domingo, 14 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Domingo 15 de marzo. VIENA, La polémica.

Mientras desayunábamos estudiamos la situación en la que nos encontrábamos. Tras la noticia del cierre de fronteras en Eslovaquia y Austria, ahora debíamos valorar las probabilidades de que cerrasen fronteras en los demás países de nuestra ruta según su afectación por el Covid-19 y posibles problemas para volver a España.

Según el propio presidente del gobierno, "Cualquier español que haya salido por motivos laborales, por motivos vacacionales, puede regresar sin ningún problema". En principio, el regreso a España parecía estar garantizado.

A lo largo del día anterior Austria había duplicado su tasa de infectados hasta llegar a los 650 casos. Los museos estaban cerrados, pero restaurantes, comercios y espacios al aire libre permanecían abiertos. A partir del lunes introducían restricciones de movimiento. En todo caso ya nos afectaba poco. En nuestro plan de viaje salíamos el mismo lunes a la hora que nos conviniese en función del medio de transporte que usásemos para hacerlo.

Eslovaquia había cerrado su frontera a extranjeros con menos de 50 casos constatados de Covid-19. No esperábamos que con un número tan bajo de casos, aún en una población pequeña de 5 millones de habitantes, se aplicasen restricciones fronterizas, pero el hecho de obligarnos a prescindir de la visita a Bratislava tampoco fue algo que nos afectase demasiado.

El resto de países de nuestra ruta, Hungría y Rumania, con poblaciones de 10 y 20 millones de habitantes respectivamente, siquiera llegaban a los 150 casos de infectados en la fecha. Con esos datos no era probable sufrir ningún otro contratiempo en el resto del viaje a causa del virus.

Continuaríamos hasta el final de nuestro viaje y más allá si tocaba. Con lo que habían hecho en España casi mejor no volver hasta que hubiese permiso para vivir de nuevo.

Ahora estábamos en Viena y debíamos disfrutarla. Comenzamos a hacer planes para el día. Comenté de visitar el Wiener Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo y uno de los lugares de obligada visita en Viena. Mi mujer llamó y estaba abierto.

A los niños les habíamos hablado de visitar ciertas atracciones en Rumania que ya no confiábamos estuviesen abiertas cuando llegasemos, y contando lo poco que en la actual situación se podía visitar en Viena, esto nos venía genial.  

Cuando terminábamos de desayunar, mi mujer me comentó aireada que se había montado una trifulca en uno de los grupos de padres del cole. Había incumplido la regla de “no fotos” y entre los ya acostumbrados elogios y advertencias alguien le reprochó haber salido de viaje. Ella respondió que se debería haber considerado igual de irresponsable llevar a los niños al colegio el viernes, y alguno se molestó.   

Mientras nos preparábamos todos para salir, yo también quise echar un vistazo al whatsapp. En el grupo de mis primos alguno más se sumaba a los espaldarazos de la noche anterior. Pero una de mis primas también nos reprendía por haber salido de viaje, reclamando a todos ser maduros. Fue educada y además yo la entendía. Ella es enfermera y me imaginaba por lo que estaba pasando. Pero he de reconocer que me sentí violento.

Seguidamente otra de ellas reenviaba un extenso texto supuestamente de un doctor, que alertaba de la realidad de la situación. Era una buena explicación, pero yo ya había leído lo suficiente sobre este asunto antes de salir de viaje, como para saber todo lo que explicaba. El peligro no era el virus en sí, sino el colapso sanitario que producía su capacidad de propagación. Por supuesto el problema ya no solo eran las muertes ocasionadas por el virus, que en mi rango de edad son improbables, sino además las producidas en aquellos con otras patologías al no poder ser atendidos correctamente.

Mi cuñado, que se sintió aludido por hacer gracias del viaje, se disculpaba. Otros daban ánimos a mi prima enfermera. Y mis hermanas, se regocijaban por un lado en el grupo de los primos, mientras que por el de los hermanos me reprochaban sin piedad. Y, por primera vez desde que salí, me sentí obligado a justificarme, algo que me prometí no hacer en todo el viaje.

La realidad es que mis primos son gente a las que ya no solo les guardo mucho aprecio, también les respeto. En ese grupo se reparten ingenieros, informáticos, matemáticos, biólogos, farmacéuticos, arquitectos y empresarios vividores. Su opinión sobre las cosas me interesa y también me importa.

Yo sabía lo que había hecho. Seré valiente o inconsciente, no sé exactamente cual es la diferencia, pero siempre me gusta aplicar una lógica en lo que hago.

Seguía pensando lo mismo. Esto es una mierda virus. Según las estadísticas de China el virus no mataba a más del 0,8 en mi rango de edad y menos del 10% en el de mis padres, la mayoría además con patologías previas. Había salido de Castellón sin síntomas, en una población de casi 600.000 habitantes  y con solo 4 infectados constatados. Me podría haber contagiado en Madrid, pero era poco probable. Aún llegando al número de infectados que temía el gobierno de 10.000 casos, en una población de casi 50 millones como la española, la probabilidad de toparme con un infectado desde que salí de Castellón era de 2 entre 1000. Y había estado prácticamente encerrado en un coche. Solo había estado en contacto con mis padres  y con los cuatro gatos que me había cruzado en Barajas. Pero es que, aunque me hubiese infectado antes de llegar a Austria, en este país el virus ya estaba dentro, y difícilmente nuestra presencia implicaría una presión adicional en su sistema sanitario. Molestaríamos menos enfermando en países cuyos sistemas sanitarios no estaban colapsados, como ya ocurría en España, y tendríamos más posibilidades de ser atendidos correctamente. Algo así les traslade a mis primos.

Hoy sabemos que los infectados debían ser bastantes más pero también lo suficientemente pocos como para poder vivir tranquilos.

Mientras mi hermana mayor continuaba fustigándome en el grupo de hermanos, por el de los primos llegaba un contraataque a mi explicación. Uno de mis primos me enviaba el BOE advirtiendo de multas por la huída y un maquiavélico ejemplo de lo que los coreanos les hacían a sus infectados de Covid.

¡Pero que no hemos huido, no hemos hecho nada ilegal!, replicaba, mientras ya íbamos andando por la calle en dirección al metro.

La verdad es que ya me desesperaba. Siquiera por entonces habían restricciones en Austria para la entrada de ciudadanos españoles. Lo que habían prohibido desde el lunes eran las salidas de ciudadanos austriacos a España. Y cuando salimos solo había una recomendación de no salir de viaje en España. No habíamos incumplido una sola restricción legal, pero medio planeta parecía estar convencido de lo contrario.

Mientras mi mujer me regañaba por mi atención al móvil cuando ella sacaba los billetes de metro, yo iba buscando ángulos para sacar fotos que mostrasen la normalidad en las calles. Había poca gente, pero los que habían estaban tan campantes. Recordé la premisa del viaje: ¡NO FOTOS!. ¡Leches!, ¿como les convenzo de que los han encerrado a ellos, que el resto del mundo sigue viviendo?, me preguntaba a mi mismo.

El conjunto de reproches por un lado y las advertencias por el otro, me desestabilizaron. Dentro del metro, mientras mis hijos y mi mujer se divertían ajenos a todo, yo me mantenía en silencio y pensativo. Estaba cabreado. Ya no era que muchos reprochasen algo tan trivial como estar andando con tu familia por la calle u otros pensasen que estabas haciendo algo ilegal por el mero hecho de hacerlo, es que estaban convencidos de ello. 

¿Cómo habían conseguido eso de la gente?, me preguntaba. El virus era el mismo que existía hacía una semana, cuando todos estábamos en terrazas abarrotadas de gente, en bares y conciertos y el mismo gobierno nos arengaba a acudir a las manifestaciones. Y el mismo virus al que muchos se enfrentarían el lunes cuando fuesen a sus puestos de trabajo. ¡Pero todos habían aceptado un arresto domiciliario durante el fin de semana!.

Hacía ya tres días que me había inhibido del bombardeo de los whatsapps y casi no había visto el telediario en toda la semana. A lo largo de esos días me habían llegado mensajes aterradores sobre muertos, un amigo grababa un audio rogando con verdadera angustia que nos encerrasen y para cuando salí de allí muchos siquiera habían llevado a los niños al colegio. Los centros de salud y hospitales se habían colapsado más por la gente que acudía creyendo haberse contagiado que por ingresos reales por este motivo. Ciertamente me había evadido de todo aquello. Pero es que, los casi ocho mil infectados y trescientos abuelos muertos que ya llevábamos, extrapolados a toda la población española, tampoco me justificaban ese comportamiento. 

El problema no eran los reproches o temores. La mayoría eran amigos o familiares, gente que nos quiere, y verdaderamente sentían preocupación por nosotros o por el mal que pudiésemos ocasionar. Era la sumisión ante el miedo, edulcorada por un hashtag de #quédateencasa.

 

En aquel momento me entró una preocupación de la que aún no he conseguido deshacerme.

