domingo, 20 de diciembre de 2020

Jueves 20 de marzo. Budapest – Madrid – Castellón. El final.

 Aquel viernes se había levantado un día precioso. Soleado, cálido, como si la vida nos quisiese brindar una última oportunidad para disfrutarla antes de ser encerrados. A mi me sabía a recibir un último deseo de reo, antes de ejecutarse su pena, ese último cigarrillo que debe ser saboreado. 

Nuestro vuelo salía a las 15:20 horas, hora en Budapest, una hora menos en España, lo que implicaba que, si todo salía como estaba previsto, la pena se ejecutaría a las 18:35 horas, hora de llegada de nuestro vuelo a Madrid. Sentía verdaderas prisas por bajar a la calle, pero antes de espabilar a todos quería atender lo que había llegado a los grupos de whatsapp.

Cuando uno asume su condena, y se ve con un pie fuera y otro dentro de prisión, parece que comienza a empatizar con los de su misma condición, y algo así parecía estar ocurriéndome a mi. Mientras me fumaba ese primer cigarro nada más levantarme, pasadas las 9, iba recorriendo todos los mensajes que publicaban los prisioneros en España. 

Vídeos, advertencias o debates por los que no había sentido interés a lo largo de esos días fuera de España, ahora me provocaban curiosidad. Consultaba a mis primos por un vídeo de coches pitando parados en una rotonda en la que se hallaba, con sus luces encendidas, una ambulancia. No entendía aquello, y ellos se mostraban emocionados. Me respondió mi cuñado que era el homenaje diario a los sanitarios. Yo estaba demasiado enfadado con el mundo como para empatizar con tanto apoyo colectivo.
Otros parecían como si estuviesen viviendo un Walking Dead, hablando sin complejos sobre el Apocalipsis o el fin de los tiempos. 


Pasé a entretenerme con el cachondeo en el grupo de la peña que estaban provocando unas curvas estadísticas que yo había reenviado la noche anterior. Se trataban de una publicación de la Universidad Politécnica de Valencia que envió un amigo de Madrid, pronosticando la incidencia del virus en el mundo a lo largo de los próximos meses. A partir del 28 de abril la curva de infecciones diarias comenzaba a bajar, según sus análisis, que aclaraba mi amigo, no habían contado con los efectos positivos que produciría el confinamiento. Unas predicciones que este entendió tan halagüeñas que compró unas entradas para un concierto poco después de esa fecha, y yo, con la intención de traer conmigo buenas nuevas, las había enviado precipitadamente al resto de los grupos.
Observando de nuevo esas curvas con detenimiento, me daba cuenta que la pena se alargaría más de lo que mi amigo había entendido. Solo a finales mayo, la incidencia del virus sería lo suficientemente baja como para ir recuperando la libertad. El 28 de dicho mes concretamente, se marcaba como el momento en el que los casos estarían por debajo de los 100.000 nuevos diarios, y China, con solo un centenar de nuevos casos por aquel entonces, aún mantenía confinada a parte de su población. La prisión domiciliaria a la que habíamos sido condenados se alargaría cuanto menos dos meses, si esos análisis eran correctos. Demasiado tiempo como para perderlo dentro de un apartamento mientras el sol brillaba fuera en la calle.
Terminé de atender a los que nos consultaban por los detalles de nuestra vuelta y espabilé a todos para levantarse. En poco más de una hora yo había conseguido salir de allí, dejando a mi mujer terminando de cerrar los bultos y con algunos de mis hijos acompañándome en la misión con la que había sido despachado: Hacerme con guantes, mascarillas y gel hidroalcohólico para nosotros y al menos los mayores de ambas familias. Tarea arduo complicada, pues en todos esos días no habíamos encontrado nada de aquello en ningún sitio, por lo que intuyo mi mujer pretendía le dejase de molestar durante un rato con mis prisas. 

Todos los negocios de nuestra calle, a excepción del supermercado, habían cerrado. Incluso ese camarero parlanchín de enfrente, que a lo largo de esos días se hacía cada vez con más indumentaria para protegerse, finalmente había echado el cerrojo. 

