Mientras desayunábamos estudiamos la situación en la que nos encontrábamos. Tras la noticia del cierre de fronteras en Eslovaquia y Austria, ahora debíamos valorar las probabilidades de que cerrasen fronteras en los demás países de nuestra ruta según su afectación por el Covid-19 y posibles problemas para volver a España.
Según el propio presidente del gobierno, "Cualquier español que haya salido por motivos laborales, por motivos vacacionales, puede regresar sin ningún problema". En principio, el regreso a España parecía estar garantizado.
A lo largo del día anterior Austria había duplicado su tasa de infectados hasta llegar a los 650 casos. Los museos estaban cerrados, pero restaurantes, comercios y espacios al aire libre permanecían abiertos. A partir del lunes introducían restricciones de movimiento. En todo caso ya nos afectaba poco. En nuestro plan de viaje salíamos el mismo lunes a la hora que nos conviniese en función del medio de transporte que usásemos para hacerlo.Eslovaquia había cerrado su frontera a extranjeros con menos de 50 casos constatados de Covid-19. No esperábamos que con un número tan bajo de casos, aún en una población pequeña de 5 millones de habitantes, se aplicasen restricciones fronterizas, pero el hecho de obligarnos a prescindir de la visita a Bratislava tampoco fue algo que nos afectase demasiado.
El resto de países de nuestra ruta, Hungría y Rumania, con poblaciones de 10 y 20 millones de habitantes respectivamente, siquiera llegaban a los 150 casos de infectados en la fecha. Con esos datos no era probable sufrir ningún otro contratiempo en el resto del viaje a causa del virus.
Ahora estábamos en Viena y debíamos disfrutarla. Comenzamos a hacer planes para el día. Comenté de visitar el Wiener Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo y uno de los lugares de obligada visita en Viena. Mi mujer llamó y estaba abierto.
A los niños les habíamos hablado de visitar ciertas atracciones en Rumania que ya no confiábamos estuviesen abiertas cuando llegasemos, y contando lo poco que en la actual situación se podía visitar en Viena, esto nos venía genial.
Cuando terminábamos de desayunar, mi mujer me comentó aireada que se había montado una trifulca en uno de los grupos de padres del cole. Había incumplido la regla de “no fotos” y entre los ya acostumbrados elogios y advertencias alguien le reprochó haber salido de viaje. Ella respondió que se debería haber considerado igual de irresponsable llevar a los niños al colegio el viernes, y alguno se molestó.
Mientras nos preparábamos todos para salir, yo también quise echar un vistazo al whatsapp. En el grupo de mis primos alguno más se sumaba a los espaldarazos de la noche anterior. Pero una de mis primas también nos reprendía por haber salido de viaje, reclamando a todos ser maduros. Fue educada y además yo la entendía. Ella es enfermera y me imaginaba por lo que estaba pasando. Pero he de reconocer que me sentí violento.
Seguidamente otra de ellas reenviaba un extenso texto supuestamente de un doctor, que alertaba de la realidad de la situación. Era una buena explicación, pero yo ya había leído lo suficiente sobre este asunto antes de salir de viaje, como para saber todo lo que explicaba. El peligro no era el virus en sí, sino el colapso sanitario que producía su capacidad de propagación. Por supuesto el problema ya no solo eran las muertes ocasionadas por el virus, que en mi rango de edad son improbables, sino además las producidas en aquellos con otras patologías al no poder ser atendidos correctamente.
Mi cuñado, que se sintió aludido por hacer gracias del viaje, se disculpaba. Otros daban ánimos a mi prima enfermera. Y mis hermanas, se regocijaban por un lado en el grupo de los primos, mientras que por el de los hermanos me reprochaban sin piedad. Y, por primera vez desde que salí, me sentí obligado a justificarme, algo que me prometí no hacer en todo el viaje.
La realidad es que mis primos son gente a las que ya no solo les guardo mucho aprecio, también les respeto. En ese grupo se reparten ingenieros, informáticos, matemáticos, biólogos, farmacéuticos, arquitectos y empresarios vividores. Su opinión sobre las cosas me interesa y también me importa.
Yo sabía lo que había hecho. Seré valiente o inconsciente, no sé exactamente cual es la diferencia, pero siempre me gusta aplicar una lógica en lo que hago.
