domingo, 29 de noviembre de 2020

Jueves 19 de marzo. Budapest. La derrota.


Aquel día los grupos en España se levantaban con aire jovial. “Felicidades a todos los papas, felicidades a todos los Josés”, se repetía en todos ellos. Era el día de San José, tradicionalmente el día de los carpinteros más que el de los padres, pues como padre al santo solo se le ve en el Belén. Antaño todos los carpinteros de Valencia quemaban en este día su material sobrante, lo que dio lugar a las Fallas que este año el coronavirus había cancelado. Ahora, encerrados desde hacía días, los más pequeños se habían entregado a hacer dibujos a sus papas que estos mostraban emocionados en la red. 

Resultaba gratificante observar como, incluso en las adversas circunstancias que estaban sufriendo, todos ellos habían encontrado vías para sobrellevar el encierro con cierta alegría. Los de Madrid trasnochaban en interminables videoconferencias grupales con las que se estaban viendo más que nunca, otros enviaban bromas, otros enviaban porno y los de la peña estaban de fiesta. Uno de ellos, el más bicho, había construido una mascletá que haría estallar a las 14 horas, como aquel día se hubiese hecho en Valencia. La mascletá ahora retumbaría en los jardines de la comunidad de mi amigo y la peña estaba expectante por la llegada del momento.

No tengo mal perder, y todo aquello me ayudaba a afrontar la idea de que en un par de días estaría encerrado como ellos. Quizás no era tan malo, pensaba. 

A decir verdad, una pequeña picardía me rondaba por la cabeza, que me impedía asumir completamente la derrota. ¿Y si aún nos cancelan el vuelo y nos tenemos que quedar? Un as en la manga que a algunos les comenté, cuando en esa mañana nos habían felicitado por la decisión tomada.

El caso es que no habían noticias de más cambios ni cancelaciones y por ahora nos volvíamos al día siguiente, por lo que el tiempo valía más que el oro. Pero aquel día ninguno en la familia parecía tener prisa por salir del apartamento. Poco quedaba por ver en una ciudad que paulatinamente se había ido cerrando durante nuestra estancia y la cancelación del viaje nos había liberado de las prisas por cruzar la próxima frontera antes de que cerrase. Los niños estaban entretenidos dándome mis regalos, mi mujer hablaba con su madre y mi hija mayor con su madrina, una buena amiga que se mostraba muy preocupada por la aventura. 

Aproveché yo también para llamar a mi padre y felicitarle. Se encontraba bien. Es de estas personas que cuando las cosas van mal siempre se muestra sereno y de haberle visto la cara, seguro presentaba una sonrisa no tan habitual en él. Había asumido la idea de no salir de casa, algo a lo que hasta entonces no había estado muy dispuesto. Quien peor parecía llevarlo era mi madre. Un “culo de mal asiento”, como dicen en tierras valencianas, que no sabe vivir sin estar en la calle, algo que ha transmitido a sus hijos, pero ahora era obligada por ellos a encerrarse en casa sin entender lo que ocurría fuera. 

Hablando con mi padre, me comentaba sobre una plaza que albergaba las estatuas de los antiguos fundadores de Hungría y que hacía de entrada a un parque enorme. Llevaba buscando ese parque desde que habíamos llegado, todas las guías hacían referencia de él. El parque parecía ser inmenso, por lo que se me antojaba un lugar idóneo para disfrutar de nuestro último día en libertad. 

Antes de ponernos en marcha quise llamar a mi hermano y felicitarle por su santo. No había dicho gran cosa esos días en los grupos y no sabía nada de él. No me fue posible contactarle, a pesar de insistir en ello, y mis mensajes tampoco tuvieron respuesta, lo que me hizo pensar que estaba enfadado conmigo. 

Mientras recogíamos el desayuno y nos disponíamos a salir, observé que un padre amigo del colegio me preguntaba por nuestra situación en el viaje. Hacía tiempo que no le había visto y no le había informado de nada, por lo que dí por hecho que mi hija mayor, rompiendo la regla del silencio, había propagado la historia de nuestro viaje entre todas sus compañeras. En ese momento padecí por como nos estarían poniendo todos los padres del cole sabiendo de nuestra aventura. 

La presión de las críticas por haber salido de viaje, el silencio ahora de mi hermano y el hecho de ser consciente que medio Castellón nos estaría señalando, comenzó a pesarme en ese momento. Sin darnos cuenta, cada vez nos estábamos acercando más a España y esto producía vértigo. Mi mujer me comentaba con una ingenuidad que provocaba ternura, que aquellos que más nos querían eran los que nos animaban a quedarnos. Ahora era a ella a quien más se le estaba atragantando la vuelta.

Pero la suerte estaba echada, nos volvíamos en un día y más nos valía aprovechar lo poco de libertad que nos quedaba.  

Google maps nos advertía de un paseo de más de 20 minutos desde el apartotel hasta la Plaza de los Héroes que hacía de entrada al parque Varosliget. El paseo nos obligaba a recorrer toda la avenida Andrássy, que albergaba bonitos edificios y palacios, lo que hacía apetecible el paseo a pie. 

Nos pusimos en marcha. En la calle nos topábamos de nuevo con los mismos turistas que habíamos visto durante los dos días que llevábamos de visita en la ciudad. Como si se tratasen de extras en alguna película de la que inconscientemente fuésemos protagonistas. Por un momento se nos pasó por la cabeza estar en alguna especie de Show de Truman. 

Un enorme edificio con aspecto estoico, con el nombre de “House of Terror”, y que sirvió a la policía secreta soviética para interrogar, torturar y matar a supuestos opositores al régimen, me sirvió para entretener a los niños con historias sobre la ocupación de los rusos durante el paseo. 


Al final de la avenida nos recibía una enorme estatua en medio de una plaza rodeada de bonitos edificios y arcos que albergaban otras muchas estatuas más de menor tamaño. Se repartían a lo largo de un semicírculo que hacía de entrada a un parque del que no se veían sus confines. 

Los niños se apresuraron a trepar la estatua para fotografiarse con alguno de los siete jefes de los clanes fundadores en ella representados. 

En la plaza invertimos un buen rato, tanto que yo llegué a leer el nombre y periodo de gobierno de cada uno de los reyes y presidentes de Hungría, representados en las estatuas que rodeaban la plaza. Aquel día nos parecía sobrar a todos el tiempo.

Después nos dirigimos hacia una feria cercana que se veía desde la plaza con la esperanza de encontrar algún cachivache funcionando. Todo cerrado, al igual que el famoso balneario de Budapest que nos encontramos enfrente. 

La ilusión de huida había añadido un punto de emoción al viaje, pero la realidad es que aquella sensación de tristeza allí donde íbamos, recorriendo escenarios de parques infantiles precintados, edificios y negocios cerrados y calles vacías, fue la sintonía con la que nos movimos desde que habíamos salido. El mundo entero había decido encerrarse y el hecho de cruzar fronteras atravesando países cerrados, mas que temerario, era una estupidez de la que incluso yo ya me había hartado.  


Con esa pesadumbre atravesamos el parque para dirigirnos hacia un lago que se veía entre los árboles. Unas camas elásticas sin más clientes que los dos hijos de los dueños, nos permitieron dar algo de entretenimiento a los niños. Tras esto no había nada que hacer, más que sentarnos frente al lago para lanzar trozos de bollo a los patos. 

Pero uno se da cuenta que las cosas pueden ser aún peor, cuando, incluso sin nada que hacer, solo el hecho
de embelesarte con el centelleo de la luz reflejada en el agua, reposando en el tronco de un árbol mientras el sol te acaricia la cara, te recuerda el valor de ser libre, y solo el poder disfrutar de eso merecía no estar encerrado. 

No tardaría mi mujer en romper esa calma, saltando abruptamente de mi regazo y apresurándonos a todos para levantarnos. Eran casi las dos de la tarde y estaba decidida a ser servida en un restaurante por última vez en un tiempo. Casi salió corriendo con dos de los niños mientras atendía una aplicación que la guiaba a algún restaurante cercano. A otra de mis hijas y a mi nos costó más desperezarnos del bienestar fortuito en el que nos encontrábamos.

Acabamos en un restaurante húngaro, más bien cutre, y con el tiempo justo para comer. No sé si por la premura de tiempo o porque la gerente se encontró en su negocio una familia que sabía era española, nos recibió con desagrado, pero nos dio de comer.

La verdad que no se comió mal y aún tuvimos tiempo de tomar café. Y en esa sobremesa fuimos asaltados por los avisos de whatsapp del grupo de la peña. Un video con una de las niñas vestida de fallera anunciaba lo que iba a venir: “Sr. pirotècnic, ja pot començar”!!.  

Una pedazo de traca, artesanalmente elaborada, retumbaba en los jardines residenciales de la comunidad de mi amigo, entre los vítores y aplausos de los pocos vecinos que allí había congregados y haciéndonos vibrar de alegría a todos los espectadores que a distancia asistíamos al evento. 



Una hora menos en España, la mascletá la habíamos visto con algo de retraso, pero por vez primera desde que habíamos salido de viaje todos compartíamos una alegría. 

Aquella mascletá le costó a mi amigo una llamada del administrador de la finca para que se recluyese en casa y no volviese a pisar los jardines comunitarios por un tiempo. 

Con las risas sobre el espectáculo y algo más de alegría, nos volvimos al parque. Los colegios ya llevaban cerrados una semana en Hungría y los padres debían estar hartos de tener a los niños en casa, porque ahora nos encontrábamos bastantes familias merodeando en su interior.

Fuimos caminando siguiendo el cauce de un río artificial en el que algún charco avisaba de haber llevado

agua hacía no mucho tiempo.  El parque era muy bonito ahora que lo disfrutábamos en movimiento. Jardines llenos de flores, palacetes y caserones que recordaban al cuento de la Bella y la Bestia deleitaban el paseo.

