Aquel día los grupos en España se levantaban con aire jovial. “Felicidades a todos los papas, felicidades a todos los Josés”, se repetía en todos ellos. Era el día de San José, tradicionalmente el día de los carpinteros más que el de los padres, pues como padre al santo solo se le ve en el Belén. Antaño todos los carpinteros de Valencia quemaban en este día su material sobrante, lo que dio lugar a las Fallas que este año el coronavirus había cancelado. Ahora, encerrados desde hacía días, los más pequeños se habían entregado a hacer dibujos a sus papas que estos mostraban emocionados en la red.
Resultaba gratificante observar como, incluso en las adversas circunstancias que estaban sufriendo, todos ellos habían encontrado vías para sobrellevar el encierro con cierta alegría. Los de Madrid trasnochaban en interminables videoconferencias grupales con las que se estaban viendo más que nunca, otros enviaban bromas, otros enviaban porno y los de la peña estaban de fiesta. Uno de ellos, el más bicho, había construido una mascletá que haría estallar a las 14 horas, como aquel día se hubiese hecho en Valencia. La mascletá ahora retumbaría en los jardines de la comunidad de mi amigo y la peña estaba expectante por la llegada del momento.
No tengo mal perder, y todo aquello me ayudaba a afrontar la idea de que en un par de días estaría encerrado como ellos. Quizás no era tan malo, pensaba.
A decir verdad, una pequeña picardía me rondaba por la cabeza, que me impedía asumir completamente la derrota. ¿Y si aún nos cancelan el vuelo y nos tenemos que quedar? Un as en la manga que a algunos les comenté, cuando en esa mañana nos habían felicitado por la decisión tomada.
El caso es que no habían noticias de más cambios ni cancelaciones y por ahora nos volvíamos al día siguiente, por lo que el tiempo valía más que el oro. Pero aquel día ninguno en la familia parecía tener prisa por salir del apartamento. Poco quedaba por ver en una ciudad que paulatinamente se había ido cerrando durante nuestra estancia y la cancelación del viaje nos había liberado de las prisas por cruzar la próxima frontera antes de que cerrase. Los niños estaban entretenidos dándome mis regalos, mi mujer hablaba con su madre y mi hija mayor con su madrina, una buena amiga que se mostraba muy preocupada por la aventura.
Aproveché yo también para llamar a mi padre y felicitarle. Se encontraba bien. Es de estas personas que cuando las cosas van mal siempre se muestra sereno y de haberle visto la cara, seguro presentaba una sonrisa no tan habitual en él. Había asumido la idea de no salir de casa, algo a lo que hasta entonces no había estado muy dispuesto. Quien peor parecía llevarlo era mi madre. Un “culo de mal asiento”, como dicen en tierras valencianas, que no sabe vivir sin estar en la calle, algo que ha transmitido a sus hijos, pero ahora era obligada por ellos a encerrarse en casa sin entender lo que ocurría fuera.
Hablando con mi padre, me comentaba sobre una plaza que albergaba las estatuas de los antiguos fundadores de Hungría y que hacía de entrada a un parque enorme. Llevaba buscando ese parque desde que habíamos llegado, todas las guías hacían referencia de él. El parque parecía ser inmenso, por lo que se me antojaba un lugar idóneo para disfrutar de nuestro último día en libertad.
Antes de ponernos en marcha quise llamar a mi hermano y felicitarle por su santo. No había dicho gran cosa esos días en los grupos y no sabía nada de él. No me fue posible contactarle, a pesar de insistir en ello, y mis mensajes tampoco tuvieron respuesta, lo que me hizo pensar que estaba enfadado conmigo.
Mientras recogíamos el desayuno y nos disponíamos a salir, observé que un padre amigo del colegio me preguntaba por nuestra situación en el viaje. Hacía tiempo que no le había visto y no le había informado de nada, por lo que dí por hecho que mi hija mayor, rompiendo la regla del silencio, había propagado la historia de nuestro viaje entre todas sus compañeras. En ese momento padecí por como nos estarían poniendo todos los padres del cole sabiendo de nuestra aventura.