Seguía pensando lo mismo. Esto es una mierda virus. Según las estadísticas de China el virus no mataba a más del 0,8 en mi rango de edad y menos del 10% en el de mis padres, la mayoría además con patologías previas. Había salido de Castellón sin síntomas, en una población de casi 600.000 habitantes y con solo 4 infectados constatados. Me podría haber contagiado en Madrid, pero era poco probable. Aún llegando al número de infectados que temía el gobierno de 10.000 casos, en una población de casi 50 millones como la española, la probabilidad de toparme con un infectado desde que salí de Castellón era de 2 entre 1000. Y había estado prácticamente encerrado en un coche. Solo había estado en contacto con mis padres y con los cuatro gatos que me había cruzado en Barajas. Pero es que, aunque me hubiese infectado antes de llegar a Austria, en este país el virus ya estaba dentro, y difícilmente nuestra presencia implicaría una presión adicional en su sistema sanitario. Molestaríamos menos enfermando en países cuyos sistemas sanitarios no estaban colapsados, como ya ocurría en España, y tendríamos más posibilidades de ser atendidos correctamente. Algo así les traslade a mis primos.
Hoy sabemos que los infectados debían ser bastantes más pero también lo suficientemente pocos como para poder vivir tranquilos.
Mientras mi hermana mayor continuaba fustigándome en el grupo de hermanos, por el de los primos llegaba un contraataque a mi explicación. Uno de mis primos me enviaba el BOE advirtiendo de multas por la huída y un maquiavélico ejemplo de lo que los coreanos les hacían a sus infectados de Covid.
¡Pero que no hemos huido, no hemos hecho nada ilegal!, replicaba, mientras ya íbamos andando por la calle en dirección al metro.
La verdad es que ya me desesperaba. Siquiera por entonces habían restricciones en Austria para la entrada de ciudadanos españoles. Lo que habían prohibido desde el lunes eran las salidas de ciudadanos austriacos a España. Y cuando salimos solo había una recomendación de no salir de viaje en España. No habíamos incumplido una sola restricción legal, pero medio planeta parecía estar convencido de lo contrario.
Mientras mi mujer me regañaba por mi atención al móvil cuando ella sacaba los billetes de metro, yo iba buscando ángulos para sacar fotos que mostrasen la normalidad en las calles. Había poca gente, pero los que habían estaban tan campantes. Recordé la premisa del viaje: ¡NO FOTOS!. ¡Leches!, ¿como les convenzo de que los han encerrado a ellos, que el resto del mundo sigue viviendo?, me preguntaba a mi mismo.
El conjunto de reproches por un lado y las advertencias por el otro, me desestabilizaron. Dentro del metro, mientras mis hijos y mi mujer se divertían ajenos a todo, yo me mantenía en silencio y pensativo. Estaba cabreado. Ya no era que muchos reprochasen algo tan trivial como estar andando con tu familia por la calle u otros pensasen que estabas haciendo algo ilegal por el mero hecho de hacerlo, es que estaban convencidos de ello.
¿Cómo habían conseguido eso de la gente?, me preguntaba. El virus era el mismo que existía hacía una semana, cuando todos estábamos en terrazas abarrotadas de gente, en bares y conciertos y el mismo gobierno nos arengaba a acudir a las manifestaciones. Y el mismo virus al que muchos se enfrentarían el lunes cuando fuesen a sus puestos de trabajo. ¡Pero todos habían aceptado un arresto domiciliario durante el fin de semana!.
Hacía ya tres días que me había inhibido del bombardeo de los whatsapps y casi no había visto el telediario en toda la semana. A lo largo de esos días me habían llegado mensajes aterradores sobre muertos, un amigo grababa un audio rogando con verdadera angustia que nos encerrasen y para cuando salí de allí muchos siquiera habían llevado a los niños al colegio. Los centros de salud y hospitales se habían colapsado más por la gente que acudía creyendo haberse contagiado que por ingresos reales por este motivo. Ciertamente me había evadido de todo aquello. Pero es que, los casi ocho mil infectados y trescientos abuelos muertos que ya llevábamos, extrapolados a toda la población española, tampoco me justificaban ese comportamiento.
El problema no eran los reproches o temores. La mayoría eran amigos o familiares, gente que nos quiere, y verdaderamente sentían preocupación por nosotros o por el mal que pudiésemos ocasionar. Era la sumisión ante el miedo, edulcorada por un hashtag de #quédateencasa.
En aquel momento me entró una preocupación de la que aún no he conseguido deshacerme.
Me cuesta creer en teorías conspirativas, pero si no sabían como hacerlo, ahora ya lo tenían claro. Solo el bombardeo informativo sobre un virus de mierda, ya había conseguido encerrar a los habitantes de tres países y lo que quedaba por venir. Un virus que siquiera mata niños, lo más extraño en una epidemia, y raramente mata adultos sanos, había paralizado por completo unas sociedades que se creían tan sofisticadas que pensaban estar por encima de las leyes naturales. Me vino a la cabeza un concepto nuevo del que me había hablado un amigo, el Homo Deus, el hombre dios. ¡Que irónica es la vida!, pensé.