El parque iba cogiendo más vida. Acumulaciones de gente en alguna caseta o edificación aún nos producían el espejismo de encontrar un bar abierto. Por supuesto ningún éxito, pero acercándonos descubrimos entretenimientos al aire libre para los niños. Canchas de fútbol, espacios de tierra para los más pequeños y hasta un pequeño circuito de circulación abarrotado de niños en bicicleta.  


Acabamos en una cancha de atletismo que ofrecía varias estructuras de gimnasia. Se aglutinaban tantos jóvenes que incluso se hacían colas para usarlas. Hasta yo mismo corrí con zapatos haciendo carreras a mis hijos y saltos de longitud en tierra.

Viendo aquello me volvía a asaltar la indignación sobre lo que estaba ocurriendo en España. ¿Como les podían haber encerrado a todos sin permitirles al menos salir a correr en espacios abiertos?. ¿Que daño podía hacer eso?. Y aún peor, ¿como podían haber aceptado sin rechistar someterse a tal encierro?.

Antes de salir del parque subimos a lo alto de unas pequeñas colinas que encontramos en el camino. Estaba anocheciendo y desde allí se podía ver la puesta de sol y una bonita panorámica de la ciudad. Mi mujer y yo nos sentamos en lo alto de una de ellas, con nostalgia por lo que en poco tiempo ya no podríamos hacer. Mientras tanto, mis hijas, ya unas adolescentes, se lanzaban colina abajo como hacían de niñas, rodando como si fuesen troncos, ahora seguidas por su hermano pequeño. Me pareció bonito. Es curioso que solo podamos apreciar el valor de ciertas cosas cuando las vamos a perder. Y ahora, en aquella colina, todos nosotros sabíamos el valor de la libertad. 


Envié el video a todos los grupos de los niños rodando colina abajo, con la broma de que no habían podido aguantar la idea de encerrarse. 

El día se había acabado. Una vez en el apartamento conseguí hablar con mi hermano. Estaba bien, absorbido por el teletrabajo. Pudimos charlar un rato  y discutir, como siempre, ahora sobre la conveniencia de ciertas prácticas de prevención contra el “bicho”. Ya podía volver tranquilo a casa.


sábado, 24 de octubre de 2020

LA ESCAPADA. Miércoles 18 de marzo. Budapest. El miedo.

Fuimos preparando el desayuno mientras echábamos un vistazo a los whatsapps. Tras el silencio que habíamos mantenido el día anterior los grupos aparecían sorprendentemente tranquilos. Los de Madrid no dirían palabra en toda la mañana, habiendo trasnochado entretenidos con las videoconferencias. Los demás mantenían conversaciones banales entre pocos interlocutores o enviaban algún consejo fugaz sobre como protegerse del virus. 


Lejos de las malas noticias en España, acomodados en un país con menos de 50 casos de Covid en el que, al menos hasta las 15 horas, mantenía casi todos sus servicios en funcionamiento, habíamos perdido el interés por el virus. Nos concentrábamos en la planificación del día. Si el día anterior habíamos recorrido el Danubio y andurreado  la zona de Pest, la más urbana de la ciudad, hoy nos tocaría la de Buda. La idea era cruzar el puente de las cadenas y visitar el Castillo, la muralla, el palacio real… Vaya, el palacio real sería imposible, el coronavirus ya lo había cerrado. El funicular para subir al Castillo estaba abierto, y esto les gustaría a los niños, y cuando cerrasen los comercios después de comer aún podríamos callejear por la ciudad, que seguiría siendo bonita.  


Pero en la vida uno aprende que nunca se tiene nada y demasiada calma no suele ser buena agorera.  


Atendiendo ahora el whatsapp de mis primos, desde primera hora de la mañana una de mis primas informaba que su suegra había muerto por coronavirus. Esto ya era serio, primera baja en el ámbito familiar, los muertos se nos acercaban. Llamé a mi prima. Estaba muy triste y desasosegada. Su suegra era mayor, 90 años, pero mi prima insistía en que se encontraba muy bien. No era su hora, decía ella, este bicho se la ha llevado. Me resultó tétrica la historia que explicaba la forma en que moría la gente esos días. No se podía hacer un funeral, no se les podía acompañar, morían solos, me parecía inhumano.


Tras colgar el móvil algo se había enrarecido. Había leído todo lo que había podido sobre el coronavirus hasta convencerme que aquello era una “mierda-virus”, pero comencé a sentirme preocupado. En España ya habían más de 500 muertos en los cuatro días que llevamos de viaje y la palabra muerte no dejaba de resonar en todos los medios. Sentí miedo. ¿Y si nos pasaba algo estando por ahí?. El argumento de que la sanidad pública rumana o húngara estuviese menos colapsada que la española me había dejado de servir. 

 

No recuerdo cual fue exactamente el desencadenante, quizás siquiera lo supe aquel día. Posiblemente fue en aquel momento cuando, chequeando la web de la compañía aérea,  mi mujer se cercioró que el vuelo de vuelta a España ya no aparecía publicado, confirmando así su cancelación. O quizás, escuchando la conversación con mi prima, mi mujer se preocupó por la situación de mi suegra. Se está enfrentando a una enfermedad complicada y había sido recientemente operada, encontrándose entonces bajo los cuidados de su hermana. Dos mujeres mayores solas todo el día y sin poder salir de casa por culpa del “bicho”. 


La cosa de pronto había dejado de ser divertida. Y en medio de aquella a vorágine de preocupaciones, mi mujer soltó un dardo envenenado: “Quizás debamos volvernos ya”.


¿Cómo?, ¿pero porqué? Respondí. 


Desde que habíamos llegado a Hungría no se había producido ninguna nueva afectación importante a nuestro viaje, aunque todo sea dicho, con lo que ya llevábamos encima desde que habíamos salido de España era más que suficiente para plantearse la vuelta. 



El día 15 de marzo habíamos recibido un email informando de la cancelación del vuelo de vuelta desde Bucarest. Ya era la segunda vez que nos ocurría, aunque ahora la compañía había continuado enviando mensajes informativos, requerimientos para facturar y el mismo vuelo continuaba anunciado en la web de la compañía aérea, por lo que habíamos pospuesto la preocupación sobre el asunto. Ahora solo corroborábamos que el vuelo efectivamente se había cancelado, algo a lo que ya nos habíamos hecho a la idea. Nos devolverían el dinero y habían otros vuelos de regreso a Madrid desde varios aeropuertos rumanos. Algunos económicos para los días 27 y 29 de marzo y después para el 4 de abril. Otras fechas ya eran más caras. Nos obligaba a alargar el viaje más allá de lo que estaba programado, pero hasta entonces no teníamos ninguna prisa en volver. 



Siguiendo nuestro itinerario, partíamos al día siguiente a Rumania, volando desde Budapest al aeropuerto de Târgu Mureș a las 14:15 hrs. El gobierno rumano había declarado desde el sábado pasado (14 de marzo) el estado de emergencia, pero con poco más de 200 casos de Covid en una población de casi 20 millones de habitantes, siquiera se habían aplicado restricciones de movimiento a la población. Las conexiones terrestres y áreas de Rumania con los países de la Unión Europea, a excepción de España e Italia, se mantenían intactas. Aquellos que aterrizasen desde ambos países en suelo rumano estaban obligados a una cuarentena de 14 días. Nosotros, viniendo del país vecino, no estábamos afectados por esta medida. 



Aún así, temíamos tener problemas en el aeropuerto cuando viesen nuestros DNIs españoles. Y a esto se añadía un aviso de la compañía aérea el 16 de marzo avisando de posibles cambios en el vuelo Budapest - Târgu Mureș, dadas las recientes restricciones aplicadas por el gobierno húngaro. Así que ya nos habíamos planteado la idea de cancelar ese vuelo y usar el tren, dado el déficit de controles que observamos en el trayecto Viena – Budapest. 


Pero ahora mi mujer ahora argumentaba la preocupación que sentía por su madre y el temor a quedarnos encerrados en Rumania una vez cruzásemos la frontera si nos volvían a cancelar cualquier vuelo de vuelta que cogiésemos.   


Ciertamente aquel viaje se había llenado de trabas, pero no mayores que las que estaban sufriendo todos en España y hasta la fecha las habíamos salvado todas. 


Era solo un día más, un día para entrar en el último país de nuestro viaje. Allí alquilaríamos un coche con el que disfrutaríamos de total libertad para movernos. Cruzaríamos toda Transilvania desde el norte hasta llegar a Bucarest. Y si la cosa se había de alargar un poco por la autoimposición de obtener vuelos baratos de vuelta, tampoco sería un gran problema. Yo nunca temí por no poder volver a España a corto plazo.


¿Por otro lado, que prisa teníamos por encerrarnos?. Poco les cambiaría a todos el hecho de estar encerrados con ellos y en esos momentos posiblemente hacíamos más bien estando fuera que dentro de España. Si por trabajo era, pensaba yo, podíamos atender perfectamente las decenas de cancelaciones que nos estaban llegando en cualquier sitio que estuviesemos. No esperaba hacer un solo alquiler en esos días y posiblemente nos resultase más barata la vida en Rumania, alquilando una casita en algún pueblo de campo y conectándonos a Internet a través de los móviles, que lo que íbamos a gastar en consumos y comida en España. 


He de reconocer que yo mismo también sentía algo que me llamaba a volver. Supongo que por alguna clase de sentimiento patriótico no me sentía bien divirtiéndome a kilómetros de distancia de los míos mientras ellos estaban sufriendo. ¡Pero estábamos en nuestras vacaciones anuales y siquiera llevábamos 5 días!, me quejaba a mí mismo. La realidad es que tenía pavor a encerrarme y me cargaba de argumentos para no hacerlo. 


No quise continuar con aquella conversación ni aquella idea, se nos estaba haciendo tarde y debíamos salir de casa o no tendríamos tiempo ni de comer ni de ver nada. La decisión de volvernos, de tomarse, se tendría que tomar más tarde.


