domingo, 5 de julio de 2020

LA ESCAPADA. Martes 17 de marzo. Budapest. La estrategia.

Aquella mañana me levanté pronto, me sentía inquieto. Nuestros perfiles de seguridad se nos habían desbaratado. Hungría había terminado el día anterior con solo 40 casos de infectados por Covid, en una población de casi diez millones de habitantes, y ya habían implantado restricciones a la población y cerrado sus fronteras al exterior. No se entendía.

Me había hecho la idea que a partir de 500 casos de infectados se entraba en terreno peligroso. El 8 de marzo, día de las manifestaciones del 8M, España cerró con 674 casos de Covid. Desde entonces el ratio de infectados comenzó a incrementarse de forma desproporcionada, rompiendo la curva de infecciones que se había mantenido hasta entonces, duplicando de un día para otro los casos hasta llegar a los casi diez mil que ya teníamos ese martes, la cifra que tanto temía el gobierno de España.   

En el 14 de marzo que llegamos a Austria, las infecciones en este país habían llegado a los 650 casos. Al día siguiente su gobierno aprobaba la implantación de restricciones en la línea que habían aplicado España e Italia cuando llegaron a un número de contagios diez veces superior a esa cifra. Cuando marchamos dos días más tarde, dejábamos atrás una capital con sus calles desérticas y sus restaurantes y comercios cerrados, cerrando sus fronteras tras nosotros. El país superaba ya los mil contagios en una población de casi 9 millones de habitantes, un ratio similar de infectados por habitante que el que España e Italia presentaban cuando implantaron sus restricciones al movimiento.

Pero el caso de Hungría había roto por completo mis previsiones. Con una población aún superior a la Austriaca, y con solo 40 casos de Covid confirmados en todo el país, ya habían cerrado sus fronteras e implantado restricciones.

La noche antes de salir había observado los casos de infectados en Hungría y las informaciones oficiales del país, sin encontrar nada que presagiase sufrir algún problema. Pero mientras atravesábamos en el tren la gran llanura húngara, su parlamento aprobaba el cierre de comercios y restaurantes a partir de las 15 horas, prohibían eventos de más de 100 personas y sus fronteras se habían cerrado a todos los extranjeros tal y como nosotros las atravesamos. Habíamos entrado por los pelos. Un día más tarde no hubiésemos podido hacerlo.

Sobre las nueve de la mañana envié a los grupos de whatsapp el parte del viaje:

[9:09, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Ayer llegamos a Hungría

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Hasta las 3 pm restaurantes etc abiertos

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Museos y otros lugares tienen restricciones pero se puede entrar

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: La gente está acojonada:

(video de la gente del pub budapest)


En algunos de los grupos se inició cierto movimiento en respuesta. Otros no dijeron nada o estaban a otros menesteres.

El grupo de Castellón informaba sobre un médico joven muerto por coronavirus en Italia. En el de mis hermanos, mi hermana mayor envió un video del médico youtuber Spiriman en el que, según comentaba, aparecía llorando en el Sálvame por la tragedia del virus y porque la gente no hacía caso. El video venía de Facebook, que no lo tengo instalado en el móvil, y no pude abrirlo.

El hecho de que el médico que yo había usado de referencia para tranquilizar a todos, hubiese acabado llorando por este tema, según explicaba mi hermana, añadido a otros mensajes trágicos, me causó preocupación. 

Volví a chequear las estadísticas del virus. Nada nuevo en Wikipedia ni en los informes de la OMS.

De nuevo traté de tranquilizar con mis estadísticas a los alarmados. Les advertí que nada parecía haber cambiado, que los casos leves siquiera se estaban contando, afectando así a las estadísticas en España, e incidí en la idea que el problema era el colapso sanitario y no el riesgo para sus vidas. Y finalmente les pedí que no indujesen miedo.

Mis comentarios no tuvieron el efecto deseado. En el grupo de hermanos aparecieron los primeros afectados por el virus entre círculos cercanos. El hermano de una amiga muy grave, tres compañeros de trabajo de mi cuñado infectados...

Algunos en el grupo de Castellón parecieron molestarse por mi tranquilidad ante el tema. Uno de ellos recordaba que 1 de cada 100 en nuestro grupo de edad moría, y otro de cada cinco en el de nuestros padres. Consultaba si con estos datos realmente queríamos infectarnos, como parecía que alguno de nosotros proponíamos. Otro me preguntaba si realmente estaba tranquilo con lo que fumo. Y de nuevo los reproches, el hecho de andar por ahí infectando...

Uno de los valores que más aprecio en las personas es la honestidad. Que a uno le digan que es un perfecto imbécil es de agradecer. Te permite valorar si es cierto, y por tanto cambiar, o por el contrario saber si eres tú quien trata con el supuesto imbécil. De una forma u otra, la información es siempre positiva.

Y soy un gran discutidor. Poco me afecta que me reprendan por algo que hago o digo si tengo argumentos para hacerlo. Y siempre sentí que este era el caso.

En aquella fecha habían muerto unas 350 personas en España a causa del virus. Desconocía por entonces la cifra de fallecimientos anuales por accidentes de tráfico, o a causa de otras enfermedades, pero, aún siendo consciente que cada muerte implicaba un drama humano, el número de fallecidos por Covid no me resultaba aún una cantidad que me alarmase y aún menos me podía sentir culpable de contribuir a ese drama en España.

Tampoco el hecho de que hubiese muerto un médico joven y sano en Italia, desencadenante de la pugna en el grupo de Castellón, entre las más de 2000 muertes por coronavirus que entonces sufría este país, me resultaba un dato significativo que justificase preocuparme por mi vida.

Sí, hablábamos de muertes, pero también de miedo. No es que no me importasen, pero la muerte forma parte de la vida, y estás, al menos por causa del virus, las sentía lejos de mis seres queridos. En cambio el miedo les había afectado a casi todos.

Así, con estas premisas, ataqué. No tenía miedo al virus, y lo justificaba. Me parecía más probable morir en un accidente de tráfico o de un infarto al corazón, y no por ello había dejado de conducir, ni dejado de fumar ni cambiado mi vida. De hecho prefería vivir así, sin miedo, a vivir asustado y encerrado. Y así se lo expuse a todos. Les puse el ejemplo de uno de los amigos del grupo que ahora padece una enfermedad complicada, y se enfrenta a ella estoicamente. Así quería comportarme yo, enfrentándome a lo que viniese para seguir viviendo. 

Y con esa retahíla les abandoné. A ellos, y durante aquel día a todos los grupos.

Me había enfadado. No es que me sintiese el Ché Guevara con su “prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado” frente al virus. Es que sentía verdadero pavor a perder la vida, a sentir miedo y vivir encerrado. Y no entendía como muchos de ellos no sentían lo mismo, sin quejarse por encontrarse en prisión domiciliaria e incluso castigando el hecho de salir a tomar el aire.

Pero por otro lado, ¿quién era yo para juzgarles?. Siquiera estaba allí con ellos. Con mis familiares, mis amigos, con mis compatriotas.

Desde el viernes que había salido de Castellón, quise desconectar de España y del coronavirus. Me prometí no justificarme por marcharme. Pero no había hecho ninguna de las dos cosas. No había dejado de enviar mensajes en los grupos tratando de menospreciar al “bicho” y de injustificar el miedo hacia él. No fueron pocas las ocasiones en las que había respondido con soberbia, aunque ciertamente estaba harto de desquicies y reproches por el tema.

Pero nosotros no estábamos allí, padeciendo el encierro con ellos, y nuestros mensajes desde luego no deberían resultar muy empáticos. Muchos estaban muertos de miedo, en medio de un bombardeo informativo que no dejaba de incrementar la cifra de infectados y muertos, publicando los síntomas más variopintos hasta hacer creer a buena parte de la población que podía estar infectada. Todo eso a nosotros no nos estaba afectando, lo veíamos desde lejos. Pero es que, aquellos en España que no habían sucumbido a ese bombardeo informativo, y no temían al virus, igualmente estaban encerrados. Les habían prohibido a todos salir a la calle. Por tanto, ¿qué pretendíamos?, ¿qué queríamos de ellos?.

