domingo, 5 de julio de 2020

LA ESCAPADA. Martes 17 de marzo. Budapest. La estrategia.

Aquella mañana me levanté pronto, me sentía inquieto. Nuestros perfiles de seguridad se nos habían desbaratado. Hungría había terminado el día anterior con solo 40 casos de infectados por Covid, en una población de casi diez millones de habitantes, y ya habían implantado restricciones a la población y cerrado sus fronteras al exterior. No se entendía.

Me había hecho la idea que a partir de 500 casos de infectados se entraba en terreno peligroso. El 8 de marzo, día de las manifestaciones del 8M, España cerró con 674 casos de Covid. Desde entonces el ratio de infectados comenzó a incrementarse de forma desproporcionada, rompiendo la curva de infecciones que se había mantenido hasta entonces, duplicando de un día para otro los casos hasta llegar a los casi diez mil que ya teníamos ese martes, la cifra que tanto temía el gobierno de España.   

En el 14 de marzo que llegamos a Austria, las infecciones en este país habían llegado a los 650 casos. Al día siguiente su gobierno aprobaba la implantación de restricciones en la línea que habían aplicado España e Italia cuando llegaron a un número de contagios diez veces superior a esa cifra. Cuando marchamos dos días más tarde, dejábamos atrás una capital con sus calles desérticas y sus restaurantes y comercios cerrados, cerrando sus fronteras tras nosotros. El país superaba ya los mil contagios en una población de casi 9 millones de habitantes, un ratio similar de infectados por habitante que el que España e Italia presentaban cuando implantaron sus restricciones al movimiento.

Pero el caso de Hungría había roto por completo mis previsiones. Con una población aún superior a la Austriaca, y con solo 40 casos de Covid confirmados en todo el país, ya habían cerrado sus fronteras e implantado restricciones.

La noche antes de salir había observado los casos de infectados en Hungría y las informaciones oficiales del país, sin encontrar nada que presagiase sufrir algún problema. Pero mientras atravesábamos en el tren la gran llanura húngara, su parlamento aprobaba el cierre de comercios y restaurantes a partir de las 15 horas, prohibían eventos de más de 100 personas y sus fronteras se habían cerrado a todos los extranjeros tal y como nosotros las atravesamos. Habíamos entrado por los pelos. Un día más tarde no hubiésemos podido hacerlo.

Sobre las nueve de la mañana envié a los grupos de whatsapp el parte del viaje:

[9:09, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Ayer llegamos a Hungría

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Hasta las 3 pm restaurantes etc abiertos

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Museos y otros lugares tienen restricciones pero se puede entrar

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: La gente está acojonada:

(video de la gente del pub budapest)


En algunos de los grupos se inició cierto movimiento en respuesta. Otros no dijeron nada o estaban a otros menesteres.

El grupo de Castellón informaba sobre un médico joven muerto por coronavirus en Italia. En el de mis hermanos, mi hermana mayor envió un video del médico youtuber Spiriman en el que, según comentaba, aparecía llorando en el Sálvame por la tragedia del virus y porque la gente no hacía caso. El video venía de Facebook, que no lo tengo instalado en el móvil, y no pude abrirlo.

El hecho de que el médico que yo había usado de referencia para tranquilizar a todos, hubiese acabado llorando por este tema, según explicaba mi hermana, añadido a otros mensajes trágicos, me causó preocupación. 

Volví a chequear las estadísticas del virus. Nada nuevo en Wikipedia ni en los informes de la OMS.

De nuevo traté de tranquilizar con mis estadísticas a los alarmados. Les advertí que nada parecía haber cambiado, que los casos leves siquiera se estaban contando, afectando así a las estadísticas en España, e incidí en la idea que el problema era el colapso sanitario y no el riesgo para sus vidas. Y finalmente les pedí que no indujesen miedo.

Mis comentarios no tuvieron el efecto deseado. En el grupo de hermanos aparecieron los primeros afectados por el virus entre círculos cercanos. El hermano de una amiga muy grave, tres compañeros de trabajo de mi cuñado infectados...