De camino me sentía disgustado. El día anterior había sido estupendo y ahora mi mujer me instaba a poner


fin a la aventura, cuando había estado alardeando todo el viaje sobre que llegaría a Rusia si se terciaba. No entendía nada. Paramos momentáneamente a mitad del Puente de las Cadenas, observando como se acercaban los barcos y la vistas a ambos lados de la ciudad. Desde allí eran preciosas. Al otro extremo del puente nos recibía una encrucijada de carreteras que cruzamos arriesgadamente hasta alcanzar la placita desde la que partía el funicular. Ya casi rozaban las 13:30 horas.  


Mientras mi mujer sacaba los billetes yo echaba un nuevo vistazo a los whatsapps. Me asaltaba una llamada de atención desde el grupo de Castellón: ¡RAFAEL!. 


Entre la ley del silencio que nos habíamos autoaplicado y la paranoia de aquella mañana, llevábamos sin decir nada en los grupos desde la mañana del día anterior. Chequeando los mensajes del grupo castellonero, me dí cuenta que el mismo amigo me había reclamado atención en varias ocasiones en lo que llevábamos de día: RAFAEL, RAFAEL ...Él y otros más en el grupo ya lo llevaban haciendo desde el día anterior, sin respuesta alguna por mi parte.   


Me sentí mal y me apresuré a responderle informando de la novedad:


[13:37, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Seguimos en Hungría pero se me están poniendo nerviosos e igual estamos aquí algún día más y nos volvemos

[13:37, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Estamos muy bien 

………………

[13:38, 18/3/2020] Rafael Gallardo: Y yo seguiría a Rumania pero creo no me van a dejar ... mas la familia q el gobierno

[13:38, 18/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Ya os cuento 😊😊😊


Mi mujer me llamaba enfadada, viendo como me entretenía con el móvil en medio de la placita cuando el funicular estaba a punto de llegar y me apresuré hacia ella. 


Una vez dentro del aparato, observé que a lo largo del día anterior, en todos los grupos de amigos se habían interesado por nosotros. No habíamos respondido en ninguna ocasión. 


Habíamos tomado la determinación de dejar de hablar en los grupos pensando que no les hacía ningún bien saber de nuestras anécdotas y evitando los conflictos que se producían. Pero en ese momento me dí cuenta que, cuando aparecíamos en ellos, rompíamos con la monótona retahíla de mensajes sobre el virus y les servía de entretenimiento. Nuestra presencia les resultaría más divertida a unos que a otros, pero el mero hecho de aparecer encendía la actividad de los grupos y por un rato paliábamos el aburrimiento de su encierro.


Por un momento me sentí una especie de Robin Hood, casi creyéndome la idea de haber escapado, convertido ahora en adalid de una rebelión contra el gobierno tirano que había encerrado a toda mi gente. Una estupidez propia de adolescentes, lo reconozco, pero nuestro viaje era la excepción a la tragedia que todos estaban viviendo, y a muchos les estaba resultando terapéutico. Esta idea me reafirmó en continuar cruzando fronteras. 



El funicular se elevaba mostrando toda la elegancia de las cúpulas y tejados de las casas señoriales de Pest, ahora en la orilla contraria. Tras abandonar el aparato aparecía una ciudad distinta, como si te hubiese transportado a un pasado medieval en el momento de su mayor esplendor, cautivándote con sus plazas, calles y casas típicas de cuento. 


Me adelanté a la familia apresurándome en el recorrido de una calle adoquinada que dirigía hacia un bonito campanario de estilo gótico. Trataba de ganar algo de tiempo para responder a los de Castellón, que aún consultaban por como estábamos. “Cris se ha jiñado” les dije, explicándoles que ya era la segunda vez que nos cancelaban el vuelo de vuelta y que me estaba preocupando el tema del “bicho”. Yo aún estaba decidido a continuar, les insistía, el confinamiento en España se podía alargar más de lo que se pensaba. 


Les dejé un rato con sus bromas y conjeturas, esperando a la trouppe mientras observaba la iglesia. Era preciosa, y lamentablemente el coronavirus me había cerrado sus puertas. Se trataba de la iglesia de Matías. En ella, bajo sus tejados puntiagudos de colores, se habían coronado muchos de los emperadores austrohúngaros. 


En aquel momento sentí tristeza. Ese rato solo frente a la iglesia me dio para pensar que, aunque el coronavirus nos estuviese cerrando todas las puertas allí donde íbamos, aún podíamos disfrutar de toda aquella belleza. Belleza que no podríamos haber visto de habernos encerrado en España, y no sabía por cuanto tiempo este maldito “bicho” nos podría impedir disfrutarla de nuevo una vez volviésemos a casa. No quería volver. No quería hacerlo mientras pudiese evitarlo y el hecho de pensar que aquello estuviese a punto de terminar me producía ansiedad. 


Mi hija pequeña me alcanzó para sacarme de ese estado anímico, llevándome a hacernos unas fotos en la
placita. Luego nos dirigimos todos a una bonita terraza que ofrecía un restaurante desde el que podíamos disfrutar de la imagen de la iglesia mientras comíamos. No hicimos larga la comida, aún nos quedaba todo por ver y el restaurante no tardaba en cerrar. 


Tras abandonar la mesa seguimos la calle peatonal alcanzando un precioso mirador que rodeaba a una plaza, con torres, escalinatas y arcos enormes que permitían una maravillosa vista de la orilla de Pest. 


Pero aquel no era mi día. Mientras nos acercábamos comencé a sentir una opresión en el pecho. No dije nada a nadie, pero me faltaba el aire. ¿ HABRÉ PILLADO EL CORONAVIRUS ?. Me asusté, no miento, por un momento lo pensé. Fue en ese preciso momento cuando me dí cuenta de lo que nos estaba ocurriendo: ¡NO! ¡Me he infectado de TONTOVIRUS!. 


Sin saberlo, estábamos sufriendo los síntomas provocados por el mismo virus que a tantos ya había infectado en España, el “tontovirus”. Ese virus que te inocula un miedo incontrolable, atemorizándote sin saber exactamente de qué, pero que te ocupa sorteando tamaña amenaza invisible, unos encerrándose y tomando toda clase de extrañas medidas, y otros, por lo que se ve, cruzando fronteras de forma compulsiva. 


Comprobé en mis carnes los perniciosos efectos que puede provocarnos esta enfermedad. Podemos hacernos más daño nosotros mismos que el que posiblemente nos haga el “bicho” que todos conocemos. 


Gracias que se me pasó rápido. Ahora sabía a lo que nos estábamos enfrentando. Trataría de convencer a mi mujer para continuar, pero con ese miedo que te provoca el tontovirus es complicado convencer a nadie, y estaba claro que yo estaba sintiendo lo mismo con el efecto contrario.



Mientras me acercaba a la escalinata que subía a los arcos, volví a atender a los de Castellón, aún conjeturando sobre nuestra vuelta. Les envié una foto de los arcos con dos chicas guapas de espaldas. Uno de ellos me recordaba desde Santo Domingo que me encontraba en el famoso Bastión de Pescadores. Otros me animaban a quedarme, algún otro se percataba del trasero de las chicas y otro me avisaba de la inminente aparición de la ministra en España. Ya les dejé para el resto de la tarde.


La zona del castillo de Buda es enorme. Estaba todo cerrado, pero allí se nos pasó la tarde. Tras recorrer el bastión subiendo y bajando escaleras, la visita terminó cuando un seguridad casi nos come por tratar de entrar al museo. Tras esto nos dirigimos hacia los exteriores del palacio real, nos tomamos unas fotos desde la muralla con la panorámica de la ciudad y nos fuimos al funicular de vuelta a casa. 


En la otra orilla nos entretuvimos un rato disfrutando de la música que un hombre hacía deslizando sus dedos entre un conjunto de copas. Tras él se ponía el sol sobre el Danubio. Inmersos en esa escena, mi mujer suavizaba su deseo de volver a casa proponiendo quedarnos unos días más en Budapest. Le estaba encantando.


Pero la ciudad ya tenía poco que ofrecernos. Aunque aún mantenía algo de vida aglutinando algunos
jóvenes frente a locales que ofrecían comida y bebida para llevar, volvíamos a encontrarnos recorriendo emblemáticas calles comerciales vacías que de vez en cuando nos engañaban atrayéndonos a alguna terraza cerrada. Teníamos una decisión que tomar, y la falta de alegría en las calles y el cansancio de los niños animaban a hacer cena en el apartamento y terminar ya el día. 


Tal y como llegamos al apartotel, lo primero que hice fue encender mi ordenador y ponerme a rebuscar cualquier novedad que afectase la entrada a Rumania del día siguiente. 


El vuelo desde Budapest se mantenía y la página del ministerio de exteriores español no informaba de nada nuevo. Pero aún así, la cosa no quería ayudar. La página de viajero crónico advertía de un cambio sustancial en la frontera rumana con respecto a aquellos que provenían de España. Mientras antes solo los que aterrizasen desde España estaban obligados a mantener una cuarentena de 14 días, ahora esta medida afectaba a todos aquellos que hubiesen estado en España en los últimos 14 días. Esto ya nos afectaba de lleno. Si esa medida se aplicaba oficialmente, nos obligarían a ponernos en cuarentena una vez dentro del país. 


Habíamos observado que esa página, viajero crónico, anticipaba los cambios que se producían en las fronteras antes de que las restricciones se publicasen oficialmente. Por tanto sabíamos que, si bien aún teníamos la oportunidad de cruzar la frontera rumana sin que la medida se nos aplicase, esta se haría efectiva más tarde, mientras estuviésemos recorriendo el país. Y esto, ahora sí, nos llevaba a saltarnos restricciones legales. 


Hasta la fecha no habíamos cometido una sola ilegalidad a lo largo del viaje, siquiera en el momento de salir de España. Todas las restricciones que nos podrían haber afectado se aplicaron una vez nosotros habíamos abandonado el territorio afectado. Pero de aplicarse esa medida, tendríamos que estar evitando a las autoridades rumanas todo el tiempo que estuviésemos en el país. 