Me cuesta creer en teorías conspirativas, pero si no sabían como hacerlo, ahora ya lo tenían claro. Solo el bombardeo informativo sobre un virus de mierda, ya había conseguido encerrar a los habitantes de tres países y lo que quedaba por venir. Un virus que siquiera mata niños, lo más extraño en una epidemia, y raramente mata adultos sanos, había paralizado por completo unas sociedades que se creían tan sofisticadas que pensaban estar por encima de las leyes naturales. Me vino a la cabeza un concepto nuevo del que me había hablado un amigo, el Homo Deus, el hombre dios. ¡Que irónica es la vida!, pensé.

Cuando salimos del metro la imagen era preciosa. Amplios jardines en un día soleado, con la vista de una noria y otras atracciones al fondo. Padres con sus niños en bicicleta, críos jugando con la pelota, gente paseando. Aquello era maravilloso.

Mientras mi familia paraba en un puesto de perritos calientes, yo trataba de tomar fotos de aquello. Quería captar a la gente, pero en la cámara del móvil aparecían demasiado lejanas.

Nos dirigimos hacia la noria. Pasamos por los coches de choque y grabe a los que estaban allí manejándolos. Dentro de la noria había un pequeño museo que permanecía abierto, mostrando con maquetas y muñecos de plomo escenas de la historia de Viena y del parque. No había muchos allí pero para acceder a la noria había cola. También la grabé.

Me fijé en dos operadores que limpiaban meticulosamente los asientos interiores y todas las barras metálicas de cada habitáculo de la noria. Esa medida no la he visto en España hasta la fecha. En ese momento me llegó un privado de un amigo de Gerona con una noticia en los medios avisando que Austria instaba a su población a confinarse. La respuesta ya la tenía preparada. El video de aquella cola de gente esperando. Mi amigo entendió el mensaje: “Guay tío. No te agobio más”. Sabía que estaba preocupado por nosotros y de algún modo yo también quería tranquilizarle, le agradecí que me enviase información que nos afectaba. El me reconocía tener la paranoia de sufrir síntomas y el bombardeo de las redes.

Tal y como el habitáculo ascendía al giro de la noria, las vistas se hacían más bonitas. El enorme parque en que nos encontrábamos se rodeaba de la ciudad de Viena. Pero yo realmente no estaba centrado en las vistas. Quería sacar una toma de toda aquella gente que se movía debajo de nosotros entre las distintas atracciones de la feria. Era una imagen lejana, pero suficiente para lo que quería.

                                               

Tras bajar de la noria nos dirigimos hacia las atracciones. No estaban todas abiertas, pero si bien no había la cantidad de gente que se esperaría en una soleada mañana de domingo, si la suficiente para mantener funcionando alguna de las montañas rusas y muchos cachivaches.

Mi mujer y yo esperamos a los niños tomando una cerveza en una terraza. Recuerdo un hombre de edad sentado frente a nosotros. Le acompañaba una mujer y de alguna forma se las había arreglado para abandonar una silla de ruedas que había dejado a su lado. El hombre tenía estilo. Lucía un gorro amplio y gafas oscuras y se fumaba un puro a la vez que sorbía un licor. Por lo exagerado de su cara de satisfacción, me dio la sensación que se burlaba del virus.  Me sentí bien. Fue el momento que encontré para enviar un privado a mi primo con algunas fotos de la gente en el parque de atracciones. “… la gente esta funcionando con normalidad…”, le dije, y le advertí del problema del bombardeo informativo.

Sabía que los medios españoles estaban metiendo miedo con salir a la calle, salir de viaje y con a saber qué, y sentí una enorme necesidad de mostrar, al menos a algunos, que la vida continuaba fuera de España. Él me respondió que no daba mucha importancia al “bicho” y que el problema efectivamente estaba en la histeria de la gente.

De lo que yo no era consciente entonces, es que durante la comparencia del presidente, este había pronunciado frases como que “no le temblará la mano para vencer al virus” o que “el ejército ya está preparado”. De saberlo, me hubiese sido más fácil entender que los que no tenían miedo al virus, como le ocurría a mi primo y tantos otros, lo tendrían a la represión del Estado por saltarse el confinamiento.

La breve interacción con mi primo me dejó tranquilo. La verdad que las críticas en el resto de los grupos me divertían más que otra cosa. Me prometí no tratar ya nada del “bicho” en el grupo de mis hermanos e informarles solo de los movimientos del viaje. No llegué a hacerlo del todo, pero pude eludir sus reproches.

Nos fuimos a comer cerca de la orilla del Danubio. Un bonito y elegante restaurante, con decoración


exagerada a lo ruso, y a la vez económico, que encontramos en los alrededores del río. Allí por fin, pudimos satisfacer nuestro antojo de unos Wiener Schnitzel, unos filetes empanados al estilo de Viena. Pasamos un buen rato y tuvimos todo el restaurante para nosotros, no había nadie. Así que el niño pudo jugar un buen rato conmigo a peleas, las niñas entretenerse chateando con sus amigas tumbadas en largos sofás y su madre disfrutar de un café tranquila.  

Cuando terminamos de comer volvimos de nuevo al río. Soy cabezón, y aún sabiendo que en marzo no habían ferrys en funcionamiento que llevasen a Budapest, y menos aún con el coronavirus cerrando

fronteras por Europa, quería intentarlo. No hubo suerte, pero al menos pasamos un buen rato y disfrutamos de las bonitas vistas que allí habían.

Una vez los niños jugaron en los columpios que se ubicaban a lo largo del muelle, cruzamos medio puente viendo atardecer en el Danubio y me cercioré que en domingo no había oficinas abiertas, nos volvimos a casa. Comenzaba a hacer frío.

Dejamos a los niños en el apartamento y pasadas las 8 pm mi mujer y yo bajamos a fumarnos una shisha y tomarnos unas cervezas en un pub cercano. Los jóvenes no parecían muy preocupados por el virus y allí había gente. Aprovechamos para chequear novedades en los países de la ruta y para comunicarnos un rato con la gente en España.

Paradójicamente España no había cancelado sus vuelos con Austria, podían seguir entrando españoles sin restricciones. Habían otros países que restringían la entrada a austriacos en sus fronteras, como Alemania o Republica Checa, pero no era el caso de Hungría y Rumania. Ya se habían superado los 800 casos de infectados por Covid en Austria y a lo largo de la semana se aplicaban serias restricciones a la población. No se podrían reunir más de 5 personas, los restaurantes se cerraban desde el martes y se pedía no abandonar las viviendas más que para trabajar o cuando fuese estrictamente necesario.

Las restricciones en Austria ya nos importaban poco. Según nuestros planes salíamos al día siguiente a Budapest, capital de Hungría. Dada la imposibilidad de transportarnos en barco, medio que por otra parte implicaba bastante tiempo de viaje, la mejor opción era el tren. Dudábamos si salir antes o después. Siempre había un grado de inquietud, aún sabiendo que las restricciones fronterizas no se aplicaban de un día para otro. Entre las muchas combinaciones de trenes, nos decidimos por un tren directo a las 13:40 hrs. Aprovecharíamos para ver un poco la ciudad por la mañana.

Informamos en los grupos de whatsapp del siguiente paso en nuestro viaje y preguntamos a todos como estaban. Unos estaban aburridos, otros se reían y otros enviaban consejos para protegerse del bicho.

Resultaba muy divertido. Cuando teníamos tiempo para intervenir en los grupos, era como si se enganchasen a una telenovela, les daba vidilla. Te preguntaban si ya te habían detenido, otros te deseban suerte y otros aún nos interrogaban sobre donde estábamos. Resultaba cómico saber que mientras algunos bromeaban con la posibilidad de que acabásemos en prisión, nosotros nos encontrábamos con una cerveza en la mano y el tubo de shisha en la otra. Pero también producía pena la situación que ellos estaban viviendo.

En el grupo de Castellón, alguno criticaba las medidas aplicadas por el gobierno.  La realidad es que no se entendían. Todo el fin de semana encerrados en sus casas con sus hijos sin poder pisar la calle y al lunes siguiente muchos iban a trabajar. Comparaban las medidas de confinamiento aplicadas en otros países. Ciertamente, en Francia, con un número de infectados similar al nuestro, la gente aún podía salir. En la mayoría de países centro europeos siquiera se habían aplicado restricciones al movimiento. Reino Unido ya había anunciado que no iba a luchar contra el virus, no iban a hacer nada en pro de no afectar su economía, y EEUU y Brasil tenían la misma idea.

El debate me recordó un informe elaborado para la Administración Británica por el Imperial College de Londres. Avisaba que, o el gobierno cambiaba la estrategia de obviar el virus, o ya podían esperar 250.000 muertes. No parecía que no hacer nada fuese la solución, pero desde luego encerrar a todo el mundo, además de inhumano, podría acarrear consecuencias aún peores. En todo caso ya se planteaba la gran pregunta de todo esto: Para luchar contra el “bicho”, ¿cuánto se tenía que sacrificar de libertad para no producir algo peor, pobreza?.