Cuando salimos del metro la imagen era preciosa. Amplios jardines en un día soleado, con la vista de una noria y otras atracciones al fondo. Padres con sus niños en bicicleta, críos jugando con la pelota, gente paseando. Aquello era maravilloso.
Mientras mi familia paraba en un puesto de perritos calientes, yo trataba de tomar fotos de aquello. Quería captar a la gente, pero en la cámara del móvil aparecían demasiado lejanas.
Nos dirigimos hacia la noria. Pasamos por los coches de choque y grabe a los que estaban allí manejándolos. Dentro de la noria había un pequeño museo que permanecía abierto, mostrando con maquetas y muñecos de plomo escenas de la historia de Viena y del parque. No había muchos allí pero para acceder a la noria había cola. También la grabé.
Me fijé en dos operadores que limpiaban meticulosamente los asientos interiores y todas las barras metálicas de cada habitáculo de la noria. Esa medida no la he visto en España hasta la fecha. En ese momento me llegó un privado de un amigo de Gerona con una noticia en los medios avisando que Austria instaba a su población a confinarse. La respuesta ya la tenía preparada. El video de aquella cola de gente esperando. Mi amigo entendió el mensaje: “Guay tío. No te agobio más”. Sabía que estaba preocupado por nosotros y de algún modo yo también quería tranquilizarle, le agradecí que me enviase información que nos afectaba. El me reconocía tener la paranoia de sufrir síntomas y el bombardeo de las redes.
Tal y como el habitáculo ascendía al giro de la noria, las vistas se hacían más bonitas. El enorme parque en que nos encontrábamos se rodeaba de la ciudad de Viena. Pero yo realmente no estaba centrado en las vistas. Quería sacar una toma de toda aquella gente que se movía debajo de nosotros entre las distintas atracciones de la feria. Era una imagen lejana, pero suficiente para lo que quería.
Tras bajar de la noria nos dirigimos hacia las atracciones. No estaban todas abiertas, pero si bien no había la cantidad de gente que se esperaría en una soleada mañana de domingo, si la suficiente para mantener funcionando alguna de las montañas rusas y muchos cachivaches.
Mi mujer y yo esperamos a los niños tomando una cerveza en una terraza. Recuerdo un hombre de edad sentado frente a nosotros. Le acompañaba una mujer y de alguna forma se las había arreglado para abandonar una silla de ruedas que había dejado a su lado. El hombre tenía estilo. Lucía un gorro amplio y gafas oscuras y se fumaba un puro a la vez que sorbía un licor. Por lo exagerado de su cara de satisfacción, me dio la sensación que se burlaba del virus. Me sentí bien. Fue el momento que encontré para enviar un privado a mi primo con algunas fotos de la gente en el parque de atracciones. “… la gente esta funcionando con normalidad…”, le dije, y le advertí del problema del bombardeo informativo.Sabía que los medios españoles estaban metiendo miedo con salir a la calle, salir de viaje y con a saber qué, y sentí una enorme necesidad de mostrar, al menos a algunos, que la vida continuaba fuera de España. Él me respondió que no daba mucha importancia al “bicho” y que el problema efectivamente estaba en la histeria de la gente.
De lo que yo no era consciente entonces, es que durante la comparencia del presidente, este había pronunciado frases como que “no le temblará la mano para vencer al virus” o que “el ejército ya está preparado”. De saberlo, me hubiese sido más fácil entender que los que no tenían miedo al virus, como le ocurría a mi primo y tantos otros, lo tendrían a la represión del Estado por saltarse el confinamiento.
La breve interacción con mi primo me dejó tranquilo. La verdad que las críticas en el resto de los grupos me divertían más que otra cosa. Me prometí no tratar ya nada del “bicho” en el grupo de mis hermanos e informarles solo de los movimientos del viaje. No llegué a hacerlo del todo, pero pude eludir sus reproches.
Nos fuimos a comer cerca de la orilla del Danubio. Un bonito y elegante restaurante, con decoración
Cuando terminamos de comer volvimos de nuevo al río. Soy cabezón, y aún sabiendo que en marzo no habían ferrys en funcionamiento que llevasen a Budapest, y menos aún con el coronavirus cerrando
fronteras por Europa, quería intentarlo. No hubo suerte, pero al menos pasamos un buen rato y disfrutamos de las bonitas vistas que allí habían.Una vez los niños jugaron en los columpios que se ubicaban a lo largo del muelle, cruzamos medio puente viendo atardecer en el Danubio y me cercioré que en domingo no había oficinas abiertas, nos volvimos a casa. Comenzaba a hacer frío.