Aquello era un mazazo a la continuidad del viaje, aunque la verdad es que no me retractó de querer continuar con la aventura. Observando a mis hijos tirados con los móviles en el sofá, me producía bastante más pavor el confinamiento asegurado en casa que la posibilidad de ser “cazados” en Rumania. 


La realidad es que, obligándonos ahora a usar el transporte ferroviario, no esperaba controles en la frontera rumana viniendo desde Hungría. Tampoco sería la empresa de alquiler de coches la que comprobase cuantos días llevábamos en el país y dudo se produjese una persecución de españoles en Rumania para que ninguna autoridad supiese el tiempo que llevásemos allí. Podríamos alquilar casas a particulares, en la mayoría de ellas ya siquiera se acercan a darte las llaves, estando todo automatizado. Y a los locales que nos preguntasen, les daríamos nuestra nueva nacionalidad en el viaje, chilenos. Todo una locura, cierto, pero el miedo al encierro en España era superior que enfrentarme a todo eso. 


Los horarios de los trenes desde Budapest a Rumania se habían reducido drásticamente desde la mañana de aquel día, lo que advertía que se estaban produciendo cambios serios. 


Intercambiaba todos estos argumentos con mi mujer mientras trataba de evitar lo que ya resultaba una interrupción irremediable del viaje. En definitiva, lo que estábamos debatiendo era el riesgo de que nos aislasen en Rumania 14 días con respecto a la seguridad de ser confinados por tiempo indefinido en España. En todo caso, esa decisión ya no solo transcendía a nosotros dos, sino a toda la familia, y la debíamos tomar entre todos. 


No es que sea fervoroso defensor del método democrático, pero la realidad es que no se nos ocurría una idea mejor para tomar la decisión, que sometiéndola a votación entre todos los miembros de la familia, incluyendo al pequeño y con la misma validez de voto.


No habían prestado mucha atención a la conversación de los adultos mientras estaban entretenidos con sus móviles, pero habían visto como nos lo cerraban todo durante todo el viaje, por lo que, cuanto menos, eran conscientes de que aquello no estaba siendo muy normal. No dimos más explicaciones que el hecho de votar si continuábamos o nos volvíamos a casa. 


El resultado fue abrumador. A excepción de mi hija mayor, que estoy convencido se abstuvo por pena hacia mi, pues era la primera que quería volverse para unirse a las chorradas de sus amigas durante el confinamiento, todos votaron en contra de continuar. Para mi sorpresa, incluso el pequeño al que no le gusta el colegio, ahora quería volver al “cole” para ver a sus amigos. No insistí en tratar de hacerle entender que no les podría ver ahora, había demostrado ser más sensato que su padre. Aquella votación implicó la estocada final a nuestro viaje. 


No me lo tomé mal. Acepté con una facilidad que a mi mismo me sorprendió el resultado. Supongo que más que por respeto al juego democrático, porqué interiormente sabía del problema que era seguir con la aventura. Pero al menos me quitaba la responsabilidad de haber sido cosa mía, y me podría meter con todos ellos cuando estuviesen hasta las narices de estar encerrados. 


La decisión ya había sido tomada. Mi mujer y yo nos apresuramos a buscar algún vuelo de vuelta desde Budapest a Madrid. Para nuestra sorpresa había uno realmente barato para el día 20 a las 16:20 hrs. En un momento ya lo habíamos comprado, la suerte estaba echada. 


Mientras mi mujer hacía la cena, no pude evitar echar un vistazo de nuevo a alguna información. Los medios españoles advertían que Rumania había cancelado los vuelos desde España. La información no había sido aún actualizada por el ministerio. Echando un vistazo de nuevo a las salidas de trenes desde Budapest a Rumania, ya no habían billetes. Posiblemente los pocos servicios disponibles ya se habían agotado.


Antes de cenar, sobre las 10 de la noche, comencé a informar de la noticia a todos los grupos y a aquellos que se habían interesado por nosotros: 


“Ayer, tras 4 días de vacaciones, mi familia se asusto y en votación por tres votos a favor, una abstención y yo en contra, decidimos cortar nuestro siguiente destino a Bucarest, Rumania. La realidad es que ya van dos veces que las compañías aéreas nos cancelan el vuelo de vuelta desde allí y acabo de ver que hasta dentro de 15 días desde ayer el gobierno rumano a cerrado los vuelos con España. Parece q siquiera hay trenes para continuar, pero yo hubiese ido andando”.


Como siempre que nos comunicábamos, se produjeron las reacciones ya acostumbradas. En este caso era uno de mis cuñados de Castellón quien nos echaba en cara la falta de solidaridad de nuestro periplo. Otros nos felicitaban por la decisión, otros nos daban ánimos y otros nos rogaban que no volviésemos advirtiéndonos que aquello era insoportable.  A una de mis primas de Madrid le respondí una soez cuando me sugería que era mejor estar en casa que por ahí en el extranjero.



Aceptaba la derrota, pero volver a España para mí era el peor desenlace de la aventura en ese momento. Un arresto domiciliario por tiempo indefinido en un país que ya contaba con más de 13.000 casos de Covid y casi 600 muertos, y en el que la gente había adquirido tales actitudes nazis que gritaban por las ventanas a quienes veían solos en la playa.


En aquel miércoles 18 de marzo, Rumania solo llegaba a reportar 240 casos activos de Covid y ningún fallecido. Comparativamente eran datos que no resultaban alarmantes, pero que ahora sí, no habían evitado que el país me cerrase sus puertas en todas las narices. El mundo había decidido encerrarse en sí mismo y yo no podía hacer nada, más que irme a dormir. 


domingo, 5 de julio de 2020

LA ESCAPADA. Martes 17 de marzo. Budapest. La estrategia.

Aquella mañana me levanté pronto, me sentía inquieto. Nuestros perfiles de seguridad se nos habían desbaratado. Hungría había terminado el día anterior con solo 40 casos de infectados por Covid, en una población de casi diez millones de habitantes, y ya habían implantado restricciones a la población y cerrado sus fronteras al exterior. No se entendía.

Me había hecho la idea que a partir de 500 casos de infectados se entraba en terreno peligroso. El 8 de marzo, día de las manifestaciones del 8M, España cerró con 674 casos de Covid. Desde entonces el ratio de infectados comenzó a incrementarse de forma desproporcionada, rompiendo la curva de infecciones que se había mantenido hasta entonces, duplicando de un día para otro los casos hasta llegar a los casi diez mil que ya teníamos ese martes, la cifra que tanto temía el gobierno de España.   

En el 14 de marzo que llegamos a Austria, las infecciones en este país habían llegado a los 650 casos. Al día siguiente su gobierno aprobaba la implantación de restricciones en la línea que habían aplicado España e Italia cuando llegaron a un número de contagios diez veces superior a esa cifra. Cuando marchamos dos días más tarde, dejábamos atrás una capital con sus calles desérticas y sus restaurantes y comercios cerrados, cerrando sus fronteras tras nosotros. El país superaba ya los mil contagios en una población de casi 9 millones de habitantes, un ratio similar de infectados por habitante que el que España e Italia presentaban cuando implantaron sus restricciones al movimiento.

Pero el caso de Hungría había roto por completo mis previsiones. Con una población aún superior a la Austriaca, y con solo 40 casos de Covid confirmados en todo el país, ya habían cerrado sus fronteras e implantado restricciones.

La noche antes de salir había observado los casos de infectados en Hungría y las informaciones oficiales del país, sin encontrar nada que presagiase sufrir algún problema. Pero mientras atravesábamos en el tren la gran llanura húngara, su parlamento aprobaba el cierre de comercios y restaurantes a partir de las 15 horas, prohibían eventos de más de 100 personas y sus fronteras se habían cerrado a todos los extranjeros tal y como nosotros las atravesamos. Habíamos entrado por los pelos. Un día más tarde no hubiésemos podido hacerlo.

Sobre las nueve de la mañana envié a los grupos de whatsapp el parte del viaje:

[9:09, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Ayer llegamos a Hungría

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Hasta las 3 pm restaurantes etc abiertos

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: Museos y otros lugares tienen restricciones pero se puede entrar

[9:10, 17/3/2020] Rafael Gallardo ORCA: La gente está acojonada:

(video de la gente del pub budapest)


En algunos de los grupos se inició cierto movimiento en respuesta. Otros no dijeron nada o estaban a otros menesteres.

El grupo de Castellón informaba sobre un médico joven muerto por coronavirus en Italia. En el de mis hermanos, mi hermana mayor envió un video del médico youtuber Spiriman en el que, según comentaba, aparecía llorando en el Sálvame por la tragedia del virus y porque la gente no hacía caso. El video venía de Facebook, que no lo tengo instalado en el móvil, y no pude abrirlo.

El hecho de que el médico que yo había usado de referencia para tranquilizar a todos, hubiese acabado llorando por este tema, según explicaba mi hermana, añadido a otros mensajes trágicos, me causó preocupación. 

Volví a chequear las estadísticas del virus. Nada nuevo en Wikipedia ni en los informes de la OMS.

De nuevo traté de tranquilizar con mis estadísticas a los alarmados. Les advertí que nada parecía haber cambiado, que los casos leves siquiera se estaban contando, afectando así a las estadísticas en España, e incidí en la idea que el problema era el colapso sanitario y no el riesgo para sus vidas. Y finalmente les pedí que no indujesen miedo.

Mis comentarios no tuvieron el efecto deseado. En el grupo de hermanos aparecieron los primeros afectados por el virus entre círculos cercanos. El hermano de una amiga muy grave, tres compañeros de trabajo de mi cuñado infectados...