La presión de las críticas por haber salido de viaje, el silencio ahora de mi hermano y el hecho de ser consciente que medio Castellón nos estaría señalando, comenzó a pesarme en ese momento. Sin darnos cuenta, cada vez nos estábamos acercando más a España y esto producía vértigo. Mi mujer me comentaba con una ingenuidad que provocaba ternura, que aquellos que más nos querían eran los que nos animaban a quedarnos. Ahora era a ella a quien más se le estaba atragantando la vuelta.
Pero la suerte estaba echada, nos volvíamos en un día y más nos valía aprovechar lo poco de libertad que nos quedaba.
Google maps nos advertía de un paseo de más de 20 minutos desde el apartotel hasta la Plaza de los Héroes que hacía de entrada al parque Varosliget. El paseo nos obligaba a recorrer toda la avenida Andrássy, que albergaba bonitos edificios y palacios, lo que hacía apetecible el paseo a pie.Nos pusimos en marcha. En la calle nos topábamos de nuevo con los mismos turistas que habíamos visto durante los dos días que llevábamos de visita en la ciudad. Como si se tratasen de extras en alguna película de la que inconscientemente fuésemos protagonistas. Por un momento se nos pasó por la cabeza estar en alguna especie de Show de Truman.
Un enorme edificio con aspecto estoico, con el nombre de “House of Terror”, y que sirvió a la policía secreta soviética para interrogar, torturar y matar a supuestos opositores al régimen, me sirvió para entretener a los niños con historias sobre la ocupación de los rusos durante el paseo.
Al final de la avenida nos recibía una enorme estatua en medio de una plaza rodeada de bonitos edificios y arcos que albergaban otras muchas estatuas más de menor tamaño. Se repartían a lo largo de un semicírculo que hacía de entrada a un parque del que no se veían sus confines.
Los niños se apresuraron a trepar la estatua para fotografiarse con alguno de los siete jefes de los clanes fundadores en ella representados.
En la plaza invertimos un buen rato, tanto que yo llegué a leer el nombre y periodo de gobierno de cada uno de los reyes y presidentes de Hungría, representados en las estatuas que rodeaban la plaza. Aquel día nos parecía sobrar a todos el tiempo.Después nos dirigimos hacia una feria cercana que se veía desde la plaza con la esperanza de encontrar algún cachivache funcionando. Todo cerrado, al igual que el famoso balneario de Budapest que nos encontramos enfrente.
La ilusión de huida había añadido un punto de emoción al viaje, pero la realidad es que aquella sensación de tristeza allí donde íbamos, recorriendo escenarios de parques infantiles precintados, edificios y negocios cerrados y calles vacías, fue la sintonía con la que nos movimos desde que habíamos salido. El mundo entero había decido encerrarse y el hecho de cruzar fronteras atravesando países cerrados, mas que temerario, era una estupidez de la que incluso yo ya me había hartado.
Con esa pesadumbre atravesamos el parque para dirigirnos hacia un lago que se veía entre los árboles. Unas camas elásticas sin más clientes que los dos hijos de los dueños, nos permitieron dar algo de entretenimiento a los niños. Tras esto no había nada que hacer, más que sentarnos frente al lago para lanzar trozos de bollo a los patos. Pero uno se da cuenta que las cosas pueden ser aún peor, cuando, incluso sin nada que hacer, solo el hecho
de embelesarte con el centelleo de la luz reflejada en el agua, reposando en el tronco de un árbol mientras el sol te acaricia la cara, te recuerda el valor de ser libre, y solo el poder disfrutar de eso merecía no estar encerrado.
No tardaría mi mujer en romper esa calma, saltando abruptamente de mi regazo y apresurándonos a todos para levantarnos. Eran casi las dos de la tarde y estaba decidida a ser servida en un restaurante por última vez en un tiempo. Casi salió corriendo con dos de los niños mientras atendía una aplicación que la guiaba a algún restaurante cercano. A otra de mis hijas y a mi nos costó más desperezarnos del bienestar fortuito en el que nos encontrábamos.