Mientras me fumaba un cigarro en el balcón del apartamento, respondiendo al enfado con estos pensamientos, observaba al gerente de una pequeña cafetería situada debajo nuestro. El chico parecía nervioso. Se protegía con una mascarilla e iba hablando haciendo aspavientos a los pocos clientes que se le acercaban. Al lado había una estética que permanecía abierta, pero no llegué a ver entrar ningún cliente. Otros negocios colindantes habían cerrado.

Observando esos negocios bajo mi balcón, entendí que todos nosotros, toda la humanidad, por vez primera nos enfrentábamos juntos a algo. No solo a un virus con una capacidad de propagación que infectaría a todo el planeta, sino a algo aún peor, a nosotros mismos, a nuestros miedos.

Por vez primera la humanidad contaba con unos canales de información capaces de conectarnos a todos, haciéndonos llegar a todos informaciones desde puntos separados por miles de kilómetros y haciendo que todos pudiésemos responder conjuntamente a una amenaza. Pero una cosa era lo que el virus era, y otra lo que queríamos creer que fuese. Y desde luego, en ese momento, la cosa estaba poco clara.

Mi cuñado ya me había respondido al preguntarle, que ninguno de sus compañeros habían sido hospitalizados. Tampoco les habían pasado ningún tipo de prueba que les asegurase haber contraído el virus. Uno de ellos parecía estar bastante enfermo pero los otros dos simplemente pensaban que se habían infectado, sin médico que lo certificase.

Todos estábamos aplicando una estrategia para enfrentarnos al miedo por el virus. Unos se encerraban sufriendo verdadero terror. Otros lo razonaban y también se encerraban en respeto a las normas. Otros se divertían y se bajaban pompones atados a una cuerda o se disfrazaban de árbol jugando al pilla pilla. Y otros… otros nos habíamos largado.

La realidad es que lo nuestro había sido casual. Sencillamente no entendimos motivo para cancelar nuestro viaje familiar anual y nos marchamos. Y ahora nos encontrábamos cruzando fronteras mientras se cerraban tras nosotros.

Me sentía como Leonardo DiCaprio en Catch me if you can (Atrápame si puedes), y desde luego, yo estaba decidido a seguir jugando. Si pudiese llegar a Rusia lo haría, pero a mi no me encerraban, pensaba en aquellos momentos.

Ya no quería convencer a nadie de nada. Ahora solo me preocupaba seguir jugando, hasta donde pudiese.

Aquel día llovía en toda España, pero a nosotros se nos había presentado un estupendo día soleado. Los niños ya se habían levantado. Estábamos en un nuevo país y teníamos que visitarlo y disfrutar de la ciudad, de nuestra libertad. Yo aún no había satisfecho el antojo de recorrer en barco el Danubio, y Budapest daba una oportunidad de hacerlo tremendamente barata. El transporte público funcionaba con normalidad, y habían unos barcos dentro de la red de transporte público que recorrían el río a lo largo de toda la ciudad, de arriba abajo, por el coste de un billete de metro.

Antes de llegar al río pasaríamos por la basílica de San Esteban, que estaba abierta al público y cerca del apartamento, e iríamos recorriendo la ciudad hasta llegar a la parada del barco más cercana. Teníamos que disfrutar al máximo de todo lo que se mantuviese abierto, especialmente de los puntos de interés turístico, locales de ocio y restaurantes que cerraban a las 15 horas. Mala cosa para nosotros eso de que nos pongan límites al tiempo, pero no estaban las cosas para quejarse.

Bajé al hall del apartotel, en la zona de recepción, a esperar al resto de la trouppe que terminase de arreglarse. Me había levantado antes que ellos y estaba ansioso por salir.

En recepción parecían más tranquilos que la noche anterior, pero había cierto ajetreo entre algunos huéspedes. Había una chica guapísima sentada en uno de los sillones que se repartían por la zona y cuando salí al patio exterior que se ofrecía para fumadores, encontré a  otra que me pareció aún más guapa. Ambas se mantenían pegadas a sus móviles, debían ser azafatas o modelos.

Cuando salió la que compartía el recinto de fumadores conmigo, también yo lo abandoné tras ella. Mi mujer ya había bajado y andaba de cháchara con un par de españoles que comentaban que les habían cancelado un trabajo, un evento o algo similar, y se apresuraban para volver a casa. Me pregunté a mi mismo el porqué de tantas prisas para encerrarse en España, suponiendo que estaban con aquellas chicas entre su grupo de trabajo, pero ya había desistido de tratar de entender nada.

Salimos del apartotel y en menos de quince minutos habíamos llegado a la basílica. Pagamos por la entrada que permitía la visita al interior del edificio y la subida a la torre. Tras visitar el interior de la basílica, que era una joya, nos dirigimos hacia la torre. Ofrecía un ascensor, pero mi hija mayor y yo decidimos subir por las escaleras, con intención de hacer algo de ejercicio experimentando la subida de aquella larga escalera de caracol. Como no, aún llegamos nosotros antes que el resto de la familia que lo había usado el aparato.

Las vistas desde allí eran preciosas, no desechamos ángulo desde el cual fotografiar la ciudad, pero no se veía el río, el objetivo que yo estaba ansioso por alcanzar.

Cuando bajamos de nuevo, esta vez usando todos el elevador, encontramos un señor mayor, apoyado en una muleta, al que le impedían su uso. Consultamos por lo que ocurría, dado lo estrambótico del hecho. Las restricciones gubernamentales por el coronavirus acaban de cerrar el acceso al artefacto. De nuevo nos habíamos librado por los pelos, lo que me recordó que no debíamos perder el tiempo.  

En el camino hacia el río encontramos un bonito y amplio parque donde se situaba la embajada española y una oficina de Iberia. Aquello le daba cierto aire hispano. En medio del parque aparecía una terraza con las mesas llenas de gente. Pudimos sentarnos en solo una de las mesas de pie que quedaban libres. La imagen era de los más agradable. Los niños podían jugar corriendo por los jardines mientras los mayores disfrutábamos de una cerveza que a mí me supo a gloria. Chequeando Google maps supimos que estábamos en el Liberty Square. No habría encontrado nombre más apropiado para el momento.

No recuerdo ya si fueron una o dos las cervezas que consumimos allí, pero el tiempo de disfrute en aquella terraza se alargó más de lo que las restricciones de tiempo nos permitían.

Continuamos hacia el río y mi hija pequeña se adelantó conmigo. De repente nos encontramos con otro edificio espectacular, el parlamento húngaro. Coincidíamos con el cambio de guardia, ambos lo vimos al completo, siendo casi los dos únicos espectadores del evento. Mientras los demás se retrasaban a saber haciendo qué, aquellos dos soldados que circulaban rítmicamente alrededor de la bandera, repentinamente se detenían para enfilarse hacia otros dos compañeros comandados por un tercero dirigiéndose hacia ellos, cruzando toda aquella plaza que a su paso se hacía eterna, hasta hacer efectivo el cambio.


Fue bonito verlo, pero una vez terminaron y nos encontramos con el resto de la familia, apenas nos quedaban cuarenta y cinco minutos para comer antes que a las 15 horas cerrasen los restaurantes.

Ya nos vinieron las prisas habituales con las que nos movemos en familia, pero a velocidad de trabajo pudimos comer de menú en un restaurante frente al parlamento.  

Tras comer con tal rapidez, el Danubio nos ofrecería uno de sus muelles para  hacer la digestión. Se había hecho esperar, escondido justo detrás del edificio del parlamento, pero flanqueado por unas de las vistas más bellas que había contemplado en mi vida. Posiblemente no pudimos recibir mejor regalo en esos momentos, que poder estar sentados en uno de los embarcaderos del río disfrutando de aquella panorámica.