Dejamos a los niños en el apartamento y pasadas las 8 pm mi mujer y yo bajamos a fumarnos una shisha y tomarnos unas cervezas en un pub cercano. Los jóvenes no parecían muy preocupados por el virus y allí había gente. Aprovechamos para chequear novedades en los países de la ruta y para comunicarnos un rato con la gente en España.Paradójicamente España no había cancelado sus vuelos con Austria, podían seguir entrando españoles sin restricciones. Habían otros países que restringían la entrada a austriacos en sus fronteras, como Alemania o Republica Checa, pero no era el caso de Hungría y Rumania. Ya se habían superado los 800 casos de infectados por Covid en Austria y a lo largo de la semana se aplicaban serias restricciones a la población. No se podrían reunir más de 5 personas, los restaurantes se cerraban desde el martes y se pedía no abandonar las viviendas más que para trabajar o cuando fuese estrictamente necesario.Las restricciones en Austria ya nos importaban poco. Según nuestros planes salíamos al día siguiente a Budapest, capital de Hungría. Dada la imposibilidad de transportarnos en barco, medio que por otra parte implicaba bastante tiempo de viaje, la mejor opción era el tren. Dudábamos si salir antes o después. Siempre había un grado de inquietud, aún sabiendo que las restricciones fronterizas no se aplicaban de un día para otro. Entre las muchas combinaciones de trenes, nos decidimos por un tren directo a las 13:40 hrs. Aprovecharíamos para ver un poco la ciudad por la mañana.
Informamos en los grupos de whatsapp del siguiente paso en nuestro viaje y preguntamos a todos como estaban. Unos estaban aburridos, otros se reían y otros enviaban consejos para protegerse del bicho.
Resultaba muy divertido. Cuando teníamos tiempo para intervenir en los grupos, era como si se enganchasen a una telenovela, les daba vidilla. Te preguntaban si ya te habían detenido, otros te deseban suerte y otros aún nos interrogaban sobre donde estábamos. Resultaba cómico saber que mientras algunos bromeaban con la posibilidad de que acabásemos en prisión, nosotros nos encontrábamos con una cerveza en la mano y el tubo de shisha en la otra. Pero también producía pena la situación que ellos estaban viviendo.
En el grupo de Castellón, alguno criticaba las medidas aplicadas por el gobierno. La realidad es que no se entendían. Todo el fin de semana encerrados en sus casas con sus hijos sin poder pisar la calle y al lunes siguiente muchos iban a trabajar. Comparaban las medidas de confinamiento aplicadas en otros países. Ciertamente, en Francia, con un número de infectados similar al nuestro, la gente aún podía salir. En la mayoría de países centro europeos siquiera se habían aplicado restricciones al movimiento. Reino Unido ya había anunciado que no iba a luchar contra el virus, no iban a hacer nada en pro de no afectar su economía, y EEUU y Brasil tenían la misma idea.
El debate me recordó un informe elaborado para la Administración Británica por el Imperial College de Londres. Avisaba que, o el gobierno cambiaba la estrategia de obviar el virus, o ya podían esperar 250.000 muertes. No parecía que no hacer nada fuese la solución, pero desde luego encerrar a todo el mundo, además de inhumano, podría acarrear consecuencias aún peores. En todo caso ya se planteaba la gran pregunta de todo esto: Para luchar contra el “bicho”, ¿cuánto se tenía que sacrificar de libertad para no producir algo peor, pobreza?.
Me despedí en los grupos y mi mujer se unió a mi para disfrutar ambos del momento.
Acabada la shisha y un par de cervezas, salimos con la idea de llevar cena al apartamento y cenar allí con los niños. En la calle hacía frío. Nos dirigimos a un puesto de kebab que estaba enfrente. Nos mondábamos de risa pensando si viesen aquel espectáculo en España. El chico manipulaba nuestros kebabs con unos guantes que no se había cambiado, pringando toda la comida de los distintos recipientes con las salsas. No le quisimos decir nada.
Tras cenar con los niños chequeamos de nuevo las webs guías. Una treintena de infectados en Hungría y sin novedades en sus fronteras. Sacamos los billetes de tren, miramos algunos apartamentos en Budapest y nos acostamos. Mañana era otro día.





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