Algunos en el grupo de Castellón parecieron molestarse por mi tranquilidad ante el tema. Uno de ellos recordaba que 1 de cada 100 en nuestro grupo de edad moría, y otro de cada cinco en el de nuestros padres. Consultaba si con estos datos realmente queríamos infectarnos, como parecía que alguno de nosotros proponíamos. Otro me preguntaba si realmente estaba tranquilo con lo que fumo. Y de nuevo los reproches, el hecho de andar por ahí infectando...

Uno de los valores que más aprecio en las personas es la honestidad. Que a uno le digan que es un perfecto imbécil es de agradecer. Te permite valorar si es cierto, y por tanto cambiar, o por el contrario saber si eres tú quien trata con el supuesto imbécil. De una forma u otra, la información es siempre positiva.

Y soy un gran discutidor. Poco me afecta que me reprendan por algo que hago o digo si tengo argumentos para hacerlo. Y siempre sentí que este era el caso.

En aquella fecha habían muerto unas 350 personas en España a causa del virus. Desconocía por entonces la cifra de fallecimientos anuales por accidentes de tráfico, o a causa de otras enfermedades, pero, aún siendo consciente que cada muerte implicaba un drama humano, el número de fallecidos por Covid no me resultaba aún una cantidad que me alarmase y aún menos me podía sentir culpable de contribuir a ese drama en España.

Tampoco el hecho de que hubiese muerto un médico joven y sano en Italia, desencadenante de la pugna en el grupo de Castellón, entre las más de 2000 muertes por coronavirus que entonces sufría este país, me resultaba un dato significativo que justificase preocuparme por mi vida.

Sí, hablábamos de muertes, pero también de miedo. No es que no me importasen, pero la muerte forma parte de la vida, y estás, al menos por causa del virus, las sentía lejos de mis seres queridos. En cambio el miedo les había afectado a casi todos.

Así, con estas premisas, ataqué. No tenía miedo al virus, y lo justificaba. Me parecía más probable morir en un accidente de tráfico o de un infarto al corazón, y no por ello había dejado de conducir, ni dejado de fumar ni cambiado mi vida. De hecho prefería vivir así, sin miedo, a vivir asustado y encerrado. Y así se lo expuse a todos. Les puse el ejemplo de uno de los amigos del grupo que ahora padece una enfermedad complicada, y se enfrenta a ella estoicamente. Así quería comportarme yo, enfrentándome a lo que viniese para seguir viviendo. 

Y con esa retahíla les abandoné. A ellos, y durante aquel día a todos los grupos.

Me había enfadado. No es que me sintiese el Ché Guevara con su “prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado” frente al virus. Es que sentía verdadero pavor a perder la vida, a sentir miedo y vivir encerrado. Y no entendía como muchos de ellos no sentían lo mismo, sin quejarse por encontrarse en prisión domiciliaria e incluso castigando el hecho de salir a tomar el aire.

Pero por otro lado, ¿quién era yo para juzgarles?. Siquiera estaba allí con ellos. Con mis familiares, mis amigos, con mis compatriotas.

Desde el viernes que había salido de Castellón, quise desconectar de España y del coronavirus. Me prometí no justificarme por marcharme. Pero no había hecho ninguna de las dos cosas. No había dejado de enviar mensajes en los grupos tratando de menospreciar al “bicho” y de injustificar el miedo hacia él. No fueron pocas las ocasiones en las que había respondido con soberbia, aunque ciertamente estaba harto de desquicies y reproches por el tema.

Pero nosotros no estábamos allí, padeciendo el encierro con ellos, y nuestros mensajes desde luego no deberían resultar muy empáticos. Muchos estaban muertos de miedo, en medio de un bombardeo informativo que no dejaba de incrementar la cifra de infectados y muertos, publicando los síntomas más variopintos hasta hacer creer a buena parte de la población que podía estar infectada. Todo eso a nosotros no nos estaba afectando, lo veíamos desde lejos. Pero es que, aquellos en España que no habían sucumbido a ese bombardeo informativo, y no temían al virus, igualmente estaban encerrados. Les habían prohibido a todos salir a la calle. Por tanto, ¿qué pretendíamos?, ¿qué queríamos de ellos?.

Mientras me fumaba un cigarro en el balcón del apartamento, respondiendo al enfado con estos pensamientos, observaba al gerente de una pequeña cafetería situada debajo nuestro. El chico parecía nervioso. Se protegía con una mascarilla e iba hablando haciendo aspavientos a los pocos clientes que se le acercaban. Al lado había una estética que permanecía abierta, pero no llegué a ver entrar ningún cliente. Otros negocios colindantes habían cerrado.