Pasé a atender el grupo de whatsapp de mis primos. Mi hermana pequeña había colgado un video mohíno en el que aparecía la tierra y un conjunto de bonitos mensajes sobre los beneficios que a la humanidad nos traería el coronavirus. Hablaba de la reducción de la contaminación, del poder estar con nuestras familias, de proteger a los mayores y amarnos los unos a los otros. ¡Pero como nos vamos a amar si no nos estamos viendo!, ¡menos aún a los padres, que los hemos dejado solos!, renegué. Me entró tal “mala leche” que automáticamente disparé una burrada. Algo así como que me sorprendía que entre los beneficios del coronavirus enumerados en el video, no mencionase aniquilar a todos los abuelos para poder cobrar la seguridad social. Me arrepentí al minuto de hacerlo pero no lo borré. Supongo que la había tomado con mis hermanas.


Mi mujer interaccionaba en ese momento en el grupo familiar de Castellón. Ya no era uno, sino mis dos sobrinos padecían ahora de fiebre. Mi cuñada estaba nerviosa, rogando a todos no salir de casa e incidiendo en la idea que los niños podrían estar infectados por el coronavirus. Otros recordaban no consumir ibuprofeno. Rondaba la noticia que la sanidad francesa había lanzado un comunicado advirtiendo de funestas consecuencias por su uso en pacientes de Covid-19. El comunicado era real, yo mismo lo reenvié, pero resultó que los datos no estaban contrastados y la propia OMS no desaconsejaba el uso del medicamento. Otro bulo, pero esta vez desde un gobierno.

Me despedí en los grupos y mi mujer se unió a mi para disfrutar ambos del momento.

Acabada la shisha y un par de cervezas, salimos con la idea de llevar cena al apartamento y cenar allí con los niños. En la calle hacía frío. Nos dirigimos a un puesto de kebab que estaba enfrente. Nos mondábamos de risa pensando si viesen aquel espectáculo en España.  El chico manipulaba nuestros kebabs con unos guantes que no se había cambiado, pringando toda la comida de los distintos recipientes con las salsas. No le quisimos decir nada.

Tras cenar con los niños chequeamos de nuevo las webs guías. Una treintena de infectados en Hungría y sin novedades en sus fronteras. Sacamos los billetes de tren, miramos algunos apartamentos en Budapest y nos acostamos. Mañana era otro día.

domingo, 7 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Sábado 14 de marzo. MADRID - VIENA

Aquella noche no dormí bien, me levanté antes incluso que sonase el despertador a las 7:15 am. Como siempre hago nada más levantarme, mi dirigí hacia un espacio exterior para fumarme un cigarro. Después levanté a los niños, mi mujer ya se había despertado. Lo último que quería en esta ocasión era llegar tarde al aeropuerto como habitualmente nos ocurre. Preveíamos colas ingentes de personas huyendo de España, colapsadas por mediciones de temperatura u otras medidas a causa del virus.

Habíamos podido facturar hacía dos días, pero no las teníamos todas con nosotros sobre que el avión finalmente abandonase el aeropuerto. Pensábamos que el cierre de aeropuertos podía ser inminente y hasta que el avión no despegase a las 10:10 am prevista, no estaríamos tranquilos.

Mis padres se levantaron también. Desayunamos rápido, vestimos al pequeño, cogimos nuestras bolsas y bajamos cuando nos llamó el taxi a las 8:30 am. Creo que ya no besamos a mis padres, no lo puedo recordar bien. Sé que salí con la amargura que me produjo una fría despedida.

En el exterior del aeropuerto aprovechamos para fumar un último cigarro y entramos dentro. Íbamos bien de tiempo. No había mucha gente, para nuestra sorpresa. Varios de rasgos orientales, bien protegidos con guantes y mascarillas, recuerdo unos niños incluso con EPIs, y también muchos rubios tipo sajón o escandinavo.

Nos dirigimos hacia la puerta de embarque. Los niños se pusieron las mascarillas que les había comprado, más por divertimento que por preocupación, y les advertimos que tocasen lo mínimo posible. Por supuesto hicieron poco caso. Un operario que estaba allí controlando nos vio con toda la troupe y nos permitió la entrada a la zona de seguridad sin siquiera pedirnos los DNIs. Al entrar por los arcos seguridad, el típico proceso de vaciado de bolsillos, descalzar zapatillas, meter el carro del niño…, en el que solo nosotros ocupamos metros de cinta transportadora. No pitamos y en unos minutos habíamos terminado.

¿Te han pedido el DNI? Pregunté a mi mujer. No… ¡pues a mí tampoco!. No tardamos en llegar a la puerta de embarque y de nuevo había poca gente esperando. Fue una de las pocas ocasiones en las que he viajado en avión en mi vida, que son muchas, en las que me pude aburrir por abundancia de tiempo.

Nos tomamos un café mientras esperábamos. Aprovecho para mirar el whatsapp e informo a un par de amigos que me preguntaban que ya estamos en el aeropuerto. Mi cuñada informaba desde la noche anterior que uno de mis sobrinos tenía 38 de fiebre y dolor de garganta. Síntomas de un simple constipado o una faringitis, a los que una semana antes no le habría dado ninguna importancia, pero ahora la tenían aterrada.

Mientras yo husmeaba el whatsapp, mi hija mayor, en pleno brote adolescente, se distraía haciéndose

selfies que supuse luego colgaría en las redes. En ese momento dimos las primeras directrices del viaje: “Escuchad”, les comenté. “En España la gente está realmente preocupada por el tema del virus y no lo están pasando bien. No es plato de buen gusto que nosotros estemos enviando fotos de lo bien que lo estamos pasando mientras ellos lo están pasando mal. A partir de ahora, las fotos nos las guardamos para nosotros”. Parece que todos lo entendieron.  

Se abre la puerta de embarque y nos dirigimos hacia ella. El corazón me empezaba a ir a mil. Pasan los niños, el carro y después los adultos ,solo mostrando las tarjetas de embarque con el móvil. De nuevo habíamos entrado sin identificarnos. Los

asientos asignados nos habían separado a los adultos repartiéndonos los niños, pero en el avión había cuatro gatos y nos pudimos sentar como quisimos. Posiblemente éramos los únicos españoles allí.

Hasta que no despegásemos no estaría tranquilo. Tenía el corazón en un puño. Al cabo de un rato comienzan a sonar los motores y el avión inicia su movimiento. Unos pocos aviones en cola, un par de vueltas en la pista, acelera y … ¡ESTAMOS VOLANDO!!. Sin duda había sido el embarque a un avión más fácil de mi vida.

Tres horas de vuelo con niños entretenidos con un móvil en sus manos, le permiten a uno un rato para

pensar. ¿Qué había ocurrido?. Hacía escasamente 6 días el coronavirus era algo parecido a una gripe, que nos provocaba tal preocupación, que el fin de semana las terrazas estaban abarrotadas y el domingo miles de personas se aglutinaban en las calles de fiesta. Y ahora parecía que el mundo se acababa. Yo seguía pensando lo mismo, este es una “mierda virus”. ¿Que es lo que había provocado ese miedo en la gente?. ¿El hecho de que nuestros abuelitos estuviesen en riesgo de muerte?. No, no lo creo. La gente no temía por la vida de sus abuelos, ese miedo con el grado de desquicie que algunos presentaban no se podía explicar así. ¡Temían por su propia vida!.

El viernes 13 de marzo había terminado con algo más de 5000 casos de infectados por Covid-19 en toda España, 2000 de ellos en Madrid, y 130 muertes en todo el territorio nacional. Era imposible que nadie de todos aquellos que nos enviaban mensajes catastróficos por whatsapp, conociesen a algún infectado por aquel entonces, y menos aún, un muerto por Covid. Castellón solo reportaba 4 casos. Tampoco los de Madrid. Con una población de 6 millones de habitantes en la capital, la posibilidad de estar infectado era del 0,03%, es decir, 1 posibilidad entre 33.333. ¡Tira un dado a ver si te toca!, pensé. Aún llegando a la cifra que preveía el gobierno de los 10.000 casos, el riesgo a infectarse era enormemente bajo. Y aún infectándote, a los niños no les afectaba el virus y en el grupo de edad de 40 a 50 años, que es el de la mayoría con los que hablaba, el riesgo de muerte según estadísticas era del 0,8%, sabiendo además que la mayoría de defunciones se producían en personas con patologías previas. ¿Qué le pasaba a la gente?, ¡¿No pensaba?!.

Disculpad si resulto soberbio, pero nunca he podido entender ese miedo que se instauró en la gente. Tampoco ahora.

Agradecí enormemente la costumbre que tenemos en casa de no ver las noticias. Estoy convencido que ese miedo, que en mi barrio llevó a cerrar los bares incluso un día antes de lo establecido en el decreto madrileño y a que la gente se encerrase voluntariamente en sus casas, se debía al bombardeo informativo al que se sometieron durante toda la semana.

Ensimismado en esos pensamientos observaba desde el aire unos picos nevados que creí podían ser los Alpes. Desde aquella altura uno se da cuenta de la poca cosa que somos.

Aterrizamos antes de las 13:10 que se preveían. Como siempre tras coger un avión, nos fumábamos encima, nerviosismo que se sumaba a la inquietud por los posibles controles, por lo que nos apresuramos a la salida. La realidad es que la salida del aeropuerto de Viena fue tan fácil como la entrada a Barajas.