El tiempo de espera al barquito aún nos dio para que algunos pudiésemos movernos a lo largo del muelle tras descansar. Unas pequeñas estatuillas en cobre representado realísticamente una larga hilera de distintos tipos de pares de zapatos, de niños, mujeres y hombres, hacían presagiar que allí había ocurrido algo dramático. Al final de aquella larga fila de zapatos de cobre, una placa advertía del hecho. Como tantas veces se encuentra en Centro Europa, aquello era un monumento en memoria de una de las atrocidades que la II Guerra Mundial había provocado a las familias judías. Los fusilaron a orillas del río. 

Cuando levanté la vista de aquella placa me encontré a mi mujer haciéndome aspavientos desde la lejanía para que me apresurase. Ya llegaba el barquito, y como no, me tocó correr con el pequeño a hombros. Aquellos no estaban muy dispuestos a esperar a nadie, cuando llegué ya estaban recogiendo las cuerdas de amarre.

Los operarios nos advirtieron que la ruta más larga para recorrer el río sería el siguiente barco que llegaba al embarcadero situado justo a la otra orilla del río. Al cruzar a la otra orilla, abandonábamos la parte de la ciudad de Pest, para colocarnos en la de Buda. Budapest se formó de la unión de esas dos ciudades en el pasado. El próximo barco llegaría sobre las 17 horas, lo que nos daba un tiempo para ver la nueva zona.

No habíamos recorrido doscientos metros tras abandonar el barco en la otra orilla, para pararnos de nuevo

en una bonita plaza, presidida por una estatua de lo que a mi parecía una especie de Guillermo Tell. Nos encontrábamos en el Corvin Ter, sin saberlo un punto emblemático de la ciudad. Aquella era la fuente de Lajos, en honor al personaje bíblico Nimrod, que la leyenda dice ser el fundador del pueblo húngaro. Resultaba que esa estatua fue testigo del mayor bastión de resistencia contra los rusos tras la ocupación después del final de la II Guerra Mundial. 2000 civiles se concentraron en esa pequeña plaza contra 800 soldados rusos.

Tras disfrutar un buen rato del frescor que la fuente y la sombra de los árboles brindaban a la placita, subimos cuesta arriba hasta la muralla del castillo de Buda, y desde allí bajamos de nuevo, ya apremiados por el tiempo. 

Un hombre esperando en el embarcadero nos tranquilizaba haciéndonos saber que llegábamos a tiempo. El barco aún tardaría en aparecer tras una espera de 5 o 10 minutos.  Cuando lo vi llegar el corazón me dio un pálpito por saber que por fin podría cumplir ese antiguo sueño de navegar por el curso del Danubio. 

El recorrido a lo largo del río fue extraordinariamente bonito. Desde el inicio ya deleitaba con las vistas del parlamento en la orilla de Pest y del Castillo, la muralla y la montaña en la de Buda. Para cuando los bonitos edificios que mezclaban arquitectura de tres siglos terminaba, se extendía la vegetación natural de altos árboles y juncos que se abrazaban a ambas orillas del río. Y cuando la civilización parecía haber desaparecido a lo largo de su curso, de repente te asaltaban un número de pequeños embarcaderos y casitas de madera, como si de un cuento se tratase, que finalizaba de forma abrupta con la aparición de unos modernos complejos residenciales y un puerto fluvial abarrotado de yates de lujo que nos avisaban que el recorrido de más de una hora había terminado.

Aquel recorrido lento a lo largo del río, cruzando de un lado a otro cumpliendo todas las paradas del barquito, fue verdaderamente relajante y bonito. Mientras observaba la belleza de todo aquello que nos rodeaba no dejé de pensar en lo triste que sería si algún día no pudiésemos viajar para disfrutar de toda la bellaza que existe en el mundo, y agradecí a la vida que me permitiese hacerlo en esos momentos.

En cuanto nos bajamos del barquito, toda aquella magia terminaba. Se esfumaba con la imagen de una estación de autobuses que en el extremo al que nos dirigíamos presentaba una cutre estación de metro, llena de borrachos y bares cerrados, que nos recordaban que nuestro día había terminado. Las restricciones horarias impuestas por el gobierno húngaro obligaban a cerrarlo todo.

Cogimos unos billetes de metro hacia la estación más cercana al apartotel. A la salida había vida en las calles. Era un martes, y aún con las restricciones del gobierno, muchos restaurantes permanecían abiertos suministrando comida y bebida para llevar, por lo que los jóvenes se reunían a sus puertas manteniendo aún algo de la vitalidad a la que aquella ciudad debía estar acostumbrada. Algunas mesas preparadas flanqueando la puerta de algún restaurante aún nos dio la esperanza que podríamos disfrutar de una cerveza sentados en ellas, pero nada, solo para llevar.

El día se había terminado. Cenaríamos en el apartamento y descansaríamos, los niños estaban deseando llegar a su nueva casa y ponerse con sus móviles. A mi es lo último que me apetecía. Siquiera quise mirar los whatsappas de los grupos en España no fuese se me acabase fastidiando el día.

Aquel día había sido maravilloso. Lo mejor que al menos yo podía hacer era irme pronto a la cama tras cenar, para asegurarme que no hubiese ninguna novedad que me lo estropease, y tras cenar no tardé en hacerlo.

miércoles, 24 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Lunes 16 de marzo. VIENA - BUDAPEST.

Tenía prisa por salir del apartamento. Aún teníamos que preparar los macutos, recogerlo todo y reservar algún apartamento en Budapest, y yo quería aprovechar lo poco que nos quedaba en Viena. Espabilé a todos pronto para desayunar e iniciar las tareas.

Mientras desayunábamos, mi mujer y yo competíamos por reservar alguno de los apartamentos que uno y otro habíamos visto la noche anterior. Queríamos algo con piscina climatizada, muy común en los apartahoteles de Europa del Este. Los niños siempre nos piden piscina. Finalmente nos decantamos por uno con buena pinta y económico, que aún con algunas malas revisiones, parecían provenir de tiquismiquis que se quejaban de minucias que consideraban impropias para unos apartamentos con el título de luxury. Antes de reservar, mi mujer llamó para cerciorarse que la piscina y el spa no se hubiesen cerrado por el coronavirus. Nos aseguraron que todo funcionaba con normalidad.

No quise meterme en los whatsapps por no liarnos otra vez, pero con el infortunado mensaje con el que me había despedido la tarde anterior en el grupo de los primos, no estaba muy tranquilo. Y en efecto, tras ese mensaje no había habido más interacción en el grupo que la respuesta horas más tarde de uno de mis primos, uno con los que más confianza guardo, lanzando un apabullante “Maaaaadre miaaaaaaaa!!! En serio?”. La verdad que me dio vergüenza.

Fui el primero en inaugurar la actividad del grupo esa mañana, explicando a mi primo que hablaba con sarcasmo, por lo mohíno que era video. La realidad es que él siquiera lo había visto, y tampoco le habría dado mucha importancia, pero en la distancia todo se magnifica.

Cuando les pregunté por como se encontraban, todos respondían con frustración. Se quejaban que después de llevar todo el fin de semana encerrados con sus hijos, muchos de ellos habían ido a trabajar, encontrándose el metro, trenes y autobuses abarrotados de gente. Tenían la sensación haber hecho el primo. Era una queja compartida en todos los grupos.

Habíamos salido ya del apartamento y caminábamos por el centro histórico de la ciudad, deambulando por sus calles vacías. La mayoría de locales comerciales y cafeterías estaban cerrados. Provocaba mucha tristeza. Envié a mis primos algunas fotos de aquello.

Una de mis primas, farmacéutica, intervenía por primera vez desde que habíamos salido de viaje. Nos introducía a todos en el debate. Alegaba que, después de ver lo ocurrido en Italia, sorprendía que en España aún hubiesen implantado un confinamiento a medias. Era cierto, todo aquello no tenía sentido.

Yo pensaba que, o no se hacía nada como en Reino Unido, o se paraba todo. Intuía que el gobierno español trataba de mantener con esas medidas un ratio asumible de contagios que no colapsase el sistema manteniendo a flote la economía, y deseaba que lo consiguiesen, pero dudaba de ello. Así se lo trasladé a mis primos.