Algunos en el grupo de Castellón parecieron molestarse por mi tranquilidad ante el tema. Uno de ellos recordaba que 1 de cada 100 en nuestro grupo de edad moría, y otro de cada cinco en el de nuestros padres. Consultaba si con estos datos realmente queríamos infectarnos, como parecía que alguno de nosotros proponíamos. Otro me preguntaba si realmente estaba tranquilo con lo que fumo. Y de nuevo los reproches, el hecho de andar por ahí infectando...

Uno de los valores que más aprecio en las personas es la honestidad. Que a uno le digan que es un perfecto imbécil es de agradecer. Te permite valorar si es cierto, y por tanto cambiar, o por el contrario saber si eres tú quien trata con el supuesto imbécil. De una forma u otra, la información es siempre positiva.

Y soy un gran discutidor. Poco me afecta que me reprendan por algo que hago o digo si tengo argumentos para hacerlo. Y siempre sentí que este era el caso.

En aquella fecha habían muerto unas 350 personas en España a causa del virus. Desconocía por entonces la cifra de fallecimientos anuales por accidentes de tráfico, o a causa de otras enfermedades, pero, aún siendo consciente que cada muerte implicaba un drama humano, el número de fallecidos por Covid no me resultaba aún una cantidad que me alarmase y aún menos me podía sentir culpable de contribuir a ese drama en España.

Tampoco el hecho de que hubiese muerto un médico joven y sano en Italia, desencadenante de la pugna en el grupo de Castellón, entre las más de 2000 muertes por coronavirus que entonces sufría este país, me resultaba un dato significativo que justificase preocuparme por mi vida.

Sí, hablábamos de muertes, pero también de miedo. No es que no me importasen, pero la muerte forma parte de la vida, y estás, al menos por causa del virus, las sentía lejos de mis seres queridos. En cambio el miedo les había afectado a casi todos.

Así, con estas premisas, ataqué. No tenía miedo al virus, y lo justificaba. Me parecía más probable morir en un accidente de tráfico o de un infarto al corazón, y no por ello había dejado de conducir, ni dejado de fumar ni cambiado mi vida. De hecho prefería vivir así, sin miedo, a vivir asustado y encerrado. Y así se lo expuse a todos. Les puse el ejemplo de uno de los amigos del grupo que ahora padece una enfermedad complicada, y se enfrenta a ella estoicamente. Así quería comportarme yo, enfrentándome a lo que viniese para seguir viviendo. 

Y con esa retahíla les abandoné. A ellos, y durante aquel día a todos los grupos.

Me había enfadado. No es que me sintiese el Ché Guevara con su “prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado” frente al virus. Es que sentía verdadero pavor a perder la vida, a sentir miedo y vivir encerrado. Y no entendía como muchos de ellos no sentían lo mismo, sin quejarse por encontrarse en prisión domiciliaria e incluso castigando el hecho de salir a tomar el aire.

Pero por otro lado, ¿quién era yo para juzgarles?. Siquiera estaba allí con ellos. Con mis familiares, mis amigos, con mis compatriotas.

Desde el viernes que había salido de Castellón, quise desconectar de España y del coronavirus. Me prometí no justificarme por marcharme. Pero no había hecho ninguna de las dos cosas. No había dejado de enviar mensajes en los grupos tratando de menospreciar al “bicho” y de injustificar el miedo hacia él. No fueron pocas las ocasiones en las que había respondido con soberbia, aunque ciertamente estaba harto de desquicies y reproches por el tema.

Pero nosotros no estábamos allí, padeciendo el encierro con ellos, y nuestros mensajes desde luego no deberían resultar muy empáticos. Muchos estaban muertos de miedo, en medio de un bombardeo informativo que no dejaba de incrementar la cifra de infectados y muertos, publicando los síntomas más variopintos hasta hacer creer a buena parte de la población que podía estar infectada. Todo eso a nosotros no nos estaba afectando, lo veíamos desde lejos. Pero es que, aquellos en España que no habían sucumbido a ese bombardeo informativo, y no temían al virus, igualmente estaban encerrados. Les habían prohibido a todos salir a la calle. Por tanto, ¿qué pretendíamos?, ¿qué queríamos de ellos?.

Mientras me fumaba un cigarro en el balcón del apartamento, respondiendo al enfado con estos pensamientos, observaba al gerente de una pequeña cafetería situada debajo nuestro. El chico parecía nervioso. Se protegía con una mascarilla e iba hablando haciendo aspavientos a los pocos clientes que se le acercaban. Al lado había una estética que permanecía abierta, pero no llegué a ver entrar ningún cliente. Otros negocios colindantes habían cerrado.

Observando esos negocios bajo mi balcón, entendí que todos nosotros, toda la humanidad, por vez primera nos enfrentábamos juntos a algo. No solo a un virus con una capacidad de propagación que infectaría a todo el planeta, sino a algo aún peor, a nosotros mismos, a nuestros miedos.

Por vez primera la humanidad contaba con unos canales de información capaces de conectarnos a todos, haciéndonos llegar a todos informaciones desde puntos separados por miles de kilómetros y haciendo que todos pudiésemos responder conjuntamente a una amenaza. Pero una cosa era lo que el virus era, y otra lo que queríamos creer que fuese. Y desde luego, en ese momento, la cosa estaba poco clara.

Mi cuñado ya me había respondido al preguntarle, que ninguno de sus compañeros habían sido hospitalizados. Tampoco les habían pasado ningún tipo de prueba que les asegurase haber contraído el virus. Uno de ellos parecía estar bastante enfermo pero los otros dos simplemente pensaban que se habían infectado, sin médico que lo certificase.

Todos estábamos aplicando una estrategia para enfrentarnos al miedo por el virus. Unos se encerraban sufriendo verdadero terror. Otros lo razonaban y también se encerraban en respeto a las normas. Otros se divertían y se bajaban pompones atados a una cuerda o se disfrazaban de árbol jugando al pilla pilla. Y otros… otros nos habíamos largado.

La realidad es que lo nuestro había sido casual. Sencillamente no entendimos motivo para cancelar nuestro viaje familiar anual y nos marchamos. Y ahora nos encontrábamos cruzando fronteras mientras se cerraban tras nosotros.

Me sentía como Leonardo DiCaprio en Catch me if you can (Atrápame si puedes), y desde luego, yo estaba decidido a seguir jugando. Si pudiese llegar a Rusia lo haría, pero a mi no me encerraban, pensaba en aquellos momentos.

Ya no quería convencer a nadie de nada. Ahora solo me preocupaba seguir jugando, hasta donde pudiese.

Aquel día llovía en toda España, pero a nosotros se nos había presentado un estupendo día soleado. Los niños ya se habían levantado. Estábamos en un nuevo país y teníamos que visitarlo y disfrutar de la ciudad, de nuestra libertad. Yo aún no había satisfecho el antojo de recorrer en barco el Danubio, y Budapest daba una oportunidad de hacerlo tremendamente barata. El transporte público funcionaba con normalidad, y habían unos barcos dentro de la red de transporte público que recorrían el río a lo largo de toda la ciudad, de arriba abajo, por el coste de un billete de metro.

Antes de llegar al río pasaríamos por la basílica de San Esteban, que estaba abierta al público y cerca del apartamento, e iríamos recorriendo la ciudad hasta llegar a la parada del barco más cercana. Teníamos que disfrutar al máximo de todo lo que se mantuviese abierto, especialmente de los puntos de interés turístico, locales de ocio y restaurantes que cerraban a las 15 horas. Mala cosa para nosotros eso de que nos pongan límites al tiempo, pero no estaban las cosas para quejarse.

Bajé al hall del apartotel, en la zona de recepción, a esperar al resto de la trouppe que terminase de arreglarse. Me había levantado antes que ellos y estaba ansioso por salir.

En recepción parecían más tranquilos que la noche anterior, pero había cierto ajetreo entre algunos huéspedes. Había una chica guapísima sentada en uno de los sillones que se repartían por la zona y cuando salí al patio exterior que se ofrecía para fumadores, encontré a  otra que me pareció aún más guapa. Ambas se mantenían pegadas a sus móviles, debían ser azafatas o modelos.

Cuando salió la que compartía el recinto de fumadores conmigo, también yo lo abandoné tras ella. Mi mujer ya había bajado y andaba de cháchara con un par de españoles que comentaban que les habían cancelado un trabajo, un evento o algo similar, y se apresuraban para volver a casa. Me pregunté a mi mismo el porqué de tantas prisas para encerrarse en España, suponiendo que estaban con aquellas chicas entre su grupo de trabajo, pero ya había desistido de tratar de entender nada.

Salimos del apartotel y en menos de quince minutos habíamos llegado a la basílica. Pagamos por la entrada que permitía la visita al interior del edificio y la subida a la torre. Tras visitar el interior de la basílica, que era una joya, nos dirigimos hacia la torre. Ofrecía un ascensor, pero mi hija mayor y yo decidimos subir por las escaleras, con intención de hacer algo de ejercicio experimentando la subida de aquella larga escalera de caracol. Como no, aún llegamos nosotros antes que el resto de la familia que lo había usado el aparato.

Las vistas desde allí eran preciosas, no desechamos ángulo desde el cual fotografiar la ciudad, pero no se veía el río, el objetivo que yo estaba ansioso por alcanzar.

Cuando bajamos de nuevo, esta vez usando todos el elevador, encontramos un señor mayor, apoyado en una muleta, al que le impedían su uso. Consultamos por lo que ocurría, dado lo estrambótico del hecho. Las restricciones gubernamentales por el coronavirus acaban de cerrar el acceso al artefacto. De nuevo nos habíamos librado por los pelos, lo que me recordó que no debíamos perder el tiempo.  

En el camino hacia el río encontramos un bonito y amplio parque donde se situaba la embajada española y una oficina de Iberia. Aquello le daba cierto aire hispano. En medio del parque aparecía una terraza con las mesas llenas de gente. Pudimos sentarnos en solo una de las mesas de pie que quedaban libres. La imagen era de los más agradable. Los niños podían jugar corriendo por los jardines mientras los mayores disfrutábamos de una cerveza que a mí me supo a gloria. Chequeando Google maps supimos que estábamos en el Liberty Square. No habría encontrado nombre más apropiado para el momento.