He de reconocer que al menos yo, me sentía un poco apestado por español, con toda la paranoia del coronavirus con la que veníamos. Traté de pasar desapercibido. Pero aquello estaba lleno de gente, era genial. Un aeropuerto lleno de vida en sus comercios y restaurantes, como es habitual en Europa,  y la gente se movía con total despreocupación. Decidimos comer en el Burger King del aeropuerto. Aprovechábamos así para estudiar la forma de llegar al apartamento y podíamos hacer el pedido desde las pantallas, minimizando la interacción con otros. A mi mujer no le gustó mucho la idea pero no la quedó más remedio, ya se lo había dicho a los niños. Ambos nos sentíamos un poco prófugos. Los niños en cambio se mantenían ajenos a cualquier paranoia y correteaban por todo el área de servicios.

Mientras comíamos enviamos whatsapps informando de nuestra llegada. En respuesta, los mensajes de desaprobación por nuestra inconsciencia se mezclaban a mitad con vítores celebrando la llegada. El bombardeo informativo comenzó de nuevo con titulares que nos enviaban sobre noticias que supuestamente nos afectaban. Austria cancela los vuelos con España, rezaba uno. Nos habíamos librado por los pelos, se cancelaban desde el próximo lunes.  “El Gobierno prohíbe todos los viajes que no sean de fuerza mayor”, decía otro. Creo que fue en ese momento cuando fui consciente de lo que iba a suceder en España. Los iban a dejar encerrados a todos.

La realidad es que los viajes que iba a prohibir el gobierno eran los desplazamientos interiores, incluso a la esquina de tu casa. Los viajes desde España a otros países, a excepción de Italia que ya se habían prohibido, se prohibieron el 24 de marzo. Como suponíamos, siendo residentes siempre dejaron volar de vuelta a España. Aconsejé en varios grupos que cogiesen a sus familias, alquilasen una casa rural y se largasen. Así al menos podrían correr por el campo.

Google Maps, esa maravilla de la ciencia de la información, nos avisaba que en 10 minutos podíamos

coger un bus desde el aeropuerto que casi nos dejaba en la dirección del apartamento. Recogimos y nos apresuramos a la salida. El autobús esperaba en un andén cercano a ella. Subimos y en poco más de una hora habíamos llegado. Había bastante circulación de vehículos, una imagen muy distinta a la que nos acompañó en el trayecto desde casa de mis padres a Barajas.

Siguiendo las indicaciones del satélite de Google Maps, en línea recta pasamos por una estación de tren, un nodo de tranvía y frente a un moderno centro comercial se encontraba el portal del apartamento. En 10 minutos estábamos en el bloque de apartamentos.

El portal tenía aspecto cutre, pero el interior daba a un típico patio de complejos residenciales centroeuropeos, no era feo. Todo estaba codificado. Algo mal hicimos que nos costó entrar a la vivienda. La apertura de la puerta mostraba un salón con cocina office, muy blanco y minimalista, que contrastaba con un suelo de madera desgastada dando un toque muy cálido. Se estaba bien, hacía calor.

Alargamos bastante el tiempo deshaciendo las maletas y permitiendo que los niños descansasen. No hice ya mucho caso al whatsapp. Se me quitaron las ganas cuando al abrirlo vi el video de un hombre vociferando desde su balcón a una familia para que abandonasen la playa, al grito de “quiero viviiiiir”. Me pregunté para qué querría vivir tanto. Mi mujer me comentaba que mi cuñado, que es el típico cuñado (él piensa lo mismo de mí), informaba a través del grupo familiar que Austria “lo cerraba todo desde el próximo lunes” y se mofaba planteándonos como íbamos a continuar con el viaje. Pero la realidad es que yo ya me había puesto en modo off coronavirus con España.

Mientras mi mujer compraba algunas provisiones en un supermercado cercano, me puse a investigar planes de viaje y novedades fronterizas en nuestra ruta. Eslovaquia ya había cerrado completamente su frontera, ningún extranjero excepto residentes podían parar allí, siquiera en tren o barco. La visita a Bratislava quedaba descartada. Era un mal menor. Las guías explicaban que en un día se veía la ciudad, siquiera recomendaban dormir en ella, pero ya se fastidiaba una parte del viaje. Hungría no presentaba cambios. Su gobierno ultraconservador parece que la había tomado con los turcos e iraníes y las restricciones solo eran para ellos. En Rumania todo seguía igual, pero su primer ministro había dimitido y ahora estaban sin gobierno. Igual teníamos suerte y para cuando fuésemos a entrar allí siquiera había gobierno para cerrar fronteras.  

Ya descansados, salimos a dar una vuelta y a cenar.  La ciudad se veía apagada. No tenía mucha gente para

ser un sábado en una capital importante europea. Pensé que los centroeuropeos terminan el día antes que los latinos, pero dudaba que fuese esa la explicación. Pasamos un rato en un parque infantil donde había un pub colindante. Por algún motivo el camarero no quería abrir, a pesar de las veces que nos acercamos a la puerta con claras intenciones de consumir. En el parque habían algunos adultos con niños, pero aquello se hacía extraño.

Al cabo de un buen rato llegó alguien a cerrar la verja del parque. Serían las 8 pm, ya de noche, pero aún buena hora para pasear por la ciudad y buscar un sitio para cenar. Los edificios del centro de Viena eran espléndidos, estaban bien iluminados. Cruzamos los jardines del Palacio Hofburg, donde se alberga la famosa biblioteca nacional que el coronavirus ya había cerrado al publico. Atravesando la escuela de equitación olía a caballo y aún se encontraban excrementos en la calle. Su cierre debía haber sido reciente.

Pasamos por el edificio de la ópera de Viena y continuamos hacia el centro histórico andando por la calle calle Kohlmarkt, una de las áreas comerciales más lujosas de Europa. Indudablemente allí ocurría algo, no había nadie. Podía ser que las tiendas hubiesen cerrado a esa hora, pero la terrazas cercanas a la catedral de San Esteban, aún abiertas, en su mayoría estaban vacías. Era una imagen verdaderamente triste. Me sentó aún peor saber que la catedral, una joya arquitectónica, también se había cerrado al público.

Con mi desdicha y paranoia coronavirus, yo me hubiese sentado en cualquiera de las terrazas con menos gente, pero mi mujer se opuso en rotundo. Nos sentamos en la única

que estaba llena, y de hecho, había algún niño. La aparente normalidad de la gente me devolvió la alegría. El camarero era un tío simpático. Cenó el pequeño, tomaron un postre las mayores y los padres nos pedimos dos pedazo de cervezas!.

Después, optamos por cenar en un buffet italiano cerca de la catedral. No había mucha gente, pero en la calle se veían grupos de jóvenes que no parecían especialmente preocupados.

Durante la cena lo pasamos bien, aunque las niñas la estaban liando un poco. Aprovechamos de nuevo para echar un vistazo rápido a algunos grupos de whatsapp que estaban especialmente activos. Eran cerca de las 10 de la noche. Mi mujer se divertía con la peña de Benicasim y yo informaba a los de Castellón que aún no nos habían detenido. Era tarde y no nos entretuvimos mucho. 

Cogimos el metro desde la plaza de la catedral y no tardamos en llegar al apartamento. Con el pequeño acostado y las niñas entretenidas con sus móviles, los adultos ya pudimos dedicar un tiempo a explicar las novedades del viaje y a  enterarnos de los nuevos acontecimientos en España. Volvimos a entrar en los grupos de whatsapp.

Los de Madrid estaban especialmente activos... ¿Qué? ¡¿que iban a ir al peluquero?, ¿y a pasear al perro?!... ¡Vaya, mis primos!. Con la locura de la salida y mi inhibición del mundo, no me había dado cuenta que mis primos llevaban dos días de cháchara. ¿ Mi prima también dice que va alquilar un perro? Otra prima aparecía en una foto protegida con mascarilla al lado de mi tío…. Le pregunto a mi prima por mi tío y explico con mofa que “he huido a Austria y la ruta que seguiremos en el viaje”.

Finalmente, el video de una niña muy pequeña llorando porque quería salir a la calle me dio una idea de lo que ocurría, se me partió el alma.

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, había finalizado a las 21.48 horas una comparecencia que todos los españoles habían estado esperando a lo largo de toda la tarde. Acababa de explicar lo que significaba el Estado de Alarma impuesto por la aprobación del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, que se haría efectivo a partir de las 12 horas de aquella misma noche..¡ ENCERRABAN A TODA ESPAÑA!.

De nuevo se desencadenaron la reacciones a las que ya nos habíamos habituado en los grupos de whatsapp. Una de mis primas no daba crédito a lo que habíamos hecho. Otros de ellos nos aplaudían, mis hermanos nos lo reprochaban y mi cuñado pinchaba. Me despedí de todos ellos.