Pero mientras caminaba por calles desérticas atendiendo los mensajes de mis primos, yo rumiaba otro pensamiento.  Estaba convencido de que lo que estaban haciendo en España alargaría el sufrimiento de la gente y los muertos no acabarían nunca. Pero no solo se trataba de España. Vivimos en un mundo global. Aunque en un momento dado se contuviese la pandemia en España, aún quedaba toda Europa alrededor nuestro. Y una vez se contuviese en Europa, quedaba el resto del mundo. A menos que se restringiese la libertad de viajes tal y como la disfrutábamos hasta entonces, esto no acabaría nunca. Y aún haciéndolo, siempre nos seguirían entrando africanos ilegalmente en pateras que podrían estar infectados. ¿Qué haríamos entonces?. ¿Los dejaríamos morir a la deriva por poder estar infectados?.

Esos pensamientos en el vacío de las calles de Viena me deprimieron. Me hacía consciente que mientras esto durase, hasta encontrar una vacuna, no podríamos tener una vida normal, en la que pudiésemos vernos como antes y ver a nuestros padres. Esta idea me provocaba verdadera angustia. En realidad casi prefería no hacer nada, como Reino Unido, pero me guardé el pensamiento.

Y mi prima, como si se hubiese metido en mi interior y supiese lo que cavilaba, me daba una respuesta que sentí como un mazazo en toda la cabeza:

“No hacer nada es una solución... ninguno de nosotros estaria en riesgo... el unico problema sería cuando no haya cama en la UCI de ningun hospital y se tenga q elegir entre intentar salvar a mi madre o la del vecino…”.

 

¡Claro idiota!, pensé, ¿se te ha olvidado porqué están haciendo todo esto? ¡Es por proteger a nuestros padres, porque no queremos perderlos!, me respondía a mi mismo, sin decir nada en el grupo.

Intervine por última vez advirtiendo que salíamos en un rato. Habían pasado ya las 12:30 del medio día y mi mujer estaba cansada de moverse por calles vacías. Prefería hacer tiempo en alguna cafetería tomando algo con quien se quisiese quedar con ella. Entraron en una pequeña cafetería que aún permanecía abierta frente al edificio de la ópera, cercana a una estación de metro que en pocas paradas nos dejaría en la estación de tren.

Mi hija mayor y yo quisimos continuar viendo la ciudad. Recorrimos la avenida Opernring hasta llegar a


una de las entradas del parque de Burggarten, la que da acceso al palacio de Hofburg. El parque tenía sus accesos cerrados pero ya solo la imagen desde el exterior de la valla era preciosa. Paramos frente a la estatua de Goethe y desde allí continuamos bordeando el parque disfrutando de las vistas que permitía la valla al interior del parque. Llegamos hasta el palacio, contemplamos la estatua de Mozart situada frente a su entrada y desde la lejanía, las vistas del parlamento. Todo era de una belleza extraordinaria. Nos hicimos unas fotos y desandamos lo andado por la acera contraria. Yo caminaba pesaroso por cerciorarme que casi no habíamos visto nada de aquella ciudad tan bella.

Cuando llegamos a la cafetería, y ante mi queja de no haber visto nada, mi mujer me recordaba que siempre me pasa lo mismo en todos los viajes. Es cierto, pero esta vez era obvio. Me prometí volver algún día.

Me tomé un café y pedí uno de esos pastelitos macarons que mi mujer me recomendaba por deliciosos. No nos sobraba ya mucho tiempo, el tren salía a las dos menos veinte y queríamos coger algo de comida en la estación para comerla dentro del tren. Nos pusimos en marcha.

Como siempre, a la estación de tren llegábamos con el tiempo justo. Mi mujer se fue a imprimir los billetes y yo me fui a los puestos de comida con los niños. Unos cogieron filetes empanados, otros bocadillos… dos puestos distintos para contentar el capricho de todos más otro más cuando nos alcanzó la madre.

Entramos en el tren ya con prisas. En las estaciones de tren europeas no suelen haber controles de maletas ni identificación de pasajeros, pero en esta ocasión siquiera nos pidieron los billetes. Lamentaba que algún día se perdiese esto por el coronavirus, pero la verdad es que también me sorprendió lo fácil que es transportar una bomba por toda Europa.

Una vez dentro, buscamos nuestros asientos, nos acomodados y repartimos la comida. Ligeramente pasadas las 13:40 hrs la máquina comienzó a moverse lentamente, cogió velocidad, un pálpito de corazón y whatsapp a las familias: ¡Camino a Budapest!!.

Mi familia respondió con un sobrio silencio. Solo mi hermana pequeña respondería al cabo de casi dos horas con un “Que vaya bien”. No tenía muy buena pinta aquello.

La familia de Castellón permanecía tranquila, la actividad en el grupo había decaído en los dos últimos días. Mi cuñada informaba que mis sobrinos ya se encontraban bien. Ahora se preocupaba por nosotros, por si no nos dejaban volver. El resto no parecían muy preocupados, deseando que disfrutásemos del viaje y que informásemos. Mi mujer les dio el parte del viaje. 

Teníamos 2 horas y 40 minutos para comer, disfrutar de los paisajes del trayecto y atender al resto de los grupos de whatsapp.

Mientras yo comía, mi mujer se entretenía con el grupo de la peña. Ya llevarían más de trescientos mensajes desde la última vez que me metí en el grupo. Una se preocupaba por enfermar de ansiedad, otra por la soledad, otros por las aglomeraciones y el imparable número de infectados y otros por que los dejasen salir de una vez. Mi mujer respondía envalentonada, asegurando que tal y como los veía a todos igual no volvía nunca.

Entre los mensajes del grupo había un audio de una tal doctora Natalia Prego Cancelo, médico de familia, daba su número de colegiado. Aquel audio, viniendo de un profesional sanitario, lo sentí como sustento erudito a buena parte de lo que yo pensaba. Tras escucharlo me cercioré que no fuese un bulo. Efectivamente la doctora existía, tenía ya alguna publicación anterior.

Comenzaba denunciando que se estaba “produciendo una manipulación emocional y psicológica de la población” en base a criterios clínicos del coronavirus que “no son significativamente más graves que los de la infección estacional del virus de la gripe o del sarampión”.  

Desconocía la tasa de mortalidad del Sarampión, (0,01 en países desarrollados, 10% en subdesarrollados) pero recordaba el de la gripe común, que no es superior al 1%. Contando con que la tasa de fatalidad del SARS-COV 2 era supuestamente del 3,4%, y no estamos vacunados como sí ocurre con la gripe, la doctora lo estaba viendo con demasiada benevolencia, pero de esto hay más que hablar y lo haré en otro momento.

Lo que realmente me resultó interesante del audio de la doctora, es que incidía en dos aspectos novedosos. Uno era el miedo que había generado la manipulación informativa y el otro los daños psicológicos del confinamiento.

Lo primero lo tenía claro. Hacía una semana todo el mundo estaba tan campante y ahora estaban todos “cagados”, si no era por el virus, era por las multas o incluso el riesgo de prisión por salir de sus casas.

El otro detalle me resultaba aún más inquietante y creo que la mayoría de la gente siquiera habíamos reparado en ello por entonces. La respuesta a la pandemia, imponiendo un confinamiento tan estricto, iba a generar consecuencias aún más graves que el virus. Entre ellas pobreza, pero además otras enfermedades provocadas por el confinamiento, especialmente psicológicas.

Me acordé de mi madre. Una mujer mayor con síntomas claros de demencia senil, en proceso de diagnóstico que podría ser Alzheimer. ¿Cuanto duraría mi madre un número de días, o meses, encerrada en casa?. ¿Que haría mi padre solo con ella, sin poder salir a la calle?, me preguntaba a mi mismo. Últimamente el tema de conversación entre hermanos eran los cuidados de mi madre. Ahora parecía que todo se había esfumado. ¿Alguien estaba pensando en todo esto?.