Observé un buen número de grandes bultos apoyados en la fachada de uno de los edificios colindantes. Eran ocupas, no me había dado cuenta antes que allí había un edificio o local ocupado. Por lo que se ve, se trataba de esa clase de pijocupas, de familias bien, distribuidos por toda Europa, que asustados ahora por el coronavirus corrían a protegerse en el seno de sus pudientes casas. Estaban llenando la calle de bolsas y muebles viejos que dudo fuesen a introducir en un avión, por lo que aquello quedaría allí tirado. 

En un chino cercano pude encontrar mascarillas, de pintor, que el chino con todo el morro vendía a 2 euros la pieza. No éramos los únicos ocupados en aquella búsqueda. Allí se encontraban tres españoles jóvenes, escudriñando la caja de mascarillas, que por lo que me explicaron, tras saber que el gobierno búlgaro cerraría el próximo lunes la frontera, habían decidido volverse a casa. Nos repartimos las mascarillas como pudimos, y al menos me hice para mis padres y los dos mayores de la familia de mi mujer. 

Con algo ya en mis manos, desistí de seguir buscando y acudí a sacar a mi mujer del apartamento. Para mi sorpresa, ya estaba abajo, tratando con recepción para guardar los bártulos en algún sitio.

Sabiendo que el viaje se había quedado a mitad, y que habíamos tenido poca oportunidad de gastar dinero, se me antojó darnos un capricho que por austeridad nunca nos damos. El primer día de nuestra llegada a Budapest, mi hija mayor y yo nos fijamos en un precioso restaurante, llamado New York café. Luego leí que se trataba de un lujoso café con más de un siglo de historia y que en su momento fue lugar de reunión de los grandes pensadores de Europa. 

Obviamente el lujo en sus interiores se habría de pagar, pero vaya, un día es un día y un desayuno no podría costar tan caro. Les comenté a toda la familia que les quería dar una sorpresa por nuestro último día, aunque a mi mujer le informé del detalle antes que me la montase a la entrada. La verdad que le costó entrar, escapándose a las tiendas de al lado antes de hacerlo. Pero viendo que habían entrado todos conmigo no le quedó más remedio que aceptar el despilfarro. 

El espacio era precioso. Todas sus paredes, columnas y techos pintados a estilo renacentista, enormes
lámparas y espacios tan amplios que recordaban al Versalles. Si no habíamos encontrado gente en la calle hasta llegar allí, menos aún dentro. Solo una pareja de japoneses y dos mujeres en la primera planta fotografiándose a lo Instagramer, compartían con nosotros el recinto. 

Desde luego que barato no era, creo 60 euros un desayuno para dos. Pero entraban un montón de bollos y bocadillitos, zumos y cafés, como para abastecernos a todos. Nos quedamos. 

El rato que pasamos allí no fue tan agradable como para merecer el dispendio. Niños subiendo y bajando escaleras tras protestar continuamente por la comida, hicieron que aquel lugar no fuese el más idóneo para nosotros. Y la realidad es que los bocadillos no estaban tan buenos, lo que me recordó lo estúpido de pagar tanto por abastecer el estómago. 

Tras desayunar, tomarnos unas fotos e inspeccionar el lugar, lo abandonamos. Nos dirigimos a nuestro espacio natural, una terraza con jardines fuera para que los niños no molestasen. 


A mi mujer y a mi todavía nos dio para un par de buenas cervezas que nos supieron a gloria, a pesar de la antipatía con la que atendían los camareros, posiblemente por los “bozales” que ya les habían puesto. 
Conversamos, dimos de comer a los niños, enviamos fotos a los grupos y le pedí a mi hermana que me dejase tranquilo mientras me daba la tabarra por una broma que había enviado a los grupos. Ya no hubo tiempo para más, nos teníamos que despedir de aquella bonita ciudad. Un shuttle nos esperaba en la puerta del apartotel para trasladarnos al aeropuerto. 

El aeropuerto estaba animado. Habían jóvenes erasmus por todas partes partiendo en vuelos de regreso a sus casas. En el autobús que nos desplazaba através de la pista de aterrizaje, consulté a unos chicos españoles por el porqué de volverse a casa a encerrarse. En Bulgaria no estarían confinados. Los chavales me reconocieron la paradoja de su decisión, confesándome que muchos habían optado por quedarse, pero ellos prefirieron volver con sus familias ante la incertidumbre del tiempo en que se alargaría la situación. Los entendí. Lo hacían por cariño a los suyos, por estar con ellos.  