Observando esos negocios bajo mi balcón, entendí que todos nosotros, toda la humanidad, por vez primera nos enfrentábamos juntos a algo. No solo a un virus con una capacidad de propagación que infectaría a todo el planeta, sino a algo aún peor, a nosotros mismos, a nuestros miedos.

Por vez primera la humanidad contaba con unos canales de información capaces de conectarnos a todos, haciéndonos llegar a todos informaciones desde puntos separados por miles de kilómetros y haciendo que todos pudiésemos responder conjuntamente a una amenaza. Pero una cosa era lo que el virus era, y otra lo que queríamos creer que fuese. Y desde luego, en ese momento, la cosa estaba poco clara.

Mi cuñado ya me había respondido al preguntarle, que ninguno de sus compañeros habían sido hospitalizados. Tampoco les habían pasado ningún tipo de prueba que les asegurase haber contraído el virus. Uno de ellos parecía estar bastante enfermo pero los otros dos simplemente pensaban que se habían infectado, sin médico que lo certificase.

Todos estábamos aplicando una estrategia para enfrentarnos al miedo por el virus. Unos se encerraban sufriendo verdadero terror. Otros lo razonaban y también se encerraban en respeto a las normas. Otros se divertían y se bajaban pompones atados a una cuerda o se disfrazaban de árbol jugando al pilla pilla. Y otros… otros nos habíamos largado.

La realidad es que lo nuestro había sido casual. Sencillamente no entendimos motivo para cancelar nuestro viaje familiar anual y nos marchamos. Y ahora nos encontrábamos cruzando fronteras mientras se cerraban tras nosotros.

Me sentía como Leonardo DiCaprio en Catch me if you can (Atrápame si puedes), y desde luego, yo estaba decidido a seguir jugando. Si pudiese llegar a Rusia lo haría, pero a mi no me encerraban, pensaba en aquellos momentos.

Ya no quería convencer a nadie de nada. Ahora solo me preocupaba seguir jugando, hasta donde pudiese.

Aquel día llovía en toda España, pero a nosotros se nos había presentado un estupendo día soleado. Los niños ya se habían levantado. Estábamos en un nuevo país y teníamos que visitarlo y disfrutar de la ciudad, de nuestra libertad. Yo aún no había satisfecho el antojo de recorrer en barco el Danubio, y Budapest daba una oportunidad de hacerlo tremendamente barata. El transporte público funcionaba con normalidad, y habían unos barcos dentro de la red de transporte público que recorrían el río a lo largo de toda la ciudad, de arriba abajo, por el coste de un billete de metro.

Antes de llegar al río pasaríamos por la basílica de San Esteban, que estaba abierta al público y cerca del apartamento, e iríamos recorriendo la ciudad hasta llegar a la parada del barco más cercana. Teníamos que disfrutar al máximo de todo lo que se mantuviese abierto, especialmente de los puntos de interés turístico, locales de ocio y restaurantes que cerraban a las 15 horas. Mala cosa para nosotros eso de que nos pongan límites al tiempo, pero no estaban las cosas para quejarse.

Bajé al hall del apartotel, en la zona de recepción, a esperar al resto de la trouppe que terminase de arreglarse. Me había levantado antes que ellos y estaba ansioso por salir.

En recepción parecían más tranquilos que la noche anterior, pero había cierto ajetreo entre algunos huéspedes. Había una chica guapísima sentada en uno de los sillones que se repartían por la zona y cuando salí al patio exterior que se ofrecía para fumadores, encontré a  otra que me pareció aún más guapa. Ambas se mantenían pegadas a sus móviles, debían ser azafatas o modelos.

Cuando salió la que compartía el recinto de fumadores conmigo, también yo lo abandoné tras ella. Mi mujer ya había bajado y andaba de cháchara con un par de españoles que comentaban que les habían cancelado un trabajo, un evento o algo similar, y se apresuraban para volver a casa. Me pregunté a mi mismo el porqué de tantas prisas para encerrarse en España, suponiendo que estaban con aquellas chicas entre su grupo de trabajo, pero ya había desistido de tratar de entender nada.