Recordé las tasas de suicidio mundiales. Una de las principales causas de muerte entre los jóvenes, específicamente la segunda causa de defunción en personas entre los 15 a los 30 años. Solo en España provocaba unas 3.700 muertes al año, más del tripe que en accidentes de tráfico.

La doctora Prego animaba a los ciudadanos a salir a la calle y exigía a las autoridades aislar solo a aquellos más vulnerables al virus. Confiaba en la inmunidad de rebaño, es decir, en que generásemos anticuerpos naturales una vez expuestos al virus hasta terminar con él, como se había hecho toda la vida. Terminaba con un: “digámosle al mundo que nosotros no tenemos miedo”.

Me pareció fantástico. ¿Y si estaba ahí la clave?. Salir los sanos, ver a los nuestros e inmunizarnos, y ver a nuestros padres con toda clase de cuidados, pero al menos verlos. ¿No iría así más rápido que esperar a que desapareciese el virus de la faz de la Tierra?.

De repente el tren se detuvo. Buen momento para fumarnos un cigarro. Mi mujer y yo salimos ansiosos al andén, pero no llegamos a poner un pie en él. Tres armarios de hombres y una mujer, uniformados de policía, estaban accediendo a todos los vagones. Algo pasaba. El acongoje nos llevó a los dos de nuevo a nuestros asientos.

Tras unos instantes dos de ellos accedieron a nuestro vagón. Estaban tomando la temperatura a todos los pasajeros. Un escalofrío me recorrió la espalda llegando a mis manos para coger con rapidez el móvil. Comencé a disimular toqueteándolo y aparentando tranquilidad. Miré al agente en mi turno, pero obvié observarle cuando les tocó al resto de la familia que tenía al lado.  

Una vez marcharon, encontré a mi hija pequeña con una enorme sonrisa. Tenía una flor en sus manos. La muy “bicha” los estaba grabando y en respuesta le dieron una flor. Dí gracias a la vida por ese detalle.

Acabábamos de cruzar la frontera eslovaca, el país que tuvimos que eliminar de la ruta. Parece que antes de permitir la entrada a sus residentes, los únicos que la tenían permitida, tomaban la temperatura a todos los que compartían transporte con ellos.

Rozaban ya las 14:40 horas y contacté con el resto de los grupos. Aún tenía que informarles que estábamos de camino a Budapest. Les conté la anécdota con la policía eslovaca, el detalle de la flor y les envié el audio de la doctora Prego, reafirmándome en sus palabras. 

En el grupo de mis primos, mi cuñado, que es que es un cuñado, en un minuto ya me había tirado el audio por los suelos. Que si una sanadora, que si defensora del karma y los caminos cósmicos, que vamos, que ya pasé de él. Ya le había explicado que los datos parecían correctos y lo demás era una mera opinión. A otro grupo.

Los de Madrid tampoco me hicieron mucho caso. Estaban entretenidos con la historia de un tío que le decía a una señora que compraba comida de perros para adelgazar. Pensé que se habían vuelto locos ya con el confinamiento. Luego comenzarían a usar una de esas aplicaciones para hacer videoconferencias grupales que tanto juego nos han dado durante el confinamiento, y estuvieron entretenidos toda la tarde.

Los de Castellón estaban más aburridos. Justo les pillé cuando uno me preguntaba por donde andábamos. Hacía un rato se habían estado riendo con el tema de que ya no volvíamos y con el rey emérito, que le habían pillado en algún tipo de desfalco. Cuando les expliqué la historia de la policía eslovaca uno de ellos me preguntó si no teníamos miedo.

Con mi paranoia por los cuestionamientos al viaje, respondí una retahíla de chorradas echando mano de estadística, justificando con ellas que ni tenía miedo a infectar ni a ser infectado, y aún menos a que me cerrasen las fronteras.

Mi amigo, al que guardo especial aprecio, me matizó que preguntaba por el miedo a quedarme encerrado por ahí. Insistí malhumorado en que eso no se produciría y en la legalidad de los viajes. Era cierto. Sabía que los vuelos internacionales dentro de la UE nunca se podrían restringir para residentes, o para hacerlo tendrían que dar aviso con mucho tiempo de antelación. Pero le reconocí que había sentido miedo al ver a la policía.

Por supuesto mis bravuconadas recibieron respuesta por otros. Las ya acostumbradas advertencias del daño que a cualquiera le puede hacer el virus, la insolidaridad con los mayores, el colapso de las UCIs… Nada nuevo que ya me sorprendiese.

En respuesta volví a usar mis estadísticas y razones, pero lo que no quise decir, es que a lo que sentía verdadero pánico, precisamente era a volver y quedarme allí encerrado. La idea me resultaba insoportable. Hubiese llegado a Rusia de poder hacerlo.

Uno de ellos me recomendó escribir un blog. A él le tenéis que agradecer la idea. Le respondí que no era el momento si quería que me hablasen a mi vuelta.

Tras el rifirrafe en el grupo, mi mujer y yo nos levantamos al bar del tren para tomar un café. Había un grupo de hombres con una borrachera como un piano y la camarera insistía en que allí no había café. Mi mujer siguió buscando el brebaje vagones más adelante y yo no quise esperarla con aquella compañía.

Al volver a mi asiento eché un vistazo a todos los mensajes que se habían escrito en el grupo de Castellón con el que antes me ocupaba. Echando atrás me dí cuenta que al menos dos de ellos habían enviado titulares con la noticia que Hungría cerrada sus fronteras. Comprobé los enlaces, esta vez era cierto.

A lo largo de la mañana de ese lunes 16 de marzo, el parlamento húngaro había cerrado las fronteras para todos los pasajeros, a excepción de los húngaros que quisiesen regresar al país. La medida se aprobaría al día siguiente, nos habíamos salvado por los pelos.

¡Vaya, de ahí la pregunta sobre el miedo! Pensé con cara de tonto.  Tiendas, cafeterías y restaurantes permanecerían abiertos solo hasta las 15.00 horas. El movimiento de personas no sufría restricciones, pero de nuevo encontrábamos trabas al viaje.

Supongo que buscando empatía, lo comuniqué en el grupo. Se me volvían a complicar mis vacaciones anuales. Esta era la forma en la que yo estaba luchando contra el virus.

Llegábamos ya a Budapest. Cuando salimos del vagón no había nadie en la estación controlando la salida de pasajeros de los trenes. Observando Google maps vimos que no estábamos lejos del apartamento.

Mi mujer insistió en ir andando, por algún motivo quería evitar el taxi.

Mientras andábamos sorteábamos un fluido tráfico de vehículos, pero no había mucha gente en calle. Mi mujer continuaba parándose en casi cada farmacia, droguería o chino buscando líquido hidroalcohólico que llevar a España. No hubo suerte, también allí estaba todo agotado.

Budapest se veía desgastado, pero la suciedad que cubría sus fachadas no escondían la belleza de aquella ciudad, antaño retiro de emperatrices. Europa del Este nunca había sido del interés de mi mujer, pero le estaba encantando. Pasamos por un lujoso restaurante, el New York café, del que no recordaba haber visto nunca unos interiores tan elegantes. Tras unos 20 minutos caminando, llegábamos a un pequeño paseo que pasaba por la ópera y terminaba en un enjambrado de pequeños jardines, que daba a la calle de nuestros apartamentos.

Una vez en el hall del apartotel, nos atendieron dos recepcionistas que se mostraban ansiosos. Estaban pálidos. No sé si era por ver a una familia con tres niños todos morenos o porque les acababan de dar la noticia de las medidas impuestas por el gobierno, pero su preocupación era evidente.

Los niños estaban impacientes por ir a la piscina. Cuando les preguntamos por las instalaciones se pusieron aún más nerviosos. Nos informaron que solo durante ese día la podrían usar pero el resto de nuestra estancia permanecería cerrada por el coronavirus. Por lo que explicaban les acaban de llegar las medidas a aplicar.

Los niños y mi mujer se apresuraron a ponerse los bañadores para disfrutar del agua lo poco que les quedaba. Por lo que más tardé me explicó mi mujer, una empleada huía de ella cuando se acercaba a coger las toallas, de forma que tuvo que perseguirla para hacerse con ellas.