No recuerdo ya si fueron una o dos las cervezas que consumimos allí, pero el tiempo de disfrute en aquella terraza se alargó más de lo que las restricciones de tiempo nos permitían.

Continuamos hacia el río y mi hija pequeña se adelantó conmigo. De repente nos encontramos con otro edificio espectacular, el parlamento húngaro. Coincidíamos con el cambio de guardia, ambos lo vimos al completo, siendo casi los dos únicos espectadores del evento. Mientras los demás se retrasaban a saber haciendo qué, aquellos dos soldados que circulaban rítmicamente alrededor de la bandera, repentinamente se detenían para enfilarse hacia otros dos compañeros comandados por un tercero dirigiéndose hacia ellos, cruzando toda aquella plaza que a su paso se hacía eterna, hasta hacer efectivo el cambio.


Fue bonito verlo, pero una vez terminaron y nos encontramos con el resto de la familia, apenas nos quedaban cuarenta y cinco minutos para comer antes que a las 15 horas cerrasen los restaurantes.

Ya nos vinieron las prisas habituales con las que nos movemos en familia, pero a velocidad de trabajo pudimos comer de menú en un restaurante frente al parlamento.  

Tras comer con tal rapidez, el Danubio nos ofrecería uno de sus muelles para  hacer la digestión. Se había hecho esperar, escondido justo detrás del edificio del parlamento, pero flanqueado por unas de las vistas más bellas que había contemplado en mi vida. Posiblemente no pudimos recibir mejor regalo en esos momentos, que poder estar sentados en uno de los embarcaderos del río disfrutando de aquella panorámica.

El tiempo de espera al barquito aún nos dio para que algunos pudiésemos movernos a lo largo del muelle tras descansar. Unas pequeñas estatuillas en cobre representado realísticamente una larga hilera de distintos tipos de pares de zapatos, de niños, mujeres y hombres, hacían presagiar que allí había ocurrido algo dramático. Al final de aquella larga fila de zapatos de cobre, una placa advertía del hecho. Como tantas veces se encuentra en Centro Europa, aquello era un monumento en memoria de una de las atrocidades que la II Guerra Mundial había provocado a las familias judías. Los fusilaron a orillas del río. 

Cuando levanté la vista de aquella placa me encontré a mi mujer haciéndome aspavientos desde la lejanía para que me apresurase. Ya llegaba el barquito, y como no, me tocó correr con el pequeño a hombros. Aquellos no estaban muy dispuestos a esperar a nadie, cuando llegué ya estaban recogiendo las cuerdas de amarre.

Los operarios nos advirtieron que la ruta más larga para recorrer el río sería el siguiente barco que llegaba al embarcadero situado justo a la otra orilla del río. Al cruzar a la otra orilla, abandonábamos la parte de la ciudad de Pest, para colocarnos en la de Buda. Budapest se formó de la unión de esas dos ciudades en el pasado. El próximo barco llegaría sobre las 17 horas, lo que nos daba un tiempo para ver la nueva zona.

No habíamos recorrido doscientos metros tras abandonar el barco en la otra orilla, para pararnos de nuevo

en una bonita plaza, presidida por una estatua de lo que a mi parecía una especie de Guillermo Tell. Nos encontrábamos en el Corvin Ter, sin saberlo un punto emblemático de la ciudad. Aquella era la fuente de Lajos, en honor al personaje bíblico Nimrod, que la leyenda dice ser el fundador del pueblo húngaro. Resultaba que esa estatua fue testigo del mayor bastión de resistencia contra los rusos tras la ocupación después del final de la II Guerra Mundial. 2000 civiles se concentraron en esa pequeña plaza contra 800 soldados rusos.

Tras disfrutar un buen rato del frescor que la fuente y la sombra de los árboles brindaban a la placita, subimos cuesta arriba hasta la muralla del castillo de Buda, y desde allí bajamos de nuevo, ya apremiados por el tiempo. 

Un hombre esperando en el embarcadero nos tranquilizaba haciéndonos saber que llegábamos a tiempo. El barco aún tardaría en aparecer tras una espera de 5 o 10 minutos.  Cuando lo vi llegar el corazón me dio un pálpito por saber que por fin podría cumplir ese antiguo sueño de navegar por el curso del Danubio. 

El recorrido a lo largo del río fue extraordinariamente bonito. Desde el inicio ya deleitaba con las vistas del parlamento en la orilla de Pest y del Castillo, la muralla y la montaña en la de Buda. Para cuando los bonitos edificios que mezclaban arquitectura de tres siglos terminaba, se extendía la vegetación natural de altos árboles y juncos que se abrazaban a ambas orillas del río. Y cuando la civilización parecía haber desaparecido a lo largo de su curso, de repente te asaltaban un número de pequeños embarcaderos y casitas de madera, como si de un cuento se tratase, que finalizaba de forma abrupta con la aparición de unos modernos complejos residenciales y un puerto fluvial abarrotado de yates de lujo que nos avisaban que el recorrido de más de una hora había terminado.

Aquel recorrido lento a lo largo del río, cruzando de un lado a otro cumpliendo todas las paradas del barquito, fue verdaderamente relajante y bonito. Mientras observaba la belleza de todo aquello que nos rodeaba no dejé de pensar en lo triste que sería si algún día no pudiésemos viajar para disfrutar de toda la bellaza que existe en el mundo, y agradecí a la vida que me permitiese hacerlo en esos momentos.

En cuanto nos bajamos del barquito, toda aquella magia terminaba. Se esfumaba con la imagen de una estación de autobuses que en el extremo al que nos dirigíamos presentaba una cutre estación de metro, llena de borrachos y bares cerrados, que nos recordaban que nuestro día había terminado. Las restricciones horarias impuestas por el gobierno húngaro obligaban a cerrarlo todo.

Cogimos unos billetes de metro hacia la estación más cercana al apartotel. A la salida había vida en las calles. Era un martes, y aún con las restricciones del gobierno, muchos restaurantes permanecían abiertos suministrando comida y bebida para llevar, por lo que los jóvenes se reunían a sus puertas manteniendo aún algo de la vitalidad a la que aquella ciudad debía estar acostumbrada. Algunas mesas preparadas flanqueando la puerta de algún restaurante aún nos dio la esperanza que podríamos disfrutar de una cerveza sentados en ellas, pero nada, solo para llevar.

El día se había terminado. Cenaríamos en el apartamento y descansaríamos, los niños estaban deseando llegar a su nueva casa y ponerse con sus móviles. A mi es lo último que me apetecía. Siquiera quise mirar los whatsappas de los grupos en España no fuese se me acabase fastidiando el día.

Aquel día había sido maravilloso. Lo mejor que al menos yo podía hacer era irme pronto a la cama tras cenar, para asegurarme que no hubiese ninguna novedad que me lo estropease, y tras cenar no tardé en hacerlo.

miércoles, 24 de junio de 2020

LA ESCAPADA. Lunes 16 de marzo. VIENA - BUDAPEST.

Tenía prisa por salir del apartamento. Aún teníamos que preparar los macutos, recogerlo todo y reservar algún apartamento en Budapest, y yo quería aprovechar lo poco que nos quedaba en Viena. Espabilé a todos pronto para desayunar e iniciar las tareas.

Mientras desayunábamos, mi mujer y yo competíamos por reservar alguno de los apartamentos que uno y otro habíamos visto la noche anterior. Queríamos algo con piscina climatizada, muy común en los apartahoteles de Europa del Este. Los niños siempre nos piden piscina. Finalmente nos decantamos por uno con buena pinta y económico, que aún con algunas malas revisiones, parecían provenir de tiquismiquis que se quejaban de minucias que consideraban impropias para unos apartamentos con el título de luxury. Antes de reservar, mi mujer llamó para cerciorarse que la piscina y el spa no se hubiesen cerrado por el coronavirus. Nos aseguraron que todo funcionaba con normalidad.

No quise meterme en los whatsapps por no liarnos otra vez, pero con el infortunado mensaje con el que me había despedido la tarde anterior en el grupo de los primos, no estaba muy tranquilo. Y en efecto, tras ese mensaje no había habido más interacción en el grupo que la respuesta horas más tarde de uno de mis primos, uno con los que más confianza guardo, lanzando un apabullante “Maaaaadre miaaaaaaaa!!! En serio?”. La verdad que me dio vergüenza.

Fui el primero en inaugurar la actividad del grupo esa mañana, explicando a mi primo que hablaba con sarcasmo, por lo mohíno que era video. La realidad es que él siquiera lo había visto, y tampoco le habría dado mucha importancia, pero en la distancia todo se magnifica.

Cuando les pregunté por como se encontraban, todos respondían con frustración. Se quejaban que después de llevar todo el fin de semana encerrados con sus hijos, muchos de ellos habían ido a trabajar, encontrándose el metro, trenes y autobuses abarrotados de gente. Tenían la sensación haber hecho el primo. Era una queja compartida en todos los grupos.

Habíamos salido ya del apartamento y caminábamos por el centro histórico de la ciudad, deambulando por sus calles vacías. La mayoría de locales comerciales y cafeterías estaban cerrados. Provocaba mucha tristeza. Envié a mis primos algunas fotos de aquello.

Una de mis primas, farmacéutica, intervenía por primera vez desde que habíamos salido de viaje. Nos introducía a todos en el debate. Alegaba que, después de ver lo ocurrido en Italia, sorprendía que en España aún hubiesen implantado un confinamiento a medias. Era cierto, todo aquello no tenía sentido.

Yo pensaba que, o no se hacía nada como en Reino Unido, o se paraba todo. Intuía que el gobierno español trataba de mantener con esas medidas un ratio asumible de contagios que no colapsase el sistema manteniendo a flote la economía, y deseaba que lo consiguiesen, pero dudaba de ello. Así se lo trasladé a mis primos.