Me había quedado con el video enviado por un amigo de Castellón hacía unos instantes. Un video desde un coche grabando al mayor prostíbulo de la provincia, las Palmeras, abierto y completamente iluminado. Por lo que ve, no éramos los únicos a los que el miedo al virus no había mermado las ganas de disfrutar de su libertad.


domingo, 31 de mayo de 2020

LA ESCAPADA: Viernes 13. CASTELLÓN – MADRID


Por una vez nos levantamos pronto para emprender un viaje. Antes de salir a Madrid debíamos pasar por el centro de salud para obtener alguna suerte de documento que acreditase que estábamos sanos. Quería pasar la tarde con mis padres y si podía ser, tomarme unas cervezas con los amigos de Madrid por la noche. Cargamos el coche, recogimos y salimos de casa.

Sobre las 11:00 am llegamos al centro de salud. Allí me encuentro a mi hermana. Llega agitada, a la vez que nosotros. ¿Qué haces aquí? Le pregunto. Ya te explicaré, bueno apartaros un poco... Frente a recepción suelta la bomba: “!Creo que tengo el coronavirus!”. Atónito, pensando que el puñetero virus la ha vuelto loca, niego con la cabeza y me subo a la consulta.

Lo que en principio era algo rápido, se estropea. Nuestros nombres no están en la lista de pacientes. Vuelvo a bajar y mi hermana ya no estaba. Por lo que me explicó mi mujer, siquiera se había tomado la temperatura. La de recepción le había enviado a casa explicándole que en caso de tener fiebre llamase al médico y si no, se pusiese un pijama más fino, si como había dicho, por la noche sudaba. No doy crédito.

Aprovechamos para hacer unas compras mientras se vacía la consulta. No hay forma de encontrar gel hidroalcohólico ni en supermercados, ni en farmacias, ni en ningún sitio, y solo encontramos mascarillas en un chino a dos euros cada una. Me parece un timo y finalmente solo compro para los niños.

De vuelta, la consulta ya se había vaciado. La joven doctora que nos conoce nos regaña por partir de viaje. Por un momento tememos que no nos haga los documentos. Finalmente nos ausculta. Bien, no hay neumonía, no hay fiebre y  tampoco otra sintomatología… De acuerdo, estáis sanos. Tomad el papel y os advierto que estáis locos, aunque no más que todos los que se están acercando por aquí, que de no tener el virus lo acabarán pillando ¡hala, adiós!.

¡Nos vamooos!!. Antes de salir paré a echar gasoil en la gasolinera del pueblo. La dependienta me comentó que el día anterior había trabajado tanto como todo el fin de semana de pascua del año anterior. Resultaba cómico. Siquiera había hecho falta cerrar Madrid, solo el amago de hacerlo fue suficiente para que miles de madrileños huyesen a la costa. En el fondo me alegré. Eso significaba que la gente tenía más miedo a no poder vivir que al propio virus.

Iniciado el trayecto fuimos haciendo los contactos habituales. Llamada a mis padres para decir que habíamos salido, a mi suegra para despedirnos, whatsapp al grupo de Madrid advirtiendo de nuestra llegada y whatsapps a los grupos de familia y amigos para decir que habíamos salido. Pero en esta ocasión nuestra salida había causado verdadera expectación, provocando un torrente de ánimos, vítores, advertencias de cuidado, deseos de suerte y por supuesto, de críticas.

Puse las noticias en la radio, algo anormal en nuestros viajes con los niños. La rapidez con la que el mundo había empeorado a lo largo de la semana parecía obligar a atenderlo. En España ya habíamos superado los 2000 contagiados y el gobierno aún no había hecho gran cosa. Pero a nuestro alrededor, Portugal había declarado el estado de alerta y numerosos países habían impuesto restricciones a la entrada de españoles o directamente habían cerrado su frontera con España. Este era el caso de Marruecos, según informaban en la radio. Mi amigo, que viajaría aunque fuese “solo con su mochila”, se había quedado sin viaje. 

El trayecto se hacía extraño. Casi no había coches en dirección a Madrid y se encontraban cientos en dirección contraria. Eso me advertía que nos dirigíamos hacia la boca del lobo. Los whatapps con memes y críticas hacia esos madrileños que huían a la costa entretenía a todos los grupos de Castellón. En la provincia no teníamos más de cuatro casos en la fecha y todos temían que propagasen el virus.

Y en medio de toda esa actividad entre los grupos de whatsapp, rozando las dos de la tarde, desde uno de los grupos de padres del colegio nos llegaba la notificación de que la Generalitat Valenciana suspendía las clases lectivas hasta nueva orden. Estaba harto de malas noticias. Apagué la radio.

Sobre las tres menos cuarto paramos a comer en Motilla, en un restaurante de carretera. Yo entré directamente al interior del restaurante con la intención de cargar el móvil y poder ver mis webs guías y las últimas publicaciones en los medios.

Pedí una cerveza en la barra, en la que conversaban tres hombres. Pudo ser paranoia, pero me dio la sensación que me miraban con mala cara y desde luego hablaban del temita de los madrileños. Me agitó esa sensación y me senté en una mesa en el interior.

En los minutos que tuve entre que nos sentamos todos en la mesa, pedimos y nos trajeron la comida, comprobé que las restricciones a españoles en las fronteras de los países a los que viajábamos no habían variado. Nada en Austria, Eslovaquia y Hungría. Medición de temperatura a los viajeros que aterrizaban desde España en Rumania y 14 días de aislamiento si presentaban síntomas. Austria superaba los 300 infectados.

En España, el País digital informaba que Madrid cerraba por la noche todos sus comercios, bares, restaurantes… casi todo a excepción de farmacias, gasolineras, supermercados y establecimientos de primera necesidad. El gobierno Vasco había adoptado una medida similar. Verdaderamente me estaba agobiando como se estaba deteriorando la situación. En el cole ya habían muchos padres que no habían llevado a los niños por miedo al coronavirus y un amigo de Benicasim había decidido cerrar temporalmente su negocio, un restaurante emblemático de paellas en la zona.

 

 Aproveché que tenía el móvil en las manos, justo cuando nos servían la comida, para contactar a mi amigo sobre la cancelación de su viaje. Le informo que yo continúo con mis planes, contrariamente a lo que él pensaba. Me envía un video de una SAMU en la playa de la Concha de Oropesa. No lo atendí, respondí una tontería. Creo que en aquel momento ya había puesto mi cerebro en modo off coronavirus con España. Días más tarde me cercioré que ordenaba desde sus altavoces a los madrileños que habían llegado, se aislasen 14 días en sus casas.

Mientras trataba de mantenerme ajeno al mundo, con la radio del coche apagada, el presidente del gobierno comparecía en rueda de prensa para advertir que al día siguiente decretarían el estado de alarma. La situación se les había ido de las manos. Murcia confinaba a sus habitantes, otras autonomías rogaban la activación de la alarma y todas comenzaban a aplicar medidas excepcionales para frenar la plaga de madrileños huidos a sus segundas residencias a pesar de las recomendaciones de quedarse en casa. Nos iba llegando información por los whatsapps, pero al menos yo, ya había desconectado de todo ello. Difícilmente podrían cancelar de un día para otro un vuelo donde sus pasajeros ya habían facturado y en todo caso, poco ya podíamos hacer al respecto.

Aunque traté de inhibirme del mundo que me rodeaba, la segunda mitad del camino fue un infierno. Tal y como nos acercábamos a Madrid mis hermanas, especialmente la que vive allí, insistía más en la tragedia que estaban viviendo, las muertes que se estaban produciendo y que obviásemos dormir en casa de mis padres como ya habíamos quedado con ellos. Mi mujer me pidió por favor que no lo hiciésemos, no fuese mis padres se fuesen a infectar y nos culpasen a nosotros. “No te volverán a hablar”, me advertía. Me estaba volviendo loco.

Cuando entramos a Madrid por supuesto no habían tanques, ni militares ni un mísero coche de la local, pero tal y como yo estaba ya ni me acordé de eso. Me salté intencionadamente el

desvío para entrar a casa de mis padres. Crucé Vallecas y me dirigí hacía la Uva, aquel barrio antaño chabolero, que vio crecer a los Chunguitos, hoy completamente edificado y rodeado de zonas verdes. Me sorprendió ver Vallecas, mi barrio de la infancia, con solo un puñado de personas andando protegidas con mascarillas. Paré en un parque, que insólitamente aquel viernes se encontraba vacío, y me bajé del coche. La cabeza me iba a cien por hora. Si mis padres se infectasen sería un problemazo, especialmente para mi padre que tiene EPOC. Pero la realidad es que en Castellón solo había 4 casos, ¡como vamos a estar infectados!, y no tenemos síntomas de nada. Por un momento se me comenzó a pasar por la cabeza al padre de mi amiga que había estado en Milán y con cuantos podría haber estado infectados por el Covid sin saberlo. ¿Y si mis padres nos infectan a nosotros? ¿O cualquiera que me encuentre en mi barrio?. Vamos a emprender un viaje en el que como enfermemos, ¡nos encierran!!, pensaba. Sería mejor lo que está comentando mi mujer, dormir en un hotel en Barajas, cerca del Aeropuerto. Llamo a mi padre: “papa, escucha, creo que es mejor que no durmamos en casa, para vosotros que sois gente mayor esto es un riesgo”, le expliqué. “Bueno Rafa, veniros, si hemos comprado comida para cenar y ya os esperábamos”. Me respondía con titubeo. Por dentro los quería ver, desde navidad no los había visto, y seguía pensando que este virus nos estaba desquiciando a todos y que, al menos nosotros, no implicábamos ningún riesgo. Insistí un poco en el plan de dormir en cualquier otro sitio pero no tardé en claudicar. Dormiríamos en su casa.