Yo me bajé a un pub cercano con la promesa de traerla una cerveza a mi vuelta. Si el nerviosismo en el apartotel era obvio, lo del pub fue digno de película.

Un grupo de tres o cuatro hombres de entrada edad, que parecían recién salidos de la obra, se distribuían a lo largo de una pequeña barra. La mujer que lo llevaba no me miró con mucha simpatía. Ya me había planteado que si me preguntaban por mi procedencia diría que era chileno, por encontrar un acento lo más parecido al de un español. Usé pocas palabras en inglés para señalar una botella de cerveza que se tomaba uno de aquellos, y una vez servida me retiré a una mesa arrinconada detrás.

En la televisión echaban las noticias. Hablaban del coronavirus, algo relacionado con una estación de esquí, supongo que se trataba del primer foco de infección. De repente los hombres se separaban de la barra para pegarse al televisor. Allí se sentía el miedo. Los dos más jóvenes sentados cerca de mi mesa tampoco retiraban la vista del televisor. El silencio era sepulcral. Pensé que era digno de grabarlo, y lo hice. Me imagino que si se llegan a enterar que el que estaba sentado en la mesa de atrás era un español se hubiesen liado conmigo a palos.


Pedí otra cerveza y llamé a mis padres. Ellos se encontraban bien. Asustados porque mis hermanos les habían advertido de no poner un pie en la calle, pero mi padre actuaba como si el virus no le preocupase. Como a mi, lo peor que le pueden pedir a mi madre es que no salga. La pobre no entendía nada, pero por no escuchar a mi hermana se había hecho a la idea de quedarse en casa.

Me tomé la cerveza y tras serme imposible entenderme con la camarera para llevarme un par de latas, probé suerte con otro bar al lado.

Este se veía más cutre, pero estaban más animados. Pedí en inglés un par de latas de cerveza, pero tampoco el de la barra sabía lo que le decía. Un chaval joven con pinta de gracioso me ayudó con el tema. No tenían latas, pero aquel chaval lió al del bar para que me llenase dos cubos de litro, que más bien parecían tarrinas de helados. Me preguntó en inglés de donde venía. No me arriesgué: “from Chile”, respondí en inglés. A ese le daba igual mi nacionalidad si podía correrse una juerga. Abrazándome porque había conocido al primer chileno en su vida, no sé como me lió para invitarle a un whiskey y tomarme yo otro con él, y de la alegría acabé invitando a los otros dos que andaban con él en el bar. La verdad es que cuando salí de allí iba medio ebrio, muriéndome de risa con la situación y el tema del chileno, y pensando que me diría mi mujer cuando me viese entrar con los dos cubitos de cerveza a la piscina. Por supuesto que no le hizo nada de gracia, pero vaya, algo se bebió.

Me dejó a los niños para que yo les sacase de la piscina, lo que no me fue fácil, y al cabo de un rato logramos vestirnos para salir a cenar.

Sabiendo que no tendríamos muchas más oportunidades para hacerlo, decidimos ir a un restaurante cercano con buenas revisiones por su comida típica húngara. Había advertido a los niños que si nos preguntaban diríamos que veníamos de Chile, pero el metre no nos dio oportunidad de engañarle. Tal y como nos escuchó hablar sabía que éramos españoles. Había vivido en España. Nos atendió extraordinariamente y además solo compartíamos restaurante con otra mesa.

Tras una copiosa cena, iniciada por unas sopas típicas húngaras y seguidas de unas carnes, nos despedimos, posiblemente para siempre, del metre y del restaurante. El día había sido largo. Todos necesitábamos descansar.


domingo, 14 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Domingo 15 de marzo. VIENA, La polémica.

Mientras desayunábamos estudiamos la situación en la que nos encontrábamos. Tras la noticia del cierre de fronteras en Eslovaquia y Austria, ahora debíamos valorar las probabilidades de que cerrasen fronteras en los demás países de nuestra ruta según su afectación por el Covid-19 y posibles problemas para volver a España.

Según el propio presidente del gobierno, "Cualquier español que haya salido por motivos laborales, por motivos vacacionales, puede regresar sin ningún problema". En principio, el regreso a España parecía estar garantizado.

A lo largo del día anterior Austria había duplicado su tasa de infectados hasta llegar a los 650 casos. Los museos estaban cerrados, pero restaurantes, comercios y espacios al aire libre permanecían abiertos. A partir del lunes introducían restricciones de movimiento. En todo caso ya nos afectaba poco. En nuestro plan de viaje salíamos el mismo lunes a la hora que nos conviniese en función del medio de transporte que usásemos para hacerlo.

Eslovaquia había cerrado su frontera a extranjeros con menos de 50 casos constatados de Covid-19. No esperábamos que con un número tan bajo de casos, aún en una población pequeña de 5 millones de habitantes, se aplicasen restricciones fronterizas, pero el hecho de obligarnos a prescindir de la visita a Bratislava tampoco fue algo que nos afectase demasiado.

El resto de países de nuestra ruta, Hungría y Rumania, con poblaciones de 10 y 20 millones de habitantes respectivamente, siquiera llegaban a los 150 casos de infectados en la fecha. Con esos datos no era probable sufrir ningún otro contratiempo en el resto del viaje a causa del virus.

Continuaríamos hasta el final de nuestro viaje y más allá si tocaba. Con lo que habían hecho en España casi mejor no volver hasta que hubiese permiso para vivir de nuevo.

Ahora estábamos en Viena y debíamos disfrutarla. Comenzamos a hacer planes para el día. Comenté de visitar el Wiener Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo y uno de los lugares de obligada visita en Viena. Mi mujer llamó y estaba abierto.

A los niños les habíamos hablado de visitar ciertas atracciones en Rumania que ya no confiábamos estuviesen abiertas cuando llegasemos, y contando lo poco que en la actual situación se podía visitar en Viena, esto nos venía genial.  

Cuando terminábamos de desayunar, mi mujer me comentó aireada que se había montado una trifulca en uno de los grupos de padres del cole. Había incumplido la regla de “no fotos” y entre los ya acostumbrados elogios y advertencias alguien le reprochó haber salido de viaje. Ella respondió que se debería haber considerado igual de irresponsable llevar a los niños al colegio el viernes, y alguno se molestó.   

Mientras nos preparábamos todos para salir, yo también quise echar un vistazo al whatsapp. En el grupo de mis primos alguno más se sumaba a los espaldarazos de la noche anterior. Pero una de mis primas también nos reprendía por haber salido de viaje, reclamando a todos ser maduros. Fue educada y además yo la entendía. Ella es enfermera y me imaginaba por lo que estaba pasando. Pero he de reconocer que me sentí violento.

Seguidamente otra de ellas reenviaba un extenso texto supuestamente de un doctor, que alertaba de la realidad de la situación. Era una buena explicación, pero yo ya había leído lo suficiente sobre este asunto antes de salir de viaje, como para saber todo lo que explicaba. El peligro no era el virus en sí, sino el colapso sanitario que producía su capacidad de propagación. Por supuesto el problema ya no solo eran las muertes ocasionadas por el virus, que en mi rango de edad son improbables, sino además las producidas en aquellos con otras patologías al no poder ser atendidos correctamente.

Mi cuñado, que se sintió aludido por hacer gracias del viaje, se disculpaba. Otros daban ánimos a mi prima enfermera. Y mis hermanas, se regocijaban por un lado en el grupo de los primos, mientras que por el de los hermanos me reprochaban sin piedad. Y, por primera vez desde que salí, me sentí obligado a justificarme, algo que me prometí no hacer en todo el viaje.

La realidad es que mis primos son gente a las que ya no solo les guardo mucho aprecio, también les respeto. En ese grupo se reparten ingenieros, informáticos, matemáticos, biólogos, farmacéuticos, arquitectos y empresarios vividores. Su opinión sobre las cosas me interesa y también me importa.

Yo sabía lo que había hecho. Seré valiente o inconsciente, no sé exactamente cual es la diferencia, pero siempre me gusta aplicar una lógica en lo que hago.