Pero mientras caminaba por calles desérticas atendiendo los mensajes de mis primos, yo rumiaba otro pensamiento.  Estaba convencido de que lo que estaban haciendo en España alargaría el sufrimiento de la gente y los muertos no acabarían nunca. Pero no solo se trataba de España. Vivimos en un mundo global. Aunque en un momento dado se contuviese la pandemia en España, aún quedaba toda Europa alrededor nuestro. Y una vez se contuviese en Europa, quedaba el resto del mundo. A menos que se restringiese la libertad de viajes tal y como la disfrutábamos hasta entonces, esto no acabaría nunca. Y aún haciéndolo, siempre nos seguirían entrando africanos ilegalmente en pateras que podrían estar infectados. ¿Qué haríamos entonces?. ¿Los dejaríamos morir a la deriva por poder estar infectados?.

Esos pensamientos en el vacío de las calles de Viena me deprimieron. Me hacía consciente que mientras esto durase, hasta encontrar una vacuna, no podríamos tener una vida normal, en la que pudiésemos vernos como antes y ver a nuestros padres. Esta idea me provocaba verdadera angustia. En realidad casi prefería no hacer nada, como Reino Unido, pero me guardé el pensamiento.

Y mi prima, como si se hubiese metido en mi interior y supiese lo que cavilaba, me daba una respuesta que sentí como un mazazo en toda la cabeza:

“No hacer nada es una solución... ninguno de nosotros estaria en riesgo... el unico problema sería cuando no haya cama en la UCI de ningun hospital y se tenga q elegir entre intentar salvar a mi madre o la del vecino…”.

 

¡Claro idiota!, pensé, ¿se te ha olvidado porqué están haciendo todo esto? ¡Es por proteger a nuestros padres, porque no queremos perderlos!, me respondía a mi mismo, sin decir nada en el grupo.

Intervine por última vez advirtiendo que salíamos en un rato. Habían pasado ya las 12:30 del medio día y mi mujer estaba cansada de moverse por calles vacías. Prefería hacer tiempo en alguna cafetería tomando algo con quien se quisiese quedar con ella. Entraron en una pequeña cafetería que aún permanecía abierta frente al edificio de la ópera, cercana a una estación de metro que en pocas paradas nos dejaría en la estación de tren.

Mi hija mayor y yo quisimos continuar viendo la ciudad. Recorrimos la avenida Opernring hasta llegar a


una de las entradas del parque de Burggarten, la que da acceso al palacio de Hofburg. El parque tenía sus accesos cerrados pero ya solo la imagen desde el exterior de la valla era preciosa. Paramos frente a la estatua de Goethe y desde allí continuamos bordeando el parque disfrutando de las vistas que permitía la valla al interior del parque. Llegamos hasta el palacio, contemplamos la estatua de Mozart situada frente a su entrada y desde la lejanía, las vistas del parlamento. Todo era de una belleza extraordinaria. Nos hicimos unas fotos y desandamos lo andado por la acera contraria. Yo caminaba pesaroso por cerciorarme que casi no habíamos visto nada de aquella ciudad tan bella.

Cuando llegamos a la cafetería, y ante mi queja de no haber visto nada, mi mujer me recordaba que siempre me pasa lo mismo en todos los viajes. Es cierto, pero esta vez era obvio. Me prometí volver algún día.

Me tomé un café y pedí uno de esos pastelitos macarons que mi mujer me recomendaba por deliciosos. No nos sobraba ya mucho tiempo, el tren salía a las dos menos veinte y queríamos coger algo de comida en la estación para comerla dentro del tren. Nos pusimos en marcha.

Como siempre, a la estación de tren llegábamos con el tiempo justo. Mi mujer se fue a imprimir los billetes y yo me fui a los puestos de comida con los niños. Unos cogieron filetes empanados, otros bocadillos… dos puestos distintos para contentar el capricho de todos más otro más cuando nos alcanzó la madre.

Entramos en el tren ya con prisas. En las estaciones de tren europeas no suelen haber controles de maletas ni identificación de pasajeros, pero en esta ocasión siquiera nos pidieron los billetes. Lamentaba que algún día se perdiese esto por el coronavirus, pero la verdad es que también me sorprendió lo fácil que es transportar una bomba por toda Europa.

Una vez dentro, buscamos nuestros asientos, nos acomodados y repartimos la comida. Ligeramente pasadas las 13:40 hrs la máquina comienzó a moverse lentamente, cogió velocidad, un pálpito de corazón y whatsapp a las familias: ¡Camino a Budapest!!.

Mi familia respondió con un sobrio silencio. Solo mi hermana pequeña respondería al cabo de casi dos horas con un “Que vaya bien”. No tenía muy buena pinta aquello.

La familia de Castellón permanecía tranquila, la actividad en el grupo había decaído en los dos últimos días. Mi cuñada informaba que mis sobrinos ya se encontraban bien. Ahora se preocupaba por nosotros, por si no nos dejaban volver. El resto no parecían muy preocupados, deseando que disfrutásemos del viaje y que informásemos. Mi mujer les dio el parte del viaje. 

Teníamos 2 horas y 40 minutos para comer, disfrutar de los paisajes del trayecto y atender al resto de los grupos de whatsapp.

Mientras yo comía, mi mujer se entretenía con el grupo de la peña. Ya llevarían más de trescientos mensajes desde la última vez que me metí en el grupo. Una se preocupaba por enfermar de ansiedad, otra por la soledad, otros por las aglomeraciones y el imparable número de infectados y otros por que los dejasen salir de una vez. Mi mujer respondía envalentonada, asegurando que tal y como los veía a todos igual no volvía nunca.

Entre los mensajes del grupo había un audio de una tal doctora Natalia Prego Cancelo, médico de familia, daba su número de colegiado. Aquel audio, viniendo de un profesional sanitario, lo sentí como sustento erudito a buena parte de lo que yo pensaba. Tras escucharlo me cercioré que no fuese un bulo. Efectivamente la doctora existía, tenía ya alguna publicación anterior.

Comenzaba denunciando que se estaba “produciendo una manipulación emocional y psicológica de la población” en base a criterios clínicos del coronavirus que “no son significativamente más graves que los de la infección estacional del virus de la gripe o del sarampión”.  

Desconocía la tasa de mortalidad del Sarampión, (0,01 en países desarrollados, 10% en subdesarrollados) pero recordaba el de la gripe común, que no es superior al 1%. Contando con que la tasa de fatalidad del SARS-COV 2 era supuestamente del 3,4%, y no estamos vacunados como sí ocurre con la gripe, la doctora lo estaba viendo con demasiada benevolencia, pero de esto hay más que hablar y lo haré en otro momento.

Lo que realmente me resultó interesante del audio de la doctora, es que incidía en dos aspectos novedosos. Uno era el miedo que había generado la manipulación informativa y el otro los daños psicológicos del confinamiento.

Lo primero lo tenía claro. Hacía una semana todo el mundo estaba tan campante y ahora estaban todos “cagados”, si no era por el virus, era por las multas o incluso el riesgo de prisión por salir de sus casas.

El otro detalle me resultaba aún más inquietante y creo que la mayoría de la gente siquiera habíamos reparado en ello por entonces. La respuesta a la pandemia, imponiendo un confinamiento tan estricto, iba a generar consecuencias aún más graves que el virus. Entre ellas pobreza, pero además otras enfermedades provocadas por el confinamiento, especialmente psicológicas.

Me acordé de mi madre. Una mujer mayor con síntomas claros de demencia senil, en proceso de diagnóstico que podría ser Alzheimer. ¿Cuanto duraría mi madre un número de días, o meses, encerrada en casa?. ¿Que haría mi padre solo con ella, sin poder salir a la calle?, me preguntaba a mi mismo. Últimamente el tema de conversación entre hermanos eran los cuidados de mi madre. Ahora parecía que todo se había esfumado. ¿Alguien estaba pensando en todo esto?.

Recordé las tasas de suicidio mundiales. Una de las principales causas de muerte entre los jóvenes, específicamente la segunda causa de defunción en personas entre los 15 a los 30 años. Solo en España provocaba unas 3.700 muertes al año, más del tripe que en accidentes de tráfico.

La doctora Prego animaba a los ciudadanos a salir a la calle y exigía a las autoridades aislar solo a aquellos más vulnerables al virus. Confiaba en la inmunidad de rebaño, es decir, en que generásemos anticuerpos naturales una vez expuestos al virus hasta terminar con él, como se había hecho toda la vida. Terminaba con un: “digámosle al mundo que nosotros no tenemos miedo”.

Me pareció fantástico. ¿Y si estaba ahí la clave?. Salir los sanos, ver a los nuestros e inmunizarnos, y ver a nuestros padres con toda clase de cuidados, pero al menos verlos. ¿No iría así más rápido que esperar a que desapareciese el virus de la faz de la Tierra?.

De repente el tren se detuvo. Buen momento para fumarnos un cigarro. Mi mujer y yo salimos ansiosos al andén, pero no llegamos a poner un pie en él. Tres armarios de hombres y una mujer, uniformados de policía, estaban accediendo a todos los vagones. Algo pasaba. El acongoje nos llevó a los dos de nuevo a nuestros asientos.

Tras unos instantes dos de ellos accedieron a nuestro vagón. Estaban tomando la temperatura a todos los pasajeros. Un escalofrío me recorrió la espalda llegando a mis manos para coger con rapidez el móvil. Comencé a disimular toqueteándolo y aparentando tranquilidad. Miré al agente en mi turno, pero obvié observarle cuando les tocó al resto de la familia que tenía al lado.  

Una vez marcharon, encontré a mi hija pequeña con una enorme sonrisa. Tenía una flor en sus manos. La muy “bicha” los estaba grabando y en respuesta le dieron una flor. Dí gracias a la vida por ese detalle.