Mi barrio estaba vacío, no se veía movimiento por la calle y varios bares o restaurantes que normalmente, a esas horas de la tarde, hubiesen tenido ambiente, estaban cerrados. Era una imagen triste. La hamburguesería al lado de casa aún permanecía abierta. Pensamos que podíamos bajar más tarde a tomar algo. De cachondeo, pero hubiese aceptado un sí por respuesta, les comenté a mis amigos si les parecía buena idea vernos esa noche. Me trataron de desquiciado.

La estancia en casa de mis padres fue la cosa más rara del mundo. Advertimos a los niños que se acercasen lo mínimo a mis padres, y al poco de saludarles se marcharon a una habitación. Nosotros también decidimos bajar abajo, para minimizar el contacto con ellos, pero no tomamos nada. Cenamos con ellos, enviamos a los niños a la cama y hablamos un rato manteniendo distancias premeditadas. Los besos de saludo y despedida aquel día fueron rápidos y temerosos. El miedo al contacto era tan desagradable que nos hacía emparanoiarnos con estar enfermando. Contratamos un taxi familiar hacia el aeropuerto para el día siguiente y nos fuimos a la cama. Aquel día España cerraba con más de 5000 casos de infectados por Covid-19, dos tercios de ellos en Madrid.

martes, 26 de mayo de 2020

El RETO

Lunes 9 de marzo.

Hasta el 8 de marzo había sido fácil predecir el aumento diario de contagios en España. Cada día sumaba mas o menos un tercio de los contagiados que habían habido el día anterior.  En aquella fecha contábamos con un total de 674 infectados por el virus en todo el país, y Madrid, País Vasco y La Rioja concentraban el 60% de todos ellos. En todo el territorio nacional solo se habían producido 17 muertes por el virus. No parecían datos muy preocupantes extrapolados a toda la población española y en Castellón solo contábamos con 2 casos activos, de un total de 40 en toda la Comunidad Valenciana (+ info).

Pero aquel lunes 9 de marzo, día de mi cumpleaños, todo comenzó a torcerse. Fernando Simón entró en escena. Anunciaba medidas especiales en Madrid y País Vasco. Mientras mi mujer y yo comíamos fuera de casa, el Gobierno Vasco cancelaba las clases escolares en Vitoria. Y a la misma hora, nuestra amiga nos confirmaba que ella y su marido suspendían el viaje a Marruecos. Su hermano mantenía los planes, iría solo si no le quedaba más remedio. Aplaudí la valentía de mi amigo. Los rumores sobre la cancelación de Fallas y Magdalena se repetían a pesar de que el ministro de sanidad, el Sr. Illa, insistía en no ver motivos para ello.

En el colegio se reunía a los padres después de las clases para tratar temas del viaje de mi hija mayor a Madrid. Salían en 3 días. Por lo que me explicó mi mujer, yo no fui, salió a la palestra el tema del coronavirus, a raiz de la comparecencia del ministro. La mayoría no parecía estar muy preocupada por el tema. Escuchando la opinión de una de las madres, pediatra de profesión, no encontraron motivos de alarma y mucho menos para cancelarlo.

Tras la reunión, sobre las 20 horas, acudimos a una hamburguesería con la familia de Castellón. Sería la última de las celebraciones de mi cumpleaños. Un lunes por la noche, y en un local de playa, no esperaba ver mucha gente, pero paradójicamente, al lado nuestro, varias mesas se ocupaban por un numeroso grupo de chinos. La escena era cómica, porque el tema de conversación ya no era otro que todas las inquietudes sobre las posibles cancelaciones de planes a causa del coronavirus: el viaje de mi hija, la Magdalena, viajes al extranjero… y allí estaban ellos, tan tranquilos cenando a nuestro lado. Repentinamente nos llegan mensajes de whatsapp informando que se han cancelado las clases en los colegios de Madrid. Aquella sería la primera vez en que me preocupé por el tema del virus.

Nosotros teníamos ya la alarma de aquella primera cancelación del vuelo de vuelta. “¿Nos podrán cancelar los vuelos?. Imposible, solo se puede hacer con 15 días de antelación o en caso de pandemia, y la OMS dice que no hay pandemia”, me respondía a mi mismo.  

Aquella noche del lunes comencé a hacer lo que siempre hago cuando algo me interesa: escrudiñar Internet y leer sobre ello compulsivamente. ¿Que es este coronovirus?. Hace unos días era algo menos peligroso que una gripe y ahora todos los planes que la gente teníamos para los próximos días parecen estar en riesgo.

Vaya… pues parece que no un virus especialmente peligroso…  El coeficiente de fatalidad (muerte)

es bajo, un 3,4 % según la OMS. Superior al de la gripe, sí, pero inferior a los otros coronavirus conocidos, el primer SARS-COV de 2002 y el MERS de 2015, con índices de fatalidad del 10% y del 34,5% respectivamente. Estos si que eran jodidos. No ataca a los niños, algo raro en un virus, y en mi grupo de edad la probabilidad de muerte es del 0,8%. Parece especialmente peligroso para los abuelos. Índice de fatalidad del 4,6% para los sexagenarios y de casi el 10% para los de setenta. Con enfermedades respiratorias o cardiacas los índices aumentan. 

La capacidad de transmisión tampoco es alta. Un R0 = 2,5, es decir, el número de personas que infectará una persona infectada.  Inferior al del primer SARS (R0 = 3), pero superior a la gripe (            R0=1,3) y al MERS (R0=0,8).

¿Cuales son sus síntomas? Tos seca, fiebre o febrícula, dolor corporal, si la cosa se pone fea dificultad para respirar… que suelen aparecer a los 5 días, pero pueden aparecer a los 12, pero hay mucha gente que ni se entera, pero igual hay alguno más, pero vaya… ¡esto no lo tienen muy claro!. Yo tengo tos… pero bueno, llevo ya dos meses con ella… ¡si es que fumo como un carretero!. Ah, y la mía tiene flema… ¡vale!, ¡no tengo el coronavirus!.

Bueno, ¿y como leche se transmite esto?. Pues parece que por la tos o estornudos de la gente al llegarte los virus del escupitajo a la boca o la nariz. En las secreciones de la saliva dura unas 3 horas y un bajo porcentaje del virus mantiene su propiedad infecciosa hasta 4 horas en cobre, 24 horas en cartón y hasta tres días en acero inoxidable y plástico. Parece que no se encuentra en aerosoles (en aquel momento no sabía que significaba esto, si es que no lo habían encontrado en los desodorantes o que…). Bueno, pues vaya, parece que para que te lo peguen te tienen que toser en la cara o tocar algo que lo tenga y llevarte las manos a la boca. En fin, no me parece tan fácil que te lo peguen. Entonces, ¿cual es la preocupación?. Ah, pues parece que después de ver lo que ha ocurrido en China e Italia, ninguno de los sistemas sanitarios del mundo están preparados para una epidemia en la que lleguen cientos de abuelos a las UCIs en corto periodo de tiempo. Sabiendo como están las listas de espera en España solo para ser operado, no me extraña que estén acojonados. 

Bueno, ¿y se sabe cuantos infectados hay en Castellón?. Pues a fecha del 9 de marzo, 2 casos en toda la provincia. Vaya, pues va a ser complicado que en una población de casi 600.000 habitantes lo vayamos a tener nosotros.

Conclusión: ¡ME LA PIRO!.

Se me quedaron un par de preguntas sin respuesta, que tiempo más tarde me molesté en encontrar su explicación: ¿si el virus no mata gente joven, porque murió el médico de Wuhan?. Y si su capacidad de propagación es relativamente baja, ¿por qué este coronavirus se ha extendido por todo el mundo y no los otros?.

En todo caso me quedé relativamente tranquilo. Creo aquella noche vi por primera vez un video de mi idolatrado Spiriman. Un médico youtuber granadino que ha ido cortando cabezas a lo largo de toda la gestión del covid, y que me ha dado muy buenos momentos estos días, seguro le habéis visto. Sería cuando hice mía su frase de “ ¡¡este es una mierda virus!! ”.

Martes 10 de Marzo.

Me levanté para llevar a los niños al colegio.  La primera notificación que me encuentro por whatsapp es la de mi amiga recordándome que cancelaban su viaje, que además se cancelarían las fallas y que la gente se estaba muriendo en hospitales colapsados. El texto no estaba bien escrito, se había hecho con nerviosismo…

Entre el cumpleaños, la entretenida madrugada que había tenido leyendo y mi completo desinterés por los telediarios, no me había enterado de nada del mundo exterior. Pero las portadas de los periódicos de ese 10 de Marzo eran espeluznantes. Italia había extendido el estado de alarma a todo el país, 60 millones de personas quedaban confinadas en sus casas, la primera vez en la historia que una epidemia bloqueaba por completo un Estado. Las bolsas bursátiles de medio mundo se hundían y en España los casos de contagio increíblemente se habían disparado a los 1200 en un día.