Acabamos en un restaurante húngaro, más bien cutre, y con el tiempo justo para comer. No sé si por la premura de tiempo o porque la gerente se encontró en su negocio una familia que sabía era española, nos recibió con desagrado, pero nos dio de comer.
La verdad que no se comió mal y aún tuvimos tiempo de tomar café. Y en esa sobremesa fuimos asaltados por los avisos de whatsapp del grupo de la peña. Un video con una de las niñas vestida de fallera anunciaba lo que iba a venir: “Sr. pirotècnic, ja pot començar”!!.
Una pedazo de traca, artesanalmente elaborada, retumbaba en los jardines residenciales de la comunidad de mi amigo, entre los vítores y aplausos de los pocos vecinos que allí había congregados y haciéndonos vibrar de alegría a todos los espectadores que a distancia asistíamos al evento.
Una hora menos en España, la mascletá la habíamos visto con algo de retraso, pero por vez primera desde que habíamos salido de viaje todos compartíamos una alegría.
Aquella mascletá le costó a mi amigo una llamada del administrador de la finca para que se recluyese en casa y no volviese a pisar los jardines comunitarios por un tiempo.
Con las risas sobre el espectáculo y algo más de alegría, nos volvimos al parque. Los colegios ya llevaban cerrados una semana en Hungría y los padres debían estar hartos de tener a los niños en casa, porque ahora nos encontrábamos bastantes familias merodeando en su interior.
Fuimos caminando siguiendo el cauce de un río artificial en el que algún charco avisaba de haber llevado
agua hacía no mucho tiempo. El parque era muy bonito ahora que lo disfrutábamos en movimiento. Jardines llenos de flores, palacetes y caserones que recordaban al cuento de la Bella y la Bestia deleitaban el paseo.El parque iba cogiendo más vida. Acumulaciones de gente en alguna caseta o edificación aún nos producían el espejismo de encontrar un bar abierto. Por supuesto ningún éxito, pero acercándonos descubrimos entretenimientos al aire libre para los niños. Canchas de fútbol, espacios de tierra para los más pequeños y hasta un pequeño circuito de circulación abarrotado de niños en bicicleta.
Acabamos en una cancha de atletismo que ofrecía varias estructuras de gimnasia. Se aglutinaban tantos jóvenes que incluso se hacían colas para usarlas. Hasta yo mismo corrí con zapatos haciendo carreras a mis hijos y saltos de longitud en tierra.
Viendo aquello me volvía a asaltar la indignación sobre lo que estaba ocurriendo en España. ¿Como les podían haber encerrado a todos sin permitirles al menos salir a correr en espacios abiertos?. ¿Que daño podía hacer eso?. Y aún peor, ¿como podían haber aceptado sin rechistar someterse a tal encierro?.
Antes de salir del parque subimos a lo alto de unas pequeñas colinas que encontramos en el camino. Estaba anocheciendo y desde allí se podía ver la puesta de sol y una bonita panorámica de la ciudad. Mi mujer y yo nos sentamos en lo alto de una de ellas, con nostalgia por lo que en poco tiempo ya no podríamos hacer. Mientras tanto, mis hijas, ya unas adolescentes, se lanzaban colina abajo como hacían de niñas, rodando como si fuesen troncos, ahora seguidas por su hermano pequeño. Me pareció bonito. Es curioso que solo podamos apreciar el valor de ciertas cosas cuando las vamos a perder. Y ahora, en aquella colina, todos nosotros sabíamos el valor de la libertad.
Envié el video a todos los grupos de los niños rodando colina abajo, con la broma de que no habían podido aguantar la idea de encerrarse.
El día se había acabado. Una vez en el apartamento conseguí hablar con mi hermano. Estaba bien, absorbido por el teletrabajo. Pudimos charlar un rato y discutir, como siempre, ahora sobre la conveniencia de ciertas prácticas de prevención contra el “bicho”. Ya podía volver tranquilo a casa.







Bien rafa bien
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