Acabábamos de cruzar la frontera eslovaca, el país que tuvimos que eliminar de la ruta. Parece que antes de permitir la entrada a sus residentes, los únicos que la tenían permitida, tomaban la temperatura a todos los que compartían transporte con ellos.

Rozaban ya las 14:40 horas y contacté con el resto de los grupos. Aún tenía que informarles que estábamos de camino a Budapest. Les conté la anécdota con la policía eslovaca, el detalle de la flor y les envié el audio de la doctora Prego, reafirmándome en sus palabras. 

En el grupo de mis primos, mi cuñado, que es que es un cuñado, en un minuto ya me había tirado el audio por los suelos. Que si una sanadora, que si defensora del karma y los caminos cósmicos, que vamos, que ya pasé de él. Ya le había explicado que los datos parecían correctos y lo demás era una mera opinión. A otro grupo.

Los de Madrid tampoco me hicieron mucho caso. Estaban entretenidos con la historia de un tío que le decía a una señora que compraba comida de perros para adelgazar. Pensé que se habían vuelto locos ya con el confinamiento. Luego comenzarían a usar una de esas aplicaciones para hacer videoconferencias grupales que tanto juego nos han dado durante el confinamiento, y estuvieron entretenidos toda la tarde.

Los de Castellón estaban más aburridos. Justo les pillé cuando uno me preguntaba por donde andábamos. Hacía un rato se habían estado riendo con el tema de que ya no volvíamos y con el rey emérito, que le habían pillado en algún tipo de desfalco. Cuando les expliqué la historia de la policía eslovaca uno de ellos me preguntó si no teníamos miedo.

Con mi paranoia por los cuestionamientos al viaje, respondí una retahíla de chorradas echando mano de estadística, justificando con ellas que ni tenía miedo a infectar ni a ser infectado, y aún menos a que me cerrasen las fronteras.

Mi amigo, al que guardo especial aprecio, me matizó que preguntaba por el miedo a quedarme encerrado por ahí. Insistí malhumorado en que eso no se produciría y en la legalidad de los viajes. Era cierto. Sabía que los vuelos internacionales dentro de la UE nunca se podrían restringir para residentes, o para hacerlo tendrían que dar aviso con mucho tiempo de antelación. Pero le reconocí que había sentido miedo al ver a la policía.

Por supuesto mis bravuconadas recibieron respuesta por otros. Las ya acostumbradas advertencias del daño que a cualquiera le puede hacer el virus, la insolidaridad con los mayores, el colapso de las UCIs… Nada nuevo que ya me sorprendiese.

En respuesta volví a usar mis estadísticas y razones, pero lo que no quise decir, es que a lo que sentía verdadero pánico, precisamente era a volver y quedarme allí encerrado. La idea me resultaba insoportable. Hubiese llegado a Rusia de poder hacerlo.

Uno de ellos me recomendó escribir un blog. A él le tenéis que agradecer la idea. Le respondí que no era el momento si quería que me hablasen a mi vuelta.

Tras el rifirrafe en el grupo, mi mujer y yo nos levantamos al bar del tren para tomar un café. Había un grupo de hombres con una borrachera como un piano y la camarera insistía en que allí no había café. Mi mujer siguió buscando el brebaje vagones más adelante y yo no quise esperarla con aquella compañía.

Al volver a mi asiento eché un vistazo a todos los mensajes que se habían escrito en el grupo de Castellón con el que antes me ocupaba. Echando atrás me dí cuenta que al menos dos de ellos habían enviado titulares con la noticia que Hungría cerrada sus fronteras. Comprobé los enlaces, esta vez era cierto.

A lo largo de la mañana de ese lunes 16 de marzo, el parlamento húngaro había cerrado las fronteras para todos los pasajeros, a excepción de los húngaros que quisiesen regresar al país. La medida se aprobaría al día siguiente, nos habíamos salvado por los pelos.

¡Vaya, de ahí la pregunta sobre el miedo! Pensé con cara de tonto.  Tiendas, cafeterías y restaurantes permanecerían abiertos solo hasta las 15.00 horas. El movimiento de personas no sufría restricciones, pero de nuevo encontrábamos trabas al viaje.

Supongo que buscando empatía, lo comuniqué en el grupo. Se me volvían a complicar mis vacaciones anuales. Esta era la forma en la que yo estaba luchando contra el virus.

Llegábamos ya a Budapest. Cuando salimos del vagón no había nadie en la estación controlando la salida de pasajeros de los trenes. Observando Google maps vimos que no estábamos lejos del apartamento.

Mi mujer insistió en ir andando, por algún motivo quería evitar el taxi.

Mientras andábamos sorteábamos un fluido tráfico de vehículos, pero no había mucha gente en calle. Mi mujer continuaba parándose en casi cada farmacia, droguería o chino buscando líquido hidroalcohólico que llevar a España. No hubo suerte, también allí estaba todo agotado.

Budapest se veía desgastado, pero la suciedad que cubría sus fachadas no escondían la belleza de aquella ciudad, antaño retiro de emperatrices. Europa del Este nunca había sido del interés de mi mujer, pero le estaba encantando. Pasamos por un lujoso restaurante, el New York café, del que no recordaba haber visto nunca unos interiores tan elegantes. Tras unos 20 minutos caminando, llegábamos a un pequeño paseo que pasaba por la ópera y terminaba en un enjambrado de pequeños jardines, que daba a la calle de nuestros apartamentos.

Una vez en el hall del apartotel, nos atendieron dos recepcionistas que se mostraban ansiosos. Estaban pálidos. No sé si era por ver a una familia con tres niños todos morenos o porque les acababan de dar la noticia de las medidas impuestas por el gobierno, pero su preocupación era evidente.

Los niños estaban impacientes por ir a la piscina. Cuando les preguntamos por las instalaciones se pusieron aún más nerviosos. Nos informaron que solo durante ese día la podrían usar pero el resto de nuestra estancia permanecería cerrada por el coronavirus. Por lo que explicaban les acaban de llegar las medidas a aplicar.

Los niños y mi mujer se apresuraron a ponerse los bañadores para disfrutar del agua lo poco que les quedaba. Por lo que más tardé me explicó mi mujer, una empleada huía de ella cuando se acercaba a coger las toallas, de forma que tuvo que perseguirla para hacerse con ellas.

Yo me bajé a un pub cercano con la promesa de traerla una cerveza a mi vuelta. Si el nerviosismo en el apartotel era obvio, lo del pub fue digno de película.

Un grupo de tres o cuatro hombres de entrada edad, que parecían recién salidos de la obra, se distribuían a lo largo de una pequeña barra. La mujer que lo llevaba no me miró con mucha simpatía. Ya me había planteado que si me preguntaban por mi procedencia diría que era chileno, por encontrar un acento lo más parecido al de un español. Usé pocas palabras en inglés para señalar una botella de cerveza que se tomaba uno de aquellos, y una vez servida me retiré a una mesa arrinconada detrás.

En la televisión echaban las noticias. Hablaban del coronavirus, algo relacionado con una estación de esquí, supongo que se trataba del primer foco de infección. De repente los hombres se separaban de la barra para pegarse al televisor. Allí se sentía el miedo. Los dos más jóvenes sentados cerca de mi mesa tampoco retiraban la vista del televisor. El silencio era sepulcral. Pensé que era digno de grabarlo, y lo hice. Me imagino que si se llegan a enterar que el que estaba sentado en la mesa de atrás era un español se hubiesen liado conmigo a palos.


Pedí otra cerveza y llamé a mis padres. Ellos se encontraban bien. Asustados porque mis hermanos les habían advertido de no poner un pie en la calle, pero mi padre actuaba como si el virus no le preocupase. Como a mi, lo peor que le pueden pedir a mi madre es que no salga. La pobre no entendía nada, pero por no escuchar a mi hermana se había hecho a la idea de quedarse en casa.

Me tomé la cerveza y tras serme imposible entenderme con la camarera para llevarme un par de latas, probé suerte con otro bar al lado.

Este se veía más cutre, pero estaban más animados. Pedí en inglés un par de latas de cerveza, pero tampoco el de la barra sabía lo que le decía. Un chaval joven con pinta de gracioso me ayudó con el tema. No tenían latas, pero aquel chaval lió al del bar para que me llenase dos cubos de litro, que más bien parecían tarrinas de helados. Me preguntó en inglés de donde venía. No me arriesgué: “from Chile”, respondí en inglés. A ese le daba igual mi nacionalidad si podía correrse una juerga. Abrazándome porque había conocido al primer chileno en su vida, no sé como me lió para invitarle a un whiskey y tomarme yo otro con él, y de la alegría acabé invitando a los otros dos que andaban con él en el bar. La verdad es que cuando salí de allí iba medio ebrio, muriéndome de risa con la situación y el tema del chileno, y pensando que me diría mi mujer cuando me viese entrar con los dos cubitos de cerveza a la piscina. Por supuesto que no le hizo nada de gracia, pero vaya, algo se bebió.

Me dejó a los niños para que yo les sacase de la piscina, lo que no me fue fácil, y al cabo de un rato logramos vestirnos para salir a cenar.

Sabiendo que no tendríamos muchas más oportunidades para hacerlo, decidimos ir a un restaurante cercano con buenas revisiones por su comida típica húngara. Había advertido a los niños que si nos preguntaban diríamos que veníamos de Chile, pero el metre no nos dio oportunidad de engañarle. Tal y como nos escuchó hablar sabía que éramos españoles. Había vivido en España. Nos atendió extraordinariamente y además solo compartíamos restaurante con otra mesa.

Tras una copiosa cena, iniciada por unas sopas típicas húngaras y seguidas de unas carnes, nos despedimos, posiblemente para siempre, del metre y del restaurante. El día había sido largo. Todos necesitábamos descansar.


2021. Un año después.

Hace ya un año que volvimos de aquel viaje en el que dejábamos atrás un país lleno de vida, para ir sorteando fronteras mientras el mundo se...