¿Pero que ha pasado?. Llegaban imágenes de supermercados en Madrid con colas kilométricas de gente para abastecerse, dejando vacías sus estanterías desde el día anterior. ¡¿Pero nos estamos volviendo locos?!!. Por whatsapp me llega el video de una familia corriendo por todo el supermercado. Con ellos, una señora mayor que se ha puesto una bolsa de plástico transparente de la fruta en la cabeza. La pobre se estaba asfixiando de calor. Tomo constancia de los hechos: ¡LA GENTE ES GILIPOLLAS!!.


Cuando entro a trabajar a las 10 am  (sería más tarde) nos llega una notificación del colegio.¡HAN CANCELADO EL VIAJE A MADRID DE MI HIJA!!. ¡Se pospone al año que viene!.¡Joder!, ¡si salíamos de Madrid por recogerla!.

A lo largo de ese 10 de marzo casi llegamos a los 1700 contagios y 36 muertos, la mitad de ellos en Madrid. Los primeros auspicios sobre una posible cancelación de las Magdalenas comenzaron a llegar a media tarde. Mi mujer ya me había comentado que unos padres del colegio, que considero gente “echada palante” y acostumbrados a viajar, también habían cancelado su viaje. Yo no veía peligro en el virus, pero cuanto menos, todo el mundo se había acongojado por si luego no podían regresar a España.

Sobre las 8.30 pm me llega un whatsapp de mi amiga con una noticia de la cadena ser con el título:

Suspendidas las fiestas de la Magdalena y las Fallas por la crisis del coronavirus”. Uffff, un aviso. La noticia realmente indicaba que el gobierno aún lo estaba estudiando. Minutos después comienzan a arder todos los móviles de Castellón. Que la cancelan a la una, a las dos, a las tres!!! ¡Tuit de Amparo Marco, la alcaldesa de Castellón! ¡SE CANCELA LA MAGDALENA!!.

Lo más sagrado para un castellonero, sus fiestas, se habían cancelado. También las Fallas de Valencia. Si se había cancelado esto no habría reparo en cancelar partidos de fútbol, colegios y hasta la Semana Santa de Sevilla. ¡Que tragedia!.

Aquel martes 10 de marzo, el gobierno había adoptado nuevas medidas contra el virus. En las tres comunidades más afectadas de País Vasco, La Rioja y Madrid se recomendaba el teletrabajo y se suspendían eventos de más de 1000 personas, después de haber cerrado ya todos los centros educativos. En el resto de España los eventos deportivos con gran afluencia se harían a puerta cerrada. Se suspenden los viajes del IMSERSO y se prohíben los vuelos desde Italia. Y finalmente, ¡nos recomiendan a todos los españoles “evitar los viajes que no sean imprescindibles!”. ¡!Nooooo!!. ¿2 días después de haber montado concentraciones multitudinarias por toda España me piden ahora que no me vaya de viaje?. ¡Ni de blas!. ¡Yo me la piro!. Y como de costumbre, mi mujer estaba de acuerdo conmigo.

Aquella misma noche hicimos una reserva pendiente de pago de un apartamento en nuestra primera ciudad de destino, Viena. Estábamos decididos a irnos. Sabíamos que estábamos haciendo algo contra corriente, pero nada nuevo en nosotros. Acordamos alquilar apartamentos en el resto del viaje, no fuese que en un hotel apareciese un caso de Coronavirus y nos dejasen encerrados como a los de Tenerife.  

Miércoles 11 de Marzo.

Al día siguiente, la regente del bar de al lado de mi trabajo, de nacionalidad rumana, que sabía de mi viaje a su tierra, me pinchaba con una sonrisa mofosa insistiéndome en que no nos iban dejar entrar. Yo la miraba con cara de odio.

Traté de encontrar alguna noticia sobre el cierre de fronteras, pero nada, solo especulaciones acerca del cierre de Madrid sobre el que la presidenta de la comunidad, Isabel Ayuso, insistía en que no se iba a producir.

Se había cancelado la Magdalena, pero mis amigos de Castellón planeaban seguir manteniendo las comidas que ya habían concertado. Y en el bar, los diablos, como llamamos a los asiduos que lo frecuentan con los que tenemos amistad, preparaban un cocido. Uno de esos eventos que de vez en cuando hacen, sin mayor interés que el de montar una fiesta. Los diablos tienen poco que perder, lo que les permite disfrutar de cualquier momento en la vida. Así, el mundo continuaba feliz a nuestro alrededor.

A medio día pagué la reserva del apartamento de Viena. Salí fuera y se lo comuniqué a mi mujer que estaba fumando. Y a los allí presentes les dicté sentencia: “!Nos la piramos!!. ¡Llegaremos hasta donde nos dejen!”.  

Después llamé a mis padres. “Papa, que el viernes definitivamente vamos allí, dormiremos en casa”. Mi padre me comenta que ellos también estaban pensando venirse a su apartamento de Benicassim. En Madrid las cosas se estaban poniendo feas. “Papa, si os vais a venir hacedlo ya, no os esperéis no sea luego no dejen salir. Si llegáis mañana nos podremos ver. Si es el viernes nos cruzaremos en el camino”. Bueno, ya veremos hijo, respondió.

Mientras iba repartiendo niños entre sus extraescolares, tras la salida del colegio, la OMS declaraba

pandemia al coronavirus SARS-COV2. No puedo recordar como o cuando, pero también me llegó la noticia de que Austria, que ya había cerrado sus escuelas, ahora también cerraba sus museos. Ya no solo se nos fastidiaba parte del viaje, además, con una pandemia declarada, las compañías aéreas nos podían cancelar los vuelos cuando fuese. Esto ya ponía en serio peligro el viaje.

A la vuelta, ya por la tarde-noche, paré afligido a visitar a mi mujer en la oficina. En el bar continuaban algunos de los diablos. Estaban alrededor de Keko Fontana, vecino nuestro y conocido guitarrista y cantante de flamenqueo en Castellón. Este amenizaba con su guitarra a los reunidos en torno a un número estimable de cervezas en la mesa, a las que nosotros quisimos unir la nuestra. Bien, estamos en una pandemia, pero la vida sigue con alegría, pensé.

Aquella noche organizamos el plan para el día siguiente. Si había pandemia se hacía necesario consultar posibles restricciones de viaje para españoles, al menos en el consulado rumano, nuestro último país de visita y donde más días pasaríamos. Importante obtener certificados médicos constatando no estamos enfermos de Covid, número de infectados de los países en ruta, posibilidades de transporte durante todo el viaje: trenes, barcos, coches, corriendo...., ¡todo!.

Jueves 12 de marzo.

No sería la primera vez que poníamos en marcha un operativo de esa índole. Uno se mantiene al teléfono frente a un ordenador, haciendo llamadas, adquiriendo direcciones y enviando directrices. Otro se conecta a través de un móvil y sale volando a los distintos puntos realizando toda clase de gestiones. Ya os habréis imaginado quien sale y quien se queda…

Dejo a los niños en el colegio y después tomo café con los padres amigos como habitualmente hacemos. El tema de conversación ya no es otro que el coronavirus. Cuidaros Rafa que vais con niños a ver si os cierran la frontera, me decía uno. Mi padre estuvo cenando con un tío en Milán que tenía coronavirus y ha suspendido su viaje a New York, me decía otra. ¡Vaya!, pensé, ¡y me lo dices ahora!. Habían pasado ya 30 días desde esa cena y el susodicho padre no había tenido síntomas de nada, pero mi amiga del cole, mi hijo que va a la misma clase que el suyo, todos sus compañeros y todos nosotros nos podríamos haber infectado. ¿Con cuanta gente podré haber estado con riesgo de estar infectada y no ha dicho nada?, pensé. Esto me preocupó un poco.

Tras tomar ese café y despedirnos todos hasta la vuelta del viaje, me fui directo al consulado rumano, un edificio a las afueras de Castellón. Iba con el Escort descapotable del 94, que no descapotaba ni bajaba la ventanilla, a la espera de arreglarlo una vez recibiésemos nuestro coche familiar ese mismo día, con el que viajaríamos al día siguiente a Madrid. Estaba siendo reparado de un cambio de filtro. Una vuelta de tuerca más a la aventura, para añadir un poco más de tensión al asunto.

La cola del consulado era importante. Por un momento pensé que todos aquellos podrían estar tratando de huir de España. Pregunté si alguno estaba esperando por algún tema relacionado con viajar a Rumania y, ante la cara de sorpresa de varios de ellos, directamente me colé a preguntar en la puerta. La apertura me mostró un guardia jurado barrigudo con una mascarilla tapándole la boca. Creo que fue la primera ocasión en la que vi a alguien protegiéndose con mascarilla desde que comenzó esta historia y, la verdad, resultaba bastante cutre. Tras comentarle al guarda el motivo de mi visita, me pidió que esperase fuera asegurándome que un funcionario bajaría inmediatamente a atenderme. Al cabo de un buen rato esperando, aún el primero de la fila, por el respeto que había producido la atención hacia mi del guarda, este sacó la cabeza por la puerta. Mediante una seña me invitó a entrar. Expectante seguí su orden: “Que me ha dicho que no, que mejor que no vaya a ningún sitio, que a lo mejor cierran fronteras…” me explicó. “¿¡Pero que!? ¡Bueno, ya, pero eso es lo que me esta diciendo todo el mundo!, ¿ no hay nada oficial ? ¿Algún documento que les haya llegado?”, le interrogué. “Pues, eso es lo que me ha dicho", respondió el guarda. ¡Pues vaya mierda! pensé yo… .