El avión estaba abarrotado, desde luego que esos vuelos baratos que había lanzado a última hora Ryanair
fueron la oportunidad de volverse para muchos españoles viviendo en Budapest. Y como si tuviésemos prisa por llegar, el avión despegó antes de tiempo.

Teníamos cuatro horas de vuelo por delante, pero la entrada en prisión se pospondría, quizás hasta el día

siguiente. Antes de partir a Castellón, aún debíamos ir a casa de mis padres a recoger el coche allí aparcado, y a dejarles en el buzón las mascarillas que les habíamos comprado. Tenía terminantemente prohibido por mis hermanos verles.  Por si la salida de Madrid se demoraba, habíamos contactado con un señor para alquilar una casa a medio camino, en la zona de Motilla, y aunque la idea de retrasar la ejecución de la pena ya no me producía ningún sosiego, durmiendo en un pueblo clausurado, al menos podía dejar de conducir si el cansancio se me apoderaba en el camino. 

Mientras observaba como nos alejábamos de tierra firme, me asaltaban algunas de las preguntas que me había hecho durante esos días. España ya había superado los 100.000 casos de infectados, diez veces más que la temida cifra del gobierno antes de partir, y habían más de 1000 muertos por coronavirus. ¿ Pero era esa cantidad lo suficientemente horrenda como para encerrar a todo el mundo en sus casas?, ¿cuantos muertos había al año por accidentes de tráfico? y nos permiten conducir. El porcentaje de muertos con respecto a casos detectados era de casi el 13%, muy superior a los índices del 3,4% que se habían encontrado en China. ¿Qué estaba ocurriendo?. Cuatro horas de vuelo dan tiempo para pensar, pero sin acceso a Internet no podía encontrar respuestas. Desde luego, en cuanto me encerrase en España, me dedicaría a contestar estas y otras tantas preguntas que me ocupaban la cabeza. Ahora, lo mejor que podía hacer, era dedicar ese tiempo a dormir…



Rara es la vez que he podido dormir con profundidad en un vuelo, pero recuerdo que aquel día lo hice. Tras desperezarme pude observar desde la ventanilla del avión como nos acercábamos de nuevo a tierra, a mi ciudad natal, y la imagen era desesperanzadora. La M-30 y M-40 que se observaban desde el avión mientras nos acercábamos a barajas, pasadas las seis de la tarde, en lo que era una hora punta, estaban vacías. Como si aquella ciudad que siempre he conocido llena de vida hubiese muerto. 

Dentro del aeropuerto el ambiente era aún más tétrico. Separados en el avión, fuimos casi los últimos en abandonarlo, mientras esperábamos para salir todos juntos de allí. Habiendo perdido de vista a todos los pasajeros que nos acompañaban, en el aeropuerto no había nadie, más que los policías de las cabinas de salida y un trío de guardia civiles charlando que ni nos miraron. Siquiera recuerdo ver a personal de limpieza o de otro tipo por allí. Nadie, más que nosotros protegidos con unas mascarillas cutres recorriendo los pasillos vacíos del aeropuerto. Menos mal que mis padres nos habían preparado bocadillos para el viaje, porque no solo el aeropuerto, sino toda España había cerrado. 

En el momento de echar mano al móvil para avisar de nuestra llegada a mis padres y a los grupos, lo primero que me encuentro es un nuevo mensaje de mi hermana mayor. Nuevamente me avisaba de no cruzar la puerta de casa de mis padres, ni besarles ni abrazarles. Aquello ya sería la guinda, por usar un eufemismo. Me limité a pedirle que me dejase en paz, pero creo tener ya escrito, a punto de enviar, un vete a la mierda. En ese momento decidí no volver a hablar con ella hasta que hubiese pasado tiempo suficiente como para poder hacerlo. Tardaría mes y medio, no sin que hubiesen habido antes un intercambio de mensajes en esa misma línea.