Seguía pensando lo mismo. Esto es una mierda virus. Según las estadísticas de China el virus no mataba a más del 0,8 en mi rango de edad y menos del 10% en el de mis padres, la mayoría además con patologías previas. Había salido de Castellón sin síntomas, en una población de casi 600.000 habitantes  y con solo 4 infectados constatados. Me podría haber contagiado en Madrid, pero era poco probable. Aún llegando al número de infectados que temía el gobierno de 10.000 casos, en una población de casi 50 millones como la española, la probabilidad de toparme con un infectado desde que salí de Castellón era de 2 entre 1000. Y había estado prácticamente encerrado en un coche. Solo había estado en contacto con mis padres  y con los cuatro gatos que me había cruzado en Barajas. Pero es que, aunque me hubiese infectado antes de llegar a Austria, en este país el virus ya estaba dentro, y difícilmente nuestra presencia implicaría una presión adicional en su sistema sanitario. Molestaríamos menos enfermando en países cuyos sistemas sanitarios no estaban colapsados, como ya ocurría en España, y tendríamos más posibilidades de ser atendidos correctamente. Algo así les traslade a mis primos.

Hoy sabemos que los infectados debían ser bastantes más pero también lo suficientemente pocos como para poder vivir tranquilos.

Mientras mi hermana mayor continuaba fustigándome en el grupo de hermanos, por el de los primos llegaba un contraataque a mi explicación. Uno de mis primos me enviaba el BOE advirtiendo de multas por la huída y un maquiavélico ejemplo de lo que los coreanos les hacían a sus infectados de Covid.

¡Pero que no hemos huido, no hemos hecho nada ilegal!, replicaba, mientras ya íbamos andando por la calle en dirección al metro.

La verdad es que ya me desesperaba. Siquiera por entonces habían restricciones en Austria para la entrada de ciudadanos españoles. Lo que habían prohibido desde el lunes eran las salidas de ciudadanos austriacos a España. Y cuando salimos solo había una recomendación de no salir de viaje en España. No habíamos incumplido una sola restricción legal, pero medio planeta parecía estar convencido de lo contrario.

Mientras mi mujer me regañaba por mi atención al móvil cuando ella sacaba los billetes de metro, yo iba buscando ángulos para sacar fotos que mostrasen la normalidad en las calles. Había poca gente, pero los que habían estaban tan campantes. Recordé la premisa del viaje: ¡NO FOTOS!. ¡Leches!, ¿como les convenzo de que los han encerrado a ellos, que el resto del mundo sigue viviendo?, me preguntaba a mi mismo.

El conjunto de reproches por un lado y las advertencias por el otro, me desestabilizaron. Dentro del metro, mientras mis hijos y mi mujer se divertían ajenos a todo, yo me mantenía en silencio y pensativo. Estaba cabreado. Ya no era que muchos reprochasen algo tan trivial como estar andando con tu familia por la calle u otros pensasen que estabas haciendo algo ilegal por el mero hecho de hacerlo, es que estaban convencidos de ello. 

¿Cómo habían conseguido eso de la gente?, me preguntaba. El virus era el mismo que existía hacía una semana, cuando todos estábamos en terrazas abarrotadas de gente, en bares y conciertos y el mismo gobierno nos arengaba a acudir a las manifestaciones. Y el mismo virus al que muchos se enfrentarían el lunes cuando fuesen a sus puestos de trabajo. ¡Pero todos habían aceptado un arresto domiciliario durante el fin de semana!.

Hacía ya tres días que me había inhibido del bombardeo de los whatsapps y casi no había visto el telediario en toda la semana. A lo largo de esos días me habían llegado mensajes aterradores sobre muertos, un amigo grababa un audio rogando con verdadera angustia que nos encerrasen y para cuando salí de allí muchos siquiera habían llevado a los niños al colegio. Los centros de salud y hospitales se habían colapsado más por la gente que acudía creyendo haberse contagiado que por ingresos reales por este motivo. Ciertamente me había evadido de todo aquello. Pero es que, los casi ocho mil infectados y trescientos abuelos muertos que ya llevábamos, extrapolados a toda la población española, tampoco me justificaban ese comportamiento. 

El problema no eran los reproches o temores. La mayoría eran amigos o familiares, gente que nos quiere, y verdaderamente sentían preocupación por nosotros o por el mal que pudiésemos ocasionar. Era la sumisión ante el miedo, edulcorada por un hashtag de #quédateencasa.

 

En aquel momento me entró una preocupación de la que aún no he conseguido deshacerme.

Me cuesta creer en teorías conspirativas, pero si no sabían como hacerlo, ahora ya lo tenían claro. Solo el bombardeo informativo sobre un virus de mierda, ya había conseguido encerrar a los habitantes de tres países y lo que quedaba por venir. Un virus que siquiera mata niños, lo más extraño en una epidemia, y raramente mata adultos sanos, había paralizado por completo unas sociedades que se creían tan sofisticadas que pensaban estar por encima de las leyes naturales. Me vino a la cabeza un concepto nuevo del que me había hablado un amigo, el Homo Deus, el hombre dios. ¡Que irónica es la vida!, pensé.

Cuando salimos del metro la imagen era preciosa. Amplios jardines en un día soleado, con la vista de una noria y otras atracciones al fondo. Padres con sus niños en bicicleta, críos jugando con la pelota, gente paseando. Aquello era maravilloso.

Mientras mi familia paraba en un puesto de perritos calientes, yo trataba de tomar fotos de aquello. Quería captar a la gente, pero en la cámara del móvil aparecían demasiado lejanas.

Nos dirigimos hacia la noria. Pasamos por los coches de choque y grabe a los que estaban allí manejándolos. Dentro de la noria había un pequeño museo que permanecía abierto, mostrando con maquetas y muñecos de plomo escenas de la historia de Viena y del parque. No había muchos allí pero para acceder a la noria había cola. También la grabé.

Me fijé en dos operadores que limpiaban meticulosamente los asientos interiores y todas las barras metálicas de cada habitáculo de la noria. Esa medida no la he visto en España hasta la fecha. En ese momento me llegó un privado de un amigo de Gerona con una noticia en los medios avisando que Austria instaba a su población a confinarse. La respuesta ya la tenía preparada. El video de aquella cola de gente esperando. Mi amigo entendió el mensaje: “Guay tío. No te agobio más”. Sabía que estaba preocupado por nosotros y de algún modo yo también quería tranquilizarle, le agradecí que me enviase información que nos afectaba. El me reconocía tener la paranoia de sufrir síntomas y el bombardeo de las redes.

Tal y como el habitáculo ascendía al giro de la noria, las vistas se hacían más bonitas. El enorme parque en que nos encontrábamos se rodeaba de la ciudad de Viena. Pero yo realmente no estaba centrado en las vistas. Quería sacar una toma de toda aquella gente que se movía debajo de nosotros entre las distintas atracciones de la feria. Era una imagen lejana, pero suficiente para lo que quería.

                                               

Tras bajar de la noria nos dirigimos hacia las atracciones. No estaban todas abiertas, pero si bien no había la cantidad de gente que se esperaría en una soleada mañana de domingo, si la suficiente para mantener funcionando alguna de las montañas rusas y muchos cachivaches.

Mi mujer y yo esperamos a los niños tomando una cerveza en una terraza. Recuerdo un hombre de edad sentado frente a nosotros. Le acompañaba una mujer y de alguna forma se las había arreglado para abandonar una silla de ruedas que había dejado a su lado. El hombre tenía estilo. Lucía un gorro amplio y gafas oscuras y se fumaba un puro a la vez que sorbía un licor. Por lo exagerado de su cara de satisfacción, me dio la sensación que se burlaba del virus.  Me sentí bien. Fue el momento que encontré para enviar un privado a mi primo con algunas fotos de la gente en el parque de atracciones. “… la gente esta funcionando con normalidad…”, le dije, y le advertí del problema del bombardeo informativo.