Salimos del apartotel y en menos de quince minutos habíamos llegado a la basílica. Pagamos por la entrada que permitía la visita al interior del edificio y la subida a la torre. Tras visitar el interior de la basílica, que era una joya, nos dirigimos hacia la torre. Ofrecía un ascensor, pero mi hija mayor y yo decidimos subir por las escaleras, con intención de hacer algo de ejercicio experimentando la subida de aquella larga escalera de caracol. Como no, aún llegamos nosotros antes que el resto de la familia que lo había usado el aparato.

Las vistas desde allí eran preciosas, no desechamos ángulo desde el cual fotografiar la ciudad, pero no se veía el río, el objetivo que yo estaba ansioso por alcanzar.

Cuando bajamos de nuevo, esta vez usando todos el elevador, encontramos un señor mayor, apoyado en una muleta, al que le impedían su uso. Consultamos por lo que ocurría, dado lo estrambótico del hecho. Las restricciones gubernamentales por el coronavirus acaban de cerrar el acceso al artefacto. De nuevo nos habíamos librado por los pelos, lo que me recordó que no debíamos perder el tiempo.  

En el camino hacia el río encontramos un bonito y amplio parque donde se situaba la embajada española y una oficina de Iberia. Aquello le daba cierto aire hispano. En medio del parque aparecía una terraza con las mesas llenas de gente. Pudimos sentarnos en solo una de las mesas de pie que quedaban libres. La imagen era de los más agradable. Los niños podían jugar corriendo por los jardines mientras los mayores disfrutábamos de una cerveza que a mí me supo a gloria. Chequeando Google maps supimos que estábamos en el Liberty Square. No habría encontrado nombre más apropiado para el momento.

No recuerdo ya si fueron una o dos las cervezas que consumimos allí, pero el tiempo de disfrute en aquella terraza se alargó más de lo que las restricciones de tiempo nos permitían.

Continuamos hacia el río y mi hija pequeña se adelantó conmigo. De repente nos encontramos con otro edificio espectacular, el parlamento húngaro. Coincidíamos con el cambio de guardia, ambos lo vimos al completo, siendo casi los dos únicos espectadores del evento. Mientras los demás se retrasaban a saber haciendo qué, aquellos dos soldados que circulaban rítmicamente alrededor de la bandera, repentinamente se detenían para enfilarse hacia otros dos compañeros comandados por un tercero dirigiéndose hacia ellos, cruzando toda aquella plaza que a su paso se hacía eterna, hasta hacer efectivo el cambio.


Fue bonito verlo, pero una vez terminaron y nos encontramos con el resto de la familia, apenas nos quedaban cuarenta y cinco minutos para comer antes que a las 15 horas cerrasen los restaurantes.

Ya nos vinieron las prisas habituales con las que nos movemos en familia, pero a velocidad de trabajo pudimos comer de menú en un restaurante frente al parlamento.  

Tras comer con tal rapidez, el Danubio nos ofrecería uno de sus muelles para  hacer la digestión. Se había hecho esperar, escondido justo detrás del edificio del parlamento, pero flanqueado por unas de las vistas más bellas que había contemplado en mi vida. Posiblemente no pudimos recibir mejor regalo en esos momentos, que poder estar sentados en uno de los embarcaderos del río disfrutando de aquella panorámica.

El tiempo de espera al barquito aún nos dio para que algunos pudiésemos movernos a lo largo del muelle tras descansar. Unas pequeñas estatuillas en cobre representado realísticamente una larga hilera de distintos tipos de pares de zapatos, de niños, mujeres y hombres, hacían presagiar que allí había ocurrido algo dramático. Al final de aquella larga fila de zapatos de cobre, una placa advertía del hecho. Como tantas veces se encuentra en Centro Europa, aquello era un monumento en memoria de una de las atrocidades que la II Guerra Mundial había provocado a las familias judías. Los fusilaron a orillas del río. 

Cuando levanté la vista de aquella placa me encontré a mi mujer haciéndome aspavientos desde la lejanía para que me apresurase. Ya llegaba el barquito, y como no, me tocó correr con el pequeño a hombros. Aquellos no estaban muy dispuestos a esperar a nadie, cuando llegué ya estaban recogiendo las cuerdas de amarre.