Salgo hacia el siguiente punto fijado en nuestro plan, el centro de enfermedades tropicales del Grao de Castellón. En este centro sanitario nos informaron y pusieron todas las vacunas obligatorias para un viaje alrededor del mundo que hicimos en el pasado. La idea era obtener información sobre cualquier medida oficial para entrar en los países a los que viajaríamos y sobre todo, que nos realizasen alguna prueba médica que certificase que no teníamos Covid. No sabíamos entonces de la ingenuidad en lo que estábamos pretendiendo.  

Llamo a mi mujer. No me hace mucho caso a la historia del guarda barrigudo. “Rafa, que el centro del grao se ha trasladado a Castellón, calle Escultor Viciano, Ministerio de Política Territorial, oficina de exteriores. He hablado con una señora que nos dice que allí de pruebas médicas nada, que vayamos a nuestro sanatorio, pero que el ministerio de exteriores esta actualizando todas las novedades para viajar al extranjero en una web, que te acerques y te explicará, pero que ya tengo la dirección de la web de exteriores, y he llamado al centro de salud de Benicasim y pruebas no nos hacen, pero que auscultarnos para hacer un papel que diga que no tenemos síntomas nos lo hacen, para mañana tenemos cita, y bla, bla, bla … “ “vale, vale, ya voy”.  No sabía muy bien para que iba a esa oficina si ya teníamos la web para informarnos, pero con tal de colgar, lo que fuese.

Una vez en la oficina de exteriores me atiende una mujer que sabía hasta como me llamaba. “Ya se lo he dicho a su mujer, en estas webs encontrará información actualizada sobre cualquier recomendación o restricción fronteriza en todos los países. Por ahora allí donde van no hay restricciones a españoles pero las podría haber. De pruebas médicas aquí no sabemos nada, vaya mejor a su centro de salud”. Pues vaya, esto tampoco ha sido muy fructífero, rumié. Mejor me vuelvo al trabajo y ya mañana vamos al centro de salud antes de salir a Madrid.

Mientras estoy saliendo de Castellón, recibo una llamada. La profesora de mi hijo pequeño. “Hola, ¿qué ocurre?” pregunto. “Hola Rafa, he llamado antes a tu mujer y está continuamente comunicando…” ya imaginaba… “que el niño se ha puesto malito, está amodorrado, con ojos vidriosos, tiene fiebre”. ¿¡Queeeeee!!? ¡pero como se puede tener tan mala suerte!. “Vale, vale, voy allí inmediatamente”, respondí. Llevo años para hacer este viaje a Rumania y algo me ha puesto un virus, un coche roto y ahora ¡un niño enfermo!!! ¡Pero como me puede estar sucediendo esto!, gritaba al cielo.

Cuando llego al colegio el niño está tan campante. Buena cara y más contento que unas pascuas porque había ido a recogerle. No observo síntomas de fiebre. Miro a su profesora y me explica: “Antes parecía amodorrado y tenía algo más de 36º de temperatura. Ahora está muy espabilado, pero es que hay muchos niños malos en su clase y a lo largo del día se los han ido llevando”. “Pues yo le veo bien, pero le llevaré al centro de salud”, replico. Aquel día no se me pasó por la cabeza, pero hoy pienso si la profesora ya estaría alarmada por el tema virus. La realidad es que no me mencionó nada al respecto.

Aproveché la ocasión para acudir a un centro de salud más grande en Castellón, otra oportunidad más para esas pruebas del coronavirus.  El centro ya estaba decorado a la orden del virus. Grandes cartulinas hechas por los sanitarios advirtiendo de los síntomas, explicando como se pega y las medidas de seguridad e higiene a ser adoptadas. Y unos postes con cordón elegante para eventos, posiblemente rescatados del día de la inauguración del centro, que separaban a más de un metro la recepción. La imagen sorprendía. La paranoia del virus ya lo invadía todo.

Tras casi una hora de espera me atendieron al niño. Ni tenía fiebre ni nada, quizás un poco constipado. Consulté a la médica por el tema del virus: “Mire, lo mejor que pueden hacer es no acercarse por centros sanitarios no sea que lo cojan ahí. Si tienen síntomas llamen al médico”, respondió. Me sentí satisfecho con la respuesta. Por fin alguien con conocimiento decía algo sensato.

Eran ya más de las 3 de la tarde y aún no había comido. Estaba bastante “cabreado”. No habíamos sacado gran cosa en claro más que el virus lo había infectado todo. Comienzo a comer y me pongo las noticias en

diferido: La Ayuso que no sabe como se cierra Madrid, el presidente del gobierno, Pedro Sanchez, que no se cierra Madrid pero que ya veremos … Pues vaya, por lo que parece, ni quien tiene autoridad para hacer algo sabe lo que va a hacer, pensaba. Y ahí estaba el Sr. Trump, que aunque no sabe lo que tiene que hacer, hace lo que le da la gana. ¡HALA, ningún europeo va a entrar a EEUU exceptuando los británicos!. Está usando el coronavirus para hacer daño a la UE mientras afianza su alianza con Reino Unido, pensé, ¡pero que sinvergüenza!.

Mi mujer fue a recoger a los niños y se llevó al pequeño con ella. Unos minutos más tarde bajé a trabajar. A lo largo de la tarde, mientras voy cerrando temas de trabajo antes de salir de viaje, visiono las webs que nos ha facilitado la oficina de exteriores. El travel centre de IATA y una web habilitada por el Ministerio de Exteriores. Ambas informaban sobre cualquier restricción por la crisis del Covid impuesta a viajeros en las fronteras de distintos países. Estas webs se convertirían en nuestras guías de viaje en los próximos días.

Además de estas dos, descubro otra más con el mismo efecto, Viajero Crónico. Durante el viaje observamos que esta web anticipaba los cambios respecto a las restricciones fronterizas aplicadas por cada país. 

Y finalmente, nuestra web gurú, el worldometer del coronavirus. Está página nos acompañaría a lo largo del viaje hasta nuestros días. Informa de todos los casos de coronavirus, muertes, altas, etc en todos los países de mundo. Acabamos aprendiendo a predecir el momento en que se implantarían restricciones de movimiento en cada país en función de su número de infectados. A partir de 500 casos ya eran malas noticias.

Tras ojear esas webs entré en algún periódico nacional digital. ¡Han cerrado todos los museos de Madrid!.

Un par de toques de claxon me sacaron del ensimismamiento. Mi mujer había llegado antes de tiempo. También habían cancelado las clases de teatro de mi hija sin aviso previo. Bajó con los niños y salimos a tomarnos una cerveza con los diablos. Estaban escuchando con atención a un chaval que había venido de Madrid. Era el novio de una amiga del bar, otra diabla, al que no había visto en cuatro meses. Muy importante tendría que ser el motivo que le había traído, cuando no lo había hecho en todo ese tiempo.

“!!Van a cerrar Madrid!!!, ¡policía, militares, tanques!! ¡no podrá salir nadie¡. El chaval se mostraba histérico, ante la expectante mirada de todos. Comentaba que su madre, enferma de cáncer, estaba en peligro por el coronavirus. Yo le traté de convencer que no podían cerrar Madrid y que qué coño tendría que ver el cáncer con el coronavirus. Más tarde me enteré que efectivamente el cáncer es causa de morbilidad para el covid, pero entonces pensé, como hoy sigo pensando, que se había desquiciado.


Estaba ya hasta las narices del coronavirus. De lo único que tenía ganas era de largarme cuanto antes de España y terminar con esa locura. Me habían llamado para decirme que me estaban trayendo el coche y teníamos que hacer las maletas. Nos despedimos de todos los diablos hasta nuestra vuelta del viaje.

Mientras mi hermana de Madrid, mi amiga y decenas de memes de Walking Dead me advertían de la llegada del Apocalipsis, en casa nos apresurábamos a hacer las mochilas. Un macuto cada uno que Ryanair permite subir al avión.

Los niños estaban contentos porque al día siguiente no iban al cole. Hubiese sido el primer viernes de Magdalena, y el colegio decidió mantener las actividades que tenían preparadas. No habían clases lectivas. Ninguno de nosotros imaginamos, mientras con tanto ímpetu preparábamos nuestras mochilas, que en mucho tiempo no volveríamos a ver a nuestros compañeros, ni a los diablos, ni a nuestros amigos, ni a nuestras familias.

2021. Un año después.

Hace ya un año que volvimos de aquel viaje en el que dejábamos atrás un país lleno de vida, para ir sorteando fronteras mientras el mundo se...