Llamé a mis padres. Les comenté que recogería el coche y me iría, dejándoles unas mascarillas y algún souvenir en el buzón. Luego envié a todos los grupos un mensaje informando de nuestra llegada, indicando que si me encontraba un zombi en el aeropuerto, le invitaría a un whiskey. 
Estupideces de la burocracia española, nos obligaban a coger dos taxis para desplazarnos toda la familia. Los pobres perdieron los únicos clientes que tendrían posiblemente en bastantes horas. 
Un Uber nos dejaría en menos de 15 minutos en casa de mis padres. Acababa de encontrar la primera ventaja del confinamiento. Aparte de circular por autopistas vacías, tampoco ves policía, lo que reduce mucho los tiempos de viaje. 

Me dirigí al portal de mis padres mientras con el mando a distancia abría el coche para que entrase el resto de la familia. La imagen era verdaderamente desoladora. Un frío del carajo, en ese momento lloviznando y ni un alma en el barrio, solo una vecina paseando al perro, con la que intercambiamos algunas palabras a varios metros de distancia. 

Tras llamar al portal para que me abriesen, me dirigí al buzón, tal y como había indicado a mi padre que haría. Pero mi padre me bajaría los bocadillos, a pesar de indicarle que los dejase en el ascensor. La realidad es que no espera otra cosa. Aquella situación, frente a mi padre en el portal, alejado de él, sintiendo miedo de tocarle, me resultó uno de los momentos más tristes de mi vida. Gracias a Dios, no recuerdo como fue, pero le acabé dando un fugaz abrazo. 

Nunca había vivido nada igual, me cuesta recordar momentos más tristes en mi vida. Había dejado España en una situación de normalidad, con la gente yendo al trabajo y los niños al colegio. Había comido en restaurantes, había gente en mi barrio y había besado a mis padres. Y ahora no había nada, siquiera besos. Me sigue costando creer haya pandemia que justifique eso. Otra pregunta a responderme: ¿Habría algún precedente en la historia de la humanidad en la que a los mayores se les dejase solos por una pandemia?. Esta pregunta aún hoy me sigue removiendo. 

No pude disfrutar en el viaje de vuelta a casa de un capricho que pensé me daría el bicho. Ese cielo estrellado que esperaba ver en la meseta por la reducción de la polución resultado del confinamiento.  Hicimos todo el viaje lloviendo, con un frío que me costaba recordar en el mes de marzo. Todos los restaurantes de carretera cerrados, muchas de las gasolineras, ni un solo policía en todo el camino, ni un solo turismo, solo algún camión de vez en cuando nos haría compañía en el viaje. Solo tenía ganas de llegar a casa. 

El propietario de la casa que queríamos alquilar nos lo puso fácil. Un buen hombre que sentía miedo de infectarnos por haber estado visitando a alguien en un hospital. No nos puso problemas para renunciar a la reserva. 

Hicimos una parada rápida en el parking de una gasolinera para comernos los bocadillos. El frío era tan intenso que todos nos metimos de nuevo en el coche. Terminamos de comer, nos fumamos un último cigarro antes de llegar a casa y proseguimos el viaje. 

Al llegar a la nacional, entrando en Castellón, nos encontramos con algún turismo que salía de las fabricas. Habría pensado en otro motivo más plausible que explicase esos coches circulando, pero el burdel de las palmeras, el más grande de la provincia, había cerrado. Debía ser la primera vez en la historia que incluso las prostitutas habían dejado de trabajar. 

La policía solo nos la encontraríamos cuando entrábamos en casa. Unos locales se cruzaron con nosotros, dando la vuelta a toda la manzana para atraparnos en mi calle. Baje con tranquilidad para enseñarles los billetes de avión y mientras me acercaba a ellos casi salen corriendo. Me rogaron me detuviese tratando de ver la imagen de los billetes a varios metros de distancia y amenazándonos con que nos arriesgábamos a multas de sesenta mil euros por andar en la calle. Comenzaba una era en nuestras vidas, el miedo a un estado policial que puede multarte por vivir. 

Ya en casa, en la madrugada del día siguiente, escribí en los grupos: 
“ Justo antes de llegar a casa, chivatazo y policía. Como cumplimos estrictamente las reglas no ha habido multa. A parte les hemos informado de estás según el boe: ellos las pasaban de 300-1000 eur a 6.000 -60.000 !!”.

Habíamos llegado a casa, o lo que fuese de ella.



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