Los operarios nos advirtieron que la ruta más larga para recorrer el río sería el siguiente barco que llegaba al embarcadero situado justo a la otra orilla del río. Al cruzar a la otra orilla, abandonábamos la parte de la ciudad de Pest, para colocarnos en la de Buda. Budapest se formó de la unión de esas dos ciudades en el pasado. El próximo barco llegaría sobre las 17 horas, lo que nos daba un tiempo para ver la nueva zona.

No habíamos recorrido doscientos metros tras abandonar el barco en la otra orilla, para pararnos de nuevo

en una bonita plaza, presidida por una estatua de lo que a mi parecía una especie de Guillermo Tell. Nos encontrábamos en el Corvin Ter, sin saberlo un punto emblemático de la ciudad. Aquella era la fuente de Lajos, en honor al personaje bíblico Nimrod, que la leyenda dice ser el fundador del pueblo húngaro. Resultaba que esa estatua fue testigo del mayor bastión de resistencia contra los rusos tras la ocupación después del final de la II Guerra Mundial. 2000 civiles se concentraron en esa pequeña plaza contra 800 soldados rusos.

Tras disfrutar un buen rato del frescor que la fuente y la sombra de los árboles brindaban a la placita, subimos cuesta arriba hasta la muralla del castillo de Buda, y desde allí bajamos de nuevo, ya apremiados por el tiempo. 

Un hombre esperando en el embarcadero nos tranquilizaba haciéndonos saber que llegábamos a tiempo. El barco aún tardaría en aparecer tras una espera de 5 o 10 minutos.  Cuando lo vi llegar el corazón me dio un pálpito por saber que por fin podría cumplir ese antiguo sueño de navegar por el curso del Danubio. 

El recorrido a lo largo del río fue extraordinariamente bonito. Desde el inicio ya deleitaba con las vistas del parlamento en la orilla de Pest y del Castillo, la muralla y la montaña en la de Buda. Para cuando los bonitos edificios que mezclaban arquitectura de tres siglos terminaba, se extendía la vegetación natural de altos árboles y juncos que se abrazaban a ambas orillas del río. Y cuando la civilización parecía haber desaparecido a lo largo de su curso, de repente te asaltaban un número de pequeños embarcaderos y casitas de madera, como si de un cuento se tratase, que finalizaba de forma abrupta con la aparición de unos modernos complejos residenciales y un puerto fluvial abarrotado de yates de lujo que nos avisaban que el recorrido de más de una hora había terminado.

Aquel recorrido lento a lo largo del río, cruzando de un lado a otro cumpliendo todas las paradas del barquito, fue verdaderamente relajante y bonito. Mientras observaba la belleza de todo aquello que nos rodeaba no dejé de pensar en lo triste que sería si algún día no pudiésemos viajar para disfrutar de toda la bellaza que existe en el mundo, y agradecí a la vida que me permitiese hacerlo en esos momentos.

En cuanto nos bajamos del barquito, toda aquella magia terminaba. Se esfumaba con la imagen de una estación de autobuses que en el extremo al que nos dirigíamos presentaba una cutre estación de metro, llena de borrachos y bares cerrados, que nos recordaban que nuestro día había terminado. Las restricciones horarias impuestas por el gobierno húngaro obligaban a cerrarlo todo.

Cogimos unos billetes de metro hacia la estación más cercana al apartotel. A la salida había vida en las calles. Era un martes, y aún con las restricciones del gobierno, muchos restaurantes permanecían abiertos suministrando comida y bebida para llevar, por lo que los jóvenes se reunían a sus puertas manteniendo aún algo de la vitalidad a la que aquella ciudad debía estar acostumbrada. Algunas mesas preparadas flanqueando la puerta de algún restaurante aún nos dio la esperanza que podríamos disfrutar de una cerveza sentados en ellas, pero nada, solo para llevar.

El día se había terminado. Cenaríamos en el apartamento y descansaríamos, los niños estaban deseando llegar a su nueva casa y ponerse con sus móviles. A mi es lo último que me apetecía. Siquiera quise mirar los whatsappas de los grupos en España no fuese se me acabase fastidiando el día.

Aquel día había sido maravilloso. Lo mejor que al menos yo podía hacer era irme pronto a la cama tras cenar, para asegurarme que no hubiese ninguna novedad que me lo estropease, y tras cenar no tardé en hacerlo.

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