde casa de mis padres a Barajas.Siguiendo las indicaciones del satélite de Google Maps, en línea recta pasamos por una estación de tren, un nodo de tranvía y frente a un moderno centro comercial se encontraba el portal del apartamento. En 10 minutos estábamos en el bloque de apartamentos.
El portal tenía aspecto cutre, pero el interior daba a un típico patio de complejos residenciales centroeuropeos, no era feo. Todo estaba codificado. Algo mal hicimos que nos costó entrar a la vivienda. La apertura de la puerta mostraba un salón con cocina office, muy blanco y minimalista, que contrastaba con un suelo de madera desgastada dando un toque muy cálido. Se estaba bien, hacía calor.
Alargamos bastante el tiempo deshaciendo las maletas y permitiendo que los niños descansasen. No hice ya mucho caso al whatsapp. Se me quitaron las ganas cuando al abrirlo vi el video de un hombre vociferando desde su balcón a una familia para que abandonasen la playa, al grito de “quiero viviiiiir”. Me pregunté para qué querría vivir tanto. Mi mujer me comentaba que mi cuñado, que es el típico cuñado (él piensa lo mismo de mí), informaba a través del grupo familiar que Austria “lo cerraba todo desde el próximo lunes” y se mofaba planteándonos como íbamos a continuar con el viaje. Pero la realidad es que yo ya me había puesto en modo off coronavirus con España.
Mientras mi mujer compraba algunas provisiones en un supermercado cercano, me puse a investigar planes de viaje y novedades fronterizas en nuestra ruta. Eslovaquia ya había cerrado completamente su frontera, ningún extranjero excepto residentes podían parar allí, siquiera en tren o barco. La visita a Bratislava quedaba descartada. Era un mal menor. Las guías explicaban que en un día se veía la ciudad, siquiera recomendaban dormir en ella, pero ya se fastidiaba una parte del viaje. Hungría no presentaba cambios. Su gobierno ultraconservador parece que la había tomado con los turcos e iraníes y las restricciones solo eran para ellos. En Rumania todo seguía igual, pero su primer ministro había dimitido y ahora estaban sin gobierno. Igual teníamos suerte y para cuando fuésemos a entrar allí siquiera había gobierno para cerrar fronteras.
Ya descansados, salimos a dar una vuelta y a cenar. La ciudad se veía apagada. No tenía mucha gente para
ser un sábado en una capital importante europea. Pensé que los centroeuropeos terminan el día antes que los latinos, pero dudaba que fuese esa la explicación. Pasamos un rato en un parque infantil donde había un pub colindante. Por algún motivo el camarero no quería abrir, a pesar de las veces que nos acercamos a la puerta con claras intenciones de consumir. En el parque habían algunos adultos con niños, pero aquello se hacía extraño.Al cabo de un buen rato llegó alguien a cerrar la verja del parque. Serían las 8 pm, ya de noche, pero aún buena hora para pasear por la ciudad y buscar un sitio para cenar. Los edificios del centro de Viena eran espléndidos, estaban bien iluminados. Cruzamos los jardines del Palacio Hofburg, donde se alberga la famosa biblioteca nacional que el coronavirus ya había cerrado al publico. Atravesando la escuela de equitación olía a caballo y aún se encontraban excrementos en la calle. Su cierre debía haber sido reciente.
Pasamos por el edificio de la ópera de Viena y continuamos hacia el centro histórico andando por la calle calle Kohlmarkt, una de las áreas comerciales más lujosas de Europa. Indudablemente allí ocurría algo, no había nadie. Podía ser que las tiendas hubiesen cerrado a esa hora, pero la terrazas cercanas a la catedral de San Esteban, aún abiertas, en su mayoría estaban vacías. Era una imagen verdaderamente triste. Me sentó aún peor saber que la catedral, una joya arquitectónica, también se había cerrado al público.Con mi desdicha y paranoia coronavirus, yo me hubiese sentado en cualquiera de las terrazas con menos gente, pero mi mujer se opuso en rotundo. Nos sentamos en la única
que estaba llena, y de hecho, había algún niño. La aparente normalidad de la gente me devolvió la alegría. El camarero era un tío simpático. Cenó el pequeño, tomaron un postre las mayores y los padres nos pedimos dos pedazo de cervezas!.Después, optamos por cenar en un buffet italiano cerca de la catedral. No había mucha gente, pero en la calle se veían grupos de jóvenes que no parecían especialmente preocupados.
Durante la cena lo pasamos bien, aunque las niñas la estaban liando un poco. Aprovechamos de nuevo para echar un vistazo rápido a algunos grupos de whatsapp que estaban especialmente activos. Eran cerca de las 10 de la noche. Mi mujer se divertía con la peña de Benicasim y yo informaba a los de Castellón que aún no nos habían detenido. Era tarde y no nos entretuvimos mucho.
Cogimos el metro desde la plaza de la catedral y no tardamos en llegar al apartamento. Con el pequeño acostado y las niñas entretenidas con sus móviles, los adultos ya pudimos dedicar un tiempo a explicar las novedades del viaje y a enterarnos de los nuevos acontecimientos en España. Volvimos a entrar en los grupos de whatsapp.
Los de Madrid estaban especialmente activos... ¿Qué? ¡¿que iban a ir al peluquero?, ¿y a pasear al perro?!... ¡Vaya, mis primos!. Con la locura de la salida y mi inhibición del mundo, no me había dado cuenta que mis primos llevaban dos días de cháchara. ¿ Mi prima también dice que va alquilar un perro? Otra prima aparecía en una foto protegida con mascarilla al lado de mi tío…. Le pregunto a mi prima por mi tío y explico con mofa que “he huido a Austria y la ruta que seguiremos en el viaje”.Finalmente, el video de una niña muy pequeña llorando porque quería salir a la calle me dio una idea de lo que ocurría, se me partió el alma.
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, había finalizado a las 21.48 horas una comparecencia que todos los españoles habían estado esperando a lo largo de toda la tarde. Acababa de explicar lo que significaba el Estado de Alarma impuesto por la aprobación del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, que se haría efectivo a partir de las 12 horas de aquella misma noche..¡ ENCERRABAN A TODA ESPAÑA!.
De nuevo se desencadenaron la reacciones a las que ya nos habíamos habituado en los grupos de whatsapp. Una de mis primas no daba crédito a lo que habíamos hecho. Otros de ellos nos aplaudían, mis hermanos nos lo reprochaban y mi cuñado pinchaba. Me despedí de todos ellos.
Me había quedado con el video enviado por un amigo de Castellón hacía unos instantes. Un video desde un coche grabando al mayor prostíbulo de la provincia, las Palmeras, abierto y completamente iluminado. Por lo que ve, no éramos los únicos a los que el miedo al virus no había mermado las ganas de disfrutar de su libertad.