Sabía que los medios españoles estaban metiendo miedo con salir a la calle, salir de viaje y con a saber qué, y sentí una enorme necesidad de mostrar, al menos a algunos, que la vida continuaba fuera de España. Él me respondió que no daba mucha importancia al “bicho” y que el problema efectivamente estaba en la histeria de la gente.

De lo que yo no era consciente entonces, es que durante la comparencia del presidente, este había pronunciado frases como que “no le temblará la mano para vencer al virus” o que “el ejército ya está preparado”. De saberlo, me hubiese sido más fácil entender que los que no tenían miedo al virus, como le ocurría a mi primo y tantos otros, lo tendrían a la represión del Estado por saltarse el confinamiento.

La breve interacción con mi primo me dejó tranquilo. La verdad que las críticas en el resto de los grupos me divertían más que otra cosa. Me prometí no tratar ya nada del “bicho” en el grupo de mis hermanos e informarles solo de los movimientos del viaje. No llegué a hacerlo del todo, pero pude eludir sus reproches.

Nos fuimos a comer cerca de la orilla del Danubio. Un bonito y elegante restaurante, con decoración


exagerada a lo ruso, y a la vez económico, que encontramos en los alrededores del río. Allí por fin, pudimos satisfacer nuestro antojo de unos Wiener Schnitzel, unos filetes empanados al estilo de Viena. Pasamos un buen rato y tuvimos todo el restaurante para nosotros, no había nadie. Así que el niño pudo jugar un buen rato conmigo a peleas, las niñas entretenerse chateando con sus amigas tumbadas en largos sofás y su madre disfrutar de un café tranquila.  

Cuando terminamos de comer volvimos de nuevo al río. Soy cabezón, y aún sabiendo que en marzo no habían ferrys en funcionamiento que llevasen a Budapest, y menos aún con el coronavirus cerrando

fronteras por Europa, quería intentarlo. No hubo suerte, pero al menos pasamos un buen rato y disfrutamos de las bonitas vistas que allí habían.

Una vez los niños jugaron en los columpios que se ubicaban a lo largo del muelle, cruzamos medio puente viendo atardecer en el Danubio y me cercioré que en domingo no había oficinas abiertas, nos volvimos a casa. Comenzaba a hacer frío.

Dejamos a los niños en el apartamento y pasadas las 8 pm mi mujer y yo bajamos a fumarnos una shisha y tomarnos unas cervezas en un pub cercano. Los jóvenes no parecían muy preocupados por el virus y allí había gente. Aprovechamos para chequear novedades en los países de la ruta y para comunicarnos un rato con la gente en España.

Paradójicamente España no había cancelado sus vuelos con Austria, podían seguir entrando españoles sin restricciones. Habían otros países que restringían la entrada a austriacos en sus fronteras, como Alemania o Republica Checa, pero no era el caso de Hungría y Rumania. Ya se habían superado los 800 casos de infectados por Covid en Austria y a lo largo de la semana se aplicaban serias restricciones a la población. No se podrían reunir más de 5 personas, los restaurantes se cerraban desde el martes y se pedía no abandonar las viviendas más que para trabajar o cuando fuese estrictamente necesario.

Las restricciones en Austria ya nos importaban poco. Según nuestros planes salíamos al día siguiente a Budapest, capital de Hungría. Dada la imposibilidad de transportarnos en barco, medio que por otra parte implicaba bastante tiempo de viaje, la mejor opción era el tren. Dudábamos si salir antes o después. Siempre había un grado de inquietud, aún sabiendo que las restricciones fronterizas no se aplicaban de un día para otro. Entre las muchas combinaciones de trenes, nos decidimos por un tren directo a las 13:40 hrs. Aprovecharíamos para ver un poco la ciudad por la mañana.

Informamos en los grupos de whatsapp del siguiente paso en nuestro viaje y preguntamos a todos como estaban. Unos estaban aburridos, otros se reían y otros enviaban consejos para protegerse del bicho.

Resultaba muy divertido. Cuando teníamos tiempo para intervenir en los grupos, era como si se enganchasen a una telenovela, les daba vidilla. Te preguntaban si ya te habían detenido, otros te deseban suerte y otros aún nos interrogaban sobre donde estábamos. Resultaba cómico saber que mientras algunos bromeaban con la posibilidad de que acabásemos en prisión, nosotros nos encontrábamos con una cerveza en la mano y el tubo de shisha en la otra. Pero también producía pena la situación que ellos estaban viviendo.

En el grupo de Castellón, alguno criticaba las medidas aplicadas por el gobierno.  La realidad es que no se entendían. Todo el fin de semana encerrados en sus casas con sus hijos sin poder pisar la calle y al lunes siguiente muchos iban a trabajar. Comparaban las medidas de confinamiento aplicadas en otros países. Ciertamente, en Francia, con un número de infectados similar al nuestro, la gente aún podía salir. En la mayoría de países centro europeos siquiera se habían aplicado restricciones al movimiento. Reino Unido ya había anunciado que no iba a luchar contra el virus, no iban a hacer nada en pro de no afectar su economía, y EEUU y Brasil tenían la misma idea.

El debate me recordó un informe elaborado para la Administración Británica por el Imperial College de Londres. Avisaba que, o el gobierno cambiaba la estrategia de obviar el virus, o ya podían esperar 250.000 muertes. No parecía que no hacer nada fuese la solución, pero desde luego encerrar a todo el mundo, además de inhumano, podría acarrear consecuencias aún peores. En todo caso ya se planteaba la gran pregunta de todo esto: Para luchar contra el “bicho”, ¿cuánto se tenía que sacrificar de libertad para no producir algo peor, pobreza?.

Pasé a atender el grupo de whatsapp de mis primos. Mi hermana pequeña había colgado un video mohíno en el que aparecía la tierra y un conjunto de bonitos mensajes sobre los beneficios que a la humanidad nos traería el coronavirus. Hablaba de la reducción de la contaminación, del poder estar con nuestras familias, de proteger a los mayores y amarnos los unos a los otros. ¡Pero como nos vamos a amar si no nos estamos viendo!, ¡menos aún a los padres, que los hemos dejado solos!, renegué. Me entró tal “mala leche” que automáticamente disparé una burrada. Algo así como que me sorprendía que entre los beneficios del coronavirus enumerados en el video, no mencionase aniquilar a todos los abuelos para poder cobrar la seguridad social. Me arrepentí al minuto de hacerlo pero no lo borré. Supongo que la había tomado con mis hermanas.


Mi mujer interaccionaba en ese momento en el grupo familiar de Castellón. Ya no era uno, sino mis dos sobrinos padecían ahora de fiebre. Mi cuñada estaba nerviosa, rogando a todos no salir de casa e incidiendo en la idea que los niños podrían estar infectados por el coronavirus. Otros recordaban no consumir ibuprofeno. Rondaba la noticia que la sanidad francesa había lanzado un comunicado advirtiendo de funestas consecuencias por su uso en pacientes de Covid-19. El comunicado era real, yo mismo lo reenvié, pero resultó que los datos no estaban contrastados y la propia OMS no desaconsejaba el uso del medicamento. Otro bulo, pero esta vez desde un gobierno.

Me despedí en los grupos y mi mujer se unió a mi para disfrutar ambos del momento.

Acabada la shisha y un par de cervezas, salimos con la idea de llevar cena al apartamento y cenar allí con los niños. En la calle hacía frío. Nos dirigimos a un puesto de kebab que estaba enfrente. Nos mondábamos de risa pensando si viesen aquel espectáculo en España.  El chico manipulaba nuestros kebabs con unos guantes que no se había cambiado, pringando toda la comida de los distintos recipientes con las salsas. No le quisimos decir nada.

Tras cenar con los niños chequeamos de nuevo las webs guías. Una treintena de infectados en Hungría y sin novedades en sus fronteras. Sacamos los billetes de tren, miramos algunos apartamentos en Budapest y nos acostamos. Mañana era otro día.

2021. Un año después.

Hace ya un año que volvimos de aquel viaje en el que dejábamos atrás un país lleno de vida, para ir sorteando fronteras mientras el